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Jesús David Curbelo: El lobo y el Centauro (1993-1994)
Enrique Saínz , 11 de junio de 2004

En Ediciones Capiro, de la Ciudad de Santa Clara, Cuba, apareció en 2001 el poemario El lobo y el centauro, de Jesús David Curbelo (Camagüey, 1965), con el que ganó el Premio Ser Fiel del año 2000 y el Premio de la Crítica del 2002. Este joven escritor, de una atendible y relativamente extensa obra, entre la que se cuentan los cuadernos de poemas Insomnios (1994), Salvado por la danza (1995), Libro de cruel fervor (1997), los relatos Cuentos para adúlteros (1995) y las novelas Inferno (1999) y Diario de un poeta recién cazado (1999), es además traductor de John Donne, de quien acaba de publicar una antología de poesía en la Editorial Arte y Literatura, de La Habana, en 2002. En la entrega que ahora comentamos, el autor se nos revela con una singular plenitud en la búsqueda de una poesía de intensidades y cuestionamientos del más alto linaje. La primera sección, "Las elegías del lobo", está precedida por una cita de Rilke, poeta raigal cuyo imaginario está en el centro de estas páginas de Curbelo. Poesía de meditaciones, de espacios, de objetos, de signos trascendentes y cotidianos, de muerte, de intemperie y de la conciencia de los límites. El lobo deambula y reflexiona, medita y mira, sabe y se pregunta, se transforma y muestra una sabiduría animal, limpia, vigorosa, de una fuerza primigenia y al mismo tiempo penetrante en la indescifrable problemática del bien y el mal. El animal percibe lo eterno y la presencia de Dios con una inocencia desconocida ya para el hombre. Entre los instintos y la lucidez se desarrolla la historia humana, hecha de horrores y sublimaciones, de miedos y de alegrías, de insomnios y de sueños. Diríase que las fuerzas primarias encarnadas en el lobo son capaces de alcanzar un conocimiento más hondo del destino, esa entidad desconocida hacia la que el hombre va por acciones que él mismo no acierta a comprender. El lobo comprende desde sí el suceder, sin necesidad de la palabra, ese "oscuro privilegio", como lo llama el lobo en la "Novena elegía". En todos estos textos el animal nos revela el sentido último del conocimiento desde esa otra mirada, la mirada que realmente es capaz de comprender por encima de las posibilidades del hombre. El animal rilkeano, el animal de los espacios y de la conciencia de la realidad como una armonía intuida, viene a adentrarnos en el conocimiento. Las diez elegías de esta primera parte del libro cantan la historia sórdida del hombre, sus miserias, su mundo de horrores y de presunciones, sus angustias por la sobrevida y la violencia. El animal relata los hechos que han sido nuestra vida y nos dice el destino de muerte que nos es consustancial. Estos poemas quieren comunicarnos la fuerza de los conflictos capitales de la historia del Hombre, una historia de barbarie en la que han predominado las fuerzas primarias sobre las fuerzas del espíritu. Esta primera parte del cuaderno posee un mayor aliento, los poemas son extensos y están pletóricos de alusiones múltiples, poesía que fluye sin medida, incontenible en la diversidad de referentes que la nutren. Véanse estos fragmentos de la "Novena elegía", paradigmáticos de esta sección por su riqueza conceptual y el manejo de las formas abiertas:

Los hombres aparecen rumiando sus miserias
y se inicia el desfile de la pérdida,
del vacío original, de la aspereza que los hace
suplirse eternamente.
Aún esconden el humo grasiento del arroz,
el cerdo borboteante entre las salsas,
los peces, los moluscos, los mariscos de un rojo peligroso,
el café acariciante que se posa en la encía como un pájaro manso.
[...]
¿Quiénes son si no está la disciplina
de dormir en los frescos corredores
de la cordialidad y el desamparo,
de cultivar el huerto en que la euforia extiende su cizaña,
de podar ese patio en que los duendes recrudecen el cerco?
¿A qué moral podrán decirse adscritos
si les faltan la espuma de fermentar los crímenes
y el agua tibia que los irá borrando como manchas de histeria,
si no poseen la suavidad del lecho,
las monedas escasas o abundantes,
la perenne ilusión de estar fundando mientras, a duras
penas, permanecen?
¡Ah, los hombres, los hombres, y su manía de las posesiones!
[...]
¡Ah, los hombres, los hombres que regresan de un
viaje no emprendido,
y se creen con derecho a las conquistas, a las constituciones
y las deudas contraídas por lástima,
como pago quizás del acto inútil de amontonar errores y conceptos
para no descubrir más oquedad que la ancestral nostalgia!
[...]

La segunda sección, "Los sonetos del centauro" -otra homología con Rilke: la primera sección, las elegías; la segunda, los sonetos-, es igualmente conceptuosa en la mesura de su estilo cerrado. Son las reflexiones de un hombre emergiendo de su condición animal, el hombre que se ha construido un mito: el diálogo posible con Dios, en la persona del Mesías. La primera sección se eleva finalmente hacia ese encuentro definidor, en busca de una ontología trascendente que ha de pasar, de manera insoslayable, por nuestra condición más elemental, que ha de pasar por la Historia con sus innumerables horrores y miserias. Las formas cerradas en las que se exponen las reflexiones del centauro están en consonancia con el ascenso espiritual que entraña su propia vida, despojándose lentamente de su condición bestial y volviendo su mirada hacia una realización más alta. El trabajo que realiza Curbelo con el soneto es magnífico en su elaboración cuidada y en la soltura y la calidad de algunas soluciones, virtudes que demuestran un dominio significativo de la mejor tradición del idioma desde Garcilaso. Leamos "El altar" para que observemos las calidades de esta sección en este soneto, en el que están expuestas asimismo las problemáticas esenciales del cuaderno, ejemplo de una poesía que difiere de las restantes líneas que exhibe hoy la literatura cubana escrita por poetas jóvenes:

Del alcázar de Dios, devoto, pendo,
acaricio su imagen de madera
como si a un árbol místico debiera
el espacio inármonico al que asciendo.
Aquí me vuelven versos, golpes, vidas
que ya no sé si las viví, o retornan
en el alud de dádivas que adornan
la cicuta del cerco y las salidas.
Maderas, vidrios, pieles: elementos
que mitigan mi abulia y mi sarcasmo,
En ellos voy. Sin ellos nada existe.
No pecaré de alzar mis monumentos
sobre el ruido de estar, sobre el marasmo
de no ser, cuando el Ser, tenaz, insiste.