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Jorge Luis Peña Reyes: escribo para buscarme  respuestas diferentes
Frank Castell , 22 de agosto de 2006

Desde la lejanía de una ciudad bañada por el mar y con la universalidad de un escritor que busca la armonía en su obra, Jorge Luis Peña Reyes (Puerto Padre, 1977) conjuga el tiempo de crear junto al de promover a los autores. No es casual verlo a diario entregarse a un oficio duro y mal remunerado, lo que no le ha hecho desistir porque es uno de los creadores más consistentes, no sólo en Las Tunas, sino en todo el país. De carácter alegre, se desenvuelve como especialista literario en la Dirección Municipal de Cultura de su municipio. Por lo que su vida está marcada de aciertos e incomprensiones. Ante las dificultades se crece porque de él depende que Puerto Padre sea uno de los lugares donde la poesía se respira y atesora.

¿Cómo llegas a la Literatura?

No sé todavía si he llegado. Mientras cursaba en el Pedagógico de Las Tunas mi tercer año de la carrera, en el año 98 me atreví a leer un texto escrito algún tiempo antes. Lo leí con tremenda convicción de haber tocado la gloria, lo hice delante de unos amigos que venían  a ayudarme. Aquello era una mezcla de verso libre y rima con más asonancias que un bolero, lacrimógeno y aleccionador, terminaba en una declarada moraleja. Alguien, creo que para no desalentarme, me habló de Vallejo, a quien busqué con urgencia en la biblioteca, entonces supe que aquel texto inicial no era poesía, tampoco literatura. Estaba muy lejos entonces, pero ahora que llevo camino recorrido, reconozco que la literatura es eso, un andar entre montañas azules y lejanas. Uno llega a alcanzar algunas pero las descubre diferentes a las soñadas, luego uno intuye que hay otras más azules y distantes, y tal vez olvidando el gran esfuerzo anterior se dispone  a escalarlas con paso nuevo.

La literatura además de ser un carisma de Dios, es una deuda eterna con los amigos (en esto nunca se está solo, por eso gloriarse es una necedad). La literatura es una pasión enfermiza que me obliga a decir.
Me obligaba en aquellos tiempos a presentar un poema cada miércoles en el taller literario El Cucalambé, de Las Tunas, que dirigía Carlos Téllez. Alrededor de aquello se formaban las mejores tertulias que conozco. Se extendían hasta el amanecer oyendo poemas y  canciones de la trova. Nada me alentaba más que aquel descubrimiento. Comencé por la décima, una escuela que me obligó a decir todo lo que tenía, en medio de muchísimos amigos que la escribían con excelencia. Era una doble presión pero qué sería del arte sin presión, sin estructuras  estrechas. A la décima  le deberé siempre, la formación de un escritor pasa por tantos hilos...

Perseguía con voracidad los concursos, de modo que cuando presenté mi primer libro de décimas casi todos los textos habían sido avalados por uno o más certámenes literarios. Luego la décima comenzó a dañarme (así son las grandes pasiones) hasta pensaba en octosílabos. Busqué otras formas estróficas pero seguía asumiendo la décima como un sino, aunque con otras variantes métricas, comencé a experimentar, a jugar con ella. Así empecé a escribir literatura para niños: textos sencillos y humorísticos que duermen o despiertan en cualquier parte. La literatura para niños me hizo más libre, me hizo ver la vida con más honestidad, no tenía por qué inyectarme o exagerar una tristeza que muchas veces no me correspondía, aunque el poeta asume dolores ajenos como propios. Mi literatura para niños no deja de tener ciertos dolores, ¿acaso la añoranza no es un dolor?

¿Cómo valoras lo que se hace en Cuba, en materia de Literatura para niños?

No soy un crítico avezado, trato de mantenerme atento de lo que se escribe en el país y fuera de él. Creo que la narrativa  cubana para niños  tiene un mejor momento que la poesía. La narrativa ha sido más atrevida, menos costumbrista, auque tengo la opinión de que el fenómeno más interesante ocurre en la narrativa para jóvenes. Creo que Niurki Pérez es de las pocas autoras que defiende con brillantez la novelística para niños, tendencia raramente asumida en el actual panorama de la literatura y que debe estimularse más. La lírica para niños todavía sufre del paisajismo contemplativo, del minimalismo vacío y del arraigamiento a estructuras poéticas demasiado convencionales. Hay asomos interesantes y maneras múltiples de ver la poética infantil. Existen muy buenos libros y también muy buenos autores. Hay quienes la asumen desde el pasado con el riesgo de hablar de referentes que no le dicen nada al niño de hoy, otros trabajan desde los textos clásicos y no logran aportarle más allá. Otros conceptualizan o cuentan una historia a través de muchos textos. Existe una preocupación mayor por la organicidad de los libros para niños, aunque creo que la poesía para niños guarda grandes momentos.

Todo es válido y riesgoso pero uno debe tratar de ser diverso y explorarlo todo. Creo que la poética para niños debe asumir, de una vez por todas, el complejísimo tiempo que vivimos con escasos finales felices, tampoco debemos excedernos en fotografiar determinadas realidades verdaderamente traumáticas, en la literatura es importante el qué, pero el cómo es determinante. Considero que la fabulación de nuestra realidad puede ser clave para entender el camino.

Los libros que has publicado tienen, como característica esencial, el haber sido premiados en diferentes concursos. ¿Te consideras un cazador?

Las posibilidades para publicar en Cuba todavía siento que son reducidas. O entregas un libro a una editorial, o ganas un concurso que incluya esta posibilidad en sus bases. Aunque parezca remota, prefiero esta última opción. Será que los creadores tienen hoy que inventarse sus propios estímulos para seguir creando. Los concursos cuentan con una mayor promoción, que conviene en esto de abrirse paso desde la aldea. Los concursos colocan, establecen. Publicar un libro en una editorial nacional pude ser un proceso angustioso e inhibidor. Ser escritor es más que hacer una obra de digno reconocimiento, es tratar de colocarla en un mejor sitio, lejos de conceptos estrechos y ridículos. O puedes, sin que nadie lo note, pasarte toda la vida dando golpes al vacío. Ya lo dicen algunos, ganar desde aquí  es toda una proeza, parece que la urbe tiene sus muros.
No creo pecar por vanidoso cuando digo que nadie es tan responsable de la obra como quien la escribe. La fe y el trabajo son vitales para el creador, arriesgarse en los concurso es un ejercicio que todavía necesito a sabiendas del azar y de la preferencias de los jurados. Escribo y reescribo los textos hasta provocarme un poco de rechazo, pero no tengo otra manera de sentirlos pulidos, no soy un genio para creer que he concluido mi obra. Los editores me truncan este obsesivo placer y me salvan o me condenan para siempre. Respeto a los que aman ese estado de gracia y se niegan a alterar lo hecho, los admiro, aun no tengo esa confianza.

Recientemente alcanzaste el Premio Abril con el poemario "Vuelo crecido", ¿qué valoraciones tienes sobre el libro?

Este es hasta ahora el libro que prefiero, con él aprendí lo que debía o no hacer para el público infantil, es mi libro de formación aunque Donde el jején puso el huevo me dio y me da muchas satisfacciones. “Vuelo crecido” es más lírico, no persigue la risa sino la mirada escrutadora, hurga en la sensibilidad de una familia fragmentada en la que el abuelo asume la paternidad de un niño que pregunta mientras crece, los discursos poéticos se entrelazan y confunden.

Es mi libro más trabajado y no contar con él como esa buena bala me hace sentir desprovisto pero a la vez aliviado, temía que el escrutinio me lo desintegrara.

¿A quién diriges tu obra?

Le escribo al padre para que no tenga vacía su gaveta de respuestas, una de las primeras motivaciones de los niños son las preguntas, esas que hacen sin temor: ¿qué es la luz, por qué yo tengo cinco dedos y no seis?

Le escribo al niño para que no acepte nada ajeno a su experiencia. Escribo para buscarme respuestas diferentes o para volver a la de siempre: ¿qué hago yo en medio de tantas interrogantes?