Este nuevo poemario (Ediciones Unión, 2006) de Rodríguez Entenza (Sancti Spiritus, 1963), autor de una obra poética que ya cuenta con algunos títulos de indudable calidad, viene a evidenciar la extraordinaria diversidad de la poesía cubana contemporánea y su significativa riqueza. Los textos aquí reunidos poseen una enorme tensión en la multiplicidad de sus imágenes y en ese estilo sobreabundante que va dando cuerpo a los poemas, hechos de un metaforismo muy suyo, distante de lo que vienen haciendo otros creadores de su generación y al mismo tiempo con semejanzas que nos hablan de un espíritu de época y de preocupaciones y problemáticas comunes. Acaso la más impactante característica de este libro sea la inagotable posibilidad de asociaciones que nos entrega, es su mirada a la realidad desde la memoria o los deseos, desde la angustia o la pasión por el destino, por hallar el sentido profundo de lo aparente, de lo más visible, incluida la cotidianidad. Ciertamente, estos poemas no se mueven sólo en los planos de un simbolismo abstracto, sino que se adentran asimismo en vivencias de una inmediatez que los acerca a los lectores en tanto rememora sus propias historias personales. Creo que estas páginas nos revelan, con intensidad en ocasiones sombría y en ocasiones jubilosa, siempre con una fuerza muy convincente, el entrecruzamiento de las claridades y las penumbras, de los hechos y los objetos más diversos, los estados de ánimo y las percepciones inauditas de lo real y lo soñado, lo visible y lo invisible, lo distante y lo cercano, lo posible y lo irrealizable. Percibimos en la lectura de cada texto lo que podríamos considerar como una ciega compulsión hacia la búsqueda de una verdad, de una ética que rebasa ampliamente las conductas de la convivencia y se adentra en el anhelo secreto de revelar una ontología sólo intuida, no elaborada previamente por el autor. La constante mutación de sensaciones e imágenes, las representaciones de un suceder que se acumula vertiginosamente y apenas nos deja contemplar los hechos, como si el poeta quisiese aprehender un fragmento de la realidad en su escritura, testimonian que estamos ante una obra que se inscribe en una de las líneas de la poesía cubana del siglo XX, acaso la de más acabados y perdurables frutos, de una severidad que la sitúa entre los mejores ejemplos de la lírica hispanoamericana posterior a 1950. Los objetos, los hechos, el individuo, las entidades abstractas, las emociones, la percepción, la suma, en fin, de la experiencia del ser humano y de su diálogo con lo real, poseen en .Otras piedras talladas en silencioun dinamismo que tiene sus antecedentes mayores en Lezama, Vitier, Baquero, sustentadores entre nosotros de una poética que se propuso y logró alcanzar una visión totalizadora del suceder. En estas páginas de Rodríguez Entenza nos entusiasma sobremanera el caos descomunal que entra en los poemas y los construye con matizaciones, detalles y transformaciones que se le aparecen al poeta como un torrente incontenible. La intimidad nutre asimismo estas páginas, y con ella un sentimiento entre nostálgico y trágico, como de pérdida irreparable, lo que se fue y nos queda sólo como conciencia de la fugacidad. La lectura nos pone en comunión igualmente, en varios momentos del cuaderno, con instantes sosegados, fáciles para la meditación y las reflexiones que quieren evocar el ayer o cantar a la soledad, lejos entonces el autor de la tumultuosa acumulación de vivencias de los poemas extensos, de un dinamismo en verdad inquietante. Veamos, entre otros no menos valiosos, un ejemplo de esta poesía meditativa, en la que un delicado sosiego permite al poeta decirnos lo que no puede en textos de un ritmo más acelerado, diríamos vertiginoso, tal y como le dictan sus percepciones, interiorizadas con una rapidez incontrolable. En “El álamo” se atemperan las imágenes y entramos en un espacio en el que las mutaciones y los símbolos tienen una mayor nitidez por cuanto poseen una inteligibilidad más diáfana. Dice el poema, precedido por una cita de Gastón Baquero:
En el patio de la casa hay un álamo.
Cuando corro entre los mismos laberintos
entre la madera seca y el asfalto
vuelvo para ver cómo el aire bate las ramas.
El exilio en la alta noche nos desorienta
y lacera. Y mi flor se pierde en el polvo
bajo la imagen de una lluvia de puntos cardinales.
Y con cada trozo de la húmeda penumbra
mi niña dibuja esos años tramos de hierba eterna
en los que hace pastar sus animales.
Bajo el álamo hay dos hermanos escondidos.
Saco el viejo sable y cuento la historia quebrada.
Estoy sobre la piedra caída y seca
mirando entre mis manos la hierba y las manos de mi niña.
Los dos hombres, lejanos y rabiosos
hacemos círculos rojos.
Cada uno en su espalda ve la verdad del mundo.
Todo lo hacemos bajo un álamo
también se pudiera decir puente torre camino mercado mundo.
Los dibujos en los cuerpos se repiten en la música infinita
de los que pasan de una orilla a otra y quieren volver
y se preguntan
para qué.
No puede el crítico, en unas pocas páginas, detenerse en todos los temas y las búsquedas de este poemario pletórico de memorias, visiones, símbolos, asociaciones, metáforas disímiles, estados de ánimo, de sintaxis con un claro ascendiente barroco en la que los nombres y adjetivos iluminan posibilidades de integración de lo real en una dimensión otra, a prudente distancia de las poéticas realistas de los años sesenta y setenta. Hay un tono de cierta solemnidad en muchos de estos poemas, una manera de leer la vida que no permite el empleo de un léxico y de una estructura diferentes de las utilizadas aquí por Rodríguez Entenza. Oigamos este comienzo, en el poema “El mar”, para que podamos percatarnos de lo que acabo de señalar:
¿Qué seres son esos que huyen de la sombra de sus
árboles
buscando la clara ciudad donde serán ahogados por el
fuego mentido?
¿Qué tiempo el que persiguen sus hijos?
¿Qué dolor cruzaron sus aguas?
¿Qué otro dolor trazó parábolas en el aire del pájaro
imaginado?
Ya no quedan huellas en el mar de sus ojos.
Las esteras de olvido cercenan su carne y escalan sobre cuerpos inocentes como sus cuerpos. He tocado otros laberintos y quisiera regresar pero estoy perdido. Miré hacia todos los puntos y no encuentro aquella voz que me hablaba de sus malezas y cavernas. […]
Nos comunica además este libro una pérdida y la insondable soledad de un extraño naufragio, experiencia metafísica que se fusiona con el cántico a una naturaleza que no llega a constituirse en paisaje, pues su presencia se resume rápidamente en cuerpos abstractos o en realidades que no alcanzan a integrarse en una totalidad independiente, ya que forman parte de una vivencia múltiple, objetos familiares de una identidad muy diversa, cosmos íntimo en el que no es posible deslindar lo natural de lo que el individuo ha creado para completar su existencia. El poeta batalla con sus palabras por una plenitud ya imposible, de la que sólo le quedan algunos incomprensibles vestigios, como si la vida hubiese naufragado y sólo fuésemos capaces de ver y de apropiarnos de los fragmentos de una dicha inalcanzable. La ciudad, lejana y escasamente, permanece en estos poemas, pero en imágenes rotas, aunque a veces percibimos que Rodríguez Entenza la evoca como un cuerpo íntegro, pleno, total, rara vivencia para quienes se acercan a estos intensos testimonios creadores, como sucede en el penúltimo texto, sin título, encabezado por dos corchetes con puntos suspensivos, donde leemos:
[…]
Solo por abrir la ventana la plaza sale a correr su suerte en mis ojos.
Solo por unos pasos y unas manos que se abrieron
la plaza viene hasta mí y besa este destino y devuelve la ciudad.
Solo por eso la plaza cede ante mis palabras y se desvanece en mis brazos.
Solo por eso la plaza se pierde en mi voz como en la profundidad del silencio.
Los músicos también han terminado.
La lectura de esta reciente entrega de su autor nos enriquece porque nos permite mirar nuestro entorno sin las limitaciones de nuestra propia manera, empobrecida por el mal gusto y la retórica vacía de tantas páginas de ayer y de siempre.