Suerte la mía de encontrarme casi por azar con un poeta llamado Felipe Gaspar Calafell (Manzanillo, 1964). Suerte la de haber leído su libro Exilio de la cordura, publicado por Ediciones Orto, en el 2004.
Quien se adentre en las páginas de este poemario quedará atrapado en un discurso fuerte, de verso hondo, que deja entrever a un autor extraordinario en el actual panorama insular. Dueño de una voz auténtica, Calafell, lejos de escapar de las redes de una enfermedad poética, esgrime sus textos con soltura y coherencia. Hace del ritmo y la sugerencia invitados permanentes:
Un barco sin nadie
con un mar más pequeño que él mismo
cruza el silencio con música de lluvias.
Sólo puedo verlo si me quito los espejuelos oscuros
si digo mi pan es de carne agria,
mi cielo
en vez de estrellas
tiene ojos enloquecidos por un mago (…)
Poeta que defiende lo mejor del ser humano, tiene la virtud de estremecer al más avezado de los lectores porque en su propuesta habita la sinceridad, elemento casi desconocido en muchos de los libros que reciben el voto favorable de jurados en certámenes de reconocido prestigio, entre ellos el Premio de la Crítica, por sólo citar un ejemplo preciso.
Su voluntad de comunicar sensaciones desde múltiples lecturas, permite llegar a la conclusión de que libros como este merecen una promoción fuera de las fronteras de su Manzanillo natal. Es necesario reconocer las interioridades, preocupaciones, sueños irrealizados del sujeto lírico, hombre con los pies en la tierra, pero que sabe volar y recorrer el paisaje agreste. La realidad se torna difusa, sin embargo en cada sílaba, en cada imagen de sus poemas existe una fe salvadora:
Amigos,
les escribo para decirles
que la soledad quiere matarme el pecho,
que tuve una mujer desnuda
y ya no existe,
maniquí de alas caídas,
sufro una extraña enfermedad
que sólo el amor podrá salvarme.
Calafel escribe por necesidad. Sus manos poseen el raro don de gestar poemas llenos de luz. No existe una preocupación por dinamitar una poética determinada, un discurso de moda, ni simplemente caer en gracia. Hay una catarsis compartida con el lector, cualquiera que sea. No voy a negar cierto descuido a la hora de fraguar el texto. Esa es la magia que envuelve la historia, la imperfección, no el artificio, ni el desbordamiento que no conduce a ningún sitio. Ejemplos como “El loco en el espejo cuerdo” dan fe en la riqueza, la infinidad de voces que giran en torno a un ser que se burla de quienes lo menosprecian por su música de tonos melódicos, inolvidables:
Vengo de un árbol del futuro,
una gaviota soñada duerme en sus entrañas
hasta que aparece el loco
ante el espejo cuerdo del mar.
La voz del loco suena
como un globo lleno de cascabeles,
de sueños irrealizados.
Todos estamos locos
y alguna vez hemos querido ser
mar, gaviota, pez profundo.
Ser loco es
gritar con dulzura la verdad color de muerto,
decir a los hombres
vamos a cantar el rocío, la vida
y los milagros de la vida.
El mar tiene su raíz amorosamente enloquecida,
llena de barajas, de relojes muertos,
de albas sonde se miró el mendigo
y se supo risa al ver en sus manos
un pequeño caracol que develaba
todos los misterios inconfesos.
(Todo misterio es una ostra:
abrirla es descubrir
la ventana, la torre, la galera
el niño que se inventó un arcoiris).
De vez en vez
me baño en la playa
con la muchacha de los vientos,
ella es loca, como yo,
por eso conoce el secreto de las llaves
y su sexo es un ritual matinal de eucaristía.
de vez en vez
amanezco terriblemente loco,
leo en mis ojos otros ojos;
los ojos de alguien que pasó como un velero
sin decirme nada.
Siempre habrá locos,
si no el mundo sería el cadáver de todas las fieras,
la tumba sin epitafio de los epitafios.
Vengo de un árbol del futuro,
allí estuve dormido
hasta que el sol brotó de mi pecho y dijo
aquí estoy yo
bajo mi luz en una palabra muscular está la vida:
Los diálogos son velámenes envueltos en nubes.
Quien me toque muere para nacer
y se convierte en discípulo del día.
Vengo, ¿quién puede dudarlo?,
de un árbol del futuro,
en sus entrañas una gaviota anhela conocer la sal
porque la sal qué es
sino el lecho de todo nacimiento,
porque la sal es
todo el reino que abarca la mirada.
En Manzanillo vive un poeta llamado Felipe Gaspar Calafell, un hombre que recorre las calles y se sienta en el parque y se confunde con la historia de su ciudad. Un hombre que escribe con el alma, un hombre que pertenece, estoy convencido a la eternidad.