Isabeau" cuenta la historia de un derrumbe matrimonial. El narrador-protagonista, a quien por fines prácticos de esta exposición hemos llamado el Lord Oscuro (jamás se nombra a sí mismo), pertenece a la aristocracia de algún país del sur de Europa. Tras diez años de unión difícil (aunque fue prometedora en sus inicios) continúa enamorado de Isabeau, su esposa, a quien desea con vehemencia, pese a lo cual sólo obtiene de ella esporádicos episodios de reciprocidad. Este hombre no es el característico héroe romántico que suele protagonizar las obras góticas, sino un artista austero y extenuado en su capacidad de goce por una relación amorosa desvitalizadora que ha inficionado su personalidad y su potencial espiritual, condenándolo dentro del universo de la pareja a una soledad y una incomunicación causadas por el desencuentro de naturalezas. Él sufre porque sabe que ya no posee el espíritu de su esposa. La propia Isabeau le exige en determinado momento, y como previa condición para su entrega sexual, que le fecunde el alma, facultad que al parecer él ha perdido en el curso de la convivencia matrimonial. Su culpa, su pecado original es la falta de pasión, falta que no tiene su raíz en el desamor, sino en la debilidad de su naturaleza viril y de su carácter. A través de todo el relato el Lord Oscuro intentará por todos los medios a su alcance reconquistar a esta enigmática mujer, quien aún viviendo bajo su techo ejerce el derecho de habitar un mundo propio al que le tiene vedado el acceso.
Desde el comienzo del relato el Lord Oscuro admite conocer la existencia de un rival, y reconoce llanamente que si Isabeau le tolera su insistencia amatoria es sólo porque vive refugiada en el recuerdo del amante: Creo que no se opuso a mis juegos porque allá, cruzando las frías estepas, Zack la aguardaba con una pasión distinta, menos abstracta que la mía, y lo declara con el estoicismo de quien se sabe impotente para cambiar el curso de los acontecimientos. El Lord Oscuro es, pues, el marido desmoralizado y profundamente humillado que convive con el conocimiento tácito y cotidiano de una interminable infidelidad, sin conseguir en modo alguno deshacerse del amor que profesa a su bella y extraña mujer. Para recuperarla se enzarza en un estéril combate tan torturante como infructuoso.
Por su parte, Isabeau, tal y como la describe su marido, es una mujer de su misma extracción social: una señora rica, como la califica en cierto momento otro personaje dentro del texto; una dama refinada de gustos tan exóticos como su belleza; alegre, apasionada, temperamental, deseosa de emociones fuertes: una heroína en toda la extensión de la palabra, aunque no precisamente de perfiles románticos, como suelen ser las heroínas góticas, pues carece de la pudibundez, la docilidad y la virginidad propias de estas.5 Dueña de una personalidad fuerte que no ha podido ser socavada por la languidez que le provoca su enfermedad, sujeta firmemente las riendas de su vida y es capaz de mantener su espacio individual libre de la invasión del esposo. Reina y señora en su propio reino, sólo le acepta a él en calidad de vasallo respetuoso y resignado. Sabe que él sufre, pero trabaja en silencio por el advenimiento de su propia felicidad y únicamente de vez en cuando se siente en disposición de compadecerlo, porque Isabeau vive centrada en el goce extático de sus amores con Zack.
El amante
En un momento de la historia, al reflexionar sobre su esposa, el Lord Oscuro se refiere a su lánguido carácter de mujer dominada por las visiones de otra existencia, otros afectos, otros júbilos completamente libres de mi austeridad. En otra parte rememora una escena de intercambio amoroso donde Isabeau accedió a acariciarlo una sola vez, despacio y de modo ausente, devorada por un éxtasis ajeno. Ya se ha dicho que hay otro hombre en la vida de ella y que esta relación paralela la convierte en una criatura obsedida.
El narrador descorre con reticencia el velo que resguarda el inicio de sus amores con Isabeau, época, a su vez, muy anterior a los comienzos de la historia que relata ahora. Cuenta que se han casado diez años atrás, han tenido una exótica y placentera luna de miel en un fuerte del desierto y han viajado por el norte de África. La vida en común tuvo una primera etapa feliz, que terminó con la misteriosa enfermedad de Isabeau, dolencia que abrió espacio en sus vidas a un personaje que les imprimirá desde entonces un nuevo curso. Se trata de Zack, un hechicero acerca del cual nada o casi nada llegaremos a conocer.
Este individuo, aprovechándose del ascendiente que el misterioso mal le otorga sobre Isabeau, se convirtió en su amante durante el primer viaje que la pareja realizó a sus dominios en busca de curación. La relación adúltera ha continuado después, para desesperación del esposo que nada puede hacer por impedirlo y que tiene que soportar pacientemente las constantes atenciones que Zack tiene con Isabeau, los regalos que le envía, tan ricos en fantasía y creatividad que, pese a su fortuna y exquisita educación, el marido no consigue superarlos.
El relato comienza justamente en el momento en que la pareja discute sobre su regreso al territorio de Zack, pues la enfermedad de ella aparentemente se ha agravado y los obliga a volver. Tras un diálogo dilatado, de algún modo estéril, los dos terminan bastante ofendidos, y el lector asiste a la primera escena íntima de esta pareja perturbada en la esencia misma de su vínculo: un pobre intento de reconciliación basado en el sexo, que parte de el Lord Oscuro y es tolerado por Isabeau sólo gracias al mecanismo de traslación erótica que consiste para ella en evocar en su interior la figura del amante lejano, para sustituir la penosa carnalidad no deseada del marido real.
El intento fracasa cuando el Lord Oscuro descubre sobre la cama la presencia inexplicable de un pájaro de rara apariencia. A partir de ese instante la historia transcurrirá en medio de los esfuerzos del esposo por deshacerse del ave intrusa, hacia la que siente una inexplicable repulsión, como si intuyera que de ella ha de venirle algún mal irreparable. Isabeau niega toda responsabilidad en la presencia del animal, aunque es obvio que miente.
Por muy normal que pueda resultar la entrada de un pájaro en una casa y su permanencia en ella, en este caso la extraña atmósfera de la mansión y la no menos extraña conducta de Isabeau con respecto al ave convierten a esta en un elemento invasor y alucinante que amenaza, con su ominosa presencia, el precario equilibrio de este microcosmos integrado por un hombre y una mujer.
El Lord Oscuro, derrotado por el pájaro y desolado por su frustración amorosa, deambula como una sombra por la mansión, alimentando su alma con la silenciosa contemplación de los tesoros que encierra tras sus muros aparentemente inaccesibles, en lo que deviene un mecanismo subconsciente de reafirmación para su ego herido. Ha renunciado a continuar escribiendo sus memorias porque la fuente de su creatividad se ha secado, y quizá también porque pretende dedicar más tiempo a acompañar a su esposa como parte de la vana estrategia que se ha trazado para recuperar su afecto y su atención.6 Trata de hacerle el amor a Isabeau, de revivir en ella la llama del deseo; a veces lo consigue y a veces no; para lograrlo apela a todos sus recursos: hace música para distraerla de su constante pensamiento cristalizado en Zack, y rememora los días posteriores a su casamiento, cuando era dueño de su amor, allá, en el oasis del desierto donde comenzaran por primera vez su eterna discusión sobre el valor de los signos en contraposición a las imágenes. Agota todo su repertorio de refinamientos eróticos, sin excluir la crueldad exquisita ni la extenuante y morbosa sublimación de la belleza, pero acude sobre todo a los recuerdos, como si en ellos habitara una sustancia capaz de sellar las grietas por donde se está fugando el sentimiento que una vez los unió.
Es por eso que toda la segunda parte del relato está dedicada a la recapitulación de aquellos días de luna de miel en un fuerte perdido del Sahara. El narrador recuerda con nostalgia sus encuentros con un muchacho árabe del cercano oasis de Sayilmasa, quien se encargaba de alimentar a la pareja refugiada en un zigurat. Con sus dudas ontológicas en torno a los signos y las imágenes, este personaje de ingenua pureza (magistralmente tratado) se convierte en la arena donde se enfrentan por primera vez las posiciones disímiles, las actitudes vitales abiertamente divergentes de Isabeau y el Lord Oscuro. Este pequeño núcleo narrativo de impactante belleza tiene un papel clave dentro del relato, y aún pudiera afirmarse que es su centro mismo, el pivote sobre el cual gira todo, por lo que merece un detallado análisis.
El marido traicionado, desquiciado a causa del vínculo íntimo que sospecha entre el ave y su mujer, llega a torturar al animal, crueldad que le enajena los últimos restos de la buena voluntad de su esposa. Esta rutina de vida es interrumpida por la llegada de Naguib, supuesto vendedor de alfombras y en realidad un enviado de Zack, quien revela a el Lord Oscuro la existencia de un retrato de su esposa, oculto bajo el paisaje de la ciudad de Istakar tejido en una alfombra. Este descubrimiento, que de momento no tiene para el Lord Oscuro otro significado que la posesión de una nueva obra de arte, ha sido urdido tiempo atrás por Zack e Isabeau, con la intención de convertirlo en calculado catalizador de los acontecimientos. El Lord Oscuro, intrigado por el casual hallazgo, acude a las habitaciones de su mujer en busca de una explicación para el ocultamiento del retrato, y llega justamente a tiempo para presenciar cómo el ave se está metamorfoseando lentamente en el propio Zack. El Lord Oscuro comprende que, así disfrazado, el hechicero ha estado todo el tiempo compartiendo cada minuto de su vida matrimonial. Pero lo más terrible es que este espionaje se ha llevado a cabo con el consentimiento absoluto de la falsa Isabeau.
Ahora vibra en el aire enrarecido de la mansión el último acorde de una sinfonía que viene terminando desde su comienzo. El Lord Oscuro ya no puede continuar su patética ficción: la representación ha llegado a su fin y el narrador-protagonista, convertido contra su voluntad en mero espectador de su derrota, debe salir de escena para dejar espacio libre a la nueva dupla.
El relato acaba en una escena de aplastante ambigüedad, donde la pareja adúltera se entrega de lleno al fuego de su pasión ante los ojos del marido traicionado, el cual, metamorfoseado a su vez en ave, contempla desde lo alto de un ciprés enfermo cómo el dúo orgiástico retoza en la nieve aún compacta del barrizal, ajenos al peligro de las mil bocas del lodo.
Pero, ¿es "Isabeau" sólo la historia de una infidelidad? ¿Acaso ha construido el autor este magnífico universo, sellado e irrepetible, únicamente para contar la tragedia de un cornudo, simbolista y decadente, y su bella mujer, obsesionada por el fálico erotismo de un hechicero?
5 Los héroes y heroínas góticos suelen ser caracteres románticos. Debe recordarse que ambas corrientes literarias comparten espacios epocales o que, más bien, el gótico literario es una extremada prolongación del espíritu romántico.
6 Esta estrategia comprende, entre otras cosas, la tolerancia elegante y resignada del sentimiento de Isabeau hacia su amante, mucho más intenso que el que le profesa a sí mismo.