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Dulce María Loynaz: Poesía
Enrique Saínz , 14 de mayo de 2004

Al cumplirse cien años del nacimiento de Dulce María Loynaz, la Editorial Letras Cubanas publica, en su colección "Biblioteca de Literatura Cubana", un tomo con su obra poética -precedida por un prólogo de César López titulado "Proyecto para una lectura demorada", detenida valoración de su trayectoria poética- y otro volumen con su novela Jardín, los dos grandes aportes de la autora a las letras cubanas. La edición cuenta además con una cronología y una bibliografía activa, muy útiles para los lectores. Con respecto a la compilación anterior (Poesía completa. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1993, con el mismo prólogo de César López, pero sin las modificaciones que para esta segunda compilación se le introdujeron, pues fue "revisado y ampliado en noviembre del 2002 por su autor"), ésta incluye "Finas redes" (1994), "Melancolía de otoño" (1997) y "Diez sonetos a Cristo", escritos en 1919 y rescatados recientemente, en edición realizada en Santa Clara en 1998. La aparición de estos libros de esta relevante autora de las letras iberoamericanas nos incita a repasar sus textos, a volver sobre ellos una y otra vez, siempre magníficos en su inusual belleza y en ese refinamiento que nos colma incansablemente. Acaso su libro más perdurable sea Poemas sin nombre (1953), páginas en las que sentimos una extraña y poderosa melancolía, un leve desasosiego siempre actuante y una lejanía irreductible frente a las realidades más entrañables. Hay un suavísimo ardor en esos textos, ardor amoroso dentro de la mejor tradición de la poesía erótica universal. Y hay asimismo en Poemas sin nombre lo que podríamos llamar la experiencia del imposible, una sensación vivida en la distancia, en la memoria, en el anhelo, pero no en su carnalidad viviente, en su plenitud corporal, rasgo que establece similitudes con la experiencia mística, traspasada también de erotismo, de deseos soñados, irrealizables, sólo posibles en una dimensión espiritual. No es ese el signo predominante en el libro; sin embargo, lo enriquece y permite una lectura más plena, de mayores alcances, una lectura que rebasa las satisfacciones del diálogo cercano con el cuerpo y nos abre una factualidad y una plenitud que no podemos siquiera imaginar. El idioma de estos poemas es una constante lección de buen gusto, sin pretensiones vanguardistas de rupturas ni experimentaciones vanas e infructíferas. Dulce María Loynaz ha vivido inmersa en su propia lengua, más allá de su condición de hispanohablante, en la lectura de sus clásicos, de cuyo ámbito nunca se alejó, y de ellos ha extraído su propia palabra, su estilo, esa manera tan suya de decir y que tanto nos complace cuando nos acercamos a su poesía y a sus libros de prosa. Tanto Jardín, escrita entre 1928 y 1935 y publicada en 1951, como Un verano en Tenerife (1958), libro de viaje, se leen con gratísima fluidez aun en los momentos de mayor riqueza y complejidad en la observación y en la caracterización. Sus poemas han sido elaborados también desde las fuentes nutricias de la lengua, desde las raíces de una escritura milenaria, en la que la autora ha bebido incansablemente desde su más temprana juventud. Veamos el "Poema L", de Poemas sin nombre, paradigmático de los que considero los rasgos definidores del conjunto:

¡Cómo se ha llenado de ti la soledad!
La soledad me huele a ti como si estuvieras dormido en ella,
como si esta soledad mía sólo fuera la almohada en que
pones la cabeza, la sábana que te envuelve, blanca y tibia...
¡Cómo está llena de ti la soledad, cómo te encuentro, y cómo
te amo, y cómo me muero en ti, en ella!

Ya desde su primera entrega en forma de libro, Versos. 1920-1938 (1938), Dulce María Loynaz posee su tono, su voz propia, como si bien temprano hubiese alcanzado un estilo, logro nada común en los comienzos. Y algo sorprendente en este tipo de poesía: nunca percibimos en ella, esa es al menos mi experiencia, ese olorcillo cursi que en ocasiones emana de estrofas similares de otras y otros autores formados en el modernismo, ya fuese en lecturas de Darío o de poetas menores y hoy justamente olvidados. Cualesquiera que hayan sido sus maestros, los poemas iniciales de nuestra poetisa revelan una capacidad creadora que ha tenido la virtud de saber decir de un modo muy suyo y al mismo tiempo muy convincente cuando lo vemos desde la perspectiva de los grandes maestros. No tiene ningún sentido entrar a valorar si Dulce María Loynaz tiene una obra de más o menos calidad que la de sus coetáneos de Iberoamérica, o si es una discípula más o menos talentosa o mimética de Juan Ramón Jiménez, uno de los ejemplos más altos del modernismo y cuya obra ejerció una profunda influencia en muchos creadores hispanoamericanos. Aclaraciones de esa naturaleza no nos dicen gran cosa y son esencialmente insuficientes para un diálogo íntimo con su obra, a la que debemos acercarnos en primer lugar para hallar las resonancias de su palabra en nosotros, esa posibilidad que constituye, a fin de cuentas, el sentido último de su escritura, más allá de escuelas literarias o de revelaciones de análisis literarios más o menos enjundiosos. Leamos uno de los tantos textos que podríamos citar del poemario inicial para que se nos revele la manera de la autora, "La tristeza pequeña", límpido en su factura y en el refinamiento de las percepciones, vivencia o relectura, qué importa:

Esta tristeza pequeña
que podría guardarse en un pañuelo...
Esta tristeza que podría echar
con las flores marchitas.
Que podría llevársela volando
el viento.
Y que no vuela
Y que no se echa.
¡Y que no cabe ya en mí toda!

Toda la poesía de esta mujer singular de las letras cubanas, de Hispanoamérica y de España, se erige como un testimonio de fidelidad a la belleza que podemos hallar en todas partes y en nuestro propio interior, en la soledad o en el bullicio, en la oscuridad y en la luz del día. En Poemas náufragos (1991) se entremezclan la poesía y la prosa, como en Jardín, y el relato se abstrae del tiempo y se sumerge en sensaciones y en canto a la realidad. Pero sucede asimismo que cualquiera de sus poemas, con la única excepción quizás de los recogidos en Bestiarium (1991), se integra perfectamente a los relatos de la novela y del libro de viaje, ambos hechos desde lo que podríamos calificar como la percepción interior, esa que nos permite ver dentro del acontecer y los hechos de la vida cotidiana. Bárbara es un personaje del que podemos esperar que escriba los textos de Juegos de agua. Versos del agua y del amor (1947) o los de otro de los libros que se reúnen en este tomo titulado Poesía. Creo que no cabe duda de que la obra de Dulce María Loynaz, y en especial sus poemas, habrán de perdurar en la memoria de sus lectores, en primer lugar por sus calidades formales, ese sabor de la palabra pura en la que se expresa el sentimiento de muchos. La manera posmoderna de percibir el pasado y el presente es muy distinta de la que nos muestra Dulce María Loynaz en su obra, pero no creo que por eso sus libros entren en el olvido. Siempre podremos volver a sus páginas serenas y claras, de una claridad última que la angustia y la frustración que la nutren no podrán oscurecer. Podemos concluir con las palabras que Eliseo Diego escribió a la autora y que aparecen en la contraportada de esta edición. Allí dice el autor de En la Calzada de Jesús del Monte esto que tan bien caracteriza a esta mujer extraordinaria en la historia de nuestra sensibilidad:

...Es ciertamente bien difícil, señora Dulce María Loynaz, dar algo a quienes, como ustedes, nos han traído tanto de eternidad con sólo estarse quietos, recogidos en el rincón oscuro donde la Isla refleja la luz, la sombra...

La Isla, su Isla, desde la que escribió y vivió, está en su obra como una presencia silenciosa, sin los bullicios ni las altisonancias de tanto exceso o sobrecarga barroca. Nuestro paisaje sale del tiempo en sus poemas y prosas, pero está en ellos, qué duda cabe, y está en otra dimensión, con algo de eternidad. Gracias a Dulce María Loynaz por la delicadeza de su mirada y de su persona.