Este nuevo poemario (Ediciones Unión, 2006) de Riverón Rojas (Zulueta, Las Villas, 1949) nos propone una lectura diferente, otra manera de mirar y de sentir, escritura de un metaforismo que nada tiene que ver con las maneras tan frecuentes en la poesía cubana de hoy. Acaso la más evidente disimilitud sea la ausencia en esta poesía de la experiencia cotidiana, apenas esbozada en alguna que otra página como un lejano recuerdo que el autor evoca en medio de numerosas vivencias de naturaleza muy diferente. Sorprende, cuando comenzamos a leer, el empleo sostenido de formas cerradas tradicionales y la presencia de un léxico inusual, fusión de estados de ánimo y de imágenes que se entremezclan en una percepción de matices y pormenores singulares. Algo de Neruda nos llega en estas páginas, presencia más o menos fecundante y en ninguna manera remedo del gran poeta chileno, sino simplemente un cierto aire de familia, más allá de influencias y de pretensiones miméticas. Hay una emoción contenida, embridada, que no emerge en forma de poemas recargados ni de extensión dilatada, ni aun en aquellos textos de versos libres, sin sujeciones formales impuestas. Los sonetos y las décimas poseen una abierta libertad dentro de las exigencias de la tradición. El ayer, el presente, los elementos que integran la realidad inmediata o distante entran en los poemas como entidades imaginadas, como símbolos más que como cuerpos reales, voluntad de estilo que caracteriza a este libro. Las referencias a la realidad están despojadas de su sentido más inmediato, de su carnalidad primera, para convertirse en signos de una angustia o de una suprarrealidad, como sucede en el soneto 7 de la sección inicial, titulada “El casto corazón de lo inaudible”. Allí leemos estos versos:
Las puertas tienen, todas, un misterio
y ocultan la verdad con tanto tino:
al verlas rechinar yo me imagino
lo rústico de un sol en cautiverio.
Caoba el corazón, pulmón de pino:
atisban tras lo tosco de su imperio
esas niñas (el rostro siempre serio)
capaces de torcer cualquier camino.
Las puertas me hacen, todas, poca gracia:
el tiempo en ellas al amor consume
cansado de su yerma aristocracia.
Con qué voracidad lo muerto asume
los rostros desterrados de su audacia
si calla, tras las puertas, su perfume.
¿Virtuosismo verbal, juego, ejercicio formalista? Por supuesto que no. Se trata sólo de una manera de mirar y de asumir lo real que no se parece a la que nos tiene acostumbrados la más reciente poesía cubana, como ya apuntamos. Riverón no parece interesado en el exteriorismo ni en el conversacionalismo, ni tampoco en las audacias de un metaforismo que ya dio sus mejores frutos en Lezama y otros creadores precedentes. Es la suya una relación distinta con el lenguaje. Sus búsquedas van por senderos de una mayor complejidad, y van al encuentro de un misterioso anhelo de sobrevida. Este poeta, obsesionado por ciertos temas y preocupaciones, sabe que no puede adentrarse en sus indagaciones ni proponerse llegar a las claridades deseadas por los caminos de esas tendencias. La infancia, el amor, la familia, la memoria, los signos de la vida trascendente, no pueden ser conocidos por este poeta en la verdadera dimensión de sus necesidades más que asumiendo un estilo como el que asumió al escribir este cuaderno. Páginas sombrías, angustiosas, de una densidad conceptual muy reveladora, se conjugan con otras de un gratificante hedonismo, experiencia ésta que el creador hace suya con maneras igualmente sobrias, como se ve en el romancillo 2, de la sección V, “Romancillos del alba”, breve poema en el que sentimos la presencia vivificante de la gran poesía española clásica y de la generación del 27. Veamos el texto, ejemplo de asimilación creadora de formas tradicionales:
Algo transcurre
con paso tenue,
me abre los ojos
a lo celeste;
pero, ¿mi sombra
su luz comprende?:
mi sombra, espejo
para no verse,
luce su magia
de sangre inerte.
Hay una voluntad de aislamiento en Riverón, de aislamiento para meditar, para percibir con angustiosa fruición las generosas entregas de la realidad, siempre oculta en los cuerpos visibles, escondiendo lo que él mismo llama en el magnífico soneto 9 de la primera sección, el casto corazón de lo inaudible. La imaginería en este poemario es dilatada, de enormes espacios abiertos, con experiencias últimas, de una extraña plenitud y al mismo tiempo portadoras de inquietantes alusiones en apariencia insignificantes, contraste que posee una enorme carga de significado. En las mejores páginas, escritas en prosa poética, hallamos con más fuerza esa alternancia de los recuerdos familiares y la vastedad de los elementos naturales como entorno, con momentos en verdad extraordinarios, en especial “Yo soy aquel”, de la segunda sección, “Ingenuas criaturas de la noche y la memoria”, un texto que se inscribe en la mejor tradición hispanoamericana. Las fuerzas tanáticas rondan en los poemas de este libro con una presencia inquietante, pero son contrastadas con la alegría que alimenta el diálogo del poeta con su propia historia y con la fuerza edificante del amor, sentido por Riverón de un modo muy peculiar. Los textos aquí reunidos transcurren con una lentitud deleitable, piden ser leídos con esa misma calma para recibir su tempo en toda su plenitud, otra manera de aprehender la vastedad del espacio en que se realizan los sueños y las revelaciones del poeta, aquellas que nos comunica en su palabra cuidadosamente edificada. La cotidianidad, aludida en varios momentos del libro (por ejemplo, en “Nunca por la tarde”, de la última sección, “Convivir con las quimeras”), se nos entrega entre memorias y percepciones de un lirismo otro, distante de las maneras directas y antipoéticas de tantos y tantos autores de estos diez o doce años recientes. La primera estrofa de “Nunca por la tarde” nos dice lo siguiente, en la dirección que venimos apuntando:
Le hablaba a las ventanas
de vuelta de esas calles
donde todo se adormece en la penumbra.
Más tarde me tendía en el sofá
con el nombre de Angelina en la copa de las flores
y el sol, enamorado, tiñendo los laureles.
Cálidas memorias, no sin un desasosiego que no cesa de ensombrecer la historia personal, aventuras que quieren indagar en el ser más profundo y que vuelven en estas palabras luminosas y oscuras, contemplación regocijada de un paisaje dilatado y de riquísimas asociaciones, anhelo de aprehender la imagen única de una dicha ciertamente imposible, imágenes perturbadoras y al mismo tiempo de una plenitud que nos compensa del desamparo y de la conciencia de la muerte, tan presente en Otra galaxia, otro sueño, van integrando las más altas virtudes de esta reciente entrega del autor. Acaso detrás de tantos sueños y anhelos esté, como la mayor fuerza dinamizante, el placer de saberse y de hallarse entre tantas realidades perturbadoras y angustiosas, de llegar al centro de sí mismo en los otros y en la vida de los sueños y de la inclemente y regocijada naturaleza. Para cerrar este acercamiento en el que hemos querido caracterizar, en sus rasgos más significativos, el libro que ahora comentamos, citaré uno de los poemas en prosa, el ya mencionado “Yo soy aquel”, donde encontramos el que quizá sea el centro generador de esta poética:
Yo soy el que te espera después de no saber si estaba muerto. Soy esa sombra que hace el amor a su propia sombra para indicar a qué parte del mundo mandar el mundo. Sentado sobre una piedra, con las manos apuntando a la noche, yo soy el que quisiera ser dueño de tu amor, como si serlo resultara equivalente a escuchar de qué modo, en su música silente se doblega la tarde. Yo soy el que fue un niño asomado a la ventana y amaneció desprovisto de la sed de futuro que sus hermanos cultivaron, a pico y corazón, en la zona más temible de la noche. Y cuando puedo ser el hombre que se vuelve a donde mueren los recuerdos, es muy dulce la nostalgia, porque en ella aguarda agazapado lo que fuimos, lo que no pudimos ser, lo que seremos. Yo soy –sin rubor– aquel que no paseó por su figura sino después de mirar, con el rostro en un pozo, a la luna transformada en su reflejo. En fin, muchacha, yo soy aquel que estando lejos no te olvida. Tan cerca como estoy de olvidarme a mí mismo.
