Al responder a una encuesta de La Gaceta de Cuba acerca de las pugnas generacionales, publicada en el número de abril-mayo de 1966, Alejo Carpentier escribió: Pertenezco a la generación del “minorismo”. Esa generación ha sido tan fecunda en iniciativas, descubrimientos, impulsos, intuiciones, pronunciamientos, etc., que hoy se la tiene por precursora. ¿Y no es lo propio de una generación precursora el poder ver muchas cosas antes de que otros las vean...? Nosotros las vimos. Y por verlas, los hombres del “minorismo” dejaron afirmaciones que conservan, hoy, toda su vigencia. En su caso, a la excepcionalidad de la época en que ocurrió su formación y su salida al mundo de las letras habría que añadir la de su singular talento, que lo convirtió no sólo en el representante de una generación privilegiada sino en uno de los mayores escritores de la lengua. A esa vigencia a la que él mismo se refirió para caracterizar a los intelectuales del minorismo hemos querido acudir para celebrar el centenario de su nacimiento. Y no hay, creemos, mejor prueba de esa sobrevida que las huellas que se van asentando en los otros: se trasciende en los otros, mediante los otros. Para encontrar esas huellas, hemos realizado una encuesta a un grupo de novelistas cubanos y latinoamericanos: escritores de edades, nacionalidades y tendencias estéticas muy diversas. Algunos, como Lisandro Otero, Miguel Barnet, Jorge Enrique Adoum, entre otros, lo conocieron personalmente. En la mayoría de los casos, sobre todo por razones de edad, la relación con Carpentier sólo ha ocurrido mediante la lectura de sus libros. Sin embargo, al responder a nuestra pregunta: ¿Cuál cree que ha sido la deuda de su obra con la novelística de Alejo Carpentier?, todos, sin excepción, han reconocido su magisterio, su grandeza, o la admiración ante la lectura de alguna de sus obras imprescindibles. También, como parte de esa prolongación en los demás, ofrecemos el testimonio de uno de los intentos por llevar su obra al cine, esta vez por el ya fallecido Manuel Octavio Gómez, quien contó con la colaboración de Antonio Benítez Rojo para la escritura del guión de lo que hubiera sido el filme “Guerra del tiempo”, basado en El camino de Santiago. La presencia fecundante de la obra de Alejo Carpentier en los otros no hace sino confirmar lo que, incluso, ya en vida del escritor sabíamos: estamos ante un clásico, un autor a quien el paso del tiempo, lejos de erosionar, lo hará cada vez más esencial, más deslumbrante.
• ¿Cual es su deuda con la novelística de Alejo Carpentier?
ALEJO CARPENTIER ES EL MAYOR ESCRITOR CUBANO DESPUÉS DE MARTÍ, el más relevante novelista americano, un hombre de su tiempo que experimentó esa curiosidad inagotable propia de los genios del Renacimiento. Acabado estilista que ha llevado nuestro idioma a altos niveles de elegancia y maestría, uno de los mejores prosistas de la lengua española, es el escritor cubano que más ha trascendido internacionalmente y, hoy, uno de los más traducidos y editados novelistas de la lengua española. Ha sido, además, el mentor indiscutible de toda la promoción de escritores hispanoamericanos surgida en la segunda mitad de nuestro siglo y que comúnmente suele denominarse con el anglicismo de boom. Junto a Arturo Uslar Pietri y Miguel Ángel Asturias constituyó el tríptico precursor del segundo descubrimiento de América. Con su teoría de lo real maravilloso develó la fantasía y el absurdo que subyacen en lo cotidiano, halló lo que existe de maravilloso dentro de lo real, teoría que produjo su encuentro con lo que sería su objeto estético: su deslumbramiento con la naturaleza americana. De esa iluminación surgió su desciframiento de nuestro despertar y su ubicación en un contexto del Caribe. Fue el tema americano el que vertebró toda su obra. Su fuerte deuda con el surrealismo, su intento de develar la fantasía y el absurdo que subyacen en lo cotidiano, de mostrar la magia que late en la aparente rutina, de hallar lo que de maravilloso existe en lo real le llevó a rechazar la fabricación en serie de lo fantástico, la burocratización de lo imaginativo. Para lograr la liberación del hombre de las compulsiones civilizadas, del utilitarismo y la modorra adonde es conducido por la organización social, favoreció la abjuración del raciocinio para hallar el vigor original de cada ser, el reencuentro con una energía desconocida, la emancipación del espíritu sometiéndolo a una turbulencia anárquica que le entregara su auténtica individualidad. Ésa fue su tarea. Mi primer acercamiento a Alejo Carpentier ocurrió hace cincuenticinco años, cuando abordé inicialmente sus páginas sobre La música en Cuba, siendo un joven melómano. Aquellos tomos de tapa verde de la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica constituyeron ricos índices y pronósticos de la cultura americana. Allí pude conocer de la pasión sacramental de Esteban Salas y de la pasión nacionalista de Manuel Saumell. Pocos años después Alejo Carpentier llegó a París, donde era yo estudiante, para recibir el Premio al Mejor Libro Extranjero editado en Francia por Los pasos perdidos. Mi timidez de entonces me impidió acercármele pero seguí en la prensa parisina los homenajes que se le hicieron. Cuando en 1959 Fidel Castro viajó a Caracas le acompañé y una noche me llegó a mi hotel una voz carrasposa que me interrogaba por teléfono sobre los sucesos en Cuba. Alejo Carpentier se interesaba vivamente sobre el acontecer de su patria, a la que regresó poco después. Finalizando el año 59 me ocupé de realizar un número especial del diario Revolución que saldría el último día de diciembre con un resumen de lo realizado por el Gobierno Revolucionario en su primer año de gestión. Un equipo trabajó durante semanas acopiando una inmensa masa informativa, de espeso lenguaje burocrático, que fue necesario reducir a un estilo legible. Se me ocurrió solicitarle a Alejo Carpentier, que recién había regresado a Cuba, que realizara una entrevista al presidente de la República, Osvaldo Dorticós. Aquel texto de Alejo, en el cual mostraba la levedad de una ágil prosa periodística, fue un destello en la grisura de la convencional prosa de los reporteros. Cuando en 1963 se convocó el Premio Casa de las Américas el jurado contaba con las labores de Alejo Carpentier, Julio Cortázar y Edmundo Desnoes. Premiaron mi novela La situación, a la que después Alejo se referiría como la introducción al mundo de la burguesía joven que irrumpió en Cuba después de la Segunda Guerra Mundial; una burguesía más avisada y ágil que la anterior, que compraba cuadros de Lam, leía a Sartre y estaba suscrita a L’Oeil. Ilustrados, políglotas, snobs, no llegaron a entender que hay tránsitos históricos en los que la pasividad de una clase social equivale al suicidio. En América Latina ha sido una tradición que los escritores sirvan a su país en el servicio exterior, como lo han hecho Alfonso Reyes, Asturias, Neruda, Gabriela Mistral, Uslar Pietri, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Abel Posse y Julio Ramón Ribeyro, por mencionar a unos pocos. En Cuba han sido diplomáticos Emilio Bobadilla, Hernández Catá, Chacón y Calvo, Fernández de Castro, Mariano Brull y Guy Pérez Cisneros, entre otros. El propio ministro de Relaciones Exteriores, Roa, era un escritor y en el mismo cargo le había precedido, quince años antes, otro ensayista distinguido, Jorge Mañach. También en Francia ha constituido una tradición, como lo demuestran Claudel, Saint John Perse y Giraudoux. Hacer un diplomático de un intelectual es algo que jamás entendería un alemán o un inglés. Esa tradición explicaría por qué Carpentier, un escritor tan necesario en Cuba, pasó a prestar servicios en el exterior en la década del 60. En 1965 me hallaba en París y recibí un telegrama de Haydee Santamaría, similar a uno que había remitido a Alejo Carpentier: estábamos invitados a un congreso de escritores que se efectuaría en México, donde nos reuniríamos con Guillén y Retamar, que completarían la delegación cubana. La única manera de llegar a tiempo era tomar un vuelo que salía de Bruselas y haciendo escala en Montreal volaba directamente a Ciudad México. Durante aquella travesía conocí a un Alejo Carpentier que nunca supuse existiera. Siempre lo había visto como un adusto y erudito escritor, muy despegado de los asuntos terrenales, y descubrí cuán errónea era la imagen que de él me había formado. Alejo era un divertido muchacho, pleno de alegría de vivir. En el aeropuerto belga bebimos abundante cerveza. Mientras volábamos sobre los Estados Unidos se desató una tempestad y el avión comenzó a estremecerse. Alejo ordenó a la azafata que no nos interrumpiera el suministro de whisky mientras durase la turbulencia. Gracias a su vitalidad entusiasta, a sus bromas y anécdotas, a su jovialidad, se me hizo corto un largo viaje. Descendimos del avión con una achispada euforia que seguramente nuestros anfitriones apreciaron. El congreso al que asistimos, en marzo de 1967, era un intento de constituir una federación latinoamericana de escritores. Asistían Miguel Ángel Asturias, Guimaraes Rosa, Carlos Pellicer, Benjamín Carrión, Ángel Rama, Juan Rulfo, Mario Benedetti, Enrique Lihn, Thiago de Melo y Elena Garro, entre otros. A Asturias, nombrado embajador de su país en Francia en agosto de 1966, no le había importado el carácter dictatorial del gobierno que representaba para aceptar el cargo. Esto provocó que lo saludásemos con cierta frialdad, de lo cual se lamentaba públicamente su esposa. Después de una de las reuniones, una delegada comentó con otra: “¿Viste a Asturias? ¡Qué firme en su posición!”. Y Guillén, que la escuchaba, no pudo reprimir el comentario: “Sí, ¡qué firme en su posición de embajador!”. Apenas seis meses después se le otorgaba a Asturias el Premio Nobel, tras una reñida discusión de la Academia Sueca donde, según The New York Times (19.XI.67), los candidatos que más cercanos estuvieron a obtenerlo fueron Carpentier, en primer lugar, Neruda y Borges. Es sabido que de no haber fallecido en abril de 1980, a fines de ese propio año Carpentier habría recibido –ya estaba decidido– el Premio Nobel de Literatura. En 1975 intercambié, desde Londres, frecuentes cartas con Alejo, que estaba disgustado porque el crítico John Sturrock, del The Times Literary Suplement, había maltratado su última novela, El recurso del método. Hablé con Sturrock tratando de descubrir los secretos resortes, el resentimiento, los sombríos intereses que le impulsaban a ser despiadado con la novela de Carpentier. Encontré a un profesional muy atrincherado en sus criterios, poco dispuesto a razonar. Poco después obtuve que, en un desagravio al ataque inglés, la Universidad de Londres le cursase una invitación a Alejo. El mismo día de su llegada expresó su deseo de visitar un restaurante del Soho que había conocido años antes. Después de caminar sin descanso por las calles del West End finalmente lo hallamos, se llamaba Lisboa y el plato que tan maravillosamente hacían era el pollo a la Kiev de la cocina eslava: el ave deshuesada y herméticamente empanizada, estaba rellena de mantequilla derretida que brotaba por las incisiones del ávido cuchillo. Alejo me llevó a su encuentro en el Savoy con Livia Gollancz, una gran dama de la cultura británica que conducía una importante firma editora que publicaba sus obras en inglés. Le conduje a Harrod’s y quedó pasmado por la diversidad de mercaderías de esplendor insuperable que era posible ofrecer bajo un solo techo. Le llevé a recorrer los barrios del Londres dickensiano, el South Bank sombrío, ruinoso, mísero. Bebimos en la vetusta taberna The Anchor donde todavía conservaban el butacón donde el doctor Johnson solía tomar su cerveza. Me dedicó un ejemplar del recién aparecido Concierto barroco: “A mi inseparable compañero de nuestro descubrimiento de Londres”. No era, desde luego, la primera vez que Alejo viajaba a esa ciudad pero sí la primera vez en que se adentraba en tantos recovecos inexplorados. El día de su conferencia en el Instituto de Estudios Latinoamericanos el salón desbordaba de público entusiasta que le escuchó su reafirmación de nuestras fronteras: de lo real maravilloso, de la mitología americana y la fijación de una identidad caribeña evadiendo el simplismo de lo vernacular, hallando las correspondencias de nuestro continente entre sí y dentro de su entorno. Todo ello conducente al hallazgo de la llave suprema de la narrativa del nuevo mundo: la relación entre el contexto telúrico y el contexto épico político. En cada una de las obras de Alejo Carpentier hay una incursión hacia la autenticidad, un desentrañamiento de los perfiles propios del hombre americano que no pueden hallarse sino en este remontar del río de la vida hacia sus orígenes. El desafío del tiempo es uno de sus temas recurrentes. El eje espacial remitido a la oposición aquí-allá, y el eje temporal referido a la antítesis ahora-entonces son sus parámetros polares. El músico de Los pasos perdidos, por ejemplo, recorre en toda su extensión el campo entre los extremos y sólo le queda, para seguir en movimiento, el retorno al punto de partida. Debe regresar además, porque se ha percatado que “la marcha por los caminos excepcionales se emprende inconscientemente, sin tener la sensación de lo maravilloso en el instante de vivirlo”. El novelista abordó universos de dimensión paralela: los protagonistas hallan un camino y lo extravían, y cuando llegan a cometer el error de desandar lo andado, tratando de reiterar la vivencia experimentada, advierten que la magia se esfumó, que la preciosa entrega se efectúa sólo una vez y que es inútil pretender una repetición de los milagros. El camino de retorno les es negado: las puertas del Paraíso se han cerrado definitivamente porque este mundo sigue raigalmente enajenado y el hombre no acaba de hallar su ubicación en una organización social que le mantiene excéntrico y desequilibrado. Entonces el carácter entiende que la convivencia con el portento fue un hecho cuya grandeza no estaba a la medida de su exigua persona. En la obra de Alejo Carpentier sus criaturas han tratado de enderezar un destino, sólo logran que de ellas brote un canto trunco y son finalmente devueltas al viejo camino con un cuerpo lleno de cenizas e incapaces de tornarse otra vez en lo que habían sido. Me veo ahora en un oscurecido avión volando hacia La Habana a donde llevamos el féretro de Alejo Carpentier. Horas antes, en el aeropuerto de Orly, en París, en un atardecer gris y lluvioso acompañamos a Lilia un reducido grupo de amigos en la ceremonia de los adioses. Integrando la comitiva del retorno iba, entre otros, su leal de toda la vida Manuel Scorza. Hablamos del desafío del tiempo, de la conquista del reino de la libertad que pretendió alcanzar Carpentier. Sabíamos que en lo adelante ese reino había llegado para él, destruido ya lo más desechable de sí mismo. Comprendimos que desde entonces y para siempre Alejo conocería los nombres de todas las piedras, lavaría sus cabellos en los arroyos de la selva y su claridad sería la del sol mismo. LISANDRO OTERO (La Habana, 1932)
EN 1957 SEGUÍ DE CERCA LA PROMOCIÓN Y PRESENTACIÓN QUE SE HIZO en París de El acoso (Chasse a l’homme) que publicara la editorial Gallimard en su colección La Croix du Sud. Ya le habían publicado el año anterior, en la misma colección, Los pasos perdidos (Le partage des eaux). Indudablemente, ambas novelas lo consagraron en Francia, en otros países de Europa y en los Estados Unidos, mucho antes del llamado boom. Diría que desde entonces soy un fiel lector y admirador del Carpentier novelista, el ensayista y el periodista. He leído y he vuelto a leer algunas de sus obras, empezando por El reino de este mundo. En 1959 volvimos a conversar en La Habana cuando organizó una muy sonada Feria del Libro Popular que publicó diez títulos de obras de escritores cubanos a precios muy accesibles para el gran público. En la esquina de la tienda El Encanto, en Galiano y San Rafael, la gente se apiñaba para adquirir la colección. Posteriormente aparecería una nueva colección de otros diez autores de la Isla. A Carpentier le debemos que haya sido el primero en revelar y teorizar acerca de una visión tan fabulosa como moderna de la América Latina. Pero también fue un adelantado en la extraordinaria diversidad en los temas y en los estilos de sus novelas, sin olvidar que son ejemplares sus crónicas periodísticas, tan precisas y transparentes, a pesar de su indiscutible erudición en distintos campos del conocimiento. Alejo también nos ha mostrado que cada escritor tiene su propio ritmo, su aliento muy personal, aunque se proyecte en cada obra con el espíritu y la escritura que cada una le impone y reclama del creador. Ése es uno de sus legados, tan útil y práctico y tan universal. JAIME SARUSKY (La Habana, 1931)
A LO “REAL MARAVILLOSO” LO LLEVO MÁS EN EL CORAZÓN QUE EN MI literatura, aunque debo reconocer que por supuesto tuve presente –pero no releído– El recurso del método cuando me embarqué en la aventura de escribir Cola de lagartija, una biografía grotesca del brujo José López Rega, ex ministro de Perón. La deuda, por lo tanto, es importante y hasta impagable, y en mi biblioteca ideal de escasísimos volúmenes, absolutamente transportable, perdurarán siempre dos joyas sublimes del maestro: El arpa y la sombra y Concierto barroco. LUISA VALENZUELA (Buenos Aires, 1938)
PIENSO QUE ENTRE LOS ESCRITORES CONTEMPORÁNEOS QUE MÁS HAN influido en mis libros se encuentran, principalmente, Julio Cortázar y Alejo Carpentier. Esto es, un narrador que pudiéramos llamar nocturno, atraído por lo onírico, por lo surreal, y otro interesado en las problemáticas propias de la historia y de la identidad cultural. Estas diferencias quedan bien representadas en el poema dramático Los reyes, donde Cortázar reconstruye el mito del laberinto. Sólo que en mi caso me parece advertir un deseo de acercarme a la vez a Minotauro y a Teseo. Así, si mi juicio fuera cierto, mi escritura ocuparía el espacio que existe entre estos dos puntos de tensión. Un buen ejemplo sería mi última novela, donde visto la “monstruosidad” bisexual de Enriqueta Faber con el recto uniforme de un cirujano militar de la Grande Armée. Al reflexionar sobre esta suerte de paradoja, veo que recurre una y otra vez en mi obra: la niña-mariposa de “Estatuas sepultadas”, el hombre-niño de “Tute de reyes”, el mendigo-orisha de “El escudo de hojas secas”, la corrupta santidad de Felipe II y la malvada inocencia de Antón Babtista, en El mar de las lentejas, o bien en el rostro desfigurado del protagonista de “La tierra y el cielo”, que se debate entre el mito y la historia, así como en la agonía del insurrecto de “Desde el manglar”, cuya conciencia esta atrapada entre el deber militar y la culpa. Claro, también está el Caribe de La isla que se repite, donde inadvertidamente quizá intenté reconciliar a Minotauro con Teseo. ANTONIO BENÍTEZ ROJO (La Habana, 1931)
A ALEJO HAY QUE AGRADECERLE MUCHAS COSAS. En primer lugar el regalo de su gigantesca obra literaria. Sin referentes directos sino por gestión espontánea, Alejo Carpentier ha dejado para la literatura latinoamericana una obra insuperable. Impúdico aunque culto, su barroquismo no es otra cosa que la necesidad de nombrar las cosas con sus múltiples nombres y degustar esos nombres como un manjar. A ese descubrimiento de un mundo nuevo él le llamó realismo maravilloso. Su visión deliberadamente americana y tangencialmente caribeña nos aportó una visión nueva de lo que hoy llamamos Caribe en su expresión cultural más profunda e incluyente. Nos enseñó la disciplina del hacer cotidiano frente a todos los obstáculos. Trabajó incansablemente como periodista y promotor cultural siguiendo la huella de José Antonio Saco, Antonio Bachiller y Morales y Fernando Ortiz. Creyó en la cultura cubana y en la creación como expresión suprema del espíritu y como salvación. Se afincó en el Caribe y fue más universal por esa misma vocación. La irrupción de Carpentier en el ámbito de la prosa americana es volcánica. Todo lo telúrico de nuestro continente entró por primera vez en el ámbito de la novela. Lo que hizo Neruda con la poesía, rompiendo los cristales de una época, lo logró Alejo con sus obras inaugurales. En la casa de mi memoria he ido reuniendo algunos recuerdos imborrables. Quizás el más amado sea el de aquel día, allí en la Editorial, en que Alejo me llamó para decirme que había terminado de leer las páginas manuscritas de Biografía de un cimarrón. Le había hecho acotaciones sabias. Eliminó algunos pronombres, el uso excesivo del “yo” y luego me dijo que pensaba que era el complemento testimonial de El reino de este mundo. No sin poco pudor, admito, que el cumplimento me hizo salir brincando de aquella oficina. Sentí la satisfacción del reconocimiento, incomparable y única. Me poseía una emoción muy particular que me llenaba de humildad y amor. Alejo escribió y publicó en Bohemia su artículo sobre el libro a las siguientes semanas. “Un testimonio que se convierte en poema”, escribía. Jamás Alejo y yo hablamos de este texto. Ni yo tuve valor para agradecérselo. Luego hizo dos programas de radio que ahora han visto la luz editados por el Instituto del Libro en un tomo que contiene artículos del autor sobre la cultura cubana, donde habla también del libro Cimarrón. Tampoco tuve valor para agradecérselos porque me parecía un acto de inmodestia mayor. Ahora que ustedes me piden esta nota por su centenario, aprovecho para hacerlo con muchas ganas. MIGUEL BARNET (La Habana, 1940)
ALEJO CARPENTIER FUE, PARA MÍ, UNA PIEDRA BASAL. DESDE QUE leí los cuentos de Guerra del tiempo supe que ésa era la prosa que mejor nos expresaba a los latinoamericanos. Más allá de modas y tendencias críticas, su prosa perfecta incitaría mi ánimo hasta convertirme a su fe literaria. El camino de Santiago, El reino de este mundo, Los pasos perdidos, Concierto barroco y La consagración de la primavera –por lo menos– me conmovieron tan profundamente que todavía, cada tanto, procedo a releerlo como se debe releer a Carpentier: de pie, en voz alta, grave en la pronunciación y concentrado en el respeto. Creo que ninguna otra prosa, de entre las muchas y brillantes que he leído y reconozco esencial en muchos de mis padres literarios, dejó en mí una huella tan profunda como la de este cubano entrañable al que siempre llamo, íntimamente, don Alejo. MEMPO GIARDINELLI (Resistencia, Provincia del Chaco, 1947)
A LA LECTURA SOSTENIDA DE LA OBRA NARRATIVA Y ENSAYÍSTICA DE ALEJO Carpentier debo el gusto por las palabras lujosas y por las palabras precisas; la pasión por el barroco histórico y por todos los barroquismos que lo prefiguraron y lo sucedieron; la fascinación por la identidad americana –la de la América nuestra, se entiende–, que a lo largo de los siglos se ha debatido entre ser y no ser europea y que se articula en la simbiosis, la mixtura, los desfasamientos cronológicos; el amor a las ciudades de nuestro continente –carentes de estilo a fuerza de tener tantos estilos superpuestos– y de sus catedrales, que son almacenes del tiempo; la sonrisa ante los disparates involuntarios que nuestra realidad nos ofrece cotidianamente. Tan portentoso fue su influjo, que a lo largo de los años he tratado de borrar las huellas que la obra de Carpentier dejó en mi escritura: la visión azorada, el humor libresco, las referencias inútiles, los gratuitos barroquismos, las descripciones detalladas y abundosas –que inhiben el diálogo–, los excesos verbales, la adjetivación exuberante, las palabras de diccionario, las oraciones infinitas... y las enumeraciones incontinentes, como ésta, que delata la inutilidad de mis esfuerzos. Qué le vamos a hacer: la impronta carpenteriana suele ser indeleble. GONZALO CELORIO (México, 1948)
SIEMPRE HE RESPETADO MÁS A LOS QUE SE ARRIESGAN MÁS. Y EN EL panorama de las letras cubanas tengo espacios de particular admiración para quienes se aventuraron en terrenos difíciles. Esa lista la encabeza Alejo Carpentier. Él le dio un sentido elevado a la novelística cubana y latinoamericana, le abrió caminos. Otros siguieron sus huellas, o abrieron sus propios espacios para zafarse de las referencias autobiográficas y de la inmediatez, la casi fatal insistencia en la experiencia personal, signada por un vuelo apenas rasante, círculo que se fue estrechando en los últimos tiempos. En sus mejores momentos se propuso romper el cerco y culminó el esfuerzo con historias noveladas, indagaciones que tamizó con interpretaciones que respondían al reto impuesto por las jóvenes culturas americanas. Lección suya es que sin traicionar la esencia narrativa buscara paralelos y diferencias, afirmaciones de una vivencia mestiza, nuestra, a partir de las deudas con las fuentes clásicas. Lo prueban sus piezas breves y maestras: “El camino de Santiago”, “Viaje a la semilla”, “Oficio de tinieblas”, “Semejante a la noche”, y la noveleta Concierto barroco, jubiloso exhibicionismo del dominio alcanzado para entrelazar historia y creatividad. Esa intencionalidad animó sus obras mayores, El reino de este mundo, Los pasos perdidos y El siglo de las luces, donde armonizó la documentación y el placer de explayar su creatividad. En todas se atuvo con ejemplar severidad a la conciencia de urdir argumentos que le permitieran una revisión desacralizadora de acontecimientos pretéritos y mantuvieran la ilación de la acción dramática. En sus novelas, barrocas, culteranas, aleatorias, nunca perdió la brújula de la narratividad, narró todo el tiempo. Cuando leo o escucho elogios al uso de la expresión barroca en Carpentier, no dejo de preguntarme qué tipo de barroquismo le encomian, y si coincide con el que prefirió. No el lujo incontenible, ni el “cosismo”, acumulación que se toma por barroca prescindiendo del movimiento de las imágenes que hacen parte de un estilo. Una de sus grandes lecciones fue, precisamente, que en su decisión de ser un pensador desde el relato, aunó la fidelidad al tiempo de la narración y la expresión que le resultaba afín, e impuso su personalidad en el uso del idioma, su excelencia en la expresión, su sello, lo que un crítico llamó “voluntad de estilo”. Contra ese tejido chocaron no pocos imitadores, como, por ejemplo, quienes intentaron un énfasis martiano, o la apropiación de categorías del discurso lezamiano, sin estar provistos de las sustancias que animaron a esos modelos. El resultado ha sido una acumulación excesiva y en ocasiones vulgar, una morosidad extrema en el ritmo y, por supuesto, la ausencia de una poética atendible. Debo confesar que mis lecturas de Carpentier, que mucho disfruto, las hago en períodos en que no estoy escribiendo prosa narrativa, pues se me convierten en un peligro. Su seducción es mucha. Debí afrontar un verdadero esfuerzo para que en la elaboración de mi novela Al cielo sometidos, de carácter histórico y situada en una época ya trabajada por él –por lo que debía frecuentar la misma documentación–, algunas conquistas carpentereanas no se pegaran a mi prosa. Me prohibí tomar en las manos un libro suyo durante el largo proceso de creación de esa novela. Me propuse un relato eminentemente dialogado, ya que él no fue un dialoguista hábil. Huí del descriptivismo, en que resultó maestro. Aproveché que el entorno de mis personajes era un coto cerrado, para soslayar paralelos culturales en los que él dio lecciones definitivas, pues les resultarían un injerto. Cuando puse el punto final y envié la novela al Premio Ítalo Calvino, y venció, con temor pánico volví a leer El arpa y la sombra. Creo haber salido del entuerto apegándome al barroco quevediano en las referencias formales, y al léxico de la época en las locuciones de los personajes, aunque con un disfrute desde nuestro actual uso del idioma y con algunas licencias en la voz que narra. Con todo, pienso que las lecciones de Alejo estuvieron presentes. Eran insoslayables. Su obra ha propiciado que algunos escritores cubanos nos adentremos en la experiencia de narrar fragmentos de la historia, camino recorrido por Otero, Sarusky, Benítez y yo, entre otros, soslayando la recurrencia de la autobiografía personal o generacional. En la medida en que lo hacemos sin resultar epigonales se evidencia la justeza de sus lecciones. Si caemos en la imitación, estamos perdidos. Está dicho: quien imita fracasa. REYNALDO GONZÁLEZ (Ciego de Ávila, 1940)
LOS PASOS PERDIDOS CONSTITUYE PARA MÍ UN TEXTO CUYO ESPESOR lo consagra como un referente cultural privilegiado. El viaje, el tiempo, las eróticas, la diferencia, la imposibilidad, se movilizan con vehemencia a través de una superficie abigarrada de signos que aluden, especialmente, a los complejos avatares síquicos en los que se organiza el sujeto. A la manera de un mapa mental sacudido por la suma de divergencias alojadas en sus territorios íntimos y paradójicos, Los pasos perdidos puede leerse como un tratado en el que coexisten, de manera tensa, deseo y razón, pulsión y cultura, ficción e historia. Cada “paso” en la novela borra y retiene, a la vez, el anterior, repitiendo así el antiguo presupuesto, como es, que todo viaje no es más un camino hacia la muerte. Que el viaje es la muerte. Y que no es posible retransitar. DIAMELA ELTIT (Santiago de Chile, 1949)
TODA Y NADA. HUBO UN TIEMPO EN QUE LEÍA CASI SIN PARAR UNA Y otra vez un mismo libro. Si me interesaba, no paraba de releer. Uno de esos libros fue El siglo de las luces. Puedo recitar de memoria el arranque de esa novela. También fue santo de mi devoción “Viaje a la semilla”. En este sentido soy su deudo. Pero llegó un momento en que me saturé de Carpentier, hay un dulzor que ya no resisto. Dejemos pasar un poco de tiempo, tal vez regrese a él dentro de unos años, y en el deudo renovado la deuda crezca, o no. No sé. REINALDO MONTERO (Ciego Montero, 1953)
CLARO QUE LE DEBO A CARPENTIER. UN CIERTO CONCEPTO DE LAS “narraciones de la Historia”, que he utilizado de forma reiterada en mi narrativa, es marca de fábrica de su prosa. Leí El reino de este mundo siendo adolescente. Me lo prestó Vivián Trías, el historiador, a quien yo visitaba en su casa de Las Piedras, en su biblioteca, casi siempre los viernes después de la medianoche. Yo tenía diecisiete años y nunca había leído nada de Carpentier. Me mató. Ahí fue que intuí que escribir un libro es como levantar una catedral. Mucho tiempo después, cuando escribí Príncipe de la muerte, a comienzo de los 90, la prosa de Alejo se me aparecía una y otra vez. Algunos pasajes, como la descripción de Cuba que hace el cuchillero Montenegro son, según dicen, tributarios directos de lo real maravilloso, o mejor, para escribirlo en clave carpenteriana, de “Lo Real Maravilloso”. Hay una cierta sinuosidad del idioma que se me ha pegado. Cubanía tal vez. Quiero decir que hay ciertos “loops” (para hablar en términos musicales que a él por cierto no le desagradarían) del párrafo, que sólo se pueden escribir y salvar a partir de lo que Carpentier aportó en materia de construcción narrativa y discursiva. Los pasos perdidos me enseñó a ordenar la progresión de una historia, no importa lo compleja que sea la forma en que se construya. Y entonces, además de una catedral, se puede componer una sinfonía cuando se escribe una novela. En definitiva, a Carpentier le debo el haber entendido para siempre que la escritura es una problematización de la realidad, y no un gesto cultural inocente o una persecución de los estándares de la moda literaria. FERNANDO BUTAZZONI (Montevideo, 1952)
CREO QUE LA MARCA DE UN ESCRITOR CONSISTE EN QUE PUEDA integrar un mundo propio que se amplía en cada nuevo libro. García Márquez lo dijo de un modo mucho más simple y perfecto: un escritor lo único que puede hacer es escribir un solo libro a lo largo de toda su vida. A menudo algún crítico se atreve a decir que tal o más cual escritor “sigue abordando los mismos temas de su primer libro”. Sí, claro, no puede ser de otro modo. Al igual que los políticos siguen con sus mismas ideas hasta que se mueren, y los científicos no saltan como locos hiperkinéticos de investigar en física nuclear a los huecos negros del espacio, y los deportistas no abandonan los cien metros planos por la natación. Entre otras cosas porque la vida no es tan interminable como nos parece a los veinte años. Un escritor está construido con obsesiones, traumas, paranoias, miedos, locuras, jodiendas y basuritas de todo tipo. Después utiliza todo eso como materia prima. Un tipo mentalmente sano hasta el aburrimiento no tiene que escribir nada. Los medio quimbaos son los que escriben. La escritura siempre es autoantropofágica. Estamos hablando de escritura. El que quiere escribir entretenidos best sellers y ganar dinero y fama es un artesano, que es otra cosa. En mi juventud ya muy lejana –a veces me parece que tengo más de ochenta años– yo adoraba a Carpentier, al igual que a Hemingway, Faulkner, Truman Capote, Sherwood Anderson, Kafka, Cortázar, Borges, Herman Hesse, y dos o tres más. Ante todo porque eran escritores que habían logrado construir un universo propio, original, cerrado, perfecto y distinguible a distancia. Quiero decir, coges un libro de Carpentier y ya antes de abrirlo sabes el sabor y la textura que vas a encontrar. Si no tienes el ánimo para un mundo tan barroco, pues agarras un libro de Salinger, por ejemplo, y ya sabes por dónde va el tipo. Uno de los aspectos que más me deslumbran en la obra de Alejo Carpentier es la coherencia y amplitud –en el sentido total del concepto– de un universo original. Creo que debe ser así. Mi gran tormento es que yo sabía ya con dieciocho años que iba a ser escritor y que todo lo demás sería secundario en mi vida. Y me preguntaba ¿cuál será mi tema? Hasta traté de imitar a Anderson, a Faulkner y a Erskine Caldwell. Por suerte tuve tino para esconder aquellas páginas y perderlas por ahí, en vez de hacer como Isabel Allende que imitó a García Márquez con una frescura igualada sólo por cierto cubano que imitó a Carpentier en una novelita atroz titulada El ruso. No me imaginaba que nuestro universo se instala poco a poco dentro de uno, a medida que la vida nos va moliendo y exprimiendo. Es inevitable. Quizás por eso los ancianos siempre hablan de lo mismo y repiten cientos de veces los mismos cuentos hasta saturar a la gente que los rodea. Entonces esa gente dice: “Papá se ha puesto matraquilloso”. Es que papá está inmerso en su mundo. El mundo que ha creado dentro de sí a lo largo de su vida. Estoy convencido de que los escritores que no logran crear una obra coherente, cerrada y bien cimentada en sus propias obsesiones y pesadillas es porque tiran escopetazos al aire a ver si por casualidad tumban un pato. Y por tanto no tienen la más mínima idea de qué es la literatura ni para qué sirve. Sólo el que ama profundamente la literatura como un ejercicio de pensamiento y reflexión, será capaz de insistir siempre en su mundo interior. Y estará dispuesto, además, a pagar el peaje que le toca en ese camino. Un instinto natural de conservación, una especie de sexto sentido, me hace alejarme siempre de los demás escritores. Creo que somos lobos solitarios, depredadores implacables, y no tenemos nada que hacer con el resto de la manada. De ese modo me perdí algunas conferencias de Carpentier a las que pude asistir. Después las leí tranquilamente. Y descubrí gracias a él que la escritura es un oficio de tiempo completo y que hay que tener disciplina, perseverancia, rigor y método, no sólo audacia, impulso, cólera y rabia. También es imprescindible el equilibrio, el trabajo constante, y el abandono de todo lo demás en aras de lo que uno hace. Me quedé maravillado cuando en una de esas conferencias Carpentier explicó de qué modo absolutamente escrupuloso y milimétrico preparaba durante años una novela. Era algo mágico pero al mismo tiempo matemático y geométrico. Gracias a sus consejos comprendí que yo también quería escribir de ese modo tan orgánico y meticuloso. Sólo nos diferenciaba algo esencial: Carpentier se esforzaba por hacer literatura bien marcada dentro de los cánones de “lo literario”. Aceptaba a priori el canon europeo sobre qué es literatura y qué no es literatura. Yo apuntaba y sigo apuntando en dirección opuesta: quería desmontar todo y trabajar tan metido dentro de mis personajes que yo mismo sería un personaje más. Quería confundir al lector, sorprenderle y cambiarle las reglas del juego. Mi objetivo esencial era hacer una literatura tan “natural” que no pareciera literatura. Otro aspecto fundamental en el mundo carpenteriano también me seduce: hablar de lo nuestro latinoamericano. En mi caso es hablar de lo cubano, más específicamente. En una conferencia que ofreció en agosto de 1966 por Radio Habana Cuba (La cultura en Cuba y en el mundo, Biblioteca Alejo Carpentier, Ed. Letras Cubanas, 2003, p. 205-213), decía: “ahora nosotros, novelistas latinoamericanos, tenemos que nombrarlo todo –todo lo que nos define, envuelve y circunda: todo lo que opera con energía de contexto– para situarlo en lo universal. Nuestra ceiba, nuestros árboles, vestidos o no de flores, se tienen que hacer universales por la operación de palabras cabales, pertenecientes al vocabulario universal”. Después de acercar la sardina a su brasa y hablar de un “realismo barroco”, decía, casi al final de aquella estupenda conferencia: “Lo cierto es que si ayer hubo verdades que señalar, hay, en nuestros días, nuevas verdades, mucho más complejas (el subrayado es mío), que toca al novelista apuntar en dimensión mayor”. No quiero coger el rábano por las hojas –que Dios y el Diablo me libren– pero esta idea de Carpentier es esencial y la repetía continuamente: hablar de lo nuestro y situarnos hoy y aquí. Si se hace con un estilo barroco o minimalista ya el escritor sabrá cuál es la más eficaz. En otra de esas conferencias radiales, una dedicada a la novelística de Carlos Fuentes (22 de noviembre, 1964), dice: “Difícil es escribir novelas sobre las ciudades latinoamericanas por una razón muy sencilla: hay que descubrirlo todo, hay que inventarlo todo y hay que verlo todo, es decir: hay que descubrir aspectos de la arquitectura, aspectos de la vida, aspectos, diríamos del ritmo general de una ciudad que no tiene antecedentes novelísticos. Fácil es escribir una novela sobre Toledo; fácil es escribir una novela sobre París; fácil es escribir una novela que transcurra en una ciudad-museo como Venecia o Brujas: tenemos una pintura que nos ayuda a definir esos lugares de acción, tenemos una tradición literaria, tenemos una cantidad de elementos a los que puede echarse mano… Las ciudades nuestras, lo repito, son difíciles de pintar… Y pintarlas, mostrarlas, revelarlas, universalizarlas, constituye una de las hazañas más difíciles para el novelista latinoamericano contemporáneo”. Carpentier fue consecuente con sus ideas originales y frescas. Colocó la literatura por encima de todo lo demás. Sólo un hombre honrado y culto, apasionado y profundo, con amplitud de pensamiento, es capaz de desplegar esas alas en su juventud y mantenerse volando contra viento y marea, suceda lo que suceda. PEDRO JUAN GUTIÉRREZ (Matanzas, 1950)
SI ALGO ME GUSTARÍA DESTACAR, ENTRE LAS MÚLTIPLES COSAS QUE DEBO agradecerle a Alejo Carpentier, es el haber afianzado en mí la vocación de lector impenitente. Ha sido un proceso tan largo que no concluye aún. Comenzó quizá en mis años de estudiante preuniversitario, cuando descubrí El reino de este mundo y “Viaje a la semilla”, y fui presa de la fascinación por una prosa distinta de mis hasta entonces revisitados Twain, Salgari, Galdós, Balzac, Conan Doyle, Eça de Queiroz, Villaverde, Meza o Loveira. Aquel impacto me condujo, muy rápido, a buscar otros libros suyos: Los pasos perdidos, El siglo de las luces, para adentrarme en la aventura de una palabra de lujo, expresión –y esto lo supe mucho después– de uno de los más lúcidos pensamientos hispanoamericanos en relación con la literatura y la cultura toda. Ya en el segundo curso de la universidad, quiso el azar –y no es una frase hecha, sino la casualidad que me instó a faltar al turno de aquella asignatura de análisis literario donde repartieron los temas de los trabajos extraclases del semestre– que mis compañeros de aula me premiaran con la tarea de hacer un estudio sistémico integral de Ecue-Yamba-O, novela a la cual evitaron meterle el diente, huyendo de la cacareada dificultad de Carpentier. Fue un placer que, como cualquiera de los placeres profundos, me hizo temer, gritar, maldecir y sudar para, a la postre, enseñarme un nuevo y más amplio horizonte: el de un novelista que arrancó su carrera con una extraña mezcla de cubismo etnológico y preocupación social para llegar a cimas de integración histórico-socio-cultural-lingüística como las antedichas El siglo... y Los pasos... que, junto a Concierto barroco, constituyen, a mi juicio, lo mejor de su producción novelística. Escasa, por demás, como él mismo preconizaba que debía ser, en un breve pero sustancioso ensayo donde compara a Balzac con Flaubert. Y fue esta zona, la ensayístico-periodística, sin duda, la que de modo definitivo marcó mi relación con Carpentier. A través de su visión leí o releí a algunos de los grandes de la novela, desde Rabelais o Cervantes (en cuya exégesis resulta memorable la definición novela de muchos) hasta autores bastante más cercanos en el tiempo y en las angustias del espíritu contemporáneo como Lowry o Queneau, pasando por los que han sido mis manes tutelares del género en la modernidad (Kafka, Proust, Joyce, Hesse, Mann) y por los monstruos del XIX que prepararon la gran travesía (Tolstoi, Dostoievski, Melville). Eso, por no apuntar otras lecturas o relecturas de poetas, pintores, músicos, teatristas, arquitectos, políticos, sistemas, sociedades, que me ha propuesto –y chequeado con la pericia del buen preceptor que deja a tu libre albedrío tomar o no las armas para sortear la piedra futura, pero que sonríe sin falta desde el Más Allá cuando vuelves al sitio donde él te colocara el mensaje y desde ahí reemprendes el camino– este hombre que podía moverse con soltura desde la Historia verdadera de Luciano de Samosata hasta los intríngulis de la Regla de Ocha, lo mismo al ritmo de Beethoven o Milhaud que de las cajas en la rumba o del arpa en el son veracruzano. Y entonces, me digo, para qué hablar de cómo he obrado yo con tanta experiencia recibida, si el verdadero aprendizaje consiste en paladear las lecciones del maestro y no en enumerar los traspiés del presunto discípulo. JESÚS DAVID CURBELO (Camagüey, 1965)
SON MUCHAS Y MUY VARIADAS LAS DEUDAS QUE YO EN LO PERSONAL –Y creo que mi generación de narradores latinoamericanos– tiene con Alejo Carpentier. La idea de la novela como forma de conocimiento y de inteligencia –Broch en Europa, él en América–, la noción de novela total como creación autónoma. La mayoría de edad en nuestras letras (qué flojera seguir usando pantalón corto siempre). La constatación de que era posible ser un novelista en nuestra homérica latina. O con mayúsculas: un Novelista, alguien que desde ese género reinventa un continente: lo mismo en las magistrales novelas cortas como en los prodigios de Los pasos perdidos, El siglo de las luces o La consagración... Releo a Carpentier y siento que no envejecerá nunca, lo que no es poca cosa. PEDRO ÁNGEL PALOU (Puebla, 1966)
¡PIENSO QUE ESTO DE LAS INFLUENCIAS ES MEJOR DEJÁRSELO A LOS críticos, a los investigadores, a los libreros… No porque ellos sepan más que uno, o porque sean más objetivos, o más razonables, o más cuerdos. Nada de eso. Toda esta gente que habita en los márgenes de la literatura realizan una labor que con frecuencia entra de lleno en el campo de la ficción. ¡Las cosas que se les ocurren! Vamos, que la fantasía no es patrimonio exclusivo de los narradores, y no hay por qué ser aguafiestas con esas personas que se ocupan de nuestros libros (aunque en ocasiones se olviden de los libros y pasen a ocuparse directamente de nosotros, pero ésa es otra historia). A lo largo de mi corta pero según dicen brillante carrera (¡je je!) me han atribuido las más pintorescas influencias, algunas rayanas en el delirio. Esto lo hacen lo mismo el crítico que quiere parecer sagaz, el académico que lo precisa para su tesis de grado o el librero que lo necesita para el florecimiento de su negocio. No es algo que me haga particularmente feliz, pero tampoco es para cortarse las venas. En la vida, ya se sabe, hay que tener resignación. Pero vayamos a Carpentier. Una vez, cuando tenía trece o catorce años, leí una novela suya no muy extensa que me gustó muchísimo. Bueno, más que gustarme, pudiera decirse que me fascinó. Verdad que tenía un vocabulario medio raro, un montón de palabras que en mi vida había yo leído ni menos aún escuchado. Pero no me dejé intimidar. Para algo existen los diccionarios, que no muerden. Sólo busqué, por supuesto, aquellos términos que me parecieron esenciales para la comprensión del texto. Es lo que uno hace cuando lee en una lengua extranjera. Aquella novela estaba escrita en castellano derecho, sí, tan derecho que parecía extranjero. No como si fuera una traducción, o como si viniera de algún otro país de habla hispana, no. Era algo diferente. Extranjero en el sentido de lejano, misterioso, alucinante… Muy atractivo. Quizá eso de decir que a uno le gusta algo porque le parece extranjero suene un poco a Malinche. Bueno, ¿y qué? Sobre Cortés podrían decirse muchas cosas, pero no que fuera estúpido o feo. De todas formas, tampoco es que la novelita me impactara por eso. En realidad no sé por qué me conmovió tanto. Creo que a veces resulta difícil determinar por qué nos gusta lo que nos gusta. ¿Valdrá la pena averiguarlo? Con el paso de los años leí otras novelas y relatos de Carpentier. Algunos me complacieron más, otros menos. Lo normal, supongo. Cuando el conjunto de una obra es vasto, tiende a ser desigual; de eso no escapa ni Shakespeare. Pero nunca dejé de volver sobre aquella primera novela (la primera en mi cronología de lectora, no en la suya de escritor). No sólo se repitió el deslumbramiento inicial, sino que cada vez me fue gustando más y más. Algo curioso, pues lo que nos entusiasma a los quince difícilmente provoca el mismo efecto a los veinte, y mucho menos a los treinta. Pero así fue. Y aún es. Aún hoy conservo aquel ejemplar en rústica, con la cubierta azul y el título en letras blancas, ya muy manoseado y destartalado. Aún hoy sería uno de los diez libros que llevaría conmigo a la isla desierta. Y es que me gusta de un modo muy especial. Ante la obra literaria que nos atrapa suele decirse “¡Qué fuerte, qué duro, tronco de escritorazo!”, o si no “¡Qué divertido, jajajá, el muy cabrón!”, pero raras veces decimos “¡Ah, qué bello!”, sobre todo si se trata de una novela. No se espera que las novelas sean bellas. Somos tan prejuiciados y tan pacatos que, si nos enamoramos de alguna por ese motivo, enseguida tratamos de buscar otras explicaciones. Como si bello fuera sinónimo de tonto, ligero o superficial. Cada vez que releo esa novela, la flaquita de la cubierta azul, me depara una sensación de armonía, de equilibrio, de fluidez (¿qué es la belleza, a fin de cuentas?), como ninguna otra de un escritor cubano, ni siquiera otra del mismo autor. Y curiosamente no trata sobre Cuba, sino acerca de la revolución haitiana del siglo XVIII y los sucesivos gobiernos de Toussaint Louverture, Jean Jacques Dessalines y Henri Christophe. Algo que, aparte de las construcciones teóricas, ésas que nunca pueden faltar y que pretenden obligarnos a leer de una u otra forma, tiene que ver con Cuba sólo en el sentido de que todo tiene que ver con todo. Esta cualidad, por cierto, resulta muy estimulante para mí, que ahora mismo estoy inmersa en una biografía novelada, o imaginativa –por decirlo así–, de Djuna Barnes, en un contexto donde casi todos los narradores, tanto en la Isla como en el exilio, parecen obsesionados con la cubanidad, cada cual a su manera, y hasta polemizan acerca de quién es más cubano. Como si pudiera medirse. Como si importara tanto. En fin, que releo El reino de este mundo y en cierto modo me siento acompañada. Sin embargo, al margen de las circunstancias actuales, nunca hice lo que suele llamarse “una lectura interesada” de esa novela. Es decir, en mi época de estudiante de Letras no la escogí como tema para ningún trabajo académico (para eso ya tenemos El siglo de las luces, el gran novelón cubano del siglo XX, ¿no?), ni la he usado para justificar nada de lo que escribo (que me acompañe no implica que me haya inspirado a salirme de mi ámbito más cotidiano), ni he tratado de imitar su estilo como hicieron en su momento algunos escritores del boom, ni he intentado siquiera aprender algo de ella en lo referido a técnicas narrativas y planos y estructuras y esas memeces. Nada, que la releo sólo por puro placer. Por darme el gusto de exclamar “¡Ah, qué bello!”. Así las cosas, ¿pudiera decir que esa obrita deliciosa ha influenciado mi propia narrativa? Quién sabe. Me parece que no. Pero igual pudo ocurrir de un modo digamos subconsciente, sin que yo lo hiciera a propósito. Aunque las diferencias entre las tres novelas que he publicado hasta ahora y ésa, mi favorita entre las de Carpentier, son de las que se aprecian a simple vista, no sería del todo inverosímil que hubiese algún tipo de vínculo. Si de hecho no lo hay, no importa. El día que uno de esos críticos, investigadores, libreros y demás seres desbordantes de imaginación de que hablaba al principio, decrete que sí lo hay, no seré yo quien salga a discutírselo. No señor. Al contrario, me sentiré muy halagada. Con una sonrisa radiante le diré: Oh, sí, mi amiguito, tienes toda la razón… ENA LUCÍA PORTELA (La Habana, 1972)
QUERIDO ALEJO, Imagino que no te molestarás si no te trato de usted, pero es que te conozco desde hace tanto tiempo, que ya no podría hacerlo. El usted me introduce una distancia que no existe, porque tú, Alejo, has invadido mis libreros lentamente, y así, sin consideración alguna, empezaste a trastocar mis ideas y a llenar mis sueños de música y sabores de islas antillanas. Ahora te escribo, aunque sé que no me conoces, para pagar una deuda, porque debes saber que tú, con tus catedrales hechas de palabras y los mundos que inventaste con viajes de aquí para allá, realidad y ficción al mismo tiempo, con todo eso eres en parte responsable de mi imaginario y de esta curiosidad de conocer el mundo y describirlo. ¿Sabes, Alejo? Me gustaría invitarte a un café para contarte que si tengo una hija quiero llamarla Sofía. Sí, claro, es un nombre normal, pero yo lo hago por El siglo de las luces, no por otra cosa, porque no me canso de leerlo y siempre me parece mejor. No quiero que tomes mi carta como un atrevimiento y tampoco espero respuesta, no te preocupes. Tus respuestas están en esos libros que no tienen tiempo de empolvarse, en tus palabras que no envejecen y que, de vez en cuando vuelvo a visitar, en las frases subrayadas en diferentes lecturas. Con esta carta sólo quería darte las gracias, Alejo, simplemente gracias por todo lo que te debo. Un fuerte abrazo, KARLA SUÁREZ (La Habana, 1969)
Cuando solicitamos a Jorge Enrique Adoum unas líneas para esta encuesta, nos explicó que, por razones ajenas a su voluntad, le era imposible cumplir con la petición de La Gaceta, y, a la vez, nos dijo que [le] “gustaría, sí, mucho, que en alguna esquinita de alguna página pudieran reproducir algo, algún recuerdo, algún testimonio de mi libro De cerca y de memoria [Ed. Arte y literatura, 2002] sobre quien fue uno de los hermanos mayores que me encontré en la vida. Abrazos a todos”. Aquí cumplimos su deseo:
SU AMISTAD ME ENORGULLECÍA, PORQUE SE PARECÍA A LA CALIFICACIÓN de un comportamiento: así entendí la medalla “Alejo Carpentier” que en 1989 me otorgó el gobierno cubano (El Telégrafo, de Guayaquil, consideró, hermosa y acertadamente, el acto como el “Reencuentro de Adoum y Carpentier en La Habana”). Me asustaba, como la conciencia. Me tranquilizaba, también, como cuando desbarató, con argumentos sólidos y juicios objetivos, la acusación de que Entre Marx y una mujer desnuda era una novela anticomunista. Tenía, además la generosidad de pedirme mi opinión sobre cada libro suyo que acababa de publicar. Y él, que no hablaba de ellos mientras estuvieran inéditos –no creo que haya sido supersticioso: tengo la impresión de que fue un hábito adquirido desde cuando Lilia le hizo alguna observación tras la lectura de unos originales–, nos contaba una noche, en su casa, el argumento de El arpa y la sombra, narración que quedó inconclusa por la llegada de nuestro amigo Antonio Saura. Quiero pensar que la hondura de esa relación compensó su duración de apenas diez años. Porque el 25 de abril de 1980, a las 9:30 de la mañana, comenzaron a llamarme por teléfono los que habían oído la noticia. La primera reacción, tontamente humana: “No es posible, si lo vi ayer”. Y la comprobación, habitualmente humana, de que la radio no se equivoca, eso no pasa, y tratar de admitirlo, comenzar a convencerse, decirse que no hay nada que hacer. Voy a verlo en su departamento. Es la primera vez que la puerta está abierta y que, al entrar, él no está de pie, entre la sala y el vestíbulo, extendiendo tímidamente su mano. Lilia, callada, serena, como con frío. Caras conocidas, amigos, otras menos. Alguien que no es él, ocupa, por primera vez, la mecedora –cubanísima– desde la cual, sonriendo como un muchacho grande y hablando como un sabio viejo, conversaba con quienes solíamos hundirnos, como para siempre, en los sillones de cuero de la sala. Conozco las paredes donde, como a través de ventanas pequeñas, uno ve lo que vieron Lam, Portocarrero, Saura, Gironella. En el vestíbulo, una ampliación de un anillo de cigarro con una vista panorámica de Regla. En la sala, hago mover con un dedo el móvil en miniatura de Calder, toco sin saber por qué el perro mexicano de arcilla precolombina. También están allí las únicas fotografías de la casa: Fidel, el Che, en un mismo marco, como de la familia. Chencha, la hermana de Lilia, sonriente, joven, viva todavía. Sé, me dicen que está en su cama, pero no quiero verlo. Prefiero recordarlo como estaba la última vez, ayer, saliendo de la UNESCO, donde yo le entregué un libro que un joven poeta mexicano me había dado esa tarde para él, y le hice alguna broma –a la que él, malhumorado, no respondió– sobre el grupo de muchachas que le pedían un autógrafo y donde Cintio Vitier había dictado una conferencia. (Alejo nos invitó a cenar en su casa y, por alguna razón, Nicole y yo nos excusamos, habiendo ido solamente Cintio con Fina, su mujer. Estuvieron hasta las 11 de la noche. Antes de acostarse, Alejo había ido al baño donde se produjo el estallido de una carótida. Aún había manchas de sangre en las paredes). Mientras otros tienen el valor de ir a verlo por primera vez tumbado, ya no roble humano como siempre, ya no trabajando por la realidad maravillosa de la lengua y por Cuba como siempre, miro por primera vez detenidamente su biblioteca: una fotografía de Allende junto a Neruda, de perfil, como medallas, y los títulos de los libros. Antes no hacía falta: él era, en parte, nuestra biblioteca y nuestro catálogo. En su escritorio, entre Las bodas de Fígaro de Mozart y una edición de lujo de su Concert Baroque, junto a su máquina de escribir, algunas aspirinas (¿le habrá dolido la garganta anoche?) y pañuelos de papel (¿habrá tosido?). A un lado, su reloj que, con una insólita, incomprensible falta de solidaridad, sigue, él sí, con su latido intacto. Gente que llega, sale y vuelve. Hay unos funcionarios franceses que hablan en voz alta en la cocina sobre cuestiones, supongo, legales, burocráticas, administrativas. Entran dos hombres de blanco. Yo sé de lo que se trata, los he visto otras veces, muchas veces, en muchos sitios. Sé que lo van a sacar, envuelto, como un gran bulto destinado a la posteridad. Humanamente cobarde, cardíacamente cobarde, me retiro a la ventana, espero. Cuando, tras haber calculado el tiempo que necesita el ascensor para llevárselo, él nuevamente de pie, miro hacia abajo y ya no es sino una ambulancia en la que los dos hombres de blanco meten algunos ramos de flores. Son las tres de la tarde. Cuando arranca, la sigo con la vista. Nicole, con los ojos húmedos, dice que es el primer trayecto que Alejo hace por París en “máquina” sin Lilia como chofer. Ambos pensamos que empieza su regreso definitivo a Cuba. Todos al mirarnos los ojos, sabemos que entra en la memoria de América. JORGE ENRIQUE ADOUM (Quito, 1926)
Tomado de La Gaceta de Cuba (no. 6, 2004)