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Literatura para niños en compañía de (literatura para) adultos*
Reinier Pérez-Hernández , 21 de noviembre de 2006

Para Walfrido, especialmente

También debía estas palabras de la segunda entrega de Matanzas correspondiente a este año 2006, que llegó a mis manos no hace mucho. Segunda entrega que se llena de un incesante movimiento hacia un país de imaginaciones, porque, como dirían sus editores, este número es «otra escalera para subir a la luna, atravesar océanos o galaxias, volver a ser navegante, descubrir Continentes perdidos, países encantados, nuevas constelaciones, o simplemente un títere».

Dedicado a la literatura para niños, esta Matanzas ofrece una muestra de ese importantísimo género literario. No podía ser de otra manera, pues, que una entrega de tal naturaleza recibiera entre sus páginas un homenaje a una de las más relevantes cultivadoras cubanas de esa literatura: Dora Alonso, de quien se reproducen poemas suyos, además de juicios críticos que recibiera por parte de escritores como María Villar Buceta, Eliseo Diego, Nicolás Guillén, Eduardo Heras León, y otros. Así, en este momento memorial se entrelazan también la evocación de la obra de la Alonso, por parte de Rubén Darío Salazar, y la de su personaje Pelusín, ese «guajirito terco y encantador, travieso y mentiroso, soñador y pícaro», por parte de Norge Espinosa. Finalmente, complementan este homenaje dos pequeños textos en prosa de Dora Alonso, publicados en 1935 en las páginas del periódico cardenense Prensa Libre y que el historiador Ernesto Álvarez Blanco rescata ahora (Matanzas ofrece un adelanto, pues los que aparecen aquí y otros más serán reunidos en un libro).

Ahora bien, textos de quienes han cultivado ese género —Nersys Felipe, Arístides Vega Chapú, Teresa Cárdenas, Enid Vian, Laura Ruiz, Rubén Rodríguez, Magali Sánchez, Enrique Pérez Díaz, Mariela Landa y Gloria Fuertes— alternan con reflexiones sobre la literatura para niños y jóvenes alternan, como las de Luis Cabrera Delgado, quien analiza en «El punto de mira en la literatura infantil y juvenil» las diferentes perspectivas con que se puede construir un relato para niños y jóvenes, o las de Yanira Marimón, quien en «Escribir para Osmani: un imperativo de la ternura» ofrece a través de la lectura crítica de Escrito para Osmani, de Alberto Serret, un caudal de reflexiones sobre los mensajes humanos —éticos, sociales y hasta estéticos— con se implican los textos de este género. En esta misma línea «argumental» se inserta «Negrita, de Onelio Jorge Cardoso: naturaleza vs. sociedad», de Omar Felipe Mauri. Y en una línea más arqueológica está «El Periquito. La primera publicación infantil de Cuba», de Mireya Cabrera Galán, sobre la vida de un semanario fundado en Matanzas en 1868 con el lema rousseauniano «instruir deleitando es desarrollar el espíritu sin debilitar el cuerpo». A todos ellos se suman un ensayo de Sigfredo Ariel sobre Teresita Fernández, otro de Norge Espinosa sobre el teatro para niños y jóvenes en Cuba y una entrevista hecha por Norge Céspedes a José Manuel Espino (de cuyo primer Taller de la Vanguardia Literaria especializado en literatura ifnantil, o Taller de Espino, como prefieren llamarle, aparece una breve muestra de textos).

No quiero extenderme —aburrirme— y prefiero ir cerrando estas palabras haciendo referencia a las reseñas de El libro de Nunca-Jamás, del ya mencionado Espino, El mundo de cada quien, de Marta Teresita Tarifa, y Donde van a morir las mariposas, de Yanira Marimón. Y quedan, asimismo, para el lector los poemas de Mirta González, Damaris Calderón, Aramís Quintero, Teresita Burgos, Yolanda Rodríguez Toledo, que evocan en su escritura una visión dirigida a niños.

Efectivamente, estoy de acuerdo con que este número de Matanzas está pensado —dirigido a— para niños (en compañía de adultos), pero no creo equivocarme que, por más que algunos adultos se concentren ahora en Príapos, El Código Da Vinci, Eros y civilización, El Siglo de las Luces, Bug-Jargal, Espolones. Los estilos de Nietzsche o Todo Caliban... la literatura que ahora es centro de este número no deja de ser también para adultos. (Perdón la perugrollada.)

Excurso

Porque no deseo pasar por alto otro momento central —muy bien explícito— de esta entrega: el redescubrimiento de la ciudad de Colón en su 170 aniversario. Colón viene a mi memoria —no sólo— por aquel enorme bronce de Miguel Melero que se alza desde finales del siglo XIX en el hoy parque de La Libertad y representa la figura de un Cristóbal Colón que desde una perspectiva alcanza visos diabólicos —el ancla se transforma en cola luciferina— mientras que desde otra perspectiva una mano suya, la que pretende indicar la tierra «descubierta», cae femeninamente hacia abajo. Pero ahora Matanzas me redescubre esa ciudad matancera no sólo a través de su historia, con el ensayo de Eduardo Marrero Cruz «Colón, arquitectura y urbanística», sino a través de su vida cultural, pues esta publicación disemina a lo largo de sus páginas gran parte de la producción artística y literaria, que a su vez se entrelaza con la literatura para niños y jóvenes. De este modo aparecen poemas de colombinas —María Iluminada González, Judith Santana Cartaza y Aimara García Cabezas— o se palpo con mis sentidos visuales la pintura del también colombino Javier Dueñas. Y, por supuesto, vuelvo a Espino, quien desde Colón hace su literatura para niños... y tiene su huella en esta entrega...

Por eso, Walfrido, colombino «ausente», te extraño aquí...

 

* Matanzas, No. 2, mayo-agosto de 2006. Ediciones Matanzas, Centro de Promoción Literaria José Jacinto Milanés y Centro Provincial del Libro y la Literatura de Matanzas. Directora: Lourdes Díaz Domínguez. ISSN 0864-0882.