Eduard Encina (Baire, 1973) es uno de esos escritores que llevan la literatura en la sangre. Tiene la virtud de llevar la palabra a sitios inimaginables, tal vez por eso no le teme a vivir en las llamadas “márgenes” de los círculos centralizados, es decir, de La Habana. Sin embargo, por la calidad de su obra tiene seguidores en varios sitios del país y se ha hecho merecedor de varios premios nacionales, entre ellos el Calendario, de la Asociación Hermanos Saíz, en dos ocasiones con los libros El silencio de los peces (Literatura para niños) y Golpes bajos (Poesía). Hombre que fusiona las artes plásticas con el verso ríspido y punzante, tiene ante sí la posibilidad de sobrevivir gracias al talento y la perseverancia.
¿Háblame del salto del boxeo a la poesía?
Es una cosa que siempre he querido explicarme. En verdad quisiera explicarme más que eso pues, esencialmente, en algo se parecen: el viejo oficio de dar y recibir. Para entonces no había leído a Byron, ni a Vallejo que en eso de los golpes me enseñó muchísimo, y no eran precisamente rectos o swinnes, sino los bajos, que te derriban para siempre si no tienes cerca unas palabras y una hoja en blanco para respirar, o mejor dicho, para esquivar los desprendimientos que a veces la realidad impone. Es más, los amigos de la infancia aún se burlan de mí y dicen que soy un timador, que esos poemas me los copio o que salgo por ahí a comprar la libra de verso en pie. Eso me divierte. Les gano por kout, se desconciertan y me miran extrañados ¿En qué tienen que ver el púgil y el poeta? Lo pudiera fabular, pero prefiero decirte que todo este tiempo, la poesía ha sido mi forma de resistir.
¿Qué lecturas marcan tu obra?
El hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. Entonces el asunto de las influencias es una condición, no es gratuito que el hombre sea “hechura” de Dios (en el original griego hechura es poiesis.) ¿Un poema de Dios? Ese pusiera ser el comienzo. No obstante, mi obra está marcada fundamentalmente por los pintores. Con ellos he aprendido a hacer otras lecturas de la realidad, acercar a Joyce y a Jackson Pollock, o a Ángel Escobar con Belkis Ayón. La plástica me brinda una manera muy peculiar de organizar la imagen, de “construir” mis poemas dentro de una atmósfera menos de efectos que de sentidos. Creo en la inspiración, en la emoción de la escritura, pero también creo en la conciencia de las formas y las estructuras. Celebro mucho la obra de Marcel Duchamp, sus estudios del espacio y el movimiento, esa es una lectura de donde emana todo lo que hago.
Me gustaría llegar a ser un gran lector, para eso mi amigo Jorge L. Legrá y yo disponemos de unas de las mejores bibliotecas de La Habana, gracias a Rito Ramón Aroche y Caridad Atencio. Las influencias literarias se han ido sucediendo en la medida en que avanzan mis lecturas. A veces la obra completa de un autor no es lo que me influye, ni siquiera su relectura, sino aquel primer impacto parcial, aquella extraña noción de lo que todavía desconozco. Unas de las primeras cosas que leí fueron los diarios de Martí, ahí comenzó el impulso, después llegaron Lezama y Eliot, Rilke, Lautreamount, Heidegger, Nietzsche, Gastón Bachelard, André Guide, Michael Butor y todos los etcéteras que no podría recordar. No soy un tipo “culturoso”, enciclopédico. Apenas un lector, que a veces escribe.
¿Qué significa crear desde Baire?
Baire es un pueblo olvidado, un lugarcito del país donde Gómez dio la primera carga al machete y los generales Lora, Salcedo y Rabí reiniciaron la guerra en febrero del ‘95. A muy poca distancia de allí cayó el Apóstol, casi a orillas del Contramaestre ¿Quieres más teluricidad que esa?
Sin embargo es difícil escribir desde los márgenes, donde no hay un entorno cultural propicio a grandes motivaciones, pero sobre lo difícil ya Lezama nos legó aquel conocido axioma, y eso me estimula. La periferia también me salva de farándulas y contaminaciones, y aunque ya no conservo la virginidad del principio, puedo pasar cerca y alejarme, convivir sin participar. Es casi inimaginable el sistema de aviso que tengo montado para que me llegue una llamada telefónica, es gracioso y de todo eso me burlo cuando escribo. Sin embargo, tengo amigos que escriben en San Germán, II Frente, El Granizo, que aprendieron a “joderse” detrás de unas lecturas para un día poder asomar la cabeza en una revista o librito. Tengo otro amigo de Las Tozas que siempre me está diciendo que le debo un cubo de libros, gracias a él encontré que fuera de Baire habían otros espacios y otras especies que hacían posible la literatura. Ciertamente me alegré muchísimo cuando descubrí que existían dos lugares llamados Comala y Macondo.
¿Por qué se venden tanto tus libros?
Eso es sospechoso. Sergio Fernández, quién fuera hasta hace poco el Director del Libro en Santiago, dice que yo obligo a familiares, amigos y enemigos para que compren mis libros. Me estimula saber que el tamaño de los mismos no da para hacer cucuruchos de maní. Lo cierto es que se venden. La gente lee lo que escribo y va a las presentaciones, sobre todo los jóvenes. Algún vínculo tendrá que existir entre mi obra y sus motivaciones. De todas formas te digo que eso no deja de parecerme sospechoso.
De tus contemporáneos, ¿a quién o a quiénes consideras más afines a ti?
Está pasando en la literatura cubana una cosa rarísima, y todavía no te pudiera decir si es buena o no. La confluencia de varias generaciones, varios discursos que conviven sin antagonismos. El espíritu patricida de la literatura se ha ido perdiendo. Hace poco participé en un espacio donde leían tres de los escritores que más admiro: Roberto Manzano, Carlos Augusto Alfonso y Carlos Esquivel ¿Te imaginas?
Me parece que la falta de poéticas, de conceptos que muevan la escritura, condiciona la falta de polémica. En eso también han influido una serie de elementos extraliterarios que promueven la homogeneidad, el triunfalismo y ciertas posiciones acomodaticias. Los amigos reseñan a los amigos, no hay jerarquía, al menos en un estatus marcado por la calidad literaria ¿Entonces, cuáles son mis contemporáneos? He leído muy poco a la gente que más o menos tiene mi edad. Creo que estoy más cerca de Boti y Poveda.
Eres de los autores que se adentran en géneros tan diferentes como la poesía y el cuento para adultos y para niños. ¿Ves nuevas posibilidades de comunicar tus preocupaciones?
Escribo porque respiro. Más o menos es así, una cosa que tú no eliges, tampoco eliges hacerte el poeta o el narrador. La realidad se manifiesta de varias formas, y de varias formas es manifestada por nosotros. La poesía me crea un “estado”, una ansiedad de expresar algo que sucede en mí, no en las cosas. Con la narrativa es diferente, hay algo de ese estado del que te hablaba y eso lo reflejo fundamentalmente en el lenguaje, pero la historia, los personajes andan por ahí, haciendo lo que les da la gana, hasta que yo los atrapo.
Cuando escribo para niños detengo los demás proyectos, necesito concentración. Respeto mucho a ese público, ellos escogen muy bien lo que van a leerse y he visto a muchos ponerse de pie y dejar vacía una sala de presentaciones, porque el libro que presentan no les interesa. Ellos son muy sinceros y merecen lo mismo. A veces la “crítica” exagera y no es capaz de ver en ciertos libros un afán distorsionador (y lo apuntan como novedoso) del mundo infantil. Sobre todo en la narrativa, porque la poesía en los medios críticos brilla por su ausencia, será que los críticos son narradores, sólo tienes que echarle una (h)ojeada a cualquier revista. Hay muy buenos libros de narrativa, pero una buena zona de esa creación está contaminada de recursos facilistas, que tratan de “rescatar” a los personajes clásicos, como si alguna vez alguno hubiese perdido vitalidad, se desgastan utilizando aquellos que otros autores ya le dieron vida magistralmente y lejos de hacer un culto se hace una afrenta. Tengo dos hijos, me da miedo pensar en que mañana a ellos no les interesen mis escritos.
En tu obra abordas temas difíciles como son la muerte, la prostitución, la supervivencia, entre otros. ¿Por qué?
No creo que existan temas más difíciles que la realidad. Estamos rodeados de muerte desde que Dios decidió acortarle los días a Adán. Las prostitutas, llámense Jezabel o Jineteras profesan un viejo oficio que a veces forma parte de esa “sobrevida” de la que me hablas: son parte de la historia del hombre. A nuestra promoción la han querido signar de ahistórica. Nada más equivocado, quizás sea que ya no miramos la historia desde el mismo ángulo y se sigue midiendo con la vara de los ‘80, un fenómeno que cambió de posición. A nosotros nos tocó ordenar el derrumbe de muchos de los paradigmas que habíamos asumido, vejados por la pérdida de la noción de futuridad, escritores de la dispersión, la incertidumbre, poetas de la resistencia. ¿Para qué seguir la mirada sociológica, cuando en realidad había que mirar hacia uno mismo, restaurar o reconstruirnos la identidad? Es cierto que hay gente todavía que no se da cuenta, que el país ha crecido a base de superar los temas difíciles.
¿Cómo valoras la literatura escrita por jóvenes en Cuba?
Sobre ese tema se han dicho muchas cosas, algunas extremistas y vacías. Hace falta un desprendimiento de la generación más inmediata, no podemos ser por más tiempo una prolongación que asoma nuevas luces, nuevos colores en un viejo cuadro. En eso también las Escrituras parecen tener razón “no se puede echar vino nuevo en odre viejo”.
Ahorita te hablaba de Marcel Duchamp y de su idea del cambio, del movimiento. No recuerdo bien si fue en una entrevista o en algún apunte del Cuaderno Verde, pero lo publicamos hace poco en El Alibi, una separata que hemos hecho del Boletín IDEAS del Centro del Libro en Santiago. El pintor, como para ayudarnos a descender por una escalera, dice que el gran inconveniente (parafraseo) del arte en la Francia de aquel entonces, era que no había espíritu de rebeldía entre los más jóvenes, pues sobrevivía una especie de marasmo al seguir los caminos ya trillados, tratando de hacer mejor lo que sus predecesores habían hecho ya. Tal vez serían válidas esas iluminaciones para nosotros.
Los críticos han observado una amplificación temática, ciertos focos de resistencia en el lenguaje, la búsqueda de alternativas performáticas, tanto en la poesía como en la narrativa. Esos cambios, a mi modo de ver, se producen en el cuerpo (otro espacio llevado por los más jóvenes hasta el extremo), pero hay que arriesgarse, ir más allá, al concepto.
A lo mejor hasta yo mismo he sido demasiado petulante con los míos, pero no basta con escribir bien, es necesario fragmentarse, asumir poéticas capaces de dinamitar la modorra, el vacío.
Hay una cosa que me parece muy interesante, y es que hace buen tiempo ya fue abajo aquel anatema que para ser escritor había que ser de la capital o vivir en ella, ahora mismo, en el interior del país te encuentras narradores como Obdulio Fenelo, Esquivel, Yunier Riquenes, Delis Gamboa, que no tienen nada que envidiarle a nadie. Lo mismo sucede con la poesía de José Luis Serrano, Annia Alejo, Luis Felipe Rojas, o José Ramón Sánchez. Ese ya no es el asunto. Nos ha tocado un tiempo hermoso y terrible, a la literatura también
¿Te sientes atendido y comprendido hasta el momento?
Yo sirvo, tengo una profunda vocación de servicio, eso lo aprendí de Cristo. Uno no puede sentarse a esperar que alguien lo atienda, casi siempre ese alguien es el mismo que no te comprende. Lo importante es escribir. Complacer o molestar no es asunto mío.
Tienes en proceso de revisión final la noveleta para niños “Ñámpiti”…
Es una de las cosas más queridas de las que he hecho, no por la perfección escritural, ni por las posibilidades temáticas, sino por el banquete de revivir personajes de mi infancia y hacerlos coexistir en una historia más contemporánea. Nunca me había divertido tanto, es más, a veces he llegado a creerme esas historias que inventé. Mailer, mi esposa, dice que yo soy literatura, un personaje que se le va de la mano a cualquier escritor.
¿Qué otro proyecto tienes en mente?
Escribo un ensayo que por ahora he titulado “Para una Poética de la Historia”. Siempre he compartido esa idea de Carlyle de que la poesía presiente la verdad, lo mismo que la belleza, antes de tener de ella cabal conocimiento. Creo que la poesía se anticipa a la historia. Me pregunto ahora mismo, cuál sería la visión de la Historia a través de los poetas, desde Heredia hasta el mismísimo Luis Eligio Pérez. Termino un libro de poesía, otro de décimas y uno de cuentos para niños.
Un último mensaje a los amigos y enemigos.
Allá en Baraguá también estuvo Rabí, con trescientos baireros a caballo, machete en mano, nervioso y encendido. Mis amigos siempre tendrán en mí una casa y un caballo. Mis enemigos saben que siempre estaré aquí, dispuesto a romper el corojo.