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Notas al pie de una traducción de Whitman
Manuel García-Verdecia , 03 de agosto de 2006

Recientemente he tenido el gustazo de concretar un viejo anhelo, la traducción de un número representativo de poemas escogidos de Leaves of Grass, del norteamericano Walt Whitman. El decisivo impulso me lo confirió el entusiasmo en ocasión del 150 aniversario de su primera publicación así como la aceptación por la Editorial Arte y Literatura de materializar el proyecto. Esto y el alborozo de un círculo de amigos poetas ante la posibilidad de la primera traducción cubana de estos textos esenciales, me animaron a trabajar febrilmente a lo largo de los meses pasados para tener a punto su redacción antes de que concluyera 2005. Nunca está de más recordar que Leaves of Grass se considera un libro que abrió la contemporaneidad de la poesía y que ha sido una pieza de apasionamiento y referencia para casi todos los poetas de los cuatro confines del orbe a partir del momento de su impresión por el propio autor, el 31 de mayo de 1855, como regalo de cumpleaños que se hacía a sí mismo.

Varios eran los inconvenientes para acometer esta labor, aparte de los concernientes al arte de la traducción. En primer lugar está la dificultad de las múltiples ediciones que el autor realizara a lo largo de su vida. Desde la aparición del libro en 1855 el poeta revisó, corrigió, eliminó, varió, añadió estrofas y poemas sistemáticamente al cuerpo original, en sucesivas impresiones que van hasta el año de su muerte, 1892. Posteriormente vinieron las ediciones que intentaron compendiar todo aquel torbellino de creación. Unas y otras se empeñaron en lograr una edición definitiva. Sin embargo, siempre me he preguntado cómo es posible lograr la terminación de algo que el propio creador consideró como permanentemente cambiante. Se me hacía imposible revisar distintas ediciones. Además, carezco de acceso a internet, una vía que agiliza la aclaración de eventuales dudas. De manera que me até a una solución salomónica: trabajar sobre la edición que consiguiera. Me avalaba el presupuesto de que cualquiera de las versiones del autor era en definitiva un original –a lo que sumé el axioma cubano de que lo mejor es lo que se tiene a mano. Así que me aferré a la publicación que me regalara un profesor de un College de Ohio, realizada por la Universal Library de la editorial Grosset & Dunlap de Nueva York, hecha en 1938.

Otro inconveniente no menos inquietante es que en nuestro idioma se conocen varias traducciones de este libro capital. Entre otras, la del español Enrique Díez Canedo y la del ecuatoriano Francisco Alexander, de 1956, que al decir de Borges, “sigue pareciéndome la mejor”. Aunque no todas son realmente atendibles –algunas son francamente detestables– sí crean un aluvión referencial que es necesario tener en cuenta. La traducción no es solo un proceso de lucha con el texto original sino también contra las versiones anteriores que establecen una suerte de tradición textual. En el ámbito sociocultural cubano, dos son las traducciones que se han leído y citado por años. Ambas fueron realizadas por “monstruos literarios”, lo que les confiere un cierto carácter sacro y hacen del intento de una nueva traducción casi un acto de kamikaze. Una es la versión más que traducción –y libérrima, por cierto– creada por León Felipe en 1941. Otra es la que hiciera Jorge Luis Borges en 1972. Eran el Caribdis y el Escila por donde debía discurrir mi aventura traslaticia. A la primera no le tenía tanto temor, pues luego de una revisión me convencí que le faltaba mucho para satisfacer a lectores exigentes. Además, ya el propio Borges había desbarrado de ella. La segunda me aterrorizaba. Pero por los psicólogos sabemos que la única forma de vencer el miedo es atreviéndonos con aquello que nos atemoriza. Y fue lo que hice.

Al emprender la faena uno debe considerar no solo los impedimentos que se presentan sino también las facilidades de que disponemos. Para mí la primera era mi disposición. No vivo de la traducción, de modo que traducir, en mi caso, no es un oficio sino un ejercicio, una estrategia colateral a las artes principales de leer y escribir. Traduzco para vérmelas con los mecanismos expresivos de los idiomas implicados, para adentrarme en la mente de los autores que me atraen y descubrir un poco sus procedimientos expresivos. Además por el placer que me confiere el que mis amigos puedan leer textos a los que no tienen acceso lingüístico, de modo que un nuevo elemento intelectivo surge en el área de relación, algo que de hecho nos vincula más. Por tanto, asumo la actividad traductora con gusto, placer y curiosidad. Esto hace que no se escatimen esfuerzos ni se satisfaga uno con soluciones fáciles. Las afinidades electivas hacen más propicia la labor de traducción. Al verter un texto que nos atrae y por el cual sentimos una inclinación misteriosa, estamos en un nivel de comunicación afectiva con el mismo que favorece un resultado más eficaz.

En el caso de Walt Whitman no solo es este un poeta que he leído, disfrutado y honrado por años. Su entusiasmo por la libertad, su cordial confraternidad con sus semejantes –vegetales, minerales, animales y humanos, que todos lo son para él–, su disposición hacia la democracia, su entrega a las energías constructivas del amor, lo hacen sumamente atractivo. Además la forma personal y dinámica en que concibió sus textos lo convierten en referencia obligada. Pero, además, es un poeta que expliqué una y otra vez en los cursos de Literatura Norteamericana que impartí en la Universidad de mi ciudad. Mi simpatía por el autor se acrecentaba ante la fascinación de los estudiantes al discernir los valores que exalta el poeta. El arduo trabajo de ayudar a leer, que eso era para mí la docencia de la literatura, me hacía penetrar en el poeta y sus poemas más y más para extraer su esencia más íntima. Considero que esto me resultó en alto grado provechoso a la hora de llevarlos a nuestra lengua. Explicar no es solo ayudar a entender. Explicar es, en cierto modo, traducir. Esto es, convertir a otras formas que posibiliten la intelección.

Otro factor que siempre he considerado como favorable a la hora de tratar al autor norteamericano es mi familiaridad con el ensayo martiano “El poeta Walt Whitman”.  Este no es solo un texto capital de la producción martiana, al decir del poeta Fernández Retamar, “el momento más alto de la ensayística hispanoamericana en el siglo XIX”. Es también una exégesis principal a la hora de aprehender y valorar la obra poética de Whitman. Siempre he utilizado en mis clases ese ensayo para proporcionar a los estudiantes el doble gozo de la prosa y la hondura martianas así como de la exégesis en la poesía perpetuamente actual y humana de Whitman. Los conceptos que expone Martí en su ensayo arrojan luz cenital para comprender al poeta. Pero, además, ponen ante el traductor un caudal de elementos de juicio que son sumamente útiles a la hora de trasladar esa poesía a otro idioma. Véase, por ejemplo, el modo en que Martí describe la forma compositiva del poeta americano. Señala: “... su ritmo está en las estrofas, ligadas, en medio de aquel caos aparente de frases superpuestas y convulsas, por una sabia composición”. O cuando se refiere al curso general de su estilo: “Whitman habla en versículos, sin música aparente, aunque a poco de oírla se percibe que aquello suena como el casco de la tierra cuando vienen por él, descalzos y gloriosos, los ejércitos triunfantes.” No solo nos está ayudando a comprender sino que nos está proporcionando cualidades a lograr a la hora de trasladarlo.

El poeta Eliseo Diego, certero traductor si los hay, ha escrito que: “Una buena traducción, me parece, no puede aspirar a más que a evocar una sensación similar a la del original en la nueva materia idiomática donde ha encarnado.” Básicamente eso es lo que me he propuesto en mi traducción de Whitman. Sin embargo es necesario recordar que para dar esa sensación hay que jugar con los elementos físicos del poema, el lenguaje, la estructura, el tono, o sea, no únicamente el espíritu sino la forma. En ocasiones se olvida la interconexión entre forma y sentido en un poema, relación en que no se sabe con exactitud dónde acaba o empieza una u otro. El traductor no vierte simplemente un significado, debe también ofrecer una idea de cómo esas ideas toman cuerpo en el poema, o sea, de la forma original. Esto es doblemente valedero en un caso como el de Whitman que revolucionó los cimientos formales del la poesía de tu tiempo. Para ayudar a crear esa sensación he tratado de recrear el estilo whitmaniano. Pero, ¿cómo lograr esto sin atender a lo apuntado por Martí? Solo si se alcanza a transmitir esa impresión descrita por el poeta cubano se logra traducir a Whitman. En este caso, la mirada, la interpretación de otro poeta resulta en herramienta eficaz para la labor de traducir.

Hay múltiples estrategias que guían la labor de verter un texto de una lengua a otra. La calidad infinitamente creativa del lenguaje permite infinitas traslaciones. Lo determinante en una traducción es no traicionar el espíritu de la obra. En el caso de textos poéticos debe entenderse esto como no falsear eso inexplicable que late oculto tras las palabras, la poesía, más que el poema. El problema más arduo era conseguir dar esa sensación similar a la del original de que habla Eliseo. Para ello debía entender adecuadamente las características de la poesía del autor objeto de mi labor. Aquí es donde Martí y otros poetas ensayistas vinieron a mi auxilio. La poesía de Whitman, que abre derroteros hasta entonces inéditos, se basa en las amplias posibilidades del verso libre. El poeta, que se vierte sobre la vida y sus criaturas con amorosa entrega, parece explayarse incontenidamente. Esto es algo que marca su ritmo peculiar. No es que no exista el ritmo, solo que no está atenido a sistemas métricos preestablecidos por condicionantes ajenas al texto. Su ritmo depende de su temperamento, de sus afectos, de la intensidad de su pensamiento al discurrir sobre ciertos tópicos. El ánimo de libertad no es solo un tema. Es, principalmente, una conducta de estilo. Es por ello que no hay formas definidas de antemano. Estas parecen surgir en el devenir del discurso según la pasión y el interés del autor. No es fortuito entonces hallar en sus versos los círculos de reiteraciones, las tiradas de enumeraciones, el encadenado uso del polisíndeton, el empleo de los denominados code switching y code mixing, o sea, el cambio de un nivel lingüístico a otro o la integración de vocablos y expresiones en una u otra lengua. Todo esto produce un efecto particular al leer o decir estos versos. Es un tono de plegaria, de oración que se mueve de lo grandioso a lo íntimo. Es el tono y el ritmo de los evangelios –recordemos que fue la Biblia de Jacobo su modelo principal. Debía emplear formas correspondientes para ayudar a crear esa sensación. Lo más difícil ha sido conseguir el ritmo, la respiración de Whitman, y en general ese tono peculiar. En un idioma de palabras largas, como es el español, el logro de esta dinámica se hace peliagudo. No obstante, la apuntación martiana me sirvió de pauta para trabajar. Es lo que intenté trasladar al lector actual.

Ahora bien, como muchos afirmo que la traducción es un arte más que una técnica y en un arte hay procedimientos que emanan de fuentes totalmente misteriosas. Por las esencias generativas y altamente creativas del idioma, hay formas de una lengua que resultan altamente resistentes a su traslado a otra. Uno debe afanarse arduamente para encontrar la manera más adecuada en comunicarlo. Pero la lógica gramatical o léxica no siempre funciona. Hay miles de formas que no se hallan en ningún diccionario o prontuario. Es ahí donde una suerte de sexto sentido echa a andar. En muchas ocasiones, fue mi experiencia de poeta la funcionó, permitiéndome, con sus recursos inefables, hallar soluciones que de otro modo no tuvieran explicación. 

Un dilema que me paralizó por un tiempo era el referido al uso del lenguaje. ¿Qué variante lingüística emplear, la actual o la del siglo XIX? En el presente, con el auge de las traducciones y las presiones del mercado del libro, hay una tendencia a modernizar los textos, empleando un lenguaje más inmediato al público lector. Sin embargo, considero esta práctica como una debilitación del concepto general de la obra, pues su contexto epocal es parte de su integridad expresiva. Por otra parte, hacer una versión estrictamente atenida a los usos lingüísticos del español de mediados del siglo XIX implicaba una tarea de arqueología lingüística que, por muchas razones ante todo de tiempo y recursos, me veía impedido de acometer. No obstante, apoyándome en las obras de poetas hispanoamericanos contemporáneos del autor norteamericano, traté de preservar el gusto de esa época. Esto me parecía no solo respetuoso para la obra sino para el lector. Sin embargo la decisión me llevaba a otro conflicto respecto a las formas lingüísticas a emplear. La regla más aludida es una funcional, o sea, utilizar el vocabulario y las estructuras de mayor frecuencia de uso. Mas esa frecuencia de uso estaba teñida por una época y unas condiciones ahora inexistentes. El español de la isla por entonces era mucho más cercano al de la península, por la profusa presencia de lo español. Además, me interesaba que mi traducción no tuviera un círculo de recepción restringida a los cubanos. Entonces, ¿qué variante del español utilizar: la cubana, la española, la de alguna zona latinoamericana? Me detuve a pensar que la situación lingüística contemporánea con el flujo y reflujo de lecturas, cine, radio, televisión, internet, turismo, de un área a otra, había creado un mayor espacio de intercomunicación. Aunque empleamos un subsistema lingüístico restringido y particular, somos capaces de entender mucho más. La posibilidad de que entendamos productos lingüísticos de diversas áreas hispano parlantes nos muestra que existe un fondo ínter lingüístico común, una suerte de variante mundial del español que evita el desbarranque en el dialectismo limitante. Es la que he preferido. En tal sentido, podíamos extrapolar al idioma la archiconocida frase de Goethe respecto a la Weltliteratur –literatura mundial– en oposicion a una suma de literaturas nacionales. Diríamos: “La variante nacional ya no representa mucho hoy en día, entramos en la era de la variante mundial y nos compete a cada uno de nosotros acelerar esta evolución.” Así, enfatizamos el empleo de este español internacional o global. En estos tiempos de irreversible y dinámica globalización, acentuada y facilitada por el desarrollo de los medios de comunicación interactiva, el provincianismo lingüístico no puede resolver los dilemas que el intercambio genera.  

Y, last but not least, un elemento importante, en ocasiones determinantes en la calidad final de una traducción es la relación con el editor. Es el mismo un complemento necesario si bien no siempre cordial del traductor. Por regla y, con la excepción de nombres debidamente confirmados por la veleidosa fama, los editores suelen desconfiar de los traductores. Tal vez esto se deba a la repetida expresión tradutore, traditore –bien sabemos que hasta la reputación depende de la reiteración. Sin embargo, una relación respetuosa e inteligente es sumamente útil. Los editores no siempre dominan la lengua de origen del texto vertido. Muchas veces se apoyan en el olfato o la referencia a traducciones anteriores. Esto es problemático y riesgoso pues supeditan la valoración de una nueva traducción a elementos no siempre sólidos y, muchas veces, totalmente subjetivos. El tipo de editor, más o menos ortodoxo, más o menos sensible, puede condicionar el resultado final de una traducción. Es necesario hacer ver que no solo es el editor quien tiene la debida conciencia lingüística sino que, precisamente por su labor, es el traductor quien está en una mejor disposición. Organizar y estructurar un texto, tarea de editor, es solo una mínima porción de toda la labor de hacer legible y significativa una obra en el idioma que se trate, tarea del traductor. He acumulado a lo largo de mi faena de traductor suficientes ejemplos en que he tenido que ceder ante determinaciones de editores. Aunque siempre he litigado para hallar la solución más equitativa para ambos, muchas veces he sentido que he debilitado mi labor. Las he considerado como pequeñas pero angustiosas derrotas. De cierta manera la edición está implicada en la actividad general de traducir. Tal vez sea la facultad de decisión sobre la forma final de un texto una que deba ganar paulatinamente el traductor, pero considero que, en esencia, nos pertenece. 

En fin, mis muy personales notas solo se proponen mostrar un ángulo ciertamente particular de un asunto que todos los presentes muy bien conocen: lo difícil de diseñar una estrategia de traducción. Cada obra es un mundo individual y complejo, con todas sus concatenaciones y sus condicionantes. Si el traductor quiere realizar una labor responsable y concienzuda –o sea profesional–, debe poner ante sí todos estos factores y sopesarlos. El éxito no es lo que importa sino el placer de haber conseguido una obra genuina, tan cercana y valiosa como el original que vertemos.

Holguín, 12 de noviembre de 2005