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La lista de Schindler: El protagonista polémico en la rigurosa compresión narrativa
Rufo Caballero, 19 de abril de 2005

Cuando en 1993 se estrenó La lista de Schindler, el filme provocó una verdadera conmoción en todos los medios culturales del orbe. En primer lugar porque la película resultaba enormemente reveladora, luego de tantas sagas y variaciones del tema aportadas más que todo por el llamado Cine del Este. Después, por la sobriedad y la elegancia con que Steven Spielberg manipulaba las emociones en la que clasificaba a todas luces como la mejor de sus películas. Para los más informados existía una tercera razón: el absoluto rigor con que el guión de Steven Zaillian adaptaba la novela-biografía homónima de Thomas Keneally.

La escritura de Keneally decide permanecer muy cerca de las voces de sus testimoniantes. Es fascinante el modo como el escritor va armando su relato y reconstruye históricamente sobre la base de yuxtaponer, integrar, matizar las verdades parciales de los hombres y mujeres que años después le contaron a sus maneras la imagen de Oskar Schindler en el contexto de los bárbaros campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Schindler era un bon vivant, un gozador, un hombre para el cual el placer era la premisa definitiva de la existencia. Quizá por ello mismo fue un hombre que abominó el terror y el absolutismo. Creó una fábrica privada para la producción de utensilios esmaltados y armamentos de guerra, de bajísima eficacia económica, porque en realidad la comarca de Schindler significaba un oasis de protección y salvamento para los judíos que en ella tenían una alternativa de sobrevida y dignidad mínima. Obviamente entonces los testimoniantes recuerdan a Schindler como un héroe, como un dios, y parece que ciertamente lo fue. A medio camino entre la novela de ficción pura, el biopic, el testimonio, el periodismo, Thomas Keneally escribió una pieza conmovedora, que hace partícipe al lector de la reconstrucción de una imagen y una época. El estilo literario resulta sumamente discreto, pues el autor prefiere subsumir las estrategias de escritura en las vibraciones emocionales de la historia misma. La obra se concentra en los siete años que van de 1939 a 1945, aunque de alguna forma comprende la vida de Schindler luego de concluida la Guerra, hasta 1974, año en que muere. Verdaderamente, la narración fictiva consigue emular la textura escalofriante de los textos de instrucción de la SS: "un judío es un enemigo mucho más poderoso de lo que llegará a ser nunca un ruso; una mujer judía es una biología entera de traiciones, y un niño judío una bomba de tiempo cultural".[1] Desde una perspectiva humana, singular, excepcional, la obra reporta uno de los mejores y más brutales retratos del mecanismo de mutilación fascista, posiblemente la experiencia más amarga de la historia de la humanidad.

El virtuoso guión de Steven Zaillian decide privilegiar las mayores células dramáticas, los momentos más intensamente narrativos, dentro de una biografía novelada muy poco dada de por sí a la filosofía. El guión respeta el criterio narrativo de la pieza literaria, siempre que conserva la enunciación diegetizada, esto es, sumergida en la elocuencia de la narración misma. La filosofía la va deduciendo el lector en su personal reconstrucción; no está en la letra. Eso protege al relato de la rémora adoctrinante que malogra tanta ficción histórica. Cuando Zaillian se percata de la enormidad anecdótica del texto literario, que ronda las seiscientas páginas, con gran tino y sabiduría dramatúrgica funde situaciones, convierte a ciertos hechos en relatos referidos durante el transcurso de otros acontecimientos. De veras que el apareamiento de libro y filme deja ver una sólida inteligencia y una muy especial sensibilidad para contar, otra vez, la vieja historia del hombre en sus circunstancias, el héroe en la multitud, la excepción en el todo.

Amon Goeth (Ralph Fiennes)Tal vez el punto más polémico de la adaptación cinematográfica esté en la suavización o la tamización espectacular del propio protagonista. En la novela Schindler combina el hedonismo con la más radical fe en el derrumbe del gobierno fascista. Allí él era un antifascista resuelto y convencido: "yo estaba decidido a hacer todo lo que estuviera a mi alcance para derrotar al sistema".[2] Incluso, se arriesga a burlar la frontera y viajar a Hungría para denunciar abierta y públicamente los horrores del fascismo. En la película todo eso está como aminorado, como contenido. Schindler es ciertamente el salvador, un hombre positivo, pero también muy ambiguo, distante, algo frívolo. Sin duda sale aquí, además de la vacilante naturaleza ideológica, curiosamente extensiva a casi toda su generación, la patita espectacular de Steven Spielberg. Los personajes, tanto Oskar como el megatirano Amon Goeth (figura que claramente sustituye en el relato a la de Hitler), padecen en el filme una extraña debilidad por el dinero, cosa que obedece más al fetichismo financiero del "rey Midas de Hollywood" que a un rasgo aportado por la escritura de Keneally. En general la imagen de Schindler como que pierde compromiso, rebaja un tanto su eticidad, y prefiere moverse en un espacio de ambivalencia magnética muy propia del sentido habitual del espectáculo en Hollywood. A ello contribuye la concepción con que lo interpreta Liam Neeson, actor ideal desde el punto de vista físico, pero que asume un tono como de arrogancia que no se colige precisamente de la letra de Keneally. Spielberg interpreta la distinción como arrogancia, el carácter como cierta prepotencia, y ahí sí que la adaptación convierte el sentido del original literario en otra cosa.

La caligrafía de La lista de Schindler es la de una colosal obra de arte. La fotografía del mago y siempre expresivo Janusz Kaminski hace milagros con el blanco y negro, y más que todo con la facultad dramática de la luz. Kaminski estetiza el horror, sutiliza la barbarie, troca el lodo en virtud espiritual. Las luces producen volumen, la cámara coreográfica se permite danzar en medio de las mayores tensiones sicológicas. El juego con la profundidad de campo y el montaje interno del plano recuerdan al Gregg Toland de Citizen Kane. La música de John Williams es, desde cualquier punto, un privilegio y un lujo estético. Según avanza el desastre humano de la trama, el aire de la música original va creciendo, siempre adolorida, pesarosa. El montaje de Michael Kahn resulta una clase magistral de articulación y generación de sentidos. Se recuerdan especialmente dos momentos: aquel en el que la edición contrasta el erotismo sano y libre de Schindler y la sexualidad mórbida, sádica, de Goeth (Ralph Fiennes). O ese otro en que la simple yuxtaposición de dos planos registra la salvaje metáfora fascista de pavimentar las avenidas interiores con las lápidas provenientes del cementerio judío. Eso está resuelto en segundos, con una síntesis magistral, que supo leer la intencionada anotación del original literario: "al llegar a la Administración, el Adler torció por una calle interior pavimentada con lápidas de tumbas judías. El campo de concentración había sido, hasta dos años antes, un cementerio judío. El comandante Amon Goeth, que se consideraba un poeta, había utilizado en la construcción del campo todas las metáforas que había encontrado a mano".[3] Este es un ejemplo de la extraordinaria capacidad de entrever en la literatura detalles icónicos que pueden resultar en la pantalla altamente reveladores, mucho más que cientos de palabras.

Liam Neeson interpreta a Oskar SchindlerSalvo en el final, donde el dramatismo de la despedida llega al patetismo, y el director pone a llorar a Schindler y a decir alguna ridiculez como que con el valor de un alfiler hubiera podido salvar a un judío más, La lista de Schindler posee una sobriedad inusitada en el cine edulcorado de Steven Spielberg. El filme pasea el sentido de la medida y la proporción que es propio del arte. No hay aquí los subrayados emocionales que a veces infantilizan el cine del de todas formas gran director. Zaillian y Spielberg se percatan de que el mérito mayor de la escritura de Keneally estuvo en la contención con que dejaba que los sucesos y las imágenes mismas hablaran por el terror.

La lista de Schindler es una obra maestra del arte cinematográfico y una película peculiarmente significativa en el legado de filmes que han abordado la Segunda Guerra Mundial y la embestida del fascismo. A pesar de que su relato sea en esencia tan sencillo como un sabio cuento popular. Ese relato queda resumido en el verso del Talmud que, en gratitud, los judíos inscriben en la parte interior del anillo que regalan a Schindler. Allí, en hebreo, se leía cómo "quien salva una sola vida, salva al mundo entero".

Notas:

[1] Thomas Keneally: La lista de Schindler. Barcelona: Ediciones B, 1996 (1982), p. 249.

[2] Ibid., p. 190.

[3] Idem, p. 17.