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Un libro inusual
Enrique Saínz , 09 de enero de 2004

A fines del año pasado salió de los talleres de impresión un libro singular de la poesía cubana: El ciruelo de Yuan Pei Fu. Poemas chinos (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001), de Regino Pedroso. La primera edición data de 1955. Volvió a aparecer en Obra poética del autor, en la Colección "Letras Cubanas" de la Editorial Arte y Literatura en 1975. En la más reciente edición cuenta con las ilustraciones de Jorge Rigol y con un prólogo de Juan Nicolás Padrón Barquín titulado "Palabras de un parroquiano a la entrada del tercer milenio", atendible presentación en la que se muestran algunos de los rasgos caracterizadores del libro.

Pedroso, nacido en Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas, en 1897, se había iniciado en el modernismo, a cuyas lecciones debe su primera compilación de textos: La ruta de Bagdad y otros poemas (1918-1923), a la que siguieron Las canciones ayer (1924-1926), Salutación fraterna al taller mecánico (1927), Nosotros (1933) y Bolívar. Sinfonía de Libertad (1945), página épica de tema americano.

El ciruelo de Yuan Pei Fu, como los títulos anteriores, se caracteriza por el detenido y paciente trabajo formal, esa manera que selecciona cuidadosamente el léxico y mide con esmero su sonoridad y su significado. Libro trabajado hasta la saciedad en busca de una atmósfera y de un tono en consonancia con el estilo y los modos de la cultura china, a los que se remite el autor y en los que sitúa a los personajes y las enseñanzas. Pedroso elabora una historia en torno a la génesis de este libro, expuesta en un prólogo escrito también con la minuciosidad de su paciente escritura, historia que descansa en sus ascendientes y que nos recuerda, salvando todas las diferencias que sea necesario salvar, algunas páginas de Borges.

En estas observaciones esclarecedoras debemos detenernos para que el lector aprecie las propuestas de este libro. Nos dice Pedroso: "¿Quiso ese mi desconocido antepasado, obedeciendo a un arbitrario modo de pensar y de sentir, formular en ellos una paradojal filosofía de la existencia, o bien estos poemas no son sino la reacción satírica de un espíritu soñador ante el medio y los hombres con los cuales tuvo que convivir? ¿Hay en ellos un propósito cierto de enseñanza, una autobiografía, o simplemente bajo su poético ropaje una irónica experiencia del vivir?"

No hay duda de que en El ciruelo de Yuan Pei Fu hay un delicado gusto por la forma, una experiencia de la sensibilidad de un refinamiento del más alto linaje, entre cuyos representantes mayores en el siglo XIX cubano están Juan Clemente Zenea y Julián del Casal, como muy bien observa el prologuista, Nicolás Padrón. Pero hallamos asimismo en este poemario una clara voluntad satírica -también subrayada por el presentador- y una velada denuncia a las circunstancias de la vida nacional en las que el poeta escribe, como en este momento de "Cinco amigos", el segmento "Mi amigo Liu Po Cheng", donde leemos:

¡Ay, Liu Po Cheng no recuerda!
Ayer de Chou, de Wei, de tanto poderoso,
cada uno a su turno, servicial cortesano,
feliz en tren de lujo rodaba su carroza.
Mas hoy al ver que Sung los favores le niega,
con voz de roja cólera al sordo cielo llama:
-¡Oh, pobre tierra! -grita-. ¡Oh crimen de los hombres!
¡Bacanal y deshonra!
¡En lo alto, oro, seda, impúdicas orgías,
y abajo un pobre pueblo cargando triste infamia!
[...]
"Así no hablabas antes,
cuando el pueblo sumido, como hoy, en deshonra,
impotente miraba palaciegas orgías...
Entonces tú pasadas cantando en tu carroza.
[...]

Poeta de hondas preocupaciones sociales, evidentes en su quehacer literario y en el desenvolvimiento de su vida ciudadana, los poemas reunidos en este volumen dejan ver, entremezclada a la atmósfera de las tradiciones chinas, más o menos asimiladas por el autor en lecturas e indagaciones, esa voluntad de justicia que alentó su trayectoria intelectual desde bien temprano. En los diálogos del discípulo y el maestro hallamos una vieja sabiduría, refinada en sus matices, de percepciones y adjetivación típicas del modernismo, con presencia reiterada de elementos claves de la cultura occidental.

Como señala el prologuista, "El poeta delinea las máscaras dentro de un escenario donde se revela en su trasfondo la frustrada Revolución del 30 y el destino de muchos de sus protagonistas en la década de los 40". El libro tiene, pues, un delicado sabor oriental, en consonancia plena con la manera de Pedroso -acaso el único poeta nuestro capaz de escribir páginas semejantes-, y al mismo tiempo posee los rasgos esenciales que lo inscriben en la tradición de la poesía occidental, cubana en particular. A la luz de lo que se estaba escribiendo entonces en Cuba y en Hispanoamérica, El ciruelo de Yuan Pei Fu es un libro extemporáneo, anacrónico en cierto sentido, pero lo leemos, no obstante, con incuestionable placer en la fluidez de su palabra y en las lecciones de sus asertos, virtudes siempre gratas en cualquier época.

Para terminar, leamos estos fragmentos del poema "Yuan Pei Fu despide a su discípulo", el sabio maestro enseñando al joven e inexperto que no ha llegado al conocimiento de la vida en su más profunda dimensión. Un ingenuo escepticismo epicureísta, con leves notas de sabor socrático, nutre estas enseñanzas de un supuesto sabio chino que ha encontrado la felicidad después de un largo ir y venir, de meditaciones y diálogos. Dice así a su discípulo:

Deja ahora, hijo mío, que acaricie tu frente.
Has crecido, has amado, has soñado y vivido;
mas tu fruto de vida es todavía amargo:
porque el fruto más dulce no lo da el árbol joven,
sino aquel que rugoso ya ha florecido en años. Pero en tanto, oh discípulo,
goza del sol, del mar, del aire y de la tierra;
ámalo todo y nada odies, nada te asombre,
que en toda dicha hay pena,
que en toda risa hay lágrimas,
y en todo lo creado, junto a la gris arcilla
hay también lo divino.
[...]
Mas el fruto maduro de la sabiduría
no es el que milagroso en huerto ajeno alcanzas, sino aquel que en dolor del propio vivir nace. Aunque un día sabrás que nunca nada sabes.