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David Mitrani: La literatura siempre ha sido un arma
Fernando León Jacomino , 01 de diciembre de 2005

David Mitrani, nacido en La Habana en 1966 es un escritor de versos y de prosa. Ha sido editado en México y fue distinguido en Berlín con el Premio Anna-Seghers en 1996, que reconoce la obra de jóvenes creadores. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Modelar el barro y Santos lugares; y en el 2003 obtuvo del Premio Alejo Carpentier en ese mismo género, por Los malditos se reúnen.

En esta entrevista Mitrani nos da a conocer algunos de sus criterios personales sobre la literatura y nos muestra a un escritor culto, dedicado, del que todavía tenemos mucho que esperar. Estas fueron mis preguntas y sus respuestas. 

Eres narrador, decimista y crítico. ¿Cómo concilias todas estas expresiones? ¿Con cuál te sientes más cómodo?

Me gustaría reformular la introducción de la pregunta así: escribes narrativa, poesía, investigas sobre la oralidad... y luego continuar. Porque de otro modo me parece que me están concediendo títulos prematuramente. El término decimista especialmente es muy molesto, aunque junto con los otros «títulos» haya aparecido en la contraportada de uno de mis libros. A Borges no le decían milonguero por escribir milongas, ni sonetista a Miguel Hernández por escribir sonetos; y no digo salvando las distancias, porque a estas alturas de la humanidad suena poco franca la frasecilla. En fin, así quedaría mejor porque antes de escribir narrativa y décimas (que también es poesía, por cierto), escribí y todavía escribo versos sin regirme por estrofa alguna.

Por otra parte, creo que conciliar cada uno de estos llamados géneros literarios no es nada difícil si recordamos que en un principio todo fue lo mismo, es decir, una cosa que se recitaba o se narraba a los demás, ya fueran reflexiones, ya fueran emociones, sin establecer límites. La escritura lo cambió todo, consagró poco a poco las divisiones, y hoy quizá podamos decir que cada género se corresponde con la esencia contradictoria del hombre, de necesitar por un lado comunicación, es decir, reivindicar su pertenencia a la especie, y por otro, que se le reconozca único. Así con la narrativa muestra la superficie, con la poesía lo hondo; con una se deja atar a las convenciones, con otra intenta zafarse.

En todos los actos de publicación hay mucho de vanidad, para qué negarlo. No me considero una excepción. Si la publicación no llega a ser un acto de generosidad hacia el lector, entonces no tiene sentido, o si lo tiene, es pura burla, y como consecuencia la sustancia de lo escrito y de la misma poesía, no estaría en las palabras sino en la actitud. La poesía, en mi caso, es como el patio de la cárcel, el lugar hacia el que salgo con cierta regularidad a tomar sol y aire, a crearme la ilusión de libertad. En general todo lo anecdótico de largo aliento, lo destino para lo que llamaríamos narrativa. He dejado para lo último, la investigación literaria que al final también produce una narrativa que no podríamos catalogar propiamente de ficción aunque algo de ello pudiera tener.

Se sabe que eres un estudioso de la poesía oral...

Desde hace más de diez años, desde el 1993 exactamente, me ha interesado cada vez más el estudio de la poesía oral improvisada como punto de partida para llegar a la esencia de cualquier otro tipo de poesía. Es un campo virgen y por fortuna todavía menospreciado, esto si bien genera precarios estudios por parte de quienes no tienen cabida en otros ámbitos intelectuales, a la vez, lo pone a salvo de hordas afanadas en saturar su currículo con asuntos de moda.

Para mí la poesía oral improvisada es descubrir la pasión verdadera por la poesía, la verdadera participación. Un fanático de la poesía oral, del repentismo, persigue al poeta de su preferencia de una provincia a otra, graba sus controversias, se aprende los versos de memoria, paga por verlo cantar, pelea por él si es necesario. No hay una pasión similar por los poetas que escriben una poesía supuestamente más pulida. En resumen, cada género literario (si en definitiva pudiéramos llamarle así) no es una meta enojosa que me he impuesto cumplir sino meramente la manifestación autística de mis elementales estados de ánimo.

¿Qué nos puedes decir de tu novela Ganeden? ¿Te resultó dificultoso pasar de la narración más breve a un género que requiere un aliento mayor?

Quisiera decirte, primero, que no he podido publicarla en Cuba. En segundo lugar, sí me resultó difícil asumir una narración más extensa, sobre todo porque entonces tenía muy poco tiempo para escribir y sí muchas preocupaciones no precisamente de orden literario. Antes de Ganeden «despachaba» un cuento en tres días y ya. Luego «despachaba» el otro, y así hasta que completaba unos cuantos y armaba un libro.

Cuando empecé Ganeden, al principio me sentí algo así como un gusarapo en una piscina. No advertía los límites pero ya me había zambullido en aquel volumen gigantesco, y no quedó más remedio que nadar y nadar hasta descubrir el primer borde, luego seguí braceando y hallé el segundo, así, hasta que, sin haberla visto todavía desde lo alto, conocí las dimensiones de la novela, su forma. Todo, sin embargo, es un entrenamiento, habituarse a las estructuras. El tránsito hacia la novela es como un viaje hacia la obesidad de la anécdota y uno tiene que vaciar el ropero porque el viejo ropaje le queda ceñido a cuanto se le ocurra escribir.

Escribiste un libro con la colaboración de Alexis Díaz Pimienta. ¿Cómo fue trabajar a cuatro manos?

Escribimos dos. Uno de cuentos que fue en el 1990 Premio 26 de Julio y nunca se publicó, y otro de décimas. En el caso del libro de décimas, fuimos los primeros en hacer algo así, otros después nos imitaron. Hubo también mucho de humor y socarronería en la manera que concebimos el libro, el engranaje de las estrofas, los temas. La diversión fue lo mejor de todo, más que la repercusión del hecho. Teníamos entonces mucho en común Alexis y yo.

¿Qué te aportó tu participación en la antología de cuentos contra el terrorismo Cicatrices en la memoria?

Alguien muy cercano al proyecto dijo públicamente que para él había sido una fiesta haber colaborado en un libro así. Me parece inapropiado considerar festivo narrar hechos que casi siempre implicaron la muerte de alguien y el dolor de muchos. Para mí fue una tarea muy seria: usar la palabra para denunciar el terror. La literatura siempre ha sido un arma. Un arma usada para propósitos viles muchas veces, otras para propósitos frugales. Mi lucha, de Hitler y las innumerables papillas de Corín Tellado han salido de las imprentas y se han vendido. La literatura también puede hacer daño. No siempre hay una causa justa detrás de ella.

Si la causa es justa o al menos tú lo consideras así, hay una buena parte de la carrera vencida. Pero si nunca te has guiado por causas precisas para crear, correrías el riesgo de apanfletarte. Se trata de una causa no ya colectiva, sino de la humanidad, y tu texto tiene que ser un arma, cosa que hasta entonces no habías creído posible, que pudieras luchar así cómodamente escribiendo frente a un ordenador, así sin arriesgar el pellejo. Te habías imaginado que luchar era poner en práctica todo lo que te enseñaron en las clases de preparación militar, y ahora resulta que no, que solo tienes que escribir un texto, un cuento de ocho cuartillas, y también sucede que no puedes escribir así, como un chasquido de dedos, porque tienes un doble compromiso, uno con la causa, claro está, pero el otro con el rigor de la escritura, con lo que sabes hacer cuando no piensas en la causa. Y es muy reconfortante cuando concluyes todo, cuando terminaste lo noble y lo ubicas allí, junto a los demás, y lo relees después de publicado y a simple vista no parece un arma, sino un texto igual a todo lo que has escrito pero tú sabes que allí está lo que querías decir y cómo lo querías decir, y sobre todo sabes que no es un texto igual que los demás. Eso me enseñó Cicatrices en la memoria, a escribir para una causa sin traicionar el acto creativo.

¿En qué trabajas actualmente?

He escrito otra novela y tengo comenzadas dos más. Tengo cuentos suficientes como para armar dos cuadernos; y le estoy dando los toques finales a un libro de ensayos sobre poesía oral. Pero no me apresuro, publicar me asusta.

Tomado de El Tintero