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...Román de la Campa
Ambrosio Fornet , 25 de enero de 2005
Nació en La Habana. Reside en Estados Unidos, donde se desempeña como profesor universitario. Formó parte del grupo de jóvenes intelectuales que fundó la revista Areíto y que en 1978, con el testimonio colectivo Contra viento y marea, obtuvo el Premio Extraordinario de la Casa de las Américas. Su obra teórica y crítica incluye José Triana: Ritualización de la sociedad cubana (1979), América Latina y sus comunidades discursivas (1999) y Latin Americanism (1999). Fue coeditor del volumen Late Imperial Cultures. En el texto que a continuación presentamos -un fragmento del ensayo "De la deconstrucción al nuevo texto social" (1998)-, el autor analiza el status que, en el mundo universitario norteamericano, ha tenido la disciplina surgida en el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham (Inglaterra), fundado en 1964. Los trabajos de dicho Centro -al que pertenecieron intelectuales como los ingleses Richard Hoggart, Raymond Williams y E.P. Thompson, y el jamaiquino Stuart Hall- se publicaron por primera vez en 1972. Muy pronto fueron incorporados al conjunto de enfoques y teorías que invadieron los predios universitarios norteamericanos (incluyendo los llamados estudios subalternos y post-coloniales) y se consolidaron en la última década del siglo. Todos son expresiones teóricas del "quiebre disciplinario" o crisis de las formas de conocimiento tradicionales, que se vieron minadas por su propia incapacidad para dar cuenta de los cambios operados tanto en la llamada sociedad post-industrial como en los sectores intelectuales del mundo subdesarrollado. Estos últimos exigen que sus puntos de vista sean tenidos en cuenta, en los centros universitarios metropolitanos, cuando se aborden aquellos problemas relacionados con su propio desarrollo histórico y cultural. En dichos centros, a los que pertenece por derecho propio, De la Campa es un lúcido expositor del punto de vista latinoamericano, que para él incluye la pregunta sobre la importancia que se le otorga a la literatura en el ámbito cultural de la posmodernidad.

Sobre los estudios culturales en Estados Unidos

En Estados Unidos la tradición de estudios literarios ocupa un espacio que cuenta con cientos de universidades públicas estrechamente vinculadas a un complejo de bibliotecas y casas editoriales, al igual que divisiones disciplinarias muy costosas. La crisis sentida en la última década (los 90) ha cerrado o consolidado muchos departamentos de estudios de lengua y literatura europeas que daban sentido a las humanidades. La excepción ha sido la lengua española, en tanto lengua también americana, hoy hablada por más de treinta millones de "latinos" en Estados Unidos. Claro está que los estudios literarios o culturales de interesa esta población también están en estado de flujo y debate. El mercado editorial o político de "lo latino" ya no tiene contornos definibles. Algo análogo se puede decir de los estudios de la literatura anglo-norteamericana.

Debido a la creciente presencia de latinos que escriben en inglés con un marco cultural distante del anglosajón -a los cuales se añaden las voces asiáticas y caribeñas- se palpan hoy muchas inquietudes sobre lo que se entiende por cultura literaria norteamericana. El reto a los estudios literarios tradicionales es, pues, categórico, y con ellos van las inevitables ansias en cuanto al futuro disciplinario académico que a veces llega hasta el contexto más amplio de todas las humanidades y ciencias sociales. Tampoco debe olvidarse que las ciencias sociales norteamericanas, en general, han evitado hasta hace poco la inquietud de los nuevos estudios culturales, aun después del duro cuestionamiento de los grandes epistemas modernos ocasionado por la economía neoliberal y la deconstrucción humanística. Falta, -claro está, un acer- camiento al impacto de estas profundas transformaciones en las diversas regiones latinoamericanas. Hasta entonces el diálogo entre los estudios culturales norteamericanos y los estudiosos de la cultura en América Latina seguirá siendo de sordos. Pero quizá en ese desencuentro se encuentren posibilidades inéditas. El extrañamiento mutuo entre latinoamericanistas de acá y allá causará pautas a la hora de confeccionar proyectos de investigación; y si se dan nuevos puntos de encuentro, no serán suministrados exclusivamente a partir del academicismo literario.

No ha de sorprender a nadie por ello que el debate sobre los estudios culturales en Estados Unidos responda a inquietudes muy distintas que el británico. No es un simple traslado que se extravía de su vocación gramsciana al cruzar el Atlántico. En Estados Unidos los estudios culturales permanecen dentro de una órbita literaria muy amplia y abierta, acaparada por un enorme sistema universitario estatal que logró extenderse, hasta la contracción privatizante más reciente, a las clases sociales y grupos minotarios menos privilegiados. La creciente heterogeneidad nacional, cada vez más conflictiva, se filtra por los estudios literarios más que por ninguna otra estructura académica, buscando una fusión, renovadora del crisol de razas, entre loa nueva multiculturalidad y el viejo monolingüismo que quizás sea imposible. El inglés de la nación se mira en los estudios literarios buscando una metáfora del capitalismo global al disolver todos los estímulos y transformarlos en nuevas monedas de cambio. El desafío a esa tradición viene ahora de otras imágenes: la fuerza externa de la performance visual más mediática, que ya produce su propia antología multicultural,  y ese "otro burocrático" (de que habló Fredric Jameson) que parece poner en jaque al profesor de Letras.

Entre literatura y cultura -dos categorías disímiles pero mutuamente maleables- hay relaciones cambiantes de gran valor heurístico que suelen quedar implícitas, o pasar a escisiones innecesariamente tajantes. No solo es obvio que la literartura ha ocupado una pocisión especial entre las formas culturales modernas, si no también que cobra un valor mundial en la confección y articulación de metarelatos, tanto para el orden de lo nacional y del género sexual, como en la mera concepción de época que oriente a nuestros horizontes históricos. Además, la literatura ha constituido un código cultural que se caracteriza precisamente por su capacidad de renovarse, nutriéndose constantemente de otras formas culturales. Desde la literatura se organiza también gran parte de la modernidad humanística que incluye, por supuesto, ese espíritu de crítica que Octavio Paz traza desde el romanticismo y que llega a obtener un sentido de profunda autocrítica en la lectura de Adorno sobre el arte y la música de la alta modernidad. Llegando ya a nuestros días importa notar que lo literario, aún ya descontruído su estatuto humanístico, sigue en cierto modo modelando un horizonte escritural. Menard, Bustrófedon y Melquíades son ya figuras centrales del canon literario posmoderno, (Rigoberta) Menchú, de los estudios culturales. (.)

A modo de ejemplo y conclusión de estos apuntes, solo me voy a detener aquí en la propuesta de (Fredric) Jameson. El trabajo de Jameson tiene su antecedente inmediato en la conocida antología Cultural Studies editada por Lawrence Grossberg, Cary Nelson, Paula A. Treichler. La publicación de este exhaustivo tomo en 1990 marcó un hito en la institucionalización de los estudios culturales norteamericanos. Importa anotar primeramente que fue lanzado a conciencia de que ya existía un mercado más o menos informal para los estudios culturales en Estados Unidos, de manera que los editores del volumen lo diseñaron partiendo de un plan cuidadoso que ya registraba una inmensa variedad de temas y tópicos emergentes. Más importante aún sin embargo, es el capítulo introductoria del cual se desprende varios presupuestos que han influído en la formación actual de este nuevo campo. Se observa primeramente el contexto del quiebre disciplinario, no solo como registro del vacío creado por esos quiebres, sino como respuesta fértil al mismo. De manera que los editores persiguen un reencuentro multidisciplinario de mayor alcance social, no el agotado confín de rejuegos entre la epistemología y la estética que abunda en muchas antologías posmodernas.  Proponen también que se entiendan  los estudios culturales con una extencion del impulso originario del escuela británica de Birmingham, con una insistencia muy particular en la definición política de la cultura que caracteriza esa conocida tradición; y dudan con gran fervor -y, vale decir, pocos argumentos explayados - de cualquier acercamiento a los estudios culturales de la literatura. Esta duda o más bien frustación, no llega a esclarecerse del todo pero parece dirigirse más bien a las dificultades de trasladar la tradición de Birmighan a la academia norteamericana sin llegar a percatarse de que esta procede de una estructura de apoyo institucional a los estudios literarios muy distinta a la británica, y de que es también una academia cuya relación con el mercado de productos simbólicos es muy fluida, es decir, mucho más capaz de hacer rentable los proyectos académicos.

Jameson en su largo ensayo, recogido por  Social Text  un año después, da rienda suelta a sus dudas sobre el futuro de los estudios culturales y más aún sobre la institucionalización de ese paradigma en Estados Unidos.  (.) También se pregunta por el tipo de intelectual que infunden estos proyectos si se acercan al intelectual orgánico gramsciano, o al intelectual traidor de Sartre, o si son más bien representantes de "nuevas ondas", definibles como intelectuales transmisores de los gustos de masa, atenta al consumo televisivo, sin marcos conceptuales de oposición. Finalmente, expresa, con cierto horror la amenaza del "otro burocrático"...: productores de capital simbólico entrenados para servir a la nueva industria cultural sin vocación de letrado opositor.

Hay otros momentos menos pesimistas en el texto de Jameson. Confiesa, por ejemplo, un gran interés por las posibilidades utópicas que observa Dona Haraway en torno a los nuevos discursos biológicos y ecológicos -la nueva concepción del cuerpo humano, el examen de la identificación genética -sexual y un sondeo de la identidad planetaria que tantas civilizaciones dan por descontada son, sin embargo, breves menciones enteramente sombreadas por las profundas dudas de Jameson en cuanto al estatuto disciplinario de los estudios culturales.

(Tomado de la revista Correo de Cuba)