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...Lourdes Tomás Fernández de Castro
Ambrosio Fornet , 25 de enero de 2005
Lourdes Tomás Fernández de Castro ejerce la docencia en los Estados Unidos, país al que llegó siendo todavía adolescente. En 1998 obtuvo el Premio Casa de las Américas con su ensayo , en el que impugna la orientación prevaleciente en los estudios literarios y logra rescatar el aliento creador y la fuerza expresiva de los clásicos del género, reivindicando así el placer de la lectura y la necesidad de establecer un diálogo vivo con la tradición y con los propios lectores contemporáneos. Ha escrito también narraciones (Las dos caras de D, 1985) y el ensayo Fray Servando alucinado, que en 1993 obtuvo el Premio Letras de Oro de la Universidad de Miami. De Espacio sin fronteras reproducimos a continuación tres fragmentos ejemplares.

Crítica, poesía, tecnolatría

1

La hostilidad académica hacia el uso de una obra literaria como medio expresivo del intérprete (la interpretación poética o artística) se confirma hoy día en una práctica espuria, que antes le rinde tributo a los postulados teóricos que a la poesía. No menos dependiente que la poesía o la interpretación, la teoría literaria también ha proclamado su soberanía. Sus libérrimas pretensiones no han eludido el delirio. En Introducción a la literatura fantástica, Tzvetan Todorov aventuró una especie de ciencia ficción de la composición literaria. La teoría, según el afamado estructuralista, debía ocuparse de describir géneros inexistentes. Si tras esa sugerencia no alentaba la inconfesa esperanza de que los teóricos confeccionaran las leyes a que debía atenerse la imaginación poética, no sé qué otro sentido quepa adjudicarles a los fantasmas de semejante alucinación estructural, por independientes o autosuficientes que resulten.

2

Aunque parezca contradictorio, el auge de la teoría literaria durante las últimas décadas ha ejercido un influjo negativo sobre la interpretación. Sus fórmulas, su léxico, su éxito han suministrado buenas armas de defensa y aun de supremacía a individuos carentes de actitudes literarias. La auténtica vocación, por su parte, ha debido someterse al automatismo de la tendencia imperante. Ya sean genuinas o apócrifas sus inclinaciones literarias, el intérprete se ha convertido en el difusor de la jerga teórica y en el mediador encargado de adaptar la poesía a la teoría o de demostrar, así sea a frívolas penas, que la teoría funciona.

3

...Cuando empecé a estudiar literatura, ni los nuevos críticos eran nuevos, ni se leían los ensayos de [el poeta norteamericano T.S.] Eliot. El panorama había cambiado, y ya no se hablaba sino de significantes, significados, sintagmas, paradigmas, códigos, complejos, inconsciente y evidente narcicismo, homosexualidad y otras cosas por el estilo. Huelga añadir que en aquel ambiente, donde la más espeluznante palabrería era seña inconfundible de la inteligencia y los progresos del alumno, la posibilidad de arte en la interpretación resultaba absurda, ridícula, impensable. Los estructuralistas proclamaban científico su método. Freud había convencido a todo el mundo de que el psicoanálisis era ciencia. La ciencia, que conduce a la Verdad, es objetiva. Había, pues, que ser objetivo en el arte, el reino mismo de la subjetividad, para ser (o parecer) científico. Bien por razón distinta, bien por razón añadida, la objetividad interpretativa que preconizara Eliot continuaba vigente.

Cuando concluyo que había que ser objetivo en el arte para emular al exitoso hombre de ciencias, conjeturo más o menos, discretamente, porque como he dicho yo desconozco las causas. Pero "la imposibilidad de penetrar el esquema divino", afirmaba Borges, "no puede disuadirnos de plantear esquemas humanos", ni puede privarnos tampoco de creer en esos esquemas, siquiera provisoriamente. Así que continuaré conjeturando a propósito del hecho constatable: había, hay que ser objetivo.

No pondero lo mío cuando digo que el veinte, mi siglo, ha sido el tiempo más singular de los tiempos; lo mío en este caso me aburre. Lo digo porque los otros tiempos, los que conozco por referencia, no padecieron la repentina invasión de tanta animada maravilla sin alma: los prodigios de la tecnología. Resulta que nosotros somos los hacedores del milagro. Resulta que lo entendemos. Pero sucede que no es verdad: no lo sentimos. Los objetos aparecen; penetran en nuestras casas para convertirse en nuestros más obedientes criados y bufones. Mentira: en el fondo son nuestros amos. Vivimos para tenerlos. Justifican el trabajo de cada día, la existencia misma de lo humano. Más aún: ignoramos el complejo de causas que desembocó en ellos, el invisible funcionamiento de su secreto organismo, los extraordinarios principios que los animan. Son verdaderamente mágicos. ¿No habéis visto esa cara de asombro y gloria que pone el entusiasta al describir las hazañas de que son capaces los más recientes aparatos? (Imbécil, ¿no te percatas de que es magia de oropel, de que lo maravilloso es el mago, tú mismo?). Pero esa bien remunerada magia es sinónimo de "ciencia". Entonces todos queremos validar nuestra labor con algo que se parezca a la prestigiosa magia. Autómatas no crean autómatas, mas ¿quién lo puede asegurar? Lo cierto es que el arte no produce esos objetos imprescindibles: televisores, radios, discos compactos, automóviles, aviones, fax, computadoras, ¡ay!, computadoras. Además, un artista realiza una labor más o menos comprensible; es un individuo más o menos común. Pero el científico, el invisible y omniscio ser que responde de los aparatos que proliferan por doquier, es una inteligencia inaccesible, un genio. Utilicemos, pues, fórmulas, leyes, ecuaciones, cualquiera que sea la índole de nuestra empresa. Imitemos al oculto genio, cuando no a los aparatos, la revelación misma de la existencia de esa omniscia entidad. Seamos objetivos.

No poseo la clave de las certezas definitivas: no sé la Verdad. Pero como esa premisa no obliga a nadie a contradecirse, puedo afirmar que sé que el taumaturgo de moda tampoco sabe la Verdad. El enigma, admitámoslo, no se ha resuelto. No obstante, los provechosos inventos tecnológicos han venido a garantizar que la metodología científica aprehende algo que se parece a la Verdad. De ahí que en el veinte no haya decaído el espíritu cientificista del siglo diecienueve. Es posible, y aun es lo más verosímil, que la ilusión de que la ciencia conduce a la Verdad tenga mayor relación con el carácter rentable de la tecnología que con la Verdad misma. Pero el pensamiento intelectual no ha eludido la ilusión. En Antropología estructural, obra de imponderable influencia en la segunda mitad del siglo [veinte], la metodología científica condujo a Lévi Strauss a la conclusión de que el mito edípico expresaba el conflicto irresoluble entre la creencia de una cultura primitiva en el origen autóctono del hombre, y la observación empírica por parte de los miembros de esa cultura (los antiguos griegos en este caso) de que el ser humano no nace de la tierra, sino de la unión del hombre y la mujer. Que semejante cosa se haya escrito es comprensible. Que se haya publicado y aplaudido se explica sólo a través del supersticioso influjo que ha ejercido la ciencia en nuestro tiempo. Armarse con el nombre que la evoca es escudarse con el poder de Dios.

Aunque no pueda probarlo, ni me importen razones que lo hagan, autómatas no crean autómatas. La hazaña precisa del siempre mago que creó el mito de Edipo. El mago, por su parte, precisa de sí. Y a esta última conquista, la del mago por sí mismo, no se llega a través de cálculos objetivos. El arte, en cambio, ofrece un camino, siempre que se entienda que el fin no es el arte, sino el hombre, su comunión consigo mismo. Pretender que una obra poética se exprese a través de un individuo es suponer que el objeto, no el sujeto, es lo que busca expresión. Lo contrario no será más verdadero, pero me inspira más fe. Creo que la literatura no ha de ser servida, si antes no sirve. Creo que la mayor obra es un pretexto, y que el texto, lo que más importa, es el lector. Ante un ser humano que padece y espera, que vive y aspira a expresarse, qué valen conceptos ni teorías. Él es el concepto vivo y el vivo valor que está por encima de todos los conceptos y todos los valores.

Tomado de la revista Correo de Cuba)