Una de las enseñanzas que más recuerdo de mi relación de aprendiz de José Soler Puig fue su insistencia en que una novela, para alcanzar el nivel de la llamada alta literatura, debía formular preguntas sobre asuntos inquietantes, hacer dudar al lector sobre la cordura y la locura de la existencia, sacar a la luz la oscuridad poetizada de lo cotidiano, lo histórico o lo onírico, poner en evidencia los mundos posibles que escapaban de la realidad para convertirse en material novelable. Aseguraba Soler que el autor que lograra escribir bajo el signo de esa fórmula que él llamaba "universal" tendría agarrados por el cuello tanto al público especializado como al público que de casualidad llegaba al libro, sin estar preparado para una lectura compleja.
También hace tiempo descubrí que las fórmulas, en arte, son un desastre, pues cada creador las adapta y las convierte en una nueva fórmula, de acuerdo a su poética, a sus credos y a su formación intelectual.
Eso encontré en La mujer sentada, novela publicada recientemente por la editorial Letras Cubanas, en su Colección "La Novela". Su autor, Efraín Rodríguez Santana, ya hace mucho tiempo convenció a todos los que conocen su obra, en la isla y fuera de ella, de que es una de las voces poéticas más interesantes de quienes hoy escriben eso que llaman los críticos Poesía Cubana; y con esta obra, su segunda novela según hace constar el editor en la nota de contraportada, entra directo a ese Club de Poetas Vivos que hoy incursionan, con mucha suerte, por cierto, en el terreno de la novelística.
Un caleidoscopio. Esa es la primera palabra que me vino a la mente cuando terminé de leer La mujer sentada. Bajo esa perspectiva, la del caleidoscopio, podrán entenderse los múltiples planos de expansión narrativa, así como la complejidad de esta obra.
Por eso me gusta la nota que escribe para el libro la editora Ana Victoria Fon; pero creo que se queda absolutamente corta en cuanto a recoger (en apretadísima síntesis, lo sabemos) las propuestas formales y las preguntas que nos lanza el autor desde ese cuarto donde Doñina recrea (crea), maneja y sufre la vida de su familia.
Un caleidoscopio, vuelvo a decir: un túnel de paredes que se mueven y hacen cada vez de una misma historia la recreación posible de lo que pudo ser, de lo que sus protagonistas soñaron ser, de lo que llegaron a ser, realmente. Un caleidoscopio que asume la conocidísima historia de la madre tirana, posesiva, egoísta, que justifica su existencia y sus miedos y odios a partir de un supuesto amor enfermizo que destruye más que crear afectos, y que en el fondo no es más que eso: puro egoísmo. Artificio para otear a través de ese túnel de paredes movibles, giratorias, los hilos que lanza al mundo (como una tela de araña que todo lo atrapa) una versión cubanizada de Bernarda Alba, ambientada en el espacio neblinoso, en la atmósfera cargada de absurdo, irrealidad y aliento onírico con la que un Pailock eterno y etéreo coloca sus piezas en la realidad ficcionada desde la mentalidad de esta mujer, en lo que puede ser el homenaje más directo a la poética del Gran Ezequiel, Vieta aclaro, una de las figuras más injustamente olvidadas en la mayoría de los análisis que sobre la novela cubana se vienen realizando en los últimos años. Pailock, para dar fe de la intencionalidad del homenaje, aparece como un personaje en el mejor capítulo de La mujer sentada, el más hilarante, el de más desbordada ficcionalidad, el "capítulo mundo" que explica toda la novela: una larga conjunción de sueños que, con los ojos vendados, las hermanas se van contando unas a otras, inventando la historia que creían mejor de acuerdo a sus aspiraciones; historias de sueños donde Doñina, la madre, asume la pose de una Diosa Omnipresente, a pesar de los anhelos de liberación inventados por sus hijas. ¿Fueron sueños inventados? ¿Fue la realidad misma de los personajes, recreada? ¿Fue una invención más de Doñina que las sentó en un sitio, con los ojos vendados, a soñar? Nunca se sabe. La duda es fuente de controversia en este sentido: cualquiera de las respuestas a estas preguntas ofrece una perspectiva distinta, con matices diversos y distintos, sobre el mundo creado por el autor para que Doñina lo presida.
Más allá de la familia está la historia de la frustración: las hijas y los hijos de Doñina viven, frustrados, la rebeldía impotente del perdedor que sabe la lucha en vano; la Madre-Diosa-Mujer sentada en su trono traslada su frustración, sus resabios, su paranoia, a un marido muerto que también domina (¿existe ese Juan, padre de familia?, ¿realmente pertenece al mundo de los no vivos?, ¿qué razones de dependencia-libertad sostiene con Doñina a lo largo de la vida novelada?); respuestas develadas a trazos, entre breves capítulos, memorables todos, como aquel donde la Madona asiste a una teatrada de fusilamientos, o donde se defeca sobre las sábanas, consciente de que las heces agriaran las manos y la vida de la Marga y el hedor seducirá al fidelísimo Juan. Basten dos ejemplos.
Doñina no es simplemente Doñina. No es sólo esa mujer sentada que fabrica y define la vida de su familia desde un cuarto con una ventana cerrada, que únicamente se ha abierto alguna que otra vez, con la parsimonia y la frialdad calculadora de quien teje un largo vuelo de encaje falso para adornar unas vidas muertas, existencias fantasmagóricas que existen porque ella existe, porque ella las crea: todo ocurre porque y cuando ella lo desea y lo piensa. Doñina es uno de los grandes personajes de la novela cubana en los últimos treinta años. Y no exagero. La configuración psicológica de esta mujer: sumisa y rebelde, taimada y ocurrente, honesta y escabrosamente retorcida, excluyente y magnánima, tiránica y dulce, según los momentos que vive en la obra, es el más grande acierto de Efraín. Ha creado un personaje vivo más allá del propio escenario de la ficción narrativa. Y lo hace aprovechando dos recursos técnicos bien difíciles: el discurso de la conciencia múltiple y la estructuración fragmentada de la historia.
"Divina turbulencia", así llamó Herman Hesse a la unidad de estos recursos. El discurso de la conciencia en esta obra se hace evidente en las historias que, desde una omnisciencia buscada por Doñina (porque cree saber hasta el modo de pensar de los demás), establece la voz que rige el concierto.
El discurso de la conciencia múltiple sucede allí donde esa voz se aparta del cuerpo de la mujer sentada, sale del cuarto y asume el tono y el matiz de las otras voces que deambulan como zombies condenados a lo largo de la trama. Esa multiplicidad de voces es simplemente la voz matriz que secuestra palabras, sentimientos y sentidos de las voces subyugadas. La estructuración fragmentada de la historia, que responde también al ritmo particionado de la voz matriz, permite crear la sensación de independencia entre el universo de Doñina y los universos personales de sus hijos, creando una interdependencia vital para todas y cada una de las historias narradas.
En suma, La mujer sentada, de Efraín Rodríguez Santana, ha de convertirse (si la crítica no pasa por alto sus indudables aportes como lo hizo ya, y lo hace, con la obra a la cual rinde un merecido homenaje: la poética del Gran Ezequiel -Vieta, preciso-) en una de las novelas memorables de las últimas décadas. Sus aportaciones en el plano estructural, estético y de configuración de personajes al panorama actual de la novela cubana la iguala en calidad a joyas de nuestras letras como El polvo y el oro, de Julio Travieso, Tuyo es el reino, de Abilio Estévez y Al cielo sometidos, de Reynaldo González. Es, a fin de cuentas, una obra más que da fe de la multiplicidad estética de nuestras letras.