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Poemas de Carlos Galindo Lena
Enrique Saínz , 19 de marzo de 2004

Un nuevo cuaderno de Carlos Galindo Lena (Caibarién, 1927) viene a enriquecer su obra y la poesía cubana. Ciertamente, Vientos de cuaresma sobre la piel del mundo (Santa Clara, Ediciones Sed de Belleza, 2001) se suma a un quehacer de años, con títulos como Ser en el tiempo (La Habana, Ediciones Belic, 1962), Mortal como una paloma en pleno vuelo (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1988), Últimos pasajeros en la nave de Dios y Aún nos queda la noche (Santa Clara, Ediciones Capiro, 1996 y 2001, respectivamente). Es la suya una voz que dialoga con el tiempo, con la muerte, con la noche, con la angustia y con la soledad, voz añorante de una plenitud que el poeta sabe perdida, pero que anhela reencontrar en medio de la desesperanza y el vacío existencial. Estas páginas cantan desde la nostalgia de un tiempo ido, ausente, irrescatable, y nos muestran al poeta sufriendo su desdicha, como en estos versos de "Transparencia", donde leemos:

Mi propio tiempo está quemando mi corazón,
no me amparan ni mis antiguas palabras,
ni el terrible abismo de la nada,
naufrago solitario en un círculo que está fuera del mundo,
para atrapar aún la vida tejo mis redes
con los pájaros oscuros de mis sueños.

Percibimos ahí y en otros muchos momentos de este cuaderno una tensa y agónica contradicción entre la realidad de la experiencia y la búsqueda de un mundo edificado por la ensoñación: memoria sin tiempo, vivencias de un amor ausente, ansias de lo ilimitado. Se observa asimismo en Vientos de cuaresma sobre la piel del mundo lo que podríamos llamar la incertidumbre de la vida, experiencia de la pérdida de los límites reales entre la vida y la muerte. En los versos finales de "La dispersión del alma" nos dice el poeta:

No son estos nuestros sueños,
no es esta la verdad para que nos convenzan
de que acaso vivimos o estamos irreversiblemente muertos.

En "Saturno devorando a su hijo (Homenaje a Goya)" encontramos este momento, en el inicio: Hoy estoy más vivo que nunca aunque estoy muerto, dualidad que viene dada por la antítesis entre la existencia y el decursar devorador del tiempo, entre el ser y el no-ser, intercambiables como sustancia real de la vida. Así, insiste en otro verso de este mismo poema: lo que antes existía se ha desvanecido inesperadamente: el ser en perpetuo viaja hacia la nada, su disolución, devorado por la muerte. La imagen de los caballos galopando hacia el sueño, en "Caballos", insiste en la idea de ese viaje hacia la disolución, [...] hacia las nubes, hacia el mar infinito de los muertos. En varios momentos el poeta confiesa añoranzas de una dicha pasada, como "En una lejana primavera", en "Las carpas de la noche" (donde hallamos estos versos magníficos: Como orquídeas de fuego en el rostro antiguo de la casa / están las mariposas), en "El espliego", en "Una lejana primavera", en "Un salmo para David", donde esa felicidad pasada habrá de aparecer de nuevo en el futuro: nada le es dado al esplendor celeste / como los misterios posibles del mañana. La nostalgia lo es también del tiempo que vendrá, del porvenir. "Vientos de cuaresma" trae estos versos reveladores: porque es como si el mundo / quisiera renacer de los escombros del pasado. Se trata, en este caso, de un ayer inmediato, cercano, no de un ayer inmemorial, como en otros momentos del cuaderno. Ahora nos habla de un pasado cuando el poeta veía deshacerse la vida, imagen de la muerte que le hace decir al comienzo de "La dispersión del alma": Ya estamos volviendo al centro siniestro de la vida. En medio de su batalla entre el ser y el no-ser, entre la nostalgia y la desdicha de la soledad y del pecado, el poeta experimenta el placer de la realidad, de su belleza y de su fuerza vivificante. Veamos "Renovación de fe" para confirmar lo que hemos señalado:

En las noches, silenciosamente me embargan los soplos más
sutiles de la vida,
mis manos reciben el calor germinal de las praderas,
percibo la levedad del tiempo y del espacio,
mi cuerpo, cual árbol infinito y errante,
acaricia los miembros del que ama.
La resurrección es un comienzo,
una renovación de fe y de verdad para el que sueña,
en la gracia nocturna se tejen los enigmas.
¿Quién los mueve? El aire sutil de la montaña
o los ruidos de una noche,
anticipación del día que nos llega;
aún espero, silenciosamente los soplos más sutiles de la vida,
y en las noches, cual pájaro de luz, desciende un cometa hacia
mi alma.

Y esta preciosa página titulada "Como un pequeño Dios", delicada en ese amor a la belleza que transpiran sus líneas, cuando nos dice:

[...] Acaricia con ternura las violetas silvestres al sur de la montaña / y tiéndete sobre la hierba húmeda para inventar estrellas; / ama el ocaso tardío y la palidez de aurora / y sin saberlo te acercarás al hombre, fecundarás tu sombra / y de la luz germinarán los lirios en tus manos: ahora ya eres un pequeño dios.

Carlos Galindo Lena, un poeta apenas citado y quizá poco leído, miembro de la llamada Generación del 50, angustiado por la conciencia del desamparo ontológico y en busca de un renacimiento, de una vuelta de la vida hacia la plenitud de un paraíso perdido y encontrable, escribe sin preocupaciones de renovación formal y siguiendo los cánones de una modernidad que tiene en Darío sus raíces más lejanas en la poesía de nuestra lengua. A su modo y desde su particular sensibilidad, su obra se inscribe en la tradición de un discurso existencial en el que el poeta se pregunta por sí mismo y por una realidad que lo trasciende, siempre en diálogo fecundo con ella. Su voz creadora, diferente y al mismo tiempo heredera de la generación inmediatamente anterior, la de Orígenes, nos llega como suya dentro del grupo al que pertenece en su propia generación. Hay en estos poemas un significativo equilibrio, una mesura, una contención, características definidoras del poeta. Pero hay además un velado romanticismo que está en el centro afectivo de los mejores ejemplos de este cuaderno, una pasión viva que late debajo de su escritura sosegada y tranquila. Leamos, para cerrar estas reflexiones, estos fragmentos de "Las pretéritas tumbas ya no cantan":

Las pretéritas tumbas están mudas por siempre,
en ellas ya no reposa el alma,
todo candor se extiende en la humedad del tiempo y de la tierra;
sin embargo, aún persiste un lejano temblor en las estrellas.
[...]
Espejismos del ser atraviesan la noche,
y las pretéritas tumbas ya no cantan.