En este breve cuaderno de Jesús David Curbelo (Camagüey, 1965) se evidencia la diversidad de su obra poética, ahora caracterizada por una ejemplar economía de medios y una mesura que contrastan con otros momentos de su quehacer, de escritura sobreabundante y múltiples cuestionamientos. Estos textos que ahora comentamos no son ejercicios de aprendizaje ni de pretendidas posturas vanguardistas, sino lecciones lentamente aprendidas en el decursar de los años ―años colmados de vivencias de naturaleza variada― y en constantes lecturas de poetas ciertamente paradigmáticos. Hallamos no sólo un magnífico libro de poesía en estas páginas intensas del más genuino lirismo, sino además la posibilidad de realizar un riquísimo diálogo con una tradición que siempre nos acompaña, una tradición que llegó a la literatura occidental hace siglos y que reaparece en ciertos momentos como otro espacio para la meditación y el hallazgo de un estilo otro. Por un lado tenemos un impulso racional, mesurado, antítesis del desbordamiento romántico y del excesivo o iluminador metaforismo de tantos y tantos creadores de tantas lenguas, y por otro, observamos una auténtica metafísica que nos enseña el no-discurso, el silencio, la nada verbal, término de un viaje hacia la muerte que ha de comenzar con la renuncia a las palabras. Las preguntas encuentran su respuesta en la pérdida de la voz, en la vuelta hacia un adentro que está más allá de la comunicación, en el que ni siquiera hay meditación. Así, en el texto inicial de la colección, “Misión”, leemos:
Vine
a preguntar
hasta ceder
la voz.
El conocimiento real es inaccesible, nos dice el poeta en ese brevísimo y destellante poema, pues de las preguntas, de las interrogantes, se pasa al silencio, a la no-escritura, a la ausencia de la palabra, sin transitar por el hallazgo tradicional de un concepto o de un cuerpo de ideas. La verdadera respuesta está en esa entrega última, ajena a todo cuestionamiento del ser que no sea ese deslizarse en un espacio deshabitado, actitud que tiene en la mística un homólogo singular, de riquísimo fruto. Se trata en verdad de una especie de éxtasis en el que el hombre puede disfrutar de la realidad desde otra dimensión, desentendido de definiciones previas y de los límites impuestos por las imposibilidades propias del lenguaje, esa insuficiencia a la que se han referido con tanta frecuencia muchos de los más importantes poetas de la modernidad desde Mallarmé.
Toda una filosofía de la vida nutren estas páginas de una extraordinaria belleza, ya desde el instante mismo de la concepción de estos rápidos y sintéticos poemas, hechos con una sobriedad ejemplar. La poesía de Curbelo siempre ha estado signada por una reflexión acerca de la realidad y, desde ella, acerca del individuo inmerso en sus conflictos existenciales. Ahora se nos revela iluminando vivencias trascendentales, hallazgos supremos en los que está nuestra vida en su totalidad, como nos dice en los homenajes a varios grandes de la poesía. Rimbaud se entregó al silencio al renunciar a su propia escritura a temprana edad, el momento en el que supo que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Después de sus rápidas visiones, en las que llegó a contemplar por un momento un espacio absolutamente metafísico y sin embargo de una irreductible realidad, se sumergió en una vida del todo ajena a la palabra creadora, a la palabra poética, desentendido hasta de sí mismo, como quien ya ha alcanzado el sentido último de misión espiritual. Celan necesitó el silencio absoluto, del que no se sale, y dejó también una obra que cada día se acercaba más y más a la no-palabra, a lo no-dicho, poesía intensa en su desnudez y en la síntesis a la que llegó después de expresar el supremo dolor de la muerte ajena. En el poema dedicado a Rimbaud leemos:
Irte.
Escapar con vida
del rumor y la letra.
Yo, que no tengo el coraje,
te perdono.
De Celan apunta:
El silencio
del puente Mirabeau
no es suficiente.
Nada
nunca
lo es.
Por supuesto que el haikú es un antecedente de esta poesía de tan alta concentración, pero con la diferencia de que en la forma japonesa el autor establece una relación con la realidad muy distinta de la que nos entrega Curbelo. Nuestro poeta está más cerca de occidente que del mundo oriental, en especial de una tradición que tiene a los místicos (particularmente San Juan De la Cruz), Mallarmé, los teóricos del arte por el arte y Valéry como maestros. En sus especulaciones y experiencias con la palabra se plantearon la búsqueda de una esencia última del diálogo irrenunciable entre el poeta y lo real, diálogo que habría de llegar a límites en los que la escritura resultaba insuficiente o incapaz. El haikú nos enseñó a ver las secretas relaciones entre un hecho y sus diversos elementos, en tanto que estos poemas que ahora comentamos nos proponen romper las estructuras del suceder y plantearnos entrar en una dinámica de la ausencia, del no-ser, antítesis de la pretensión de llegar al conocimiento por la escritura. Estos poemas se encuentran en las antípodas de Lezama y de Claudel, ávidos como estaban esos dos poetas de revelarnos el ser en su totalidad desde el cántico y la alabanza, textos inagotables en su torrente verbal.
Detrás de estos versos depurados que nos proponen adentrarnos en el silencio, subyace una angustia que emerge en ocasiones, sustentada en el conocimiento de sí mismo que el autor nos ha confesado a lo largo de sus poemarios anteriores. Hay en el autor una necesidad de desasirse (en “Hastío” leemos lo siguiente: ¿Nunca / podremos desasirnos / y ser sólo silencio?), un ansia de fuga (como apunta en “Náusea”: Temo / no poder escapar / en el momento justo; en “Paradoja”: Me suicido / y renazco / hasta callar; en “Oficio”: nada / me hace tan libre / como el aniquilarme / hasta el silencio, y en “Puerta”: El suicidio / es el viaje más corto / hacia el silencio), cuyas raíces más profundas están en la conciencia de pecado (“Ejercicio”: Si la palabra es / un acto de soberbia, / un desafío / contra el orden de Dios, / no hay mayor humildad / que aprender a callar), uno de los centros germinativos de la cultura occidental. El viaje al que aluden tres de estos poemas (“Viaje”, “Símbolo”, “Afluente”) es sin duda el viaje metafísico, el viaje del hombre a lo largo de la existencia hacia la muerte, y ha de prepararse con la renuncia, en primer lugar, de la palabra, para acceder a la vida trascendente. Así, en “Síntesis”, leemos estos versos reveladores:
Privar a la palabra
de todos los adornos,
de la palabra misma,
de la emoción en fuga,
e invitar, solamente,
al rumor del silencio
que se apaga en el aire.
En su aprendizaje con el verbo, en este cuaderno no se propone Curbelo, a diferencia de otros muchos creadores de nuestro tiempo, buscar la palabra exacta ni nombrar las cosas para rehacer el mundo, sino llegar a la ausencia del decir, a la privación de todo diálogo con el ser desde la escritura o la voz, ya de por sí insuficiente para alcanzar el conocimiento absoluto, tan deseado para quien busca acceder a la verdad. Estos poemas son admirables no sólo por su magnífica elaboración, por la sobriedad de su factura, sino además por la riqueza conceptual de su discurso, de tantas implicaciones espirituales. Esta poesía nos conduce hasta los límites mismos de nuestras posibilidades cognoscitivas y nos adentra en una especie de vacío que no implica una renuncia a la intelección de lo real, sino que nos propone otra manera de relacionarnos con el mundo que nos rodea, un modo que está más cerca de la meditación que de la escritura, del espíritu que de la letra. Rasgo distintivo de estos poemas es asimismo la ausencia de anécdotas y de todo descriptivismo, característica que los diferencia notablemente de otras poéticas coetáneas y de entregas anteriores del propio autor, en tanto que los acerca a textos de algunos autores de la década de 1960, quienes se han propuesto un replanteo en las posibilidades de acercamiento a la realidad. Entre otras lecciones, Aprendiendo a callar nos enseña a mirar más atentamente y a interiorizar lo mirado antes de pretender cualquier asedio verbal que intente definir o reedificar el mundo circundante o evocado por nuestra memoria.
