La relativamente larga permanencia de Martí en el extranjero fue una experiencia sin duda enriquecedora por el conocimiento que le permitió alcanzar de hombres y mujeres de diversa naturaleza y procedencia intelectual y social. Fueron estancias que lo marcaron de muchas maneras, estancias en grandes centros urbanos de Europa, de Estados Unidos y de la América inglesa e hispana. Allá pudo penetrar en la condición humana y medir las calidades disímiles de quienes trató; amplió sus lecturas y con ellas ensanchó sus horizontes espirituales, movido por la intensa pasión del conocimiento que desde niño lo animó; allá aprendió cuán dolorosa es la vida y cuán plena cuando se trabaja por la consecución de ideales como los suyos. Esa gran lección tuvo un primer momento para Martí en la prisión, donde sufrió hasta lo indecible, inicio tremendo para un joven que apenas comenzaba a vivir. En los últimos días de su vida, cuando salió dispuesto a realizar el recorrido que lo traería a Cuba para integrarse a la guerra liberadora que él había venido preparando desde hacía años con los mayores esfuerzos y sacrificios y con tenacidad ejemplar, en esos días que demoró el tránsito desde Montecristi hasta Dos Ríos, donde el 19 de mayo de 1895 entregaría su vida por la libertad de Cuba, fue un lapso que podríamos considerar como de integración absoluta, de consumación de un destino. Son los días en que escribe sus diarios, páginas que trascienden, en el caso de Martí, su definición convencional para entregarnos la mirada total, esa mirada en la que percibimos un regreso a las fuerzas primigenias, un regreso a los orígenes. La naturaleza de nuestras tierras es el entorno ahora de este hombre único en la cultura cubana. Naturaleza virgen, pletórica, de una sobreabundancia que no le viene de su grandeza física ni de su majestuosidad, sino precisamente de sus mesuradas proporciones, pues esa misma mesura es suficiente en sí misma para permitirnos experimentar la sensación de su riqueza. Martí transita por bosques, atraviesa ríos, se adentra en la maleza, recibe el baño magnífico de la lluvia, es envuelto por la inmensidad de la noche, ve la espléndida luz de nuestro sol, siente el airecillo suave y oye el rumor del mar y de los animales, todo ello tan inmenso y grandioso como en la más desmesurada naturaleza de cualquier parta del planeta. Puede afirmarse que en estos diarios, en especial en el de Cabo a Haitiano Dos Ríos, se nos revela un momento crucial de su breve e intensa existencia, pero no porque esté próximo a morir, sino porque ahora ha llegado a un diálogo más hondo con la vida desde sus fuentes, desde el nacimiento mismo del ser, un diálogo en el que están presentes todos los conocimientos anteriores adquiridos por Martí en sus vastísimas lecturas de todo orden y en sus relaciones humanas, disueltos ahora en la totalidad más genuinamente real. A lo largo de estos apuntes vemos que el autor integra el acontecer con su sentido, como si viese en ello la razón última. Hemos entrado en esas realidades de la mano de este hombre acumulativo, en el que encarnan las más altas virtudes de nuestra historia y de nuestra identidad, y él nos revela entonces qué tenemos realmente, cómo vivimos por naturaleza, desde muy adentro, un adentro que es, a la vez, la desolada intemperie. En Lo cubano en la poesía (1958), libro capital de nuestra sensibilidad, Vitier nos dice, con su sagacidad de siempre, lo siguiente a propósito de lo que venimos apuntando: [...] los hombres comunes, oscuros, que nos pinta Martí (a veces de un solo trazo), están, rigurosamente hablando, a la intemperie. Sentimos que nada los abriga, que ningún escudo (llámese catolicismo, nacionalismo o simple regionalismo) los protege. Sólo el misterio del calor humano les da un poco de sombra. [...] El Diario está lleno de ojos que centellean, de gestos de fina y pudorosa reverencia, de cortesías recias y veladas. Pero en el machetazo que degüella a la jutía, está la intemperie cruda, destemplada y sin amparo de lo cubano.
En esas observaciones llegamos a comprender qué vio Martí en aquellos días de ansiedad y tránsito hacia la empresa mayor de su vida. En algunos momentos nos dice que él trataba de distanciarse del afecto que le brindaban, quiso cumplir cabalmente la acción de pasar, gesto que pone de manifiesto una recia voluntad de sacrificio. En esos instantes definitivos quiere impedir toda comunión afectiva honda para poder llegar más solo al sacrificio de ofrendar su vida. Ya Vitier había visto ese rasgo esencial de estos escritos rápidos, cuando señala a propósito del carácter del cubano: Pero en sus relaciones, aun estrechadas por la tensión del peligro y la comunidad del ideal patriótico, percibimos un peculiar despego. El mismo modo de querer, de ser cariñoso, es en el fondo como cálida o suavemente huraño, como provisional, como despegado. [...] Así en el Diario halamos la ternura viril, la fineza natural en el trato, la devoción estremecida, la hospitalidad hermosa del cubano, pero sentimos también su fondo de despego ardiente (porque no se trata de frialdad o indiferencia), el rescoldo siempre vivo de su soledad ontológica.
Esa manera es también característica de Martí, como ya señalamos. No puede, en trance semejante, ir hasta el fondo en el diálogo con aquellos hombres y mujeres que lo rodean y con los que viene a la lucha, pues el apremio de esos instantes no son para otra cosa que para alcanzar la libertad. Pero es significativo que también en Martí aparezca ese rasgo, esa imposibilidad, aunque sea como una decisión plenamente consciente. Él es el hombre central no sólo de esos días, sino de todos los años precedentes de preparación de la guerra, y sin embargo prefiere quedarse con su soledad última. Cuando llega a Playitas nos dice Martí: "Salto. Dicha grande", como quien ha esperado ese momento supremo dejando todo lo demás detrás, su vida entera, desentendida de lo que no sea esa llegada. Es el hombre despojado de los bienes, desnudo, solo, sin nada ni nadie, a pesar de que viene con otros y se unirá al ejército libertador. Los diarios tienen la singularísima virtud de recoger al Martí íntegro, plenamente hecho, conformado al final de sus días por ese contacto extraordinario con los hombres y la naturaleza de Cuba, vivencia suprema a la que llega después de otros viajes, lecturas innumerables, amores, tareas, escrituras diversas. De niño había visto nuestros campos y en ellos había tenido los primeros brotes de rebeldía ante aquella escena de muerte que lo conmovió y contribuyó de manera sustancial a forjar en él la sed de justicia que siempre lo alimentó. Vuelve de nuevo a la naturaleza insular para culminar en ella su acumulación prodigiosa de hombre cabal, hombre que ha crecido y se ha hecho desde la patria. Vitier califica esa entrada de Martí en esa realidad de la manera siguiente: "Este Diario significa el primer contacto inmediato del espíritu, en el trance supremo del sacrificio, con nuestra naturaleza y nuestros hombres." Y más adelante: "Él es el primero entre nosotros que, asumiéndolo desde la raíz, posee al destino. Por eso está capacitado para que nuestra naturaleza y nuestro hombre reciban de su mirada la iluminación espiritual". Esa obra está, pues, en el centro mismo de nuestra historia y de nuestra identidad. Diríase que de sus páginas irradia un modo de ser en el que la naturaleza y el hombre se fusionan de un modo consustancial, libre y fecundo. En estos diarios hay elementos primordiales de la cultura que día a día nos alimenta y nos cohesiona.