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Eliseo Diego: Poemas al margen
Enrique Saínz , 02 de abril de 2004

En el año 2000 apareció un poemario de Eliseo Diego (1920-1994) en el que se reúnen textos que a lo largo de los años el poeta fue dejando fuera de sus libros, como indica su nombre: Poemas al margen. Se trata de un precioso ejemplo de Ediciones Ateneo, del Ministerio de Cultura, con carátula de Arturo Montoto (su cuadro El umbral de la nada, de 1999). La labor de compilación estuvo a cargo de la hija del poeta, Josefina de Diego, en paciente búsqueda en publicaciones periódicas de Cuba y del extranjero, y en la papelería de manuscritos y mecanuscritos que ella atesora como riquísima herencia de su padre, utilísima para una futura edición crítica. Estos poemas poseen el conocido esplendor de la poesía de Eliseo Diego que ya conocíamos en sus libros anteriores. Volvemos a encontrarnos en estas páginas con las angustias y terrores de la Nada, la caducidad, el despacioso transcurrir de la vida hacia el silencio. Poesía de una minuciosa elaboración verbal, de acendradas formas, música delicada, imágenes fugaces pero que al mismo tiempo que se van nos revelan el esplendor de su presencia. En los paisajes celestes o terrestres observamos la desolada intemperie en la que vive el Hombre, en la que muere de olvido y de irse hacia la noche interminable de la muerte. Veamos estos versos de "Posteridad", tocados de un leve pánico:

Tienes miedo de quien, por el resquicio
de un astro y otro, con sus grandes
ojos miopes, atisba
el oro de tu lámpara.
vndfjilghtjhngdkjk¿Qué busca,
y a través de qué velo
de cenizas? Será
la vieja mancha en la pared.
db;x mgkln;mfkl;La noche
no es abrigo bastante. Lejos
canta el gallo de siempre -el mismo
que el otro escucha, estremeciéndose
de sentir que lo miran a su vez.

Es una página memorable, como tantas suyas, en esa su refinada manera de percibir los inquietantes signos tanáticos que acechan, frente a los cuales el individuo nada puede, sumido en su desamparo. En otros momentos -los menos- vemos el movimiento de la vida, el ir y venir de todos los días como imágenes visuales y auditivas del suceder inmediato, de un acontecer en el que estamos inmersos, como en "Barullo". En otros, en muchos ejemplos de este libro, sentimos al poeta en soledad mirando su entorno cercano o distante, constatando el paso del tiempo o la extrañeza de todo. Como en sus títulos anteriores, en este hallamos el contraste de la realidad y la fugacidad, el ser real de las cosas y la distancia temporal del paso de los años. Los cuerpos están y no están; son, pero han desaparecido o se irán en breve, como sucede en "Más allá de las columnas de Hércules", un texto en el que el poeta contempla las fotografías, las imágenes de un mundo que sólo puede encontrarse ahí, en esa forma de la muerte, en esa memoria de la vida. Veamos estos versos:

Abre el libro de imágenes. / Ceremoniosamente / abre tu libro, alisa / sus grandes, pulcras páginas / olorosas a dicha. [...] Veloz esplende ahora junto al verde / que hay en el plátano del patio / la gloria de Altamira, / el ocre / sagrado del bisonte. // Míralo / erguido al aire de la Isla / en otro tiempo al fin, al otro lado / de las viejas Columnas. // El azoro / toca las palmas de tu vida: escuchas / al tomeguín sin verlo, apenas / hecho un soplo de sol. / ¡Ah, cómo / será posible! // La magnificencia / del bisonte embistiendo la mañana, / estallando en la luz, siendo la Vida, / eternemente aquí / -nuestro de siempre.

La imagen del bisonte en la cueva de Altamira, un animal todo fuerza vital, ha quedado sólo en el recuerdo, deshecha ya su realidad corpórea. La fijeza de la muerte es lo que nos entrega la pintura rupestre, la antítesis de aquel ímpetu incontenible de la bestia que en un breve instante anduvo entre los vivos. El poeta quiere ver al bisonte, pero sólo alcanza a percibirlo en una instantánea que su imaginación enriquece. Batalla del ser y el no-ser, del instante y la eternidad, de la luz y las tinieblas. Como en sus restantes poemarios, en este nos testimonia Eliseo, con aquella minuciosidad de siempre, el devorante transcurrir del tiempo, el frío de la muerte, el lento caer de las hojas y el paso grave de la realidad frente a sus ojos absortos, tocados de leve pánico. Léanse "De más en viejo", "Se me acabó por fin", "A una muchacha", "Noviembre", "Lo que fue" y "A una vecina", construidos con los temas que desde muy temprano alimentaron la obra de nuestro poeta. Aunque no quiso incluir los textos aquí reunidos en sus entregas anteriores, como lectores que estamos lejos de su escritura, lectores del futuro, nos adentramos en estas páginas con la misma fruición que en sus mejores momentos, ya tan conocidos desde En la Calzada de Jesús del Monte (1949). En Poemas al margen hallamos las calidades que han hecho de su poesía una de las más relevantes de la literatura cubana de cualquier época, las que nos permitirán seguir leyendo su obra a lo largo de los años, en el ir y venir de modas y modos. Aquí tienen los lectores un conjunto de textos memorables, para releerlos con el gusto de escuchar su armoniosa cadencia y los silencios, esa tranqila manera de decirnos la vida y la muerte, el ver y no ver más las cosas, el miedo ante la insondable Nada y el placer por la Luz y la dichosa presencia de la realidad. Cuando nos acercamos a esta compilación podemos dialogar con un clásico de la poesía de nuestra lengua, un clásico nuestro y de todos.