Macromundo y micromundo: la simbólica del juego
El juego, un recurso muy utilizado en la literatura, lo es con verdadero entusiasmo por los escritores del género fantástico. Probablemente quien más lo usó en sus textos fue Jorge Luis Borges, con su especial predilección por el ajedrez como elemento de inspiración y creación. El juego aparece en cinco de los ocho relatos de El jardín de senderos que se bifurcan. En “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges concibe a los creadores de nuevos mundos como jugadores de ajedrez. “El milagro secreto” es la historia de un juego de ajedrez jugado largamente por dos familias durante generaciones, sin que ninguna de las dos recuerde por qué están obligados a hacerlo. En el segundo de sus sonetos titulados “Ajedrez” expone claramente su filosofía sobre la simbólica del juego, y en su cuento “La secta del fénix” aparece una frase reveladora en la que resume su filosofía al respecto: Orbis terrarum est especulum Ludi (el juego es el espejo de la Tierra). Poe y Cortázar también utilizaron el juego en sus obras, aunque con diferentes proyecciones.
También el juego está presente en “Isabeau” bajo la forma de un extraño ajedrez ante cuyo tablero se enfrentan los esposos (otro de los pasajes que me parecen esenciales y lamentablemente suprimidos en la segunda versión):
“Podríamos jugar a alguna cosa”, propuse. Yo tenía mis figurillas uránicas, conseguidas a fuerza de engaños en un viaje por el reino de Nepal. “Tienen el vigor de siempre”, comentó Isabeau. Había adivinado mis intenciones. Pero ella era más bien devota de sus cristales. A simple vista la colección revelaba un conjunto de vidrios coloreados, pero ambos sabíamos que en su interior se sucedían las escenas más hermosas. “Usa tus piezas. Yo dispongo de las mías”, dijo. “Si mis figuras hallan lugar en tus escenas gano yo. Si no lo hallan, ganas tú”. (...)
En sus ondulaciones y artificios el juego quería a veces despertar en nosotros sentimientos de una nobleza original, pero sabíamos que el tiempo y los trabajos de la soledad no se desvanecen del todo aunque existan la noche, el silencio, los embelecos de una orgía entre cuerpos y palabras, y un ave emulsionada por el tedio. Con puntual austeridad dimos fin a aquel torneo. La lluvia picoteaba en el ventanal.
Lo primero que llama la atención en este párrafo es su ubicación: está colocado en la cuarta página de un texto que alcanza veintiocho en la edición original de Artificios, prácticamente al inicio del relato. El lord Oscuro califica el juego como una “batalla tenaz” entre él e Isabeau. Si lo tomamos como un símbolo del enfrentamiento en que transcurre la vida en común de la pareja, entonces, ciertamente, es un reflejo muy fiel. El marido engañado propone el juego para apartar la atención de la esposa de la presencia del pájaro, de quien, a estas alturas, ya sabemos que es Zack, el amante metamorfoseado. No lo conseguirá ni con la partida ni con todas las maniobras que desplegará hasta el inevitable final del conflicto. En este sentido, el juego actúa como un micromundo que refleja las contradicciones del macromundo de la pareja; pareja que a su vez opera como un micromundo que refleja el macromundo de las contradicciones entre los signos y las imágenes; esta contradicción entre signos e imágenes es en sí misma otro micromundo donde se refleja la oposición entre los hemisferios del cerebro humano, que se convierten, siguiendo esta mecánica de cajas chinas, en el micromundo que reconstruye la batalla latente en el macromundo conformado por el enfrentamiento entre los principios femenino y masculino, macromundo supremo del cual el juego resulta la mínima expresión dentro de este relato que está estructurado en varios niveles, a la manera del Eje del Mundo chamánico.
La dinámica del juego entre Isabeau y el lord Oscuro me parece muy reveladora. Las piezas empleadas por él son unas figurillas uránicas sustraídas con engaño durante uno de sus viajes (una pincelada más que pone de manifiesto el retorcido entramado del personaje). Urano es el planeta de la revolución y el cambio pero, cosa curiosa, su naturaleza es femenina, y uranismo es una de las palabras que se han empleado, dentro de un vasto repertorio, como sinónimo de prácticas homoeróticas. Isabeau, quien adivina las intenciones de su marido de distraerle el pensamiento fijo en Zack, comenta con cierto sarcasmo refiriéndose a las mencionadas figuras: “Tienen el vigor de siempre”, como si quisiera significar que el lord Oscuro no tiene fuerzas para apartar de su memoria al hechicero. Las funciones de estas piezas tan singulares no nos son reveladas dentro del texto. Sin embargo, de las piezas de Isabeau (una colección de cristales coloreados) se nos explica que reproducen en su interior las escenas más hermosas. Los cristales son considerados en muchas culturas primitivas, y también en las prácticas de la New Age o Nueva Era, como dones de la Diosa Tierra (una de sus misiones consiste, supuestamente, en la sanación del cuerpo y el espíritu), y resulta muy coherente, al par que reafirmativo, que Isabeau posea atributos corroboradores de su condición de emanación divina. Por otra parte, ella no acepta jugar con las fichas de su oponente, sino con sus propias armas. Como mujer independiente y dueña de su destino, no tiene flautista de Hamelin: ella baila al son de su propia música.
Tablero por medio, la pareja se enfrasca en un intento, tan vano como todos los suyos, de avivar lo que ya sospechamos que nunca existió: En sus ondulaciones y artificios el juego quería a veces despertar en nosotros sentimientos de una nobleza original, dice el lord Oscuro. Pero la intención no se logra. Por el texto conocemos que la condición para el triunfo de él es que los cristales de Isabeau reflejen sus figuras uránicas. Pero los cristales no lo hacen (ya se ha dicho que su función es reflejar las escenas más hermosas); las figurillas robadas no consiguen doblegar la voluntad de la Diosa. Nadie puede ganar y el juego aborta como la propia relación amorosa de los protagonistas, porque, en su carácter de símbolo, ya estaba perdido de antemano. Hay aquí otra antinomia: la impureza (de las figuras) contra la diafanidad y la belleza (de los cristales).
Resulta arriesgado, pero también muy tentador, intentar extraer algún otro mensaje oculto en esta escena del juego de “Isabeau”. Si para Borges cada hombre es pieza de un inmenso tablero y debe, por fuerza, ejecutar la voluntad de un jugador —Dios en su máxima expresión (la predestinación)—, y aún existe la posibilidad de que, a su vez, alguien manipule al Creador (¿el Caos?), Garrandés, en cambio, parece decirnos que el ser humano tiene libre albedrío, pero en una cuota limitada; ello le impide, una vez cometido un Error Inicial, escapar del resultado de sus propias acciones, las cuales, si no han sido correctas —léase inteligentemente elegidas y convenientemente ejecutadas—, se convierten en la trampa donde sucumbirá. No se puede elegir todas las veces, parece sugerir Garrandés, sino exclusivamente una primera vez. Después, ya todo es consecuencia. La tesis de Borges es hija de la filosofía y la metafísica; la de Garrandés lo es sólo de la ética, pero no por ello resulta menos inquietante.
La poética de lo incompleto o la teoría del hueco
¿Y cuál habrá sido ese error inicial, esa acción fatal mal elegida y peor ejecutada de cuyas consecuencias la pareja ya no puede escapar? Para mí, el pecado original de el lord Oscuro e Isabeau, pecado que ha devenido desastre sentimental (como él mismo lo califica) que ahora confrontan, habría que buscarlo justamente en los motivos de su unión; pero sucede que de esa época de sus vidas, anterior al matrimonio, el autor no revela absolutamente nada. La historia comienza cuando ya han transcurrido diez años de la boda, y todo el pasado de la pareja a que tenemos acceso está contenido en la nostálgica rememoración de la luna de miel. Más atrás no hay nada.
Cuando redacté el índice de acápites que me ha servido como guía para este trabajo, dejé para el final el tema de la ambigüedad, la opacidad, los silencios o, hablando menos poéticamente, las omisiones que abundan en “Isabeau”. Este recurso, abundantemente empleado en la literatura moderna, ha sido definido por algunos críticos como hueco y a su alrededor se han desarrollado muchas teorías.
“Isabeau” es un texto construido sobre lagunas, bordeando espacios vacíos. Con todos los porqués que genera su lectura se puede confeccionar una lista bastante amplia. Por ejemplo: ¿dónde se ubica la mansión de las cinco atalayas?, ¿quiénes son los protagonistas?, ¿qué vidas llevaban antes de conocerse?, ¿cómo y dónde se encontraron?, ¿fue el amor el motivo de su unión?, ¿por qué Isabeau ha dejado de amar a su marido?, ¿cuál es la enfermedad que aqueja a Isabeau? Sobre Zack, modelado con unos pocos trazos magistrales, no sabemos prácticamente nada, únicamente que es un hechicero, pero, ¿pertenece a alguna cultura primitiva, es un negro o un árabe que la pareja conoció durante sus viajes por el norte de África o Asia?, ¿qué tipo de magia practica?, ¿dónde vive?, ¿qué ha sucedido entre él e Isabeau durante estos diez años posteriores al matrimonio de ella?, ¿por qué él la ha inducido a hacerse un retrato misterioso para obsequiarlo en determinado momento al esposo traicionado?, ¿por qué le interesa detener el Tiempo durante doce horas?, ¿por qué permanece entre la pareja metamorfoseado en pájaro? Cada lector podría aportar sus propios cuestionamientos a esta enumeración. A la Poesía no se le puede exigir respuestas. Contestar no es su misión.
Como suele ocurrir a muchos creadores con algunas de sus obras, Garrandés me ha confirmado que no tiene respuestas para casi ninguna de estas incógnitas, aunque me ha dicho que, si se atreviera a construir una novela sobre la base del texto, tal vez se acercaría a algunas de ellas. Ya se sabe que en la literatura los hechos son hijos de la inspiración, y la explicación de los mismos lo es de la razón, que en el caso de los artistas no suele ser la que está de guardia durante el proceso creativo, sino todo lo contrario. Esto suele ser más remarcable en el caso de los autores de literatura fantástica, debido quizás a la propia naturaleza del género. Durante la escritura no se es consciente de los mecanismos que van produciendo el proceso, sino más bien víctima de ellos. Garrandés ha admitido en más de una ocasión, en entrevistas realizadas por mí, que sus obras no deben poco a la escritura automática y que acostumbra a emplear esta técnica para obtener materia literaria.
En otros momentos de la redacción de “Isabeau”, Garrandés ha sido deliberadamente opaco. Nunca le interesó, por ejemplo, precisar el lugar real donde se alza la mansión (ya comenté que la alusión a las Columnas de Hércules sólo permite inducir que se halla en algún sitio del Mediterráneo español), ni tampoco la época precisa en que transcurre la historia, aunque en este punto la mención del capitán Brenans (a cargo del fuerte en el desierto donde la pareja es invitada a pasar su luna de miel), un oficial francés perfectamente real que pasó a la Historia por descubrir las famosas pinturas rupestres de Tassili en Azier, en el desierto del Sahara, así como la mención del escritor Paul Bowles en boca del muchacho de Sayilmasa, no hagan imposible ubicar la acción narrada en una fecha más o menos definida.
Las lagunas y opacidades de “Isabeau” tienen un peso importante en el relato porque actúan como una especie de niebla opalescente que lo impregna de una rara magia, en un corpus que, como dijera Lezama, no podría definirse sin peligro de ser cenizado. Pero lo que yo considero auténticamente asombroso, más allá de la belleza y de la perfección estilística que distinguen “Isabeau” entre una nutrida obra personal que no carece de ninguno de los dos atributos, es el hecho de que Garrandés haya tejido una historia tan densa y sólida desconociendo absolutamente, según su propia confesión, las numerosas correspondencias, los vasos comunicantes existentes entre su creación y las propuestas teóricas a las cuales he acudido para elaborar este acercamiento a su texto. Ello permite apuntar hacia el convencimiento de que, en manos de creadores auténticos, la literatura gótica es mucho más que un mero conjunto de fórmulas establecidas, y que los elementos característicos del género, al sumergirse en el subconsciente del escritor, “obran como catalizadores que comienzan a conformar cadenas de asociaciones basadas en principios simbólicos, los cuales, a su vez, se alimentan de ideas e imágenes arquetípicas ya existentes en el substrato de la mente humana”, sin pretender, desde luego, haber descubierto esta doxa.
Estoy consciente de que un análisis de la índole de aquel al que he sometido “Isabeau” es bien poco ortodoxo ante los ojos de la crítica literaria convencional, y tal vez se le niegue la posibilidad de ser reconocido dentro de dicha clasificación, lo que en realidad me parece muy acertado. Pero pienso que el neobarroquismo que caracteriza a la posmodernidad admite —y reclama urgentemente— miradas complementarias menos ceñidas al universo habitualmente asumido hasta ahora por la crítica; abordajes más abarcadores y multidisciplinarios como los que dan cabida, por ejemplo, a la antropología posmoderna y otras disciplinas afines a esta. De no hacerlo, se corre el riesgo de que muchos aspectos de las obras producidas dentro de esta integradora marca de los tiempos que es la posmodernidad queden en la más absoluta oscuridad e incomprensión, limitando penosamente la trascendencia del Arte. De cualquier modo, no ha sido mi intención agotar las posibilidades interpretativas de un texto tan proteiforme como “Isabeau” que, sin embargo ―hasta donde conozco―, no ha merecido todavía la atención de la crítica, destino compartido no sólo con otras obras del propio Garrandés, uno de los autores más interesantes de su generación, sino también con otros monumentos literarios cubanos como esa magnífica y extraña catedral medieval que es Onoloria, de Miguel Collazo, mientras se han hecho correr ríos de tinta sobre autores y grupos de autores que no se acercan ni con mucho a la calidad y valía de estos y otros escritores cubanos cuyo único pecado parece ser la elección de temáticas no relacionadas con la actualidad nacional ni con el empobrecido realismo a ultranza que caracteriza nuestra narrativa de las últimas décadas.
Con este trabajo me he propuesto quebrar una lanza en favor de géneros comúnmente subestimados, a los cuales no faltan entre nosotros, aún en los umbrales del aleatorio siglo XXI, quienes insisten en considerarlos como una especie de parientes pobres de la verdadera literatura. Asimismo, intento llamar la atención hacia un sector de nuestras letras: el de los raros, terreno insuficientemente explorado que, por su riqueza, podría compararse con un pecio de la flota de Indias. Let it be.