Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 8 de diciembre de 2019; 12:50 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 312 | ver otros artículos en esta sección »
Página
La vida en las palabras
Enrique Saínz , 04 de octubre de 2006

La memoria atraviesa el tiempo y nos lleva a cualquier época y lugar de nuestras vidas para iluminar momentos o períodos y llegar a hechos o personas que tuvieron significación entonces y ahora. Un rápido recuento de muchos años ha de entregarnos seguramente aquello que más hondo caló en nosotros. Una larga vida como la de Cintio Vitier, ya en sus ochenta y cinco años, está conformada por innumerables momentos de singular intensidad, relatados llenarían cientos y cientos de páginas extraordinarias, del mayor interés para los lectores de su obra y los interesados en la vida cultural de la nación. Sin embargo, el autor ha preferido estos rápidos apuntes (Memorias y olvidos, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2006) que se entretejen como un relato entrecruzado, mezclando sucesos y experiencias de etapas alejadas y de aparente soledad. Todo comenzó allá en Empalme, en una infancia poblada de un adentro y un afuera que vemos en extraña bruma, con familiares y amigos que el recuerdo ha recreado con una nitidez que los transforma en preciosas imágenes fijas. Ahí se formaron una vocación y su estilo, su mirada y su escritura. Esos recuerdos tempranos son ya la poesía de Vitier, los poemas con esos paisajes íntimos y esos interiores con una lluvia torrencial golpeando los techos y dando vida natural a las costumbres y los rostros. La llegada a la vida del espíritu, con sus indispensables movimientos en el espacio y el conocimiento de sitios disímiles, todos aleccionadores en sus misteriosas revelaciones, los diálogos y los gestos que tanto pueden decirnos como imágenes de la eternidad. La música en la vida de Vitier, siempre más allá de la poesía, está también en los comienzos como apertura a una suprarrealidad, memoria inacabable que continúa en los hijos. El niño y luego el joven que miraba a su entorno y veía de una extraña manera cómo sería todo. No importan demasiado los hechos en sí mismos, sino lo que le van diciendo al poeta que entonces era Vitier, en su niñez dichosa entre los paisajes y los interiores de la casa poblada de familiares y de luces y sombras. El hábito de ir y venir con disciplina o libertad por calles y parques, los estudios y las conversaciones de los mayores alcanzan en estas memorias una fijeza que las perpetúa como una manera de vivir única, repetida luego en la vida adulta y en la creación de una obra que ha devenido inmensa en trascendencia y volumen.

Más tarde vendría Juan Ramón Jiménez en persona, presencia increíble para este adolescente que había estado leyendo meses y meses la Segunda antología poética y había tenido, en ese libro de la biblioteca de su padre, la que acaso fue la mayor experiencia de toda su vida hasta el conocimiento de la revelación de Dios: la revelación de la poesía. Y además llegaron por entonces las amistades esenciales: Fina y Bella García Marruz, Eliseo Diego, Agustín Pi, José Lezama Lima, Gastón Baquero; y con ellas, grandes experiencias y desasosiegos diversos; y la aventura de Orígenes y las revistas que la precedieron, en las cuales esos jóvenes pudieron realizar el más abarcador y formidable movimiento espiritual de la nación en toda la vida republicana. Los tiempos se entremezclan y de pronto nos cuenta Vitier acerca de unas entrevistas que para la televisión le fueron haciendo hace muy poco y de la enfermedad de la niña de su chofer, como si todo sucediese al mismo tiempo y se rompiesen las fronteras, pues todo está en un ayer sin límites. Todo como en un rapto, confundidos esos días de plenitud con sombrías angustias de una extrañeza indecible, actuante, como se lee en Vísperas, el tomo que reúne los diversos cuadernos que el poeta fue escribiendo y publicando a lo largo de quince años de creación intensa. La lejanía y lo cercano se confunden y se erigen en historia íntima o colectiva, y ayer fue hace medio siglo y la infancia terminó hace apenas una semana, como si no importase cuánto tiempo ha transcurrido en el devenir fatídico. De aquella oficina pobre y sombría de un ministerio de la República, donde trabajó el poeta, entre gangsters que iban y venían libremente, o de los días en que se esperaba la salida de un número de Orígenes, la obra inmensa del espíritu con la que se edificaba otra patria, silenciosa, resistente, duradera, hasta los primeros días del triunfo de la Revolución, o hasta los momentos en que se inaugura el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Caracas durante el gobierno de Chávez, pasamos en estas páginas rápidamente, pero sin perder la conciencia de que el tiempo ha ido veloz y de que estamos en otra época. Vitier nos cuenta hechos extraordinarios aparentemente desproporcionados en su magnitud y su repercusión social, pero en realidad similares en grandeza y dignidad. La experiencia de la extrañeza vivida por un hombre sin esperanza histórica o la enfermedad de una niña toda belleza son tan grandes como una poderosa revolución social o los cuartetos de Beethoven, aunque de momento creamos que no, que hay jerarquías y dimensiones mayores y menores en esos cuatro hechos. No olvidemos que la hoja de un árbol es en sí misma tan portadora del ser absoluto como el mar o las estrellas, una de las grandes lecciones que nos dejó la poesía de Eliseo Diego cuando miraba atento el oscuro esplendor que nos ciega de totalidad. Estas memorias nos dicen que las jerarquías las decide el espíritu, no la ciega factualidad. París o Moscú, no importa, nuestra propia casa en soledad o entre amigos, la fijeza o el movimiento, todo es recuerdo vivo de lo que se nos fue pero tenemos siempre, ya sin la acción devastadora del tiempo, como una verdad absoluta que en su fijeza nos habla de la vida.

Los datos que el poeta nos va revelando nos comunican un momento, una fecha, un acontecimiento, entonces leemos los comentarios, el ser profundo que no vemos si sólo nos dan el hecho. Así, por ejemplo, cuando Vitier recuerda lo que Lezama le dice en una carta acerca de su conferencia “Experiencia de la poesía”, rememora e interpreta que en esas líneas del autor de Enemigo rumor estaba definiendo la más honda conceptualización del grupo Orígenes. Esas líneas lezamianas son tan relevantes en el recuerdo de este poeta como aquellas voces y rostros de Empalme en su infancia. Plenitud de la poesía que ya estaba en aquellas mañanas y tardes tan lejanas y definitivas, pues la mirada de Vitier cuando comenta sus lecturas juveniles de Lezama, esa mirada que nos confiesa cuánto removieron su espíritu esos poemas, nos dice cuán similares son, en lo más profundo, esa experiencia íntima de lectura y las imágenes que percibía el niño de entonces. Veamos este momento magnífico para que podamos apreciar las semejanzas entre las impresiones del lector sagaz y las del pequeño que miraba su entorno inmediato en los años veinte. Escribe Vitier lo siguiente a propósito de sus lecturas de Lezama: “Cuando me dispuse a releer «Cuerpo, caballos» (I y II) no esperaba encontrarme la hipostasiada figura de su vigilado refluir onírico, ese manantial que se adensa paulatinamente (recordemos que ha caído lava en el agua confusa) mediante un ingenuo esquema de propulsión que asimila cada vez más oscuras comarcas, respirando humus de la muerte.” Traspuestos los límites de lo que podría ser el estilo del niño rememorando sus vivencias, ese comentario es, en última instancia, similar a lo que testimonia ante lo que sucedía en Empalme, o para ser más exactos, ya Vitier veía el mundo en aquellos días como lo vio después leyendo a Lezama, aunque en su infancia no hubiese podido escribir unas observaciones como las que acabo de transcribir.

La independencia espiritual y material de América aparece aquí también como tema de estas memorias, aunque no pueda verificarse como una realidad en los países latinoamericanos. Y nos habla también de la prisión de los cinco héroes que habría evocado Martí, con el retrato que haría de cada uno, página que hay que suponer monumental y que el poeta “recuerda” e integra a su devenir personal, otro recuerdo de la nación, como la formación del grupo Orígenes o la vida en familia en Matanzas o La Habana, una totalidad única para el poeta que nos cuenta ahora fragmentos de su vida. Rápidas iluminaciones que tienen como trasfondo la política, sí, pero la trascienden y se convierten en fragmentos suficientes que no necesitan consecutividad, antes ni después, son por sí mismos una revelación. Ya Vitier escribió su novela, De Peña Pobre, ciertamente interminable en el tiempo, y ahora nos trae instantes que se unen en lo más profundo. Los hechos de Don Quijote: ¿ficción? No. Realidad. El diálogo que esta mañana sostuve con unos amigos mientras caminábamos por una calle habanera: ¿realidad? No. Ficción. Se pierden las fronteras. Se confunden los límites y sucede entonces que las palabras nos salvan y los hechos se vuelven verdaderos porque los decimos. Las evocaciones de Vitier son sustancia de nuestro país porque estas páginas las salvan como formas de nuestra identidad. Le damos las gracias porque pudimos verlo en Empalme y caminando por las calles de Matanzas, y luego conversando con Lezama y reunido con Fina y los amigos de Orígenes y recordando que en la pila del lavabo de su cuarto de niño en Matanzas estaba el Diablo, todo como un sueño realísimo e inolvidable. Después y ahora vienen Vallejo y Rimbaud y Martí a nutrir su vida y, desde sus ensayos acerca de esos poetas, a enriquecer la nuestra. Todos los días amanecemos, la historia personal y de la nación transcurre y parece que se nos va, pero en verdad nos va haciendo y se perpetúa en las palabras y en los recuerdos. Estas memorias son también nuestras.