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Nancy Morejón: La quinta de los molinos
Enrique Saínz , 30 de abril de 2004

Un nuevo poemario es siempre motivo de júbilo si sus páginas nos enriquecen e iluminan nuestra memoria. La lectura de La Quinta de los Molinos (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, Colección Cemí), de Nancy Morejón (La Habana, 1944), tuvo para mí una especial significación, no sólo en un plano estrictamente literario, sino incluso afectivo, pues mi diálogo con la poetisa comenzó hace más de cuarenta años en las aulas de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana y no ha sido interrumpido por ningún azar ni desavenencia de ninguna índole. Desde entonces la he visto construir su obra con la constancia y la autenticidad imprescindibles para que crezca en cuantía y en hondura y alcance el sitial que ha logrado desde la aparición de su primer libro, Mutismos (1962), publicado el mismo año de nuestro ingreso en la Facultad. Después vinieron Richard trajo su flauta y otros argumentos (1967), Piedra pulida (1987), Elogio y paisaje (1997), su libro y su Valoración Múltiple sobre Nicolás Guillén, su reciente exposición de obras plásticas y finalmente el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura en su edición de 2002, galardón que no significa la conclusión de una carrera, sino el reconocimiento a la labor realizada durante décadas. ¿Y por qué estos poemas en particular me han conmovido del modo que lo han hecho, pues igualmente he visto a Nancy ir haciendo los títulos que acabo de mencionar? Sencillamente porque en La Quinta de los Molinos encuentro mi paisaje y mis propias memorias como en ningún otro conjunto poemático de la autora. El aire que atraviesa estos recuerdos me trae un aroma que nunca he olvidado y unos colores que siempre me acompañan, nostálgicos y alegres al mismo tiempo, sombríos y luminosos, luces e imágenes que han sido las mías y que en gran medida me han definido. Pero el gusto del acercamiento a esta entrega reciente de Nancy Morejón no descansa sólo en las resonancias afectivas que me trae. Sus calidades intrínsecas me han conmovido por sí mismas, aunque no resulte fácil desentenderme de mí mismo a la hora de leer estos textos y hacerme un juicio de valor sobre sus aciertos y desaciertos. Este poema, por ejemplo, vale más allá de cualquier añoranza, de cualquier recuerdo feliz, de cualquier experiencia de un amor ausente:

Sus ojos ya no tenían
el color ámbar de los sueños.
Ni su boca el aire amanecido
para cantarles a las columnas de la ciudad.
Yo esperé en vano su sonrisa
y mire hacia el puente como si dibujara
sus hierros sobre un óleo holandés.
Caminamos sin rumbo solos
y fuimos escuchando las mismas melodías
envueltos en una espuma sacra
que nos juntaba a pesar de nosotros:
fuimos, sin darnos cuenta, soplando las cenizas
de nuestro antiguo amor
ahora convertido en aplausos, saludos, cifras
y en un camino sin final, indescriptible,
que me condujo a este poema
. ("Balada del amor perdido")

Amores, sitios, amigos, recuerdos, paisajes, memorias de la primera juventud, tristezas, preguntas, ausencias, alegrías y dolor por lo que ya no vuelve, por lo que se pierde definitivamente, nutren este poemario y le dan su delicada música, unas veces esbelta y otras de la más entrañable cotidianidad, música de una conversación evocadora o de un monólogo con el tiempo, con el lejano ayer que se nos queda indeleble en los gestos y las miradas, en el tono y la simplicidad de nuestras palabras. Los poemas emergen de muy hondo portando experiencias que han venido integrando el mundo y la personalidad de la poetisa. Se pregunta por ella misma en su historia ancestral y en su historia citadina, en sus calles y costumbres, en las canciones de su infancia y de su juventud, se busca para saberse en su intimidad y en el paisaje, en los adentros de la historia nacional y en los contextos culturales en los que se formó. Así, en la última sección evoca a Mirta Aguirre y a Camila Henríquez Ureña, a Darío Mora, a Wifredo Lam y a Ángel Escobar, la historia y el paisaje caribeños, el entorno espiritual y social que ha sido toda su vida. Y evoca también a Odiseo regresando a Ítaca, volviendo hacia sí mismo, reencontrándose después de innumerables aventuras fabulosas y reales, todas desgarradoras. El viajero retorna a su centro en busca de los suyos, en busca del mar que vio desde siempre, y vuelve para escuchar su música, sentarse a recordar su pasado, mirarse en todo lo vivido. La Quinta de los Molinos comienza con un poema ("La silla dorada") en el que Nancy Morejón se autorreconoce desde su infancia, en sus abuelos, en su pasado de niña de ancestros africanos. En los primeros versos vemos esta imagen reveladora:

Soy una mujercita sin rostro
sentada en la punta de una roca,
hacia la parte inferior de un paisaje
donde se encuentran un río y dos mares
.

Es el comienzo de una vuelta hacia adentro en busca de la identidad. El mar, la historia, las calles, los amigos, la música, las palabras, una totalidad que se ha fusionado y constituye el contexto formador, el entorno definidor del yo de esta escritora a la que ahora conocemos mejor por el intenso testimonio de estas páginas. Todo el libro es un canto al pasado personal, al sufrimiento, a los dones naturales, a la poesía, al amor, a los que ya no están, a los que han edificado nuestro ser. Testimonio de una extraña dicha en medio de cuestionamientos y de búsquedas son estas páginas, poemas escritos con singular minuciosidad y cuidado formal. Percibimos, ciertamente, una plenitud deleitable que subyace o aflora en diferentes momentos del libro, desbordante en la construcción sintáctica, en el léxico, en los temas. En poemas como "Un aire azul", "Hondo mar", "Hoja de papel", "Querencias", "A medio camino", los que cantan al amor, las cuatro secciones de "Paseo" y en otros muchos que no menciono, hallamos suficientes ejemplos de una voz en la plenitud de su capacidad creadora, palabra que habrá de quedar con nosotros para decirnos quiénes somos. Veamos "A medio camino", muy diferente de la mayor parte del poemario, y sin embargo parte consustancial suya:

Ésta es una piedra al borde del camino.
La encontré sin mirar, jugando apenas
con la humedad de los ramales.
A medio camino entre el cielo y la jungla,
no puedo renunciar a su pequeño ser
que es su instante y el mío;
ya no podría esquivar su fulgor en el alba
ni tampoco ahuyentar la sombra
que va arrojando su vida en la mía.
¿Cómo es el mundo y cuándo terminó?
Hay un sonido único que emana de la piedra
Que he colocado en el centro de estos cuatro caminos.
¿A dónde fueron a parar el perro y el pájaro
de estos cuatro caminos?
Ésta es una piedra sonora.
Una piedra que rueda desde siglos atrás
y ha preferido el laberinto de las horas,
el laberinto que teje el tiempo sobre los caminos.