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Alejandro González Bermúdez: Entre el amor y la muerte, siempre el tiempo
Pedro de la Hoz, 22 de diciembre de 2005

Cuando me enfrenté por primera vez a los versos de Alejandro González Bermúdez (Camagüey, 1964), advertí la actitud reflexiva de un poeta en el cual se intuía una temprana madurez y, a la vez, las huellas de una lucha tenaz por el dominio de los medios expresivos del idioma. En la última década, se ha hecho notar no solo por los premios que han contribuido a señalarlo entre las vo­ces emergentes de la lírica insular, sino por la propia sustancia que nutre sus poemarios Como un delfín después de la acrobacia (Ediciones Ácana, 1997), Fábulas del tiempo y la memoria (Ediciones Holguín, 2000), Confesiones del es­pejo (Ediciones Ávila, 2000), Toda la verdad del tiempo (Ediciones Ácana, 2001) y Cuadernos del Es­criba (Ediciones Santiago, 2005). También a él se debe la selección Poesía camagüeyana (Ediciones Ácana, 2003). Ante tal actividad resulta pertinente acercarnos, mediante su propia voz, a su trayectoria y sus preocupaciones literarias.

A los lectores les gustaría sa­ber cómo fue tu iniciación en la poesía.

Yo empecé a escribir, a intentarlo, a descubrir que tenía esa necesidad, más o menos a los nueve o diez años. Por aquella época —eran los años 70—, se publicaba en la última página del semanario Pionero una historieta de ciencia ficción de un autor ruso, una novela que se llamaba Plutonia, creo que muy poca gente la recuerda, pero yo la disfruté tanto y me impresionó de tal modo que terminé su lectura y, como un loco, comencé a escribir una historia casi idéntica; como te darás cuenta la estaba plagiando de punta a cabo, inconscientemente, claro, pero escribí muchísimo y, llegado el momento del desenlace, después que enredé a los personajes en una can­tidad de conflictos enormes, no supe cómo sacarlos de aquellos rollos y la «novela» se quedó allí. Unos años después fue a parar ya sabes adónde. La poesía vino después, cuando terminaba la Secundaria y luego, un poco más en serio, en el Preuniversitario, y cuando ingreso al MININT en 1984 y participo en mi primer concurso literario. La sorpresa del premio me vinculó desde ese entonces a los talleres literarios. Allí empecé a ver la literatura de otro modo, como lo que es. Fue una época en la que siempre hablaba de mu­chachas y muchachas y muchachas… y ya no pude dejar de escribir poesía.

En una zona de tu creación, se percibe una preocupación por el paso y el peso del tiempo. ¿Se trata de una obsesión conscientemente interiorizada o de algo dictado por las circunstancias?

Yo te diría que la recurrencia al significado del tiempo como tema o espacio existencial en mi poesía no es casuística. Yo me divertí mucho con una frase de Monterroso que más o menos decía: «Solo existen tres temas en literatura: el amor, la muerte y las moscas.» Si revisas cada uno de mis textos encontrarás per­man­entemente el tema del amor y la muerte, (no dudo que las moscas sean importantes pero no me ha dado por escribir de ellas todavía). Pues bien, entre el amor y la muerte escribo, de ellas me nu­tro, me alimento, me apasiono o de­cepciono, todo eso a su vez está en este espacio infinito que es el tiempo. 

¿Puede hablarse de una apreciación de la poesía entre los más jóvenes lectores?

Yo creo que los jóvenes, se­gún la edad y sus propios intereses, disfrutan la poesía, a pesar de ser un género que no se vende co­mo otros, la narrativa, por ejemplo, o la literatura para niños. La gi­ra nacional La Estrella de Cuba me demostró que en un lugar co­mo una universidad a los jóvenes sí les interesa la poesía, intercambiar con sus autores, conocerlos de cerca, que les firmes un libro o sencillamente una libreta o un pe­dazo de papel. El lector habitual de poesía la seguirá buscando donde quiera que esté, esa persona también necesita co­municarse, preguntarse, hallar respuestas, sa­ber qué y cómo piensa su semejante, porque cuando el ar­te es original y digno siempre será bien apreciado.

Tomado de El Tintero

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Madeleine Sautié, 2018-10-31
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