Sigfredo Ariel (Santa Clara, 1962) mereció el Premio de Poesía Nicolás Guillén 2002 por su libro Manos de obra (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002), espléndido conjunto que pone de relieve las calidades de la lírica cubana de los últimos diez años. Acaso el primer rasgo caracterizador de estas páginas sea su peculiar estilo, esa manera de ir construyendo los objetos y espacios, el modo de decirnos las impresiones que el poeta ha acumulado durante años, sus memorias y visiones, tocadas de una leve extrañeza, a veces inquietante y a veces regocijada. Estos poemas irrumpen desde la memoria y las experiencias inmediatas, realidades que se transforman por la densidad del idioma y van ganando espesor y fuerza en su intrascendencia y en la oscuridad de su significación. El poeta reedifica su mundo y se relata su propia vida, la rehace con los otros, con el trabajo de ir y venir y dialogar con los sitios, las cosas y los paisajes por los que él mismo camina o se sienta a contemplar el suceder y los signos de una vida esencialmente incomprensible. Hay una voluntad hedonista en Sigfredo Ariel, cierta nostalgia de una brumosa belleza, o de una belleza que ha sido diluída por las formas comunes, no iluminadas por la gracia de los cánones clásicos. Y junto a esa voluntad de placer está la tristeza de una cotidianidad de cerrada pobreza, de adentros con prácticas habituales en las que nos sentimos perplejos e inseguros, como buscando una desconocida razón última para nuestros actos. Veo una distancia que separa al poeta de sus ilusiones y anhelos, que lo mantiene alejado de una dicha que se pierde y que los deseos quieren vivificar. El ir y venir de cada día se nos revela como una experiencia angustiada, entre deberes y actos de una gravedad absolutamente antimetafísica, densos en un sentido existencial primario. El poeta se mueve y observa y padece un mundo sin paisaje, hecho de ruidos y paredes y rostros y actos insustanciales, vivencias que la poesía no puede transformar porque son absolutamente auténticas. Veamos el poema "Fumador activo", elocuente en su realismo desnudo, sin vanas sublimaciones:
Buenas noches en pleno mediodía
si es que pueden conciliar el sueño
buenas noches, ciudad, quiero decir
recuerdo cada una de aquellas madrugadas
en que estuve sin deseo alguno
escuchando por ustedes a Air Supply
copiando un disco de zarzuela, revisando
unas líneas construidas con emoción
quiero decir, con emoción fingida
engendrando trabajosamente los domingos
libretos de radio, no los hijos.
En esa primera parte encontramos la rememoración de un conjunto de actos vacíos, una oscura historia personal de la que el poeta sabe que no puede escapar porque ha sido su vida. El uso de los gerundios insiste en la reiteración de esa conducta compulsiva, que se consume a sí misma sin posibilidades de trascendencia. En la segunda parte del poema, con la experiencia en el bar hórrido -Cibeles- donde nos / mezclamos con aquellos viejos / con el pelo azafrán, actores de comedia / devenidos actores de dramas colectivos, vemos otro espacio, el de los otros, sumergidos en el juego irónico de la simulación, de la irrealidad, de la máscara, y luego la espera de la fabulación, la espera de la invención de un mundo tristemente fantasioso y no menos sombrío en su pobreza irreal. En ocasiones el poeta vuelve a su pasado, como en "Camajuaní", en "Últimas horas", ayer que contrasta con un presente de emociones imprecisas, siempre enturbiadas por experiencias que el sujeto no alcanza a disfrutar, rápidas, acumuladas con extraña ansiedad, perturbadoras desde esa semiinconsciencia con que se nos cuentan. Lo cotidiano posee una dimensión terrestre de tal naturaleza que se aleja del mito, de cualquier fabulación que quiera sublimar los hechos más elementales. Este poemario de Sigfredo Ariel no quiere ser un cántico a la nostalgia ni a la alegría ni a los sueños del porvenir. Hay, sí, una triste rememoración de lo que ya se fue, pero no es un poemario de la memoria, sino de la existencia sin más, de nuestro sitio en la realidad. Su idioma está hecho de frases y adjetivos que delatan esa voluntad de mirar nuestro sitio sin ornamentos, sólo con sus objetos y espacios que integran el mundo de todos los días, con sus inauditas formas y sonoridades, percibidas por el poeta como entidades generadoras de su angustia ontológica y entre las cuales se busca a sí mismo. De las múltiples lecturas de este poemario prefiero la que me entrega el entorno deshecho y sombrío, con los signos de una gestualidad instintiva. En estas páginas transitamos por nuestra historia íntima y sentimos que su entorno es el de nuestra convivencia familiar. Las percepciones nos revelan las imágenes que día a día vemos integradas al diario vivir, pero sentidas de otra manera, al modo muy peculiar del poeta que nos entrega sus textos. Manos de obra nos llega en toda su autenticidad, testimonio legítimo de un estilo, de una forma de estar en la realidad, sin vanas sublimaciones, tantas veces sospechosas de otras lecturas menos felices. La lectura de este cuaderno se torna en ocasiones una experiencia árida, pero no por ello menos gratificante, en especial en aquellos momentos en que nos adentramos en pasajes de resonancia oscura, con signos que testimonian obsesiones e imágenes reiteradas, en apariencia disonantes con la conceptualización y las sensaciones más explícitas del texto. La poesía tiene la virtud -y este libro de Sigfredo Ariel la confirma- de mostrarnos zonas desconocidas de la realidad, posibilidades de intelección de nuestras vivencias y del suceder que otras escrituras no nos revelan, al menos no con la misma intensidad. En Manos de obra resuena un mundo que el poeta quiere reedificar con sus palabras, su mundo y el nuestro, pero rehecho desde una escritura en la que se integran los elementos de la realidad de una manera que sólo un poeta puede integrarlos. Veamos estos fragmentos de "Ah, si no tuviera la ambición":
Ah, si no tuviera la ambición de ese tímpano
qué iba a estar corriendo como ahora por la yerba
siempre a punto de caer dando bandazos en el alambre de los circos
qué iba a estar
por un solo raíl de un tren vertiginoso. Tenme la mano en paz, dulce león
tenme ese pájaro que va a estrellarse siempre. [...] Donde puse respirar bien
pon una espada de estaño. Donde abrían sus dos manos enormes
los padres celebrando que volviera
pon un pequeño barco hundido el sabor de su boca que se desvanecía. Ah, si mi paloma pudiera
contra el viento sur
que raspa la azotea
y mece los pesados anuncios
de neón si mi paloma pudiera
contra el viento
que triza la hojarasca
y reúne a los ahogados
en las desembocaduras.