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Hacia un perfil del editor de literatura científico-técnica soñado (II parte)
Alejandro Jiménez , 21 de septiembre de 2006

El editor, la Segunda Ley de la Termodinámica y el libro científico-técnico ideal

No es difícil asumir que la complejidad del libro científico-técnico, aunque sólo sea desde el punto de vista estructural, en general, es mayor que la de otras clases de libros. Esto no es un hecho subjetivo pues bien se pone de manifiesto comparativamente en los tiempos que se asignan en las normas que se emplean a diario en el proceso de producción.

Parece que en el libro científico como en el Universo, sin la acción de otros factores todo tiende a la sencillez, a la reducción de la complejidad, pero la Segunda Ley de la Termodinámica nada tiene que ver aquí en realidad. En nuestro caso se trata de facilismo o de desconocimiento o de ambos. Frecuentemente el editor no domina las técnicas y programas de diseño, emplane y maquetación digital, desconoce en la práctica las posibilidades y limitaciones de estos, y como consecuencia, todo en el libro científico que hacemos tiende a perseguir la simplificación, a fin de no complicar las cosas, hay que asegurarse de no correr riesgos, ya es suficiente la cantidad de tablas, ecuaciones y gráficos. El proceso de marcaje tipográfico se convierte en algo esquemático y casi prescindible. El diseño interior es generalmente elemental y las ilustraciones artísticas, tan deseables sobre todo en los libros de divulgación científica, brillan por su ausencia10.  Como consecuencia el libro se transforma en un “ladrillo” de puro texto, gráficas y tablas y algunas figuras que propuso el autor que se procesan y cambian al formato más adecuado para llevar a imprenta.

Esto lleva a concluir que nuestro editor científico soñado requiere una cultura visual y una dosis de imaginación no menor que la de cualquier otro editor. Al editor del libro científico cubano actual le hacen falta los vuelos de la imaginación y un poco de poesía, para concebir ilustraciones y contratar a los correspondientes artistas con una intención clara en su mente de lo que quiere. El diseño interior no tiene que ser más pobre porque el libro sea más complejo. Es preciso dejar de conformarse con la gráfica mínima que propone el autor, a este libro hay que imaginarlo y sucede que su riqueza visual suele ser potencialmente muy elevada. Puede aducirse el aumento del costo. Pero esto no necesariamente es una razón convincente. Mandar a hacer ilustraciones o fotografías no tiene que ser algo tan caro según las tarifas al uso, y bien merecería la pena en términos de resultados. Respecto al emplane en medios digitales hoy día un aumento de la riqueza visual no significa un costo estrictamente muy superior, siempre y cuando se se utilice el color, como antes cuando se había que resolver cada página en una mesa de dibujo. Queda claro además lo saludable que sería que el propio editor participara creativamente del proceso de diseño interior y emplane a partir de un mejor dominio de las posibilidades y limitaciones del software que se emplea. Y aunque no fuera la propia persona que realiza esta labor le sería posible establecer, con ella, un diálogo más equilibrado. Las nuevas tecnologías han llegado para propiciar un proceso de enriquecimiento, no sólo para agilizar la producción del libro como objeto.

El problema fundamental del editor científico

Es cosa cierta que el trabajo editorial demanda el dominio de dos disciplinas principales bien diferenciadas, al menos la mayor parte de las veces: aquella relacionada con la lengua (y, como hemos visto, el análisis del discurso) y otra cuya especialización tiene que ver con la redacción donde se desempeña el editor. Si asumimos la procedencia general, nuestro editor es típicamente un graduado de letras (sabemos que la carrera de edición en Cuba no existe como tal). Para nadie es un secreto que tiene que ser una persona eminentemente culta, y no le es demasiado problemático seguir la afinidad natural para potenciar una esfera preferida, sea el teatro, la narrativa o la poesía, materias que quedan demarcadas perfectamente dentro de la llamada cultura artístico-literaria.
 
El problema de nuestro editor se agrava en la medida en que la segunda disciplina (el núcleo temático de su redacción) se va distanciando de las humanidades, por el camino de las ciencias sociales, las ciencias físicas o naturales, el deporte, etc. Cuando la diferencia es demasiado aguda ya no queda tan claro si el editor tiene que ser un graduado de letras, a veces ni siquiera de humanidades o si es preferible que sea un graduado de ciencias que pueda ser capacitado de alguna manera para desempeñarse como editor11.
 
Muchas veces, entonces, se da lo contrario: Tenemos a un editor que proviene de una carrera de una ciencia fundamental, por ejemplo físico, que ha venido a dar a estos lares de la edición, si con fortuna, buscando afinidad con lo literario. Pero esto último no siempre es siquiera aplicable…

El hecho es que nuestro hombre ideal requiere una doble formación académica: en letras y en otra disciplina12, pero con frecuencia no la tiene, plantea un problema de capacitación y autosuperación y si el espectro temático de la redacción en que se desempeña es lo bastante amplio, tampoco su formación ‘académica’, digamos, como físico, le bastaría.
 
Estamos ante el problema de una necesidad de erudición que entraña un esfuerzo extremo y constante por parte del editor científico-técnico por mantenerse actualizado y localizar las fuentes de conocimiento que pueden hacerle falta en cualquier momento. En nuestros días el grado de especialización de las disciplinas científicas imposibilita prácticamente el modelo de la sabiduría universal renacentista. Por esto insisto en la palabra localizar, en lugar de poseer.
 
Para ello hay requisitos básicos que debe perseguir nuestro editor. Uno de ellos es el conocimiento de otro u otros idiomas (dominar aunque sea la lectura técnica del inglés es imprescindible en la actualidad), que puedan ayudarlo a procesar aquella información a que ha accedido. Además, como parte de esta capacidad de procesamiento se requiere desarrollar un juicio crítico formado a la luz de la filosofía e historia de la ciencia, en un sentido ideológico, epistemológico y escéptico, compatible con su posición como vector de cultura responsable, cuyas decisiones pueden tener amplia repercusión en determinadas esferas, a veces muy frágiles de la sociedad, como pueden ser la enseñaza o la orientación vocacional, a través de la divulgación científica, de niños y jóvenes. Me resulta casi inconcebible pensar en un editor científico-técnico supersticioso, pseudocientífico e ignorante del método de la ciencia, por muy debatible que este sea.

Este editor preparado requiere acceder información que ahora está apto para procesar y filtrar. De la misma manera que se desarrollan habilidades en la búsqueda de materiales en ficheros de bibliotecas convencionales, así mismo hay que crear unas nuevas para enfrentarse a Internet, así como ciertos anticuerpos para defenderse e identificar el conocimiento basura que plaga el mundo actual de la información, y no sólo en las redes. Doy por descontado el conocimiento de la tecnología informática, que hoy es tan apremiante para un profesional como en su día lo fue la taquigrafía y la mecanografía, o antes lo fue el latín. Un editor científico debe ir formando su biblioteca de libros, artículos, normas, diccionarios (sean digitales o no) y algo que es igual de importante, el contacto con la comunidad científica, comprendiendo con ello tanto a instituciones como a científicos individuales que deben ser consultados sin pudor y con honestidad, pero mostrándoles siempre que se recurre a abusar de su tiempo ante un problema que es adecuado con su esfera de competencia.
 
Muchas veces vemos que se dificulta el proceso de producción de un libro cuando la relación entre editor y autor ha sido establecida como única fuente para validar críticamente un texto. Si se utiliza como fuente del conocimiento experto al propio autor, esto provoca un efecto de rebote en un espacio cerrado que anula la crítica al texto que está tratando de establecer este editor desorientado —ya debilitada de por sí a causa del método empleado. El auxilio de uno o más expertos con una mirada exterior puede solventar muy bien este tipo de problemas. Por ello es muy conveniente que el editor cuente con un Consejo Asesor de expertos plenamente funcional que puedan ayudarle, directa o indirectamente a solucionar dificultades.

El editor, el libro y su impacto

Para terminar, regresemos al problema del editor como gestor del libro. Hay una serie de preguntas que el editor necesita formularse ¿Se están editando los libros que se necesitan? ¿Cómo están siendo recibidos los libros que yo edito? ¿Qué piensan los jóvenes, los autores, los profesores, los niños…? En definitiva ¿que impacto tienen mis libros, los libros de mi editorial, los libros de los autores de mi editorial…? En las temáticas científicas “duras” esto temas están por lo general mucho menos claros. La Feria del Libro es un magnífico contexto para intentar encontrar algunas respuestas. Las presentaciones de libros en todo el país suelen ser experiencias insustituibles. Otros foros científicos y culturales13 , el diálogo con científicos y profesores, son momentos pueden servir de retroalimentación. Las editoriales no cuentan con mecanismos maduros de investigación de impacto de la literatura que producen. He aquí un terreno en el que debe avanzarse considerablemente en mi opinión. Pienso que muchas veces el editor no tiene claro el público al que va dirigido su libro y esto entraña necesariamente problemas de indecisión o conformismo en su factura. Por otra parte si la editorial no tiene claro la necesidad de tal o cual literatura esto afecta las decisiones a la hora de defender o incluso gestar determinados proyectos en torno a temas objetivamente deficitarios. Lo que trato de decir es que el editor, en general, debe proyectarse más en la gestión de libros con un enfoque mercadotécnico contemporáneo. Conocimientos del tema, sobre todo de naturaleza práctica, nacional e internacional, le serían de mucha utilidad. Sería ideal si se atreviera a abandonar cierta ‘actitud de espera’ por que le den un libro para trabajar y saliera a investigar si hace falta un libro sobre tal o cual tema que además le es afín. Podría pensar en una compilación o en proponer a un autor que elabore un libro inexistente, pero que como resultado de su investigación y experiencia ha determinado que es necesario. Un libro concebido bajo estas afortunadas circunstancias, un editor interesado, un autor honrado con haber sido elegido, podría significar un buen augurio para cualquier futuro proyecto editorial.

Notas

10 Como contraejemplo piénsese en un libro tan memorable como Piensas ya en el amor, ilustrado maravillosamente por Zaida del Río.

11 He aquí donde yo veo una de las justificaciones fuertes para un Diplomado de Edición. Vistas las cosas desde este punto, para algunos participantes sería una formación complementaria en una bastante disciplina ajena a aquella que originalmente estudiaron. Este ángulo demanda un enfoque metodológico un tanto diferente al que se aplicaría a graduados de letras o humanidades así un esfuerzo mayor de comprensión mutua de parte de profesores (generalmente de letras) y alumnos (de formación ‘variopinta’).

12 Esta problemática también se evidencia, por las mismas razones, en el periodismo (comunicación social), disciplina en la que se ha propuesto como solución que sea estudiada al terminar otra carrera previa.

13 Si entendemos que estamos hablando de formación de cultura científica, la cual es perfectamente complementaria de la cultura artístico-literaria, categoría ésta con la que el público está en general más familiarizado.