Este magnífico poemario de Michel Trujillo González obtuvo en 2005 el Premio David de Poesía en el concurso que convoca la Unión de Escritores y Artistas de Cuba para jóvenes creadores. Obra de principiante, posee no obstante una singular calidad en su elaboración de un mito que nos permite el intento de reconstruir la realidad, vista ahora en las secretas urdimbres de un tiempo fabuloso y sin los pormenores de la cotidianidad ni de los acontecimientos intrascendentes que en ocasiones la poesía quiere elevar a un rango imposible. Acaso la más sobresaliente virtud de estas páginas sea el incesante fluir de su palabra. Cada texto se inicia y prosigue hasta su final como una incontenible sucesión de hechos y asociaciones, en una naturaleza primigenia y animada de símbolos, paisaje que nos envuelve en una atmósfera extraña e incomprensible. La historia se va tejiendo desde la leyenda, en los inicios de una aventura insondable que el lector no sabe hasta dónde lo puede conducir. En la entrada del libro se nos habla de un descubrimiento realizado en el siglo VI por la tripulación del barco Perimedes, capitaneado por Pablo Tomás Buenaventura, con el padre Brandano entre los viajeros, personajes reales o de la imaginación del autor, no importa, quienes arriban a unas islas en las que la vida se halla en los albores del conocimiento, apartadas de la llamada civilización que las descubre. Estamos entonces anta una sabiduría pretérita, incontaminada aún por la conciencia del vacío y por la técnica, en busca siempre del desciframiento de una Verdad suficiente, única, sólo hallable por el espíritu. El conocimiento es, sin embargo, doloroso, signado por una angustiosa penumbra que los isleños saben consustancial con el ser humano. En un momento del tercer texto de la primera sección, titulada “Lacústrida” –nombre de una de las islas–, leemos: “Aquestos clamores que de viento y en viento antiguo soliloquio de isla conjuran, aún sin conocerse, tras muchos sucedidos crepúsculos, en el islario de la misma soledad absoluta, entonan el canto de un común afán como acoplando todos en una única garganta la tonada del desasosiego: cantan las glorias de las penas del hombre.” Una “vetusta fe” colmada a su vez de tristeza, la teología del sufrimiento y de la posible redención en medio de la virginidad de una naturaleza primigenia, y frente a un mar ilimitado, prefiguración de la eternidad y enigmático. Se nos van narrando rituales y acciones en un discurso lírico que no se estructura en estrofas ni en versos, con una sintaxis a veces entrecortada y a veces fluida. Nos llega en estos poemas la fuerza devastadora del Tiempo, ese decursar de las estaciones y el hombre a la intemperie, poseído por el miedo a la muerte, existencia limitada por un vacío del que el individuo no es plenamente consciente. Estos relatos se dilatan más allá de los hechos contados, más allá del suceder escueto que el poeta nos entrega, hasta adentrarnos en una metafísica que constituye en realidad nuestra sustancia última, nuestro ser más profundo. En el quinto texto de la segunda sección, “Térrales”, tenemos un ejemplo de lo que decimos y al mismo tiempo una muestra del estilo de estas prosas, esa manera tan suya de entrecortar la narración con supresiones, como si el narrador se moviese rápidamente para apresar la imagen fugaz de esa verdad que busca con devoción. Veamos lo que nos dice:
Por ir al Ángel irse, romper la cáscara del ser que ello adelanta, apretar esta lámpara, cuidar la llama, intentar doloroso el intentar. Por ir al Ángel, y a mí acaso, dolerme, doler tanto… porque lícito sea tal vez temprano arribo de su misericordia. Ya mi osamenta ensaya decir “basta, deserta del camino”.
Mas no camino mío, es dádiva que él, Dador, me agencia, me destina. Brioso e indomable potro me ha dado para cabalgar: este sendero que fluye igual a un río y se va hacia un norte perdido, privado a mis ojos, a mis ojos del cuerpo, y al que yo quiero subyugar a veces.
Hoy me ha revelado el secreto: “No le pongas la rienda a la bestia que sabe adonde ir”.
“Es sólo andar, andar, estar en pie”.
Los conflictos son visibles, una insaciable búsqueda de lo que no puede ser hallado por los senderos transitados, sino por la gracia del que dona, el Dador, ofreciéndonos la dádiva para andar al encuentro de una verdad suprema, suprasensible, más alta que nuestras percepciones cotidianas. La simbología de esa página evidencia que estamos ante un texto en el que se fusionan numerosas fuentes de procedencia disímil, portadoras de una poética que se funda en la conciencia del destierro, el desamparo, la soledad. Hay una oscura vocación manifestándose en esas líneas, la vocación de un viaje hacia el conocimiento, entre signos desconocidos y que sin embargo sabemos que pueden conducirnos al hallazgo de la verdad que con tanto anhelo buscamos. El hombre está en un laberinto del que aparentemente no hay salida, se busca en él mientras transita frente a un paisaje que se le escapa de inmediato después de aparecer, estar y no estar de la realidad. Así nos dice en la prosa siguiente:
Voy en el vagón del encontrarme mirando constantemente el escaparse, a mi ojo-escultor, a mi ojo-arquitecto, de los pinos. Sólo asimilo el movimiento, el borrón de la arboleda […] Me canso del enigma; subo el cuello de mi abrigo y me acomodo en el viaje a buscarme […] No hago caso a la esfinge todavía. Pero a medida que el tren hace gala de tren y serpentea, y me separan varias témporas del principio, me calzo en Edipo y, largamente, me devoro a mí mismo en el laberinto.
Todo el poemario está atravesado por el diálogo que el poeta sostiene consigo mismo desde esa imagen imprecisa que tiene de sí, desde el deseo evidente de encontrarse en su ser anterior, absoluto, verdadero, búsqueda esencial desde la cual emprende su trabajo poético e integra su estilo. Un incesante transitar por entre fragmentos que el autor no logra contemplar en el sitio justo que ocupan en la totalidad de lo real, interminable viaje entre signos reveladores de lo que sabemos y de lo que ignoramos. Se vuelve a la fe, a la esperanza, y su escritura se rompe igualmente, como los fragmentos que ve y lo hacen dudar de la certeza de su camino hacia el conocimiento. El sendero del amor, de la entrega del yo, de la espera de lo que vendrá, como dice en el quinto texto de la sección titulada “Vitalia”, podría redimirlo y darle el sentido de su vida. Allí leemos:
[…] Si poseo la memoria del amor en el tiempo poseo lo que era a través de mí, poseo lo que fui yo en él, entonces no fue ese amor lo que tuve sino el mío, mi amor, mi entrega exactamente. Comienzo pues, hubo un amor que ya no es más, o es aún, porque él es perpetuo, no se contiene en ningún tiempo ni ningún espacio, debo decir “está siendo”, pero qué está siendo sino un aguardar de luz, una palabra: esperanza.
Recomienzo, una esperanza tuve, rectifico, la tengo, sentencio que la tengo. Que es lo único mío, lo único que engendro. Sólo en ella soy Dios-Padre, Dios-Hijo, Dios-Lumbre. Aquello ha de ser fe, algo que nada más se ha de tener al esperar desde la búsqueda. Y busco. Y tengo. Y busco. Termino pues, o no termino…
Numerosos son los cuestionamientos y las aseveraciones en Cántico de las islas penúltimas, prosas poéticas que se van desplegando en una urdimbre de alusiones, metáforas, percepciones entremezcladas, luminosas unas y sombrías otras, siempre con esa manera de la enumeración caótica que quiere invocar objetos, hechos, sensaciones, deseos, para ir configurando el ser y alcanzar una armonía entre la escritura y la realidad. Percibimos un drama subyacente: la angustia ante la muerte, la soledad, lo desconocido, conflictos ajenos por completo a toda alabanza de los dones naturales, vistos aquí como enigmas que no se dejan penetrar por la experiencia ni la razón. El poeta nos dice que no hay otros senderos que los del diálogo espiritual, los de la palabra para expresar la sobreabundancia del mundo circundante; los de la danza para entrar en armonía con las verdaderas entidades de lo que vemos, anhelamos y escuchamos. Hay una lúcida conciencia en este cuaderno de la acción devastadora del Tiempo, contrastante con las innumerables presencias que los textos invocan y con la conducta de los ocultos personajes que pueblan el relato mítico que nos va desenvolviendo el autor. La lectura de este conjunto de poemas nos gratifica en primer lugar por sus inquietantes e incesantes alusiones: nombres, verbos, adjetivos, preposiciones, omisiones, todo ello fusionado en la creación de recuerdos, vivencias, deseos, preguntas y aseveraciones interminables, que enriquecen nuestras posibilidades de intelección de nuestra propia vida. De un primer cuaderno como este puede esperarse una obra futura del más alto linaje, auténtica en la hondura de sus cuestionamientos y de sus visiones. Mucho más podría decirse de la excelencia de esta poesía, pero por ahora nos interesa sólo dejar estos criterios a los lectores, quienes seguramente tendrán un diálogo propio de extraordinaria resonancia con estos instantes de un creador que ahora comienza a intentar comunicarnos sus pasiones y sus incertidumbres. Poesía fresca, genuina, en serio, sin vanas pretensiones, que sabe que la verdad está más adentro en la espesura; lectura, en consecuencia, que nos deja el sabor de la esperanza.
* Ediciones Unión, Ciudad de La Habana, 2006.