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Un pequeño ajuste, o: No hay espacio para tantas letras
Amir Valle , 02 de julio de 2004
Acuso recibo de un colega: me ha escrito el poeta y novelista Emilio Comas Paret, y lo hace felicitándome por mi trabajo "De premios internacionales se trata", publicado hace unas semanas en este espacio "Perfiles". Lo más importante no es eso; también me recuerda un grupo de figuras de nuestras letras, básicamente en el terreno de la actual novelística, que obvié a la hora de escribir el citado artículo. Debo confesarlo: primero, me es imposible reunir en la brevedad que requieren mis comentarios toda la producción nacional que hace que se pueda hablar hoy de "Novelística" y por ello acudí a los nombres más mencionados internacionalmente; y segundo, porque obviamente por mucha información que uno posea, ante un fenómeno tan amplio como la literatura cubana, siempre quedan lagunas por llenar, vacíos por conocer.

Pero tiene razón: los entuertos pueden desfacerse, como diría nuestro clásico Cervantes, y eso pretendo en este comentario, aunque, en realidad, siga sin espacio para tantas letras como nacen cada día a todo lo largo del país.

En ese ruedo, un destacado papel corresponde a la generación a la cual se refiere mi amigo Emilio Comas Paret, que, por cierto, aún cuando están actuantes y con resultados muy positivos, no aparece (o aparece poco) en casi ningún ruedo de la crítica cubana o en la boca de los conferencistas encargados de "conferenciar" sobre la narrativa cubana, preocupación que con toda razón me plantea.

Pero ahí está Julio Travieso y su ya clásico El polvo y el Oro; o Gustavo Eguren que, luego de una amplísima obra, acaba de publicar De sombras y apariencias; o Gregorio Ortega con su Villa Adelaida y esa interesante visión de la historia en Juego de espejos; o Noel Navarro, oculto pero con éxitos internacionales y alejado de toda la alharaca a la que acostumbran otros escritores en los escenarios de la isla y el exterior; o Daniel Chavarría, que acaba de obtener el premio Edgar en los Estados Unidos a la mejor obra traducida de autor latinoamericano en el género de novela negra con su Adiós, muchachos; o Guillermo Rodríguez Rivera, que acaba de terminar una novela que muchos han anticipado será un suceso; o el difunto Guillermo Prieto, uno de los narradores más interesantes y sólidos de toda la literatura de los últimos cincuenta años, que publicó su novela La casa está vacía con excelentes búsquedas formales y un tema contemporáneo; o el propio Comas Paret con El dulce amargo de la desesperación; o Francisco de Oráa con aquella magistral y rarísima novela La parte oscura, que todavía tiene pensando a muchos lectores y a los pocos críticos que han osado atreverse a su análisis; o Humberto Arenal, con varias novelas de primer impacto y mejor suerte en la escena crítica que otros de sus colegas; o  Marta Rojas, que empezara en el ámbito novelado con El columbio del rey Spencer y llevara propuestas interesantes en el tratamiento de la erótica en Santa lujuria; o la poetisa Cira Andrés, con su novela sobre La Avellaneda; o Agustín de Rojas y su magistral El publicano; o las novelas de alguien que, desde lejos, en Suecia, escribe sobre una Cuba muy nuestra: René Vázquez Díaz y La isla del cundeamor, publicada hace poco por la editorial Letras Cubanas, hasta llegar a ese clásico vivo que es Reynaldo González, autor de la también clásica Al cielo sometidos; y hasta Antón Arrufat, en esa visión particular de lo cubano que es La noche del aguafiestas.

Más allá de las generaciones, puede hablarse de las novelas La mujer sentada, de Efraín Rodríguez Santana, uno de los más novedosos e interesantes acercamientos al tema de la familia en los últimos años de nuestra novela; o Los cuervos y La saga del perseguido, de Guillermo Vidal; o El paseante Cándido, tan inquietante, de Jorge Ángel Pérez; o Irish Coffee, de Alejandro Álvarez Bernal; o Fake, de Alberto Garrandés, en lo que se constituye una propuesta estética de este narrador y crítico; o El libro de la realidad, de Arturo Arango; o Los palacios distantes, de Abilio Estévez (otra vez con una obra de madurez); o las novelas por salir de Aida Bahr (Las voces y los ecos); Alejandro Aguilar (En el mismo barco); Raúl Antonio Capote (El adversario); Miguel Terry  Valdespino (Carne de cambio), Reinaldo Montero (Las afinidades), entre otras; o todo ese listado amplísimo de novelas cortas aparecidas y por aparecer en los sellos editoriales de provincia, que corren peor suerte que esas otras que se publican en las grandes casas editoras del país, entre las cuales acabo de disfrutar La arena que nos vistió, de un narrador que ya es una realidad (aunque algunos se empeñen en verlo como una promesa), Vasily Mendoza.

He mencionado otra vez, a riesgo de olvidar, un grupo de escritores que se han acercado a la novela y ya tienen obras publicadas en ese difícil género. Es posible que en unos días reciba otro email donde alguien (ojalá otro amigo) me diga "olvidaste tal cosa, o tal nombre, o tal premio internacional". Así es de rica la literatura cubana. Y ya lo he dicho: más allá de tendencias, de estilos, de promociones, de generaciones, de clasificaciones absurdas en "vacas sagradas", "promesas", "jóvenes escritores", "consagrados", la vitalidad de nuestras letras se halla en la conjunción de todas esas voces dentro de un concierto mayor en el cual todos tienen espacio, sin competencias, sin codazos ni cabezazos (aunque también algunos pretendan hacer ver que es de ese modo).

Lo cierto es bien simple: la narrativa cubana está hoy en uno de sus mejores momentos. Puede decirse: la narrativa cubana, luego de varios años de ascenso, está hoy en la cima y desde allí lanza señales a otras narrativas que en este mismo lado del mundo recuerdan la fortaleza de la escritura latinoamericana dentro del género. No se trata de un nuevo boom. No se trata de otro invento de quienes venden los libros y el talento de nuestros escritores. Es la realidad de una época narrada por sus protagonistas, de una novelística que florece en lugares donde la tradición así lo ha permitido, pues no hay que olvidar que la explosión actual también mucho debe a esos que cada vez más están en el pasado (por el tiempo y los años transcurridos) y junto a nosotros (por la permanencia de su obra).