Orígenes en el siglo XIX. La estética renovada de los 90. Opinan los autores. Tema huérfano de promoción. La cantera. Tela por donde cortar
Durante las dos últimas décadas del pasado siglo una eclosión voluntariosa de la poesía confirió personalidad propia y cierto donaire a la literatura espirituana. El renombrado foco literario del centro de la isla tocó los bordes del mito, fabricado sobre un concierto de voces que crecía como la espuma pugnando por hacerse escuchar con entusiasmo desmedido, pero con resultados desiguales. Era casi un deber escribir versos en aquella época, de manera que ningún otro género le escamoteó el privilegio de la preeminencia y el beneficio de la decantación a diletantes y avezados a la hora de reclamar un nombre en el parnaso del patio.
Aquel tour de force suscitó polémicas enconadas y confirmó sin muchos apremios la autenticidad de un corpus poético, reconocido de manera tácita en los circuitos nacionales gracias al consabido aventón de los premios y las consiguientes publicaciones; sin embargo, la narrativa parecía entonces una rara avis dentro de tanto ajetreo literario, y quizás hoy -alentada como está por una fiebre parecida- no ha podido correr la misma suerte o tal vez su ascendencia discurre en los condominios de lo inadvertido y las conjeturas acerca de su imagen naufragan en las aguas tibias del eufemismo.
Con estas especulaciones mediante, resulta tentador escrutar los perfiles narrativos del territorio con el ánimo de poner los puntos sobre las íes, polemizar y dar acuse de recibo a inquietudes dormidas e interrogantes por formular.
LA HISTORIA DEL "TABACO"
Un tema huérfano de promoción como este de la narrativa en Sancti Spíritus requiere siempre un vistazo a las raíces y su ulterior desenvolvimiento. El doctor Orlando Fernández Aquino, profesor principal de Arte y Literatura en el Centro Universitario, investigador del tema durante años, precisa los detalles:
"Existe una narrativa espirituana que tiene sus orígenes en el siglo XIX y es a partir de la década de 1840 cuando aparece por primera vez en los periódicos locales. En esta etapa se registra El fatalismo de la expiación, quizás la primera novela que se escribe en Sancti Spíritus, de Francisca Hernández de Zamora, muy romántica y marcada por ideas espiritistas. De 1880 a 1898 aparecen artículos de costumbres escritos por Jacinto Gomer Fernández-Morera, primer autor espirituano que incursiona en el género; luego, a principios del XX, se manifiesta una continuidad con la narrativa folclórica en la obra de los historiadores Segundo Marín y Manuel Martínez-Moles que recogen costumbres y tradiciones para marcar la génesis de una narrativa de ambiente espirituano escrita por espirituanos, referente que no puede desconocerse si buscamos identidad.
"Esta línea se mantuvo a lo largo de la colonia y en 1907 aflora la segunda tendencia narrativa de carácter naturalista con el volumen de cuentos Anormales, de Anastasio Fernández -Morera. Al Triunfo de la Revolución Julio Crespo Francisco cultiva una narrativa campesina a cuya vertiente también se incorpora Tomás Alvarez de los Ríos con la novela Las Farfanes, autores que no evolucionan hacia las técnicas del siglo XX".
EL GRAN SALTO
El gran salto se produce desde una narrativa criollista hacia la estética del postboom en la década de los 90. El fomentense Senel Paz bien pudiera establecer el vínculo entre ambas tendencias con su novela Un rey en el jardín para evolucionar posteriormente hacia el discurso postmoderno con el cuento El bosque, el lobo y el hombre nuevo, argumento de la cinta Fresa y chocolate; pero es Gumersindo Pacheco, nacido en Cabaiguán, quien lidera el "piquete" con la novela María Virginia está de vacaciones, Premio Casa de las Américas.
En términos generales, la poética de la narrativa postboomista se caracteriza por el empleo de los recursos intertextuales; la incorporación de elementos extratextuales que nada tienen que ver con las leyes de la narración y permiten reflexiones de todo tipo; el tratamiento de temas tabúes como la homosexualidad, la denuncia del autoritarismo, la burocracia, la injusticia y todo lo que lastime al ser humano. Es una poética que busca sus experiencias en la cotidianidad, en las grandes masas marginales, que incorpora la oralidad y otras manifestaciones de arraigo popular. Es además una literatura de ambiente urbano en que personajes y locaciones tienen referentes reales, nada míticos.
Con esta estrategia discursiva aparece en el horizonte actual de la narrativa espirituana Antonio Rodríguez Salvador con la novela Rolandos, premio internacional Salvador Aguilar, de España, asumida desde una filosofía criolla que muestra un sutil juego anecdótico matizado con el humor. Tiene también publicado Sueño a cuatro manos (novela). Asimismo surge desde Fomento Pedro de Jesús López con su novela Sibilas en Mercaderes y el cuaderno de Cuentos frígidos, volúmenes urdidos desde el tema de filiación gay a expensas de una vasta cultura que señorea toda su producción.
Completa el cuadro de la relatística local Marlene E. García con la novela A solas con Casandra, considerada la primera narradora de la literatura espirituana contemporánea, quien echa abajo tabúes sobre la sexualidad femenina y pone en el primer plano de la comunicación el derecho de la mujer con referentes muy reales de su natal Cabaiguán.
Puede mencionarse además a Jorge Luis Arzola con el cuaderno de cuentos La bandada infinita, premio Alejo Carpentier del 2001, autor oriundo de Jatibonico aunque vive en Ciego de Ávila. Quedan desperdigados por el camino nombres de narradores emergentes, algunos de ellos publicados por Luminaria, que podrían incluirse en esta nómina tomando en cuenta la impronta de su obra. Díganse Marcos Calderón con Hogueras bajo el sol, Osvaldo A. Ramírez con Fragmentos del diablo y más cercano en el tiempo Pedro Luis Rodríguez con Marcas sobre el papel. Todos cuentos.
UN PARÉNTESIS
Un paréntesis de reflexión dentro de la narrativa espirituana merece la literatura infanto-juvenil con una trayectoria sostenida en la abundante producción de Julio M. Llanes. Al éxito de Celia nuestra y de las flores, siguieron Mi amigo Serafín, Canción para una sonrisa, Sueños y cuentos de la niña mala y El día que me quieras. Casi todas distinguidas con los premios más importantes que se conceden en el país (La Edad de Oro, La Rosa Blanca e Ismaelillo).
Julio Crespo Francisco cultiva también esta vertiente desde que comenzó a escribir en los años 70 del siglo pasado, con libros como Pancho carapacho y otros cuentos y Miriela y el bonsai, Premio de la Ciudad.
Habría que mencionar además la serie de La Familia Tosco, escrita por Eric González Conde y Cuentos para dormir a un elefante, de Mildre Hernández Barrios (Premio Pinos Nuevos), entre otros títulos.
CRITERIOS ENCONTRADOS
Juez y parte en esta suerte de polémica, Antonio Rodríguez Salvador considera tremendista la definición del postboom para calificar su propia obra y la de sus compañeros de aventura. Piensa que son historias interesantes y bien contadas, pero no paradigmas de la innovación formal y conceptual aun cuando cuiden el lenguaje y utilicen la parodia, la intertextualidad y la estética de lo cotidiano. Opina que no hay un corpus narrativo coherente en la provincia, sino escritores aislados inmersos en sus propias fabulaciones con estilos diferentes y poco identificados entre sí, porque los que quedan o residen en el territorio apenas se ven y no se reconocen dentro de una tendencia afín.
Sobre este controvertido asunto también se pronuncia el espirituano Plácido Valdés en las páginas del suplemento La Pedrada cuando preso de cierta consternación se refiere a "la narrativa escrita por espirituanos, a pesar de que esta denominación me resulta tan abstracta como la de narrativa espirituana; pero en fin, para nosotros los nacidos allí y que residimos en otros lugares resulta interesante ese afirmar a toda costa los referentes que nos aproximan a la noción de identidad local".
El propio Fernández Aquino sostiene que es lícito hablar con propiedad de la narrativa espirituana por cuanto los autores se han formado en el ámbito intelectual nuestro con una sensibilidad nueva y referentes puntuales que denotan arraigo en los patrones identitarios. Entiende además la regionalidad como parte de la nacionalidad en un ir y venir de relaciones que se enriquecen. Agrega para dar crédito a su afirmación que las antologías contemporáneas reconocen a los narradores espirituanos. Tal es el caso del portal cibernético de la Literatura Cubana donde clasifican entre los más importantes de la década de los 90 Gumersindo Pacheco, Antonio Rodríguez Salvador y Pedro de Jesús López.
Para Julio M. Llanes existen narradores con sus características individuales que han tenido éxito editorial, pero a su juicio no puede hablarse de un corpus narrativo porque no hay diversidad de tendencias, ni nexos de continuidad; tampoco se concentran los escritores alrededor de determinadas generaciones paradigmáticas, ni de un evento representativo."Si te pones a reunir a los ausentes hay una narrativa, pero ese provincianismo es poco sano."
NARRADORES DE GAVETA
Para ocupar un escaño en el concierto narrativo de la literatura se precisa como es lógico de la publicación de la obra, aspiración que debe vencer de antemano los sortilegios del concurso. Ese requisito insoslayable ha ido menguando la paciencia de algunos escritores sin suerte que engavetan su producción, aunque en los últimos años la reapertura de las casas editoriales dotadas de tecnología digital permiten que la escalada sea mucho más justa .
Dentro de esas coordenadas que sugieren el alcance de las expectativas surgen los rumores cada vez más crecientes de que muchos poetas "tutelares" preparan su incursión en la narrativa, empeñados en probar fuerzas en ese mundo cercano pero lleno de complejidades técnicas.
Surgen asimismo nombres a granel de talleristas que han ganado altura con sus incursiones en el género, pero no tienen libros publicados; otros en menor cuantía esperan algún que otro título incluido en los planes de Luminaria, la editorial de la provincia, o promesas en editoriales foráneas y nacionales.
LA CANTERA
Tocante a la potencial cantera de la narrativa por estos lares, hay consenso a la hora de admitir un interés de primera mano en los talleres municipales de creación y muchos asesores como la propia Marlene E. García, que dirige el mejor colectivo de la provincia, afirma que los diletantes ya forman una cantera de presumibles valores.
Antonio Rodríguez Salvador, quien además atiende un taller en Jatibonico, piensa que se perdió en alguna medida el interés por buscar la verdad colectiva. Opina que hay un remitirse a la excepción de la regla sin conocer la regla y llegar a la escritura como por arte de magia sin dominio técnico, ni niveles convincentes de lectura.
PROMOCIÓN Y DIVULGACIÓN
Encarar la vigencia de la narrativa espirituana sin aludir a una posible crítica que valore y establezca regularidades para su alcance sería ilógico, pero decir que ese juicio de valor no existe es casi una verdad de Perogrullo. Ni siquiera la poesía ha contado en periódicos y suplementos culturales -salvo honrosas excepciones- con el eficaz auxilio de un aparato crítico digno de tomarse en consideración. Las más de las veces se escriben reseñas impresionistas o se presenta a los autores con el caudal de su obra. Me atrevo a decir que para el relato, la bibliografía de esta índole se reduce a trabajos de ocasión fáciles de contar con los dedos de una mano.
La divulgación gravita sobre cualquier empeño de esta naturaleza. Luminaria viene haciendo lo suyo con los autores del patio, pero el acceso a las editoras nacionales se torna harto difícil, aunque al menos cinco de los mencionados consiguieron la anuencia de Letras Cubanas, Oriente, Abril, Casa de las Américas y la UNEAC.
APUNTE PARA EL FINAL
Si el número resultara requisito insoslayable para acercar los escritores espirituanos a un cuerpo narrativo habría que pensarlo dos veces. A mi juicio, los que se fueron perdieron protagonismo; los que son espirituanos de pila, pero residen, piensan y se relacionan con el imaginario social de otros territorios están prácticamente ausentes, a no ser que sigan mostrando en su obra referentes de su identidad primigenia.
Otros signos aglutinadores relativos a las formalidades literarias, al alcance de la escritura, su inserción y representatividad entre las tendencias más recientes y actuales, el reconocimiento mutuo y la ascendencia en el gusto de los lectores, los necesarios aportes de una crítica especializada, la divulgación y promoción oportunas desempeñan también su papel de primer orden.
Sin ánimo de sugerir conclusiones, pienso que en efecto los narradores existen con su legado de sugerencias bajo el brazo. Nada despreciable por cierto cuando se les ve figurar en las nóminas de premiados de certámenes importantes y se leen con fruición sus obras; pero el corpus narrativo aún está en ciernes para decirlo de una sola sentada.
Tomado de Escambray