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Un libro de Antonio Armenteros
Enrique Saínz , 20 de febrero de 2004

Los estados crepusculares (2002), de Antonio Armenteros (La Habana, 1963), es un libro de rupturas que nos entrega otro discurso, otra manera de ver y de construir el suceder, desentendido el poeta de los estilos de la poesía cubana precedente. La palabra va fluyendo en estos poemas como signos oscuros, reveladores de una realidad en la que se entremezclan las sensaciones más disímiles, los objetos y las angustias que estos generan en el poeta. Percibimos el entorno, sus cuerpos, como visiones extrañas, ajenas, incomprensibles, con las que llegamos a convivir, sin embargo, con cierta familiaridad, ajenos nosotros también a nosotros mismos. Los sitios, los objetos y las personas poseen aquí una dimensión inaudita, desconcertante. El poeta se ve sumido en luces y opacidades que no pueden revelarle la esencia de lo vivido, pero no tiene otra manera de acceder a su conocimiento, o al menos a una primera intelección que él sabe insuficiente. Su historia personal aparece en algunos momentos, una historia en realidad tan indescifrable para él como el incomprensible suceder en el que está inmersa. No es esta una poesía sentimental, de amores o aventuras oníricas al estilo de un lirismo esbelto y delicado, sino una poesía profundamente dramática, trágica en un sentido existencial, confundido el poeta entre los signos sombríos de su propia vida y de su tiempo histórico, y condicionado por las imágenes de una realidad desestructurada. Caos y orden aparecen y desaparecen en estos poemas, y con ellos el creador que nos da testimonio y habla de sí mismo, de sus secretas pulsiones de fuga y de muerte. Son textos de una rara tensión, escritura fabulada y realista, en la que irrumpen sorprendentes símiles (soy la angustia como un lobo del techo, parte I de "La voz del diablo"; [...] Descubre el pez, la espuma como quien alza un pedazo de horizonte enredado en el fuego, del segmento II de "El estado de la tierra") y la realidad aparece fragmentada, rota. Véase "Catástrofe", la primera mitad:

Faraute, por habernos burlado del inverso gesto.
Por cruzar el océano por las ventanas
y la casa que no existe.
Despojos dedos un agua desanda recintos vírgenes.
Cunde la humildad y en la remota piedra azoro,
ensoñación frágil de otra alma -rueda-
abre un vuelo una segunda pared y un perdón huyen.
Siendo... Se ven madre, se ven altísimos los Duomos.
Los poemas vocearán la rigidez de un cuerpo.
San Pablo que así la calle parpadea y el miedo guarda
a-guarda su alcance.
Ningún detalle de antemano.

Esta no es poesía de alabanza, sino de conocimiento, poesía en diálogo hondo con la multiplicidad de lo real, el poeta en busca de su identidad, pero sin ingenuos y superficiales insularismos. El viaje como tópico reaparece en varios textos. Así, en "Crucigrama", en "Y los cuerpos", en "Mientras asumo la suerte del desliz", en "El estado de la tierra", en "Breve parábola del que regresa", páginas interrogantes, hechas de incertidumbres o de extrañas certezas, como esta de los versos iniciales de "Mientras asumo la suerte del desliz", donde leemos:

Puedo hilvanar la luz en el filo más alto de los rostros
como quien narra el eterno espanto del pez
aplazando su miedo a vivir definitivamente devorado.

con este final: Ahora retorna el miedo a cualquier viaje
las cotidianas bestias,
los orificios con que suelo arrullar mi corazón
cae la luz
el cielo entero
a punto de despedirme y no me reconozco.

El poeta se mueve -y ese parece ser uno de los rasgos definidores de este poemario, de múltiples lecturas posibles en la riqueza de sus búsquedas y preocupaciones- entre signos indescifrables, en los que intenta verse y saberse por el conocimiento y por la percepción de lo otro, aquello que hace de las cosas de la realidad entidades que en cierta medida nos definen. No hay en estas páginas paisajes conmovedores ni rastros de belleza, júbilos ni cantos a verdades de ninguna especie, trascendentes o inmanentes, sino desasosiegos e intuiciones fugazmente entrevistas, una sabiduría que viene con los años o con una inaudita lucidez. Armenteros nos entrega una poesía de singular fuerza, sin concesiones a la tradición, aunque en estos poemas podemos ver la presencia fecundante de Lezama, en especial la irrupción de imágenes fragmentarias, las extraordinarias matizaciones y la sobreabundancia barroca de sus más ricos textos, si bien Los estados crepusculares no se caracteriza por aquellas alucinantes acumulaciones de materia real, gravitante, que apreciamos y disfrutamos en Dador (1960), libro absoluto de la poesía cubana. Este joven poeta asimila la tradición inmediata de su idioma, pero se plantea otra cosa, inmerso como está en un mundo muy diferente de aquel y al que tiene que hallarle un sentido o, al menos, una explicación suficiente para hacerlo habitable. Este cuaderno viene a enriquecer la obra de los creadores cubanos nacidos entre mediados de la década de 1950 y los finales de la siguiente, poetas que han contribuido de manera significativa a transformar nuestra lírica en una dimensión profunda. Aquí no leemos estados de ánimo complacientes y complacidos, eufóricos; insustanciales juegos verbales; experimentación formal ni músicas más o menos logradas, y mucho menos anécdotas o historias colectivas y personales que canten hazañas de ninguna especie. Es esta una poesía intensa, ríspida, de metáforas abiertas e ilimitadas, hecha de revelaciones que el poeta ha alcanzado a ver desde su posmodernidad, después de vivencias entrañables de la más diversa naturaleza y de lecturas que comportan una ruptura desde la que es posible reconstruir la realidad, aunque sea con los fragmentos de sus cuerpos deshechos. Estimo que la lectura de Los estados crepusculares es una experiencia altamente gratificante en sus cuestionamientos y angustias y en especial por lo que nos dice de nuestras propias circunstancias, aprehendidas ahora, en estas páginas, con una riqueza que no hallamos en tantos y tantos poetas cubanos precedentes.