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"Isabeau": ontología y trascendencia (Cuarta parte)
Gina Picart , 05 de noviembre de 2005

La polarización del bien y del mal: los personajes

Como ya apuntamos antes, los arquetipos tradicionales habitualmente encarnados por los personajes del gótico clásico sufren una traslación de significado en el gótico moderno. "Isabeau" no es una excepción. Sólo que en este relato tal fenómeno no obedece a meras necesidades argumentales, sino a un sentido mucho más profundo que guarda estrecha relación con el conflicto real (y no con el aparente) que se expresa en esta obra. Me refiero a un segundo nivel de lectura oculto, un conflicto de orden filosófico-antropológico que, sin una alerta necesaria, podría pasar inadvertido al lector.

En una trama gótica clásica encontraríamos una pareja integrada por una joven heroína de gran belleza, un corazón puro, un cuerpo virgen, toda ella recato y pudor, perdidamente enamorada de un galán heroico y apasionado, capaz de todo por conservar su amor. Interponiéndose entre los dos, un villano cruel. Ejemplos típicos: Drácula, de Bram Stoker, y Zastrozzi, de Percy B. Shelley.

En "Isabeau" este esquema no sólo ha sido alterado, sino francamente adulterado, torcido de un modo tan absoluto y raro que no puede menos que llamar la atención de un observador atento. ¿Qué tenemos aquí? Ni moza pura, ni ardiente enamorado, ni monstruo violador; en su lugar encontramos una mujer refugiada en el oscuro territorio de sus obsesiones, con un patrón moral tan libre que raya en lo masculino, abiertamente infiel a su marido y, pese a su exquisita educación, capaz de gozar del sexo con lujuria elemental. Su contraparte no es el esposo de sexualidad ambigua, hombre débil y tolerante que la ama, en efecto, y que no tiene fuerzas para imponerse como hombre y ni siquiera como dueño de casa, sino el amante, que en este triángulo no es el villano habitual, sino más bien un macho poderoso y enigmático que domina la naturaleza y se entiende con el universo, además de ser un compañero ardoroso que sabe provocar en la hembra el deseo impetuoso y arrollador que no necesita sublimarse más allá de su consumación material. El Lord Oscuro despierta compasión y hasta solidaridad; Zack nos mueve a admiración y nos arranca el aplauso final.

Pero, ¿y dónde está el malvado? ¿Por qué falta aquí? ¿Qué significan tantos y tan significativos cambios en la tipología de los personajes? No encontraremos respuesta apelando a un esquema convencional. Hay que buscar otros caminos de interpretación, aunque puedan parecer artificiosos. En ocasiones hay que apostar por la osadía.

 

La mujer como encarnación de la Diosa

El último dato que nos ofrece el paratexto de la segunda versión es el atisbo de una silueta de mujer, una dama blanca junto al fuego, dominada a veces por el humo pálido de la hoguera. Esta bellísima, sosegada y majestuosa imagen de Isabeau posee un gran poder de evocación por su naturaleza arquetípica, la cual remite de inmediato a las míticas damas blancas de todas las mitologías europeas. Hadas unas veces, espectros otras; vanos fantasmas de niebla y luz ―como diría Bécquer― atraen a los mortales; son señoras del Más Allá que reinan sobre los muertos, damas del lago guardianas de armas poderosas y mágicas, sacerdotisas de islas oraculares o psicopompas en el pasaje a mundos paradisíacos constantemente asediados por el anhelo que alienta en los hombres desde la frontera entre la fantasía y la razón.

La dama blanca, entidad numinosa, es, en su naturaleza esencial, la imagen de la Diosa Blanca, la ancestral divinidad del matriarcado presente en todas las culturas desde Creta hasta Japón, desde Irlanda hasta el norte de África. En el relato que nos ocupa, esta blanca silueta de mujer (emanación de la Diosa) que se deja contemplar a través de un ventanal de la mansión, es la figura femenina que tan importante lugar tiene en las obras del género fantástico, invariablemente como eje/objeto alrededor del cual giran las pasiones de hombres y monstruos y aparecidos. Es Isabeau. ¿Pero cuál es su relación con los dos personajes masculinos entre los cuales ella se debate?

El triángulo el Lord Oscuro-Isabeau-Zack encaja muy bien en un esquema antiquísimo: el de la religión egea matriarcal sin dioses masculinos, con su Diosa Blanca y su hijo-amante (no había allí un dios masculino con igual poder que la Diosa). Como expresión del ciclo estacional propio de las culturas agricultoras, este Hijo era alternativamente la Benéfica Serpiente de la Sabiduría (el Año Menguante, su aspecto más siniestro), o la Benéfica Estrella de la Vida (el Año Creciente): 

El Hijo se encarnaba en los demonios de las distintas sociedades totémicas regidas por ella, los que intervenían en las danzas rituales eróticas realizadas en su honor. La Serpiente encarnaba en las serpientes del tipo de Pitón (la Sabiduría). (...) El Hijo nacía, crecía a lo largo del año, mataba a la Serpiente y conquistaba el amor de la Diosa. Ese amor lo mataba, pero de sus cenizas nacía otra Serpiente, que en la Pascua de Resurrección ponía el glain o huevo rojo que ella comía, de modo que el Hijo volvía a nacer para la Diosa como niño una vez más.[7]

 Este esquema aporta luz sobre "Isabeau". En primer lugar muestra, frente al principio femenino unificado y, por tanto, más fuerte (la Diosa), el principio masculino escindido en dos amantes (la Serpiente y el Hijo) perennemente en guerra por los favores de ella. En segundo lugar, muestra a uno de los dos (el Hijo) como su víctima, mientras que el otro (la Serpiente) resulta un partenaire más digno y poderoso que se alimenta de la destrucción de su contraparte más débil.

Este esquema propuesto, donde la representación masculina que acompaña a la Diosa aparece mermada en su fuerza vital, ofrece la imagen de un compañero de menor estatura, más joven y débil que la Mujer-Luna (otro de los nombres de la Diosa). Este Hijo al que la Diosa concede su amor y al que abandona "tan pronto él ha cumplido su deber de fecundarla, era tan prescindible en esos antiguos mitos que solía morir",[8] generalmente víctima de un asesinato ritual (recordar el mito de Diana y Vibrio en el bosque sagrado de Nemi),[9] que solía ser auténtico sacrificio en muchas culturas, mientras que en otras sólo se efectuaba a manera de una muerte simbólica.

La personalidad del marido burlado, hombre extenuado por deseos de inmensidad y trascendencia a quien su unión con Isabeau ha mustiado definitivamente, es vampirizada por esta hembra tan poderosa en recursos de seducción que, sin embargo, ya no se siente atraída por él. Esta mujer le supera en voluntad y conciencia de metas, mientras que él encaja perfectamente en el arquetipo del Hijo Estrella, quien a la mitad del año debe fecundar a su amada divina y después morir para que nazca la Serpiente, mitad sombría y tenebrosa del Amante consorte. Un repaso al texto demostrará esta correspondencia entre el arquetipo y el personaje literario.

Desde las primeras líneas del párrafo inicial este narrador-protagonista, que a lo largo de todo el relato silencia tan significativamente su identidad, admite conocer la existencia del amante de su esposa y cuenta, con una mezcla de impotencia y naturalidad, cómo discute con ella sobre los pormenores de un segundo viaje a los dominios del rival. Estamos ante un marido incapaz de imponer su criterio y aplastar la intención de su mujer de renovar el adulterio. Admite que ella tolera sus escarceos amatorios únicamente porque sueña con entregarse a la pasión de Zack, menos abstracta que la de él. Insisto en este punto porque este calificativo que el esposo adjudica a su propia sexualidad sugiere la debilidad NO del deseo que él siente por Isabeau, sino de las formas externas de su manifestación. Su libido no carece de intensidad, pero el aspecto cerebral que lo domina destiñe la carnalidad elemental del sexo, su actuación como macho natural, dejando en su lugar la de un mero y prescindible artífice de la sexualidad. Pero el daño es antiguo: mucho antes de la irrupción de Zack en la vida en común de la pareja, el matrimonio no pasaba de ser un idilio a ratos monótono y divertido. Queda fuera de toda duda que nadie usaría semejantes adjetivos para referirse a una pasión, ni siquiera a una relación sexual medianamente gratificante. No por gusto a el Lord Oscuro le molestan vivamente las figuras del retablo que decora la habitación de Isabeau; y no sólo porque se trate de un regalo de Zack, sino por los motivos que la obra ofrece a la vista: La marquesa de Alglure empuña la fusta del petimetre, Rosalind recibe al bufón, Detrás del biombo y otros, imágenes todas alusivas a la faceta dionisíaca y meramente carnal del amor. El Lord Oscuro prefiere, en cambio, el gran cirio violeta que arde iluminando los versos de Bilitis, de un erotismo delicado. La tragedia de el Lord Oscuro consiste en que es un amante creativo y cerebral, pero aplastado por su perenne necesidad de sublimación; carece de la virilidad necesaria para que su esposa lo reconozca como el macho dominante.

Un ejemplo patético de ello es la lucha de el Lord Oscuro contra el extraño pájaro que invade la mansión y al que su esposa protege y dedica tantas atenciones. En su impotencia para desterrar al ave de la casa, el Lord Oscuro llega hasta permitirse la bajeza moral de torturarla, y se regodea en el sufrimiento de su víctima como toda alma débil cuando consigue apoderarse de su enemigo aunque este sea, aparentemente, nada más que un simple animal indefenso. Cuando el relato avanza y en una de sus escenas finales el lector descubre que el pájaro es, en realidad, el amante-hechicero metamorfoseado, comprende que sólo una mujer que desprecie absolutamente a su marido es capaz de imponerle la presencia camuflada del Otro hasta en los momentos de mayor intimidad. Isabeau disfruta convirtiendo su traición en una especie de morbosa representación teatral de carácter sadomasoquista, porque ello forma parte de sus mecanismos de obtención de placer, viciados por el tedio de una relación matrimonial sin vigor desde su nacimiento. Con esta humillación que impone a su marido le está cobrando la incapacidad de fecundarle el alma y, al mismo tiempo, lo está ofrendando a los pies de su amante. Es, también, un equivalente del castigo que decreta la Diosa para el Hijo Estrella que ha perdido el don de fertilizar el vientre divino con el glain[10] rojo del que debe nacer la Sabiduría. Isabeau llega a provocar a su marido con ironías crueles cuando este se niega a reconocer las hazañas del poderoso hechicero que puede detener el Tiempo. Le habla con el estilo oratorio de Zack, primitivo y pleno de metáforas poéticas, y le obliga a convivir día tras día con los obsequios del amante, haciendo que sufra sin cesar, abrumado por su incapacidad para superarlo. El clímax llega cuando ella se hace masturbar por el ave ante la mirada morbosa e impotente de el Lord Oscuro.

Hay una escena, ya comentada, sumamente aclaratoria de la naturaleza de la relación entre los esposos: el Lord Oscuro, guiado por el vendedor de alfombras (un fraudulento emisario de Zack), descubre que bajo el tapiz con la pintura de Istakar subyace un extraño e inexplicable retrato de Isabeau que antes nunca vio; sube a la alcoba de su mujer para pedirle explicaciones y ella admite que el retrato se lo mandó a hacer para él por indicación del propio Zack ¡diez años atrás! El Lord Oscuro, sintiéndose burlado, se llena de ira. ¿Y cómo reacciona? Arremetiendo contra los costosísimos muebles de Lalique que adornan la estancia: 

Entonces tomé de la mesita un buril que servía para destupir mis boquillas y comencé a remover las micas de los brazos del butacón. Fueron cayendo el grifo, el centauro, el escarabajo (...) La paloma no cedía, aunque el buril estaba bien hundido (...). 

Nada más parecido a la reacción de un niño mimado cuando se enoja y quiere vengarse. Mas, en un adulto, esta conducta revela un amaneramiento compulsivo que remarca aún más la debilidad del Hijo Estrella. Pero, al no poder doblegar a Isabeau ni arrancarle confesión alguna, el improvisado exterminador de muebles se achica y termina prometiendo reparar los destrozos que en su rapto de cólera ha infligido al chivo expiatorio en forma de butacón. Isabeau, a su vez, se venga induciéndolo a pulsar sin plectros una larga melodía en el arpa del salón, y toda la furia de el Lord Oscuro se resumirá al final en unos dedos lacerados. Cuando ella sumerge una rosa en el agua del jarrón para refrescar con la humedad de los pétalos las yemas heridas, no logramos sentirnos totalmente seguros de que no se trata, por su parte, de un acto de supremo y refinado escarnecimiento. Los señores de la mansión de las cinco atalayas han convertido su vida matrimonial en una especie de ballet clásico, donde antes de arribar a cada movimiento elemental es preciso ejecutar decenas de variantes preliminares; en la repetición de estos rituales infinitos naufraga penosamente su energía. Al final, de los bailarines sólo quedan dos máscaras exhaustas enfrentadas en una mueca vacía.



[7] Robert Graves, La diosa blanca. Alianza Editorial, Madrid, 1988.

[8] Leonard Shlain, El alfabeto contra la diosa. Editorial Debate, Madrid, 2000.

[9] James Frazer, La rama dorada. Ciencias Sociales, La Habana, 1972.

[10] En la mitología celta primitiva de Europa insular, el glain es el huevo que proviene del ayuntamiento anual de las serpientes sagradas. Los druidas lo tenían por un objeto sagrado muy venerado. No existen ejemplares actuales del mismo, y las leyendas y escasos escritos de la antigüedad que lo mencionan no permiten esclarecer su forma. Actualmente se cree que se trataba de erizos fosilizados.