En octubre de 1931 salió de la Imprenta Ucar-García, en La Habana, un cuaderno —el segundo de un joven poeta nombrado Nicolás Guillén— que ahora cumple sus primeros tres cuartos de siglo: Sóngoro Cosongo.
El negro
Junto al cañaveral.
El yanqui
Sobre el cañaveral.
La tierra
Bajo el cañaveral.
¡Sangre
que se nos va!
(En “Caña”)
Se trataba, en opinión de los críticos, de un poemario de madurez, con textos donde el tema negro está presente (como en su anterior Motivos de Son, de 1930), pero trabajado de una manera más profunda, menos caricaturesca, con la musicalidad habitual del poeta, incorporando un juego de elementos lexicales africanos que aportan una nueva sonoridad:
Tamba, tamba, tamba, tamba
Tamba del negro que tumba...
En este cuaderno el negro aparece reflejado como parte de un proceso en que el color es solo un factor más dentro del capítulo de las denuncias sociales que el autor desvela. El poeta social está presente y, en adelante, lo estará cada vez más en su producción.
Guillén tiene 29 años cuando se publica Sóngoro Cosongo. Había nacido en Camagüey el 10 de julio de 1902, a pocos meses de instaurada la República. En 1926 había llegado a La Habana y comenzado a presentar colaboraciones en la prensa. El Diario de La Marina le había abierto sus puertas de la sección “Ideales de una Raza”, donde fueron apareciendo sus Motivos de Son.
Como ha señalado el crítico Max Henríquez Ureña, “en Guillén, el negrismo no fue una moda, es un modo (...) En Guillén, que lleva mezcladas la sangre del blanco y la del negro, esa poesía tiene un fondo de emoción propia, inconfundible, y no es extraño que él mismo haya hablado de poesía mulata en vez de poesía negra”.
Estamos seguros de que este aniversario cerrado de Sóngoro Cosongo no pasará inadvertido y devendrá estímulo para un mayor acercamiento a una poesía que no solo conserva sus valores literarios, sino que los acrecienta en la medida justa que se la conoce. De Sóngoro Cosongo, que hoy nos convoca, he aquí uno de los fragmentos más conocidos del poema “Secuestro de la mujer de Antonio”:
Te voy a beber de un trago,
Como una copa de ron;
Te voy a echar en la copa
De un son,
Prieta quemada en ti misma,
Cintura de mi canción...
Gracias, Don Nicolás, por tu eterna presencia en las letras cubanas.