Hace unos doscientos años, comenzó a adueñarse de la imaginación de Europa la
idea de que la verdad es algo que se construye en vez de algo que se halla. La
Revolución Francesa había mostrado que la totalidad del léxico de las relaciones
sociales, y la totalidad del espectro de las instituciones sociales, podían
sustituirse casi de la noche a la mañana. Este precedente hizo que, entre los
intelectuales, los utopistas políticos fueran la regla más que la excepción. Los
utopistas políticos dejan a un lado tanto las cuestiones referentes a la
voluntad de Dios como las referentes a la naturaleza del hombre, y sueñan con
crear una forma de sociedad hasta entonces desconocida. Más o menos al mismo
tiempo, los poetas románticos mostraban qué es lo que ocurre cuando no se
concibe ya el arte como una imitación, sino más bien como una creación del
artista. Los poetas reclamaban para el arte el lugar que en la cultura
tradicionalmente habían ocupado la religión y la filosofía, el lugar que la
Ilustración había reclamado para la ciencia. El precedente que los románticos
fijaron dio a su reclamo una inicial plausibilidad. El verdadero papel que han
desempeñado las novelas, los poemas, las obras de teatro, las pinturas, las
estatuas y la arquitectura en los movimientos sociales del último siglo y medio,
le ha conferido una plausibilidad aún mayor. Ahora esas dos tendencias han
aunado fuerzas y han alcanzado la hegemonía cultural. Para la mayor parte de los
intelectuales contemporáneos, las cuestiones referentes a fines frente a medios
--las cuestiones acerca del modo de dar sentido a la propia vida y a la propia
comunidad-- son cuestiones de arte o de política, o de ambas cosas, antes que
cuestiones de religión, de filosofía o de ciencia. Este desarrollo ha conducido
a una escisión dentro de la filosofía. Algunos filósofos han permanecido fieles
a la Ilustración, y siguen identificándose con la causa de la ciencia. Ven la
antigua lucha entre la ciencia y la religión, entre la razón y la sinrazón, como
una lucha que aún pervive y ha tomado ahora la forma de una lucha entre la razón
y todas aquellas fuerzas que, dentro de la cultura, conciben a la verdad como
una cosa que se encuentra más que una cosa que se halla. Esos filósofos
consideran a la ciencia como la actividad humana paradigmática, e insisten en
que la ciencia natural descubre la verdad, no la hace. Estiman que «hacer la
verdad» es una expresión meramente metafórica y que induce a error. Conciben a
la política y al arte como esferas en las que la noción de «verdad» está fuera
de lugar. Otros filósofos, advirtiendo que el mundo tal como lo describen las
ciencias físicas no nos enseña ninguna lección moral, no nos proporciona ningún
consuelo espiritual, han llegado a la conclusión de que la ciencia no es más que
la sirvienta de la tecnología. Estos filósofos se han alineado con los utopistas
políticos y con los artistas innovadores. Mientras que los filósofos de la
primera especie contraponen «el riguroso hecho científico» a lo «subjetivo» o a
la «metáfora», los de la segunda especie ven a la ciencia como una actividad
humana más, y no como el lugar en el cual los seres humanos se topan con una
realidad «rigurosa», no humana. De acuerdo con esta forma de ver, los grandes
científicos inventan descripciones del mundo que son útiles para predecir y
controlar los acontecimientos, igual que los poetas y los pensadores políticos
inventan otras descripciones del mundo con vistas a otros fines. Pero en ningún
sentido constituye alguna de esas descripciones una representación exacta de
cómo es el mundo en sí mismo. Estos filósofos consideran insustancial la idea
misma de una representación semejante. Si nunca hubieran existido más que los
filósofos del primer tipo, esto es, aquellos cuyo héroe es el científico
natural, probablemente jamás habría existido una disciplina autónoma llamada
«filosofia»: una disciplina que se distingue tanto de las ciencias como de la
teología y de las artes. La filosofía, así concebida, no tiene más de dos siglos
de existencia. Le debe esa existencia a los intentos de los idealistas alemanes
de poner a las ciencias en su lugar y de conferir un sentido claro a la idea de
que los seres humanos no hallan la verdad, sino que la hacen. Kant quiso relegar
la ciencia al ámbito de una verdad de segundo orden: la verdad acerca del mundo
fenoménico. Hegel se propuso concebir la ciencia natural como una descripción
del espíritu que aún no se ha vuelto plenamente consciente de su propia
naturaleza espiritual, y elevar con ello a la jerarquía de verdad de primer
orden la que ofrecen el poeta y el político revolucionario. No obstante, el
idealismo alemán constituyó un compromiso efímero e insatisfactorio. Porque en
su rechazo de la idea de que la verdad está «ahí afuera» Kant y Hegel se
quedaron a mitad de camino. Estaban dispuestos a ver el mundo de la ciencia
empírica como un mundo hecho: a ver la materia como algo construido por la mente
o como consistente en una mente que no era lo bastante consciente de su propio
carácter mental. Pero continuaron entendiendo la mente, el espíritu, las
profundidades del yo humano, como una cosa que poseía la naturaleza intrínseca:
una naturaleza que podía ser conocida por medio de una superciencia no empírica
denominada filosofía. Ello quería decir que sólo la mitad de la verdad --la
mitad inferior, científica-- era una verdad hecha. La verdad más elevada, la
verdad referente a la mente, el ámbito de la filosofía, era aún objeto de
descubrimiento, y no de creación. Lo que ocurría, y lo que los idealistas no
fueron capaces de concebir, fue el rechazo de la idea misma de que algo --mente
o materia, yo o mundo-- tuviese una naturaleza intrínseca que pudiera ser
expresada o representada. Porque los idealistas confundieron la idea de que nada
tiene una naturaleza así con la idea de que el espacio y el tiempo son irreales,
que los seres humanos causan la existencia del mundo espacio-temporal. Hay que
distinguir entre la afirmación de que el mundo está ahí afuera y la afirmación
de que la verdad está ahí afuera. Decir que el mundo está ahí afuera, creación
que no es nuestra, equivale a decir, en consonancia,con el sentido común, que la
mayor parte de las cosas que se hallan en el espacio y el tiempo son los efectos
de causas entre las que no figuran los estados mentales humanos. Decir que la
verdad no está ahí afuera es simplemente decir que donde no hay proposiciones no
hay verdad, que las proposiciones son elementos de los lenguajes humanos, y que
los lenguajes humanos son creaciones humanas. La verdad no puede estar ahí
afuera --no puede existir independientemente de la mente humana-- porque las
proposiciones no pueden tener esa existencia, estar ahí afuera. El mundo está
ahí afuera, pero las descripciones del mundo no. Sólo las descripciones del
mundo pueden ser verdaderas o falsas. El mundo de por sí --sin el auxilio de las
actividades descriptivas de los seres humanos-- no puede serlo. La idea de que
la verdad, lo mismo que el mundo, está ahí afuera es legado de una época en la
cual se veía al mundo como la creación de un ser que tenía un lenguaje propio.
Si desistimos del intento de dar sentido a la idea de tal lenguaje no humano, no
incurriremos en la tentación de confundir la trivialidad de que el mundo puede
hacer que tengamos razón al creer que una proposición es verdadera, con la
afinnación de que el mundo, por su propia iniciativa, se descompone en trozos,
con la forma de proposiciones, llamados «hechos». Pero si uno se adhiere a la
noción de hechos autosubsistentes, es fácil empezar a escribir con mayúscula la
palabra «verdad » y a tratarla como algo que se identifica con Dios o con el
mundo como proyecto de Dios. Entonces uno dirá, por ejemplo, que la Verdad es
grande, y que triunfará. Facilita esa fusión el hecho de limitar la atención a
proposiciones aisladas frente a léxicos. Porque a menudo dejamos que el mundo
decida allí donde compiten proposiciones alternativas (por ejemplo, entre «Gana
el rojo», y «Gana el negro», o entre «Lo hizo el mayordomo» o «Lo hizo el
doctor»). En tales casos es fácil equiparar el hecho de que el mundo contiene la
causa por la que estamos justificados a sostener una creencia, con la afirmación
de que, determinado estado no lingüístico del mundo es en sí una instancia de
verdad, o que determinado estado de ese carácter «verifica una creencia» --por
«corresponder» con ella. Pero ello no es tan fácil cuando de las proposiciones
individualmente consideradas pasamos a los léxicos como conjuntos. Cuando
consideramos ejemplos de juegos del lenguaje alternativos --el léxico de la
política de la Atenas de la Antigüedad versus el de Jefferson, el léxico moral
de san Pablo versus el de Freud, la terminología de Newton versus la de
Aristóteles, la lengua de Blake versus la de Dryden-- , es difícil pensar que el
mundo haga que uno de ellos sea mejor que el otro, o que el mundo decida entre
ellos. Cuando la noción de «descripción del mundo» se traslada desde el nivel de
las proposiciones reguladas por un criterio en el seno de un juego del lenguaje,
a los juegos del lenguaje como conjuntos, juegos entre los cuales no elegimos
por referencia a criterios, no puede darse ya un sentido claro a la idea de que
el mundo decide qué descripciones son verdaderas y cuáles son falsas. Resulta
difícil pensar que el léxico sea algo que está ya ahí afuera, en el mundo, a la
espera de que lo descubramos. El prestar atención (de la forma que lo hacen los
cultivadores de la historia intelectual como Thomas Kuhn y Quentin Skinner) a
los léxicos en los que se formulan las proposiciones antes que a las
proposiciones consideradas individualmente, hace que caigamos en la cuenta, por
ejemplo, de que el hecho de que el léxico de Newton nos permita predecir el
mundo más fácilmente de lo que lo hace el de Aristóteles, no quiere decir que el
mundo hable newtonianamente. El mundo no habla. Sólo nosotros lo hacemos. El
mundo, una vez que nos hemos ajustado al programa de un lenguaje, puede hacer
que sostengamos determinadas creencias. Pero no puede proponernos un lenguaje
para que nosotros lo hablemos. Sólo otros seres humanos pueden hacerlo. No
obstante, el hecho de advertir que el mundo no nos dice cuáles son los juegos
del lenguaje que debemos jugar, no debe llevarnos a afirmar que es arbitraria la
decisión acerca de cuál jugar, ni a decir que es la expresión de algo que se
halla en lo profundo de nosotros. La moraleja no es que los criterios objetivos
para la elección de un léxico deban ser reemplazados por criterios subjetivos,
que haya que colocar la voluntad o el sentimiento en el lugar de la razón. Es,
más bien, que las nociones de criterio y de elección (incluida la elección
«arbitraria») dejan de tener sentido cuando se trata del cambio de un juego del
lenguaje a otro. Europa no decidió aceptar el lenguaje de la poesía romántica,
ni el de la política socialista, ni el de la mecánica galileana. Las mutaciones
de ese tipo no fueron un acto de la voluntad en mayor medida que el resultado de
una discusión. El caso fue, más bien, que Europa fue perdiendo poco a poco la
costumbre de emplear ciertas palabras y adquirió poco a poco la costumbre de
emplear otras. Como argumenta Kuhn en The Copernican Revolution, no fue sobre la
base de observaciones telescópicas o sobre la base de alguna otra cosa como
decidimos que la Tierra no era el centro del universo, que la conducta
macroscópica podía explicarse a partir del movimiento microestructural, y que la
principal meta de la teorización científica debía ser la predicción y el
control. En lugar de eso, después de cien años de estéril confusión, los
europeos se sorprendieron a sí mismos hablando de una forma tal que daba por
sentadas esas tesis solapadas. Los cambios culturales de esa magnitud no
resultan de la aplicación de criterios (o de una «decisión arbitraria»), como
tampoco resulta de la aplicación de criterios o de actes gratuits el que los
individuos se vuelvan teístas o ateos, o cambien de cónyuge o de círculo de
amistades. En tales cuestiones no debemos buscar criterios de decisión en
nosotros mismos, como tampoco debemos buscarlos en el mundo. La tentación de
buscar criterios es una especie de la tentación, más general, de pensar que el
mundo, o el ser humano, poseen una naturaleza intrínseca, una esencia. Es decir,
es el resultado de la tentación de privilegiar a uno de los muchos lenguajes en
los que habitualmente describimos el mundo, o nos describimos a nosotros mismos.
Mientras pensemos que existe alguna relación denominada «adecuación al mundo» o
«expresión de la naturaleza real del yo», que puedan poseer, o de las que puedan
carecer, los léxicos considerados como un todo, continuaremos la tradicional
búsqueda filosófica de un criterio que nos diga cuáles son los léxicos que
tienen ese deseable rasgo. Pero si alguna vez logramos reconciliarnos con la
idea de que la realidad es, en su mayor parte, indiferente a las descripciones
que hacemos de ella, y que el yo, en lugar de ser expresado adecuada o
inadecuadamente por un léxico, es creado por el uso de un léxico, finalmente
habremos comprendido lo que había de verdad en la idea romántica de que la
verdad es algo que se hace más que algo que se encuentra. Lo que de verdadero
tiene esa afirmación es, precisamente, que los lenguajes son hechos, y no
hallados, y que la verdad es una propiedad de entidades língüísticas, de
proposiciones.(1) Puedo resumir esto reformulando lo que, a mi modo de ver,
llegaron a hallar hace dos siglos los revolucionarios y los poetas. Lo que se
vislumbraba a finales del siglo XVIII era la posibilidad de hacer que cualquier
cosa pareciese buena o mala, importante o insignificante, útil o inútil,
redescribiéndola. Aquello que Hegel describe como el proceso del espíritu que
gradualmente se vuelve consciente de su naturaleza intrínseca, puede ser
descrito más adecuadamente como el proceso por el cual las prácticas
lingüísticas europeas cambiaban a una velocidad cada vez mayor. El fenómeno que
describe Hegel es el de un número cada vez mayor de personas que ofrecen
redescripciones más radicales de un mayor número de cosas que antes; el de
personas jóvenes que atraviesan media docena de cambios en su configuración
espiritual antes de alcanzar la adultez. Lo que los románticos expresaban al
afirmar que la imaginación, y no la razón, es la facultad humana fundamental era
el descubrimiento de que el principal instrumento de cambio cultural es el
talento de hablar de forma diferente más que el talento de argumentar bien. Lo
que los utopistas políticos han percibido desde la Revolución Francesa no es que
una naturaleza humana subyacente y perenne hubiese estado anulada o reprimida
por instituciones sociales «innaturales» o «irracionales», sino que el cambio de
lenguajes y de otras prácticas sociales pueden producir seres humanos de una
especie que antes nunca había existido. Los idealistas alemanes, los
revolucionarios franceses y los poetas románticos tenían en común la oscura
percepción de que seres humanos cuyo lenguaje cambió de forma tal que ya no
hablaban de sí mismos como sujetos a poderes no humanos, se convertían con ello
en un nuevo tipo de seres humanos. La dificultad que afronta un filósofo que,
como yo, simpatiza con esa idea --y que se concibe a sí mismo asistente del
poeta antes que del físico--, es la de evitar la insinuación de que aquella idea
capta algo que es correcto, que una filosofía como la mía corresponde a la forma
de ser realmente las cosas. Porque hablar de correspondencia significa volver a
la idea de la que un filósofo así desea desembarazarse: la idea de que el mundo
o el yo tienen una naturaleza intrínseca. Desde nuestro punto de vista, explicar
el éxito de la ciencia o la deseabilidad del liberalismo político diciendo que
«se ajustan al mundo», o que «expresan la naturaleza humana», equivale a
expresar por qué el opio lo hace a uno dormir refiriéndose a su virtud
dormitiva. Decir que el léxico de Freud capta la verdad de la naturaleza humana,
o que el de Newton capta la verdad de los cielos, no es explicar nada. Es
únicamente un cumplido sin contenido: un cumplido tradicionalmente hecho a los
escritores cuya jerga hemos encontrado útil. Decir que no hay una cosa tal como
una naturaleza intrínseca no es decir que la naturaleza intrínseca de la
realidad ha resultado ser --sorprendentemente-- extrínseca. Decir, que
debiéramos excluir la idea de que la verdad está ahí afuera esperando ser
descubierta no es decir que hemos descubierto que, ahí afuera, no hay una
verdad.(2) Es decir que serviría mejor a nuestros propósitos dejar de considerar
la verdad como una cuestión profunda, como un tema de interés filosófico, o el
término «verdad» como un término susceptible de «análisis». «La naturaleza de la
verdad» es un tema infructuoso, semejante en este respecto a «la naturaleza del
hombre» o «la naturaleza de Dios», y distinto de «la naturaleza del positrón» y
de «la naturaleza de la fijación edípica». Pero esta afirmación acerca de su
utilidad relativa, a su vez, es sólo la recomendación de que en realidad decimos
poco acerca de esos temas, y véase cómo adelantamos. De acuerdo con la
concepción de esos temas que estoy presentando, no se les debiera solicitar a
los filósofos argumentos contra --por ejemplo-- la teoría de la verdad como
correspondencia o contra la idea de la « naturaleza intrínseca de la realidad».
La dificultad que se asocia a los argumentos en contra del empleo de un léxico
familiar y consagrado por el tiempo, es que se espera que se los formule en ese
mismo léxico. Se tiene la expectativa de que muestren que los elementos
centrales de ese léxico son «inconsistentes en sus propios términos» o que «se
destruyen a sí mismos». Pero nunca puede mostrarse eso. Todo argumento según el
cual el uso que corrientemente hacemos de un término corriente es vacío, o
incoherente, o confuso, o vago, o «meramente metafórico», es forzosamente
estéril, e involucra una petición de principio. Porque un uso así es, después de
todo, el paradigma de un habla coherente, significativa, literal. Tales
argumentos dependen de afirmaciones según las cuales se dispone de léxicos
mejores, o son una abreviatura de afirmaciones así. Raramente una filosofía
interesante consiste en el examen de los pro y los contra de una tesis. Por lo
común es implícita o explícitamente una disputa entre un léxico establecido que
se ha convertido en un estorbo y un léxico nuevo y a medio formar que vagamente
promete grandes cosas. Este último «método» de la filosofía es igual al «método»
de la política utópica o de la ciencia revolucionaria (como opuestas a la
política parlamentaria o a la ciencia normal). El método consiste en volver a
describir muchas cosas de una manera nueva hasta que se logra crear una pauta de
conducta lingüística que la generación en ciernes se siente tentada a adoptar,
haciéndoles así buscar nuevas formas de conducta no lingüística: por ejemplo, la
adopción de nuevo equipamiento científico o de nuevas instituciones sociales.
Este tipo de filosofía no trabaja pieza a pieza, analizando concepto tras
concepto, o sometiendo a prueba una tesis tras otra. Trabaja holística y
pragmáticamente. Dice cosas como: «Intenta pensar de este modo», o, más
específicamente, «Intenta ignorar las cuestiones tradicionales, manifiestamente
fútiles, sustituyéndolas por las siguientes cuestiones, nuevas y posiblemente
interesantes». No pretende disponer de un candidato más apto para efectuar las
mismas viejas cosas que hacíamos al hablar a la antigua usanza. Sugiere, en
cambio, que podríamos proponernos dejar de hacer esas cosas y hacer otras. Pero
no argumenta en favor de esa sugerencia sobre la base de los criterios
precedentes comunes al viejo y al nuevo juego del lenguaje. Pues en la medida en
que el nuevo lenguaje sea realmente nuevo, no habrá tales criterios. De acuerdo
con mis propios preceptos, no he de ofrecer argumentos en contra del léxico que
me propongo sustituir. En lugar de ello intentaré hacer que el léxico que
prefiero se presente atractivo, mostrando el modo en que se puede emplear para
describir diversos temas. Más específicamente, en este capítulo describiré la
obra de Donald Davidson en el terreno de la filosofía del lenguaje como la
manifestación de una buena disposición para excluir la idea de una « naturaleza
intrínseca », una buena disposición para hacer frente a la contingencia del
lenguaje que empleamos. En los capítulos posteriores intentaré mostrar el modo
en que el reconocimiento de esa contingencia nos lleva a reconocer la
contingencia de la consciencia, y el modo en que ambos reconocimientos nos
conducen a una imagen del progreso moral e intelectual como historia de
metáforas cada vez más útiles antes que como comprensión cada vez mayor de cómo
son las cosas realmente. Comienzo, en este primer capítulo, con la filosofía del
lenguaje porque deseo examinar las consecuencias de mi afirmación de que sólo
las proposiciones pueden ser verdaderas, y de que los seres humanos hacen las
verdades al hacer los lenguajes en los cuales se formulan las proposiciones. Me
centraré en la obra de Davidson porque es el filósofo que más ha hecho por
explorar esas consecuencias.(3) El tratamiento que Davidson hace de la verdad se
enlaza con su tratamiento del aprendizaje del lenguaje y de la metáfora para
formar el primer tratamiento sistemático del lenguaje que rompe completamente
con la noción del lenguaje como algo que puede mantener una relación de
adecuación o de inadecuación con el mundo o con el yo. Porque Davidson rompe con
la noción de que el lenguaje es un medio: un medio o de representación o de
expresión. Puedo aclarar lo que entiendo por «medio» señalando que la imagen
tradicional de la situación humana no ha presentado a los seres humanos como
simples redes de creencias y de deseos, sino como seres que tienen esos deseos y
esas creencias. De acuerdo con la concepción tradicional, existe un núcleo que
es el yo, el cual puede considerar tales creencias y deseos, decidir entre
ellos, emplearlos, o expresarse por medio de ellos. Además, esas creencias y
esos deseos pueden ser juzgados no sólo simplemente en relación con su capacidad
de adaptación recíproca, sino en relación con algo exterior a la red de la cual
son hilos. De acuerdo con esta concepción, las creencias son susceptibles de
crítica si no se corresponden con la realidad. Los deseos son susceptibles de
crítica si no se corresponden con la naturaleza esencial del yo humano: por ser
«irracionales» o «innaturales». Tenemos así la imagen del núcleo esencial del yo
en un extremo de esta red de creencias y de deseos, y la realidad en el otro
extremo. De acuerdo con esta imagen, la red es el producto de una interacción
entre ambos, y alternativamente expresa al uno y representa al otro. Esa es la
imagen tradicional del sujeto y el objeto, imagen que el idealismo intentó, sin
éxito, sustituir, y que Nietzsche, Heidegger, Derrida, James, Dewey, Goodman,
Sellars, Putnam, Davidson y otros han intentado sustituir sin enredarse en las
paradojas de los idealistas. Una fase de ese esfuerzo de sustitución consistió
en el intento de colocar «lenguaje» en lugar de «mente» o de «consciencia» como
medio a partir del cual se construyen las creencias y los deseos, como tercer
elemento, mediador entre el yo y el mundo. Se pensó que ese giro en dirección
del lenguaje, constituía un paso progresivo de adaptación. Se creyó que era así
porque parecía más fácil dar una explicación causal de la emergencia, en el
marco de la evolución, de organismos que utilizan el lenguaje, que dar una
explicación metafísica de la emergencia de la consciencia a partir de lo no
consciente. Pero en sí misma esa sustitución es ineficaz. Porque si persistimos
en la imagen del lenguaje como un medio, como algo que está entre el yo y la
realidad no humana con la que el yo procura estar en contacto, no habremos hecho
progreso alguno. Utilizamos aún una imagen del sujeto y del objeto, y
permanecemos adheridos a cuestiones referentes al escepticismo, el idealismo y
el realismo. Porque aún podemos plantear, acerca del lenguaje, cuestiones de la
misma especie que las que hemos planteado acerca de la consciencia. Son
cuestiones tales como: «El medio que se halla entre el yo y la realidad, ¿los
une o los separa?»; «¿Debemos concebir el medio principalmente como un medio de
expresión, de articulación de lo que yace en lo profundo del yo? ¿O debemos
concebirlo principalmente como medio de representación, el cual le muestra al yo
lo que se halla fuera de él? » Las teorías idealistas del conocimiento y las
nociones románticas de imaginación pueden, ¡ay!, ser fácilmente traducidas de la
terminología de la «consciencia» a la del «lenguaje». Las reacciones realistas y
moralistas a tales teorías pueden ser traducidas con la misma facilidad. De tal
modo los combates entre el romanticismo y el moralismo, entre el idealismo y el
realismo --combates en los que alternativamente triunfan uno y otro bando--
continuarán en la medida en que pensemos que existe la esperanza de hallarle un
sentido a la cuestión de si un lenguaje determinado es «adecuado» para una
tarea: para la tarea de expresar adecuadamente la naturaleza de la especie
humana o para la tarea de representar de manera propia la estructura de la
realidad no humana. Necesitamos librarnos de ese proceso pendular. Davidson nos
ayuda a hacerlo. Pues él, precisamente, no concibe el lenguaje como un medio de
expresión o de representación. Por eso puede dejar a un lado la idea de que
tanto el yo como la realidad poseen una naturaleza intrínseca, una naturaleza
que está ahí afuera a la espera de que se la conozca. La concepción del lenguaje
sostenida por Davidson no es ni reduccionista ni expansionista. Ello no implica
formular definiciones reductivas de nociones semánticas como «verdad»,
«intencionalidad» o «referencia», a la manera en que lo han hecho a veces los
filósofos analíticos. Tampoco se asemeja al intento de Heidegger de transformar
el lenguaje en una especie de divinidad, en algo de lo cual los seres humanos
son meras emanaciones. Como nos ha advertido Derrida, semejante apoteosis del
lenguaje es simplemente una versión traspuesta de la apoteosis idealista de la
consciencia. Por el hecho de eludir tanto el reduccionismo como el
expansionismo, Davidson se acerca a Wittgenstein. Los dos filósofos tratan a los
léxicos alternativos más como herramientas alternativas que como piezas de un
rompecabezas. Tratarlos como piezas de un rompecabezas equivale a suponer que
todos los léxicos son prescindibles, o reductibles a otros léxicos, o
susceptibles de ser reunidos con todos los otros léxicos en un único gran
superléxico unificado. Si evitamos esa suposición, no nos sentiremos inclinados
a plantear cuestiones tales como: «¿Cuál es el lugar de la consciencia en un
mundo de moléculas?», «¿Los colores dependen de la mente más que los pesos?»,
«¿Cuál es el lugar de los valores en un mundo de hechos?», «¿Cuál es el lugar de
la intencionalidad en un mundo causal?», «¿Cuál es la relación entre la sólida
mesa del sentido común y la endeble mesa de la microfísica?» o «¿Cuál es la
relación entre lenguaje y pensamiento?» No deberíamos proponernos responder a
esas preguntas, porque el hacerlo o conduce a los manifiestos fracasos del
reduccionismo o a los efímeros éxitos del expansionismo. Deberíamos limitarnos a
cuestiones como: «¿Obstaculiza el uso de estas palabras el uso que hacemos de
aquellas otras?» Esta es una cuestión acerca de si el uso de nuestras
herramientas es ineficaz, y no una cuestión acerca de si nuestras creencias son
contradictorias. Las cuestiones «meramente filosóficas», como la de Eddington
acerca de las dos mesas, constituyen intentos de suscitar ficticias disputas
teóricas entre léxicos que se han mostrado capaces de coexistir pacíficamente.
Todas las cuestiones que he mencionado más arriba representan casos en los que
los filósofos han hecho que su temática cobrase mala reputación porque ellos
veían dificultades que nadie más veía. Pero ello no quiere decir que los léxicos
nunca se obstaculicen entre sí. Por el contrario, es típico que se consigan
logros revolucionarios en el terreno de las artes, de las ciencias y del
pensamiento político y moral, cuando alguien advierte que dos o más léxicos se
interfieren entre sí, y pasa a inventar un nuevo léxico que reemplace a
aquéllos. Por ejemplo, el léxico aristotélico tradicional se insertó en el
léxico matematizado que el en siglo XVI desarrollaban los estudiosos de la
mecánica. Del mismo modo, jóvenes estudiantes alemanes de teología del siglo
XVIII --como Hegel y Hölderlin-- descubrieron que el léxico con el cual
reverenciaban a Jesús se estaba insertando en el léxico con el cual
reverenciaban a los griegos. También del mismo modo, el empleo de tropos a la
manera de Rosetti se interponía en el empleo que inicialmente hacía Yeats de los
tropos de Blake. La creación gradual, por medio de sucesivas pruebas, de un
tercero y nuevo léxico --un léxico como el elaborado por hombres como Galileo,
Hegel o el último Yeats-- no consiste en haber descubierto cómo pueden adaptarse
recíprocamente los viejos léxicos. Esa es la razón por la cual no se puede
llegar a ella a través de un proceso de inferencia, a partir de premisas
formuladas en los antiguos léxicos. Tales creaciones no son el resultado de la
acertada reunión de las piezas de un rompecabezas. No consisten en el
descubrimiento de una realidad que se halla tras las apariencias, de una visión
sin distorsiones de la totalidad del cuadro con la cual reemplazar las
concepciones miopes de sus partes. La analogía adecuada es la de la invención de
nuevas herramientas destinadas a ocupar el lugar de las viejas. El alcanzar un
léxico así se asemeja más al hecho de abandonar la palanca y la cuña porque se
ha concebido la polea, o de excluir el yeso mate y la témpera porque se ha
encontrado la forma de proporcionar apropiadamente el lienzo. Esta analogía
wittgensteiniana entre los léxicos y las herramientas tiene una desventaja
manifiesta. Lo característico es que el artesano conozca cuál es el trabajo que
debe hacer antes de escoger o de inventar las herramientas con las cuales
llevarlo a cabo. En cambio, alguien como Galileo, Yeats o Hegel (un «poeta» en
el amplio sentido en que empleo el término, esto es, en el sentido de «el que
hace cosas de nuevo») regularmente es incapaz de aclarar con exactitud qué es lo
que se propone hacer antes de elaborar el lenguaje con el que acierta a
realizarlo. Su nuevo léxico hace posible, por primera vez, la formulación de los
propósitos mismos de ese léxico. Es una herramienta para hacer algo que no
podría haberse concebido antes de la elaboración de una serie determinada de
descripciones: las descripciones de las que la propia herramienta ayuda a
disponer. Pero momentáneamente no tendré en cuenta esta deficiencia de la
analogía. Simplemente me propongo subrayar que el contraste entre el modelo del
rompecabezas y el de la «herramienta», para los léxicos alternativos, refleja el
contraste --para decirlo en los términos levemente engañosos de Nietzsche--
entre la voluntad de verdad y la voluntad de vencerse a sí mismo. Las dos son
expresiones del contraste entre el intento de representar o de expresar algo que
ya estaba allí, y el intento de hacer algo con lo que antes nunca se había
soñado. Davidson examina las implicaciones del tratamiento que hace Wittgenstein
de los léxicos como herramientas planteando dudas explícitas acerca de los
supuestos de las teorías prewittgensteinianas tradicionales del lenguaje. Esas
teorías daban por supuesto que preguntas tales como «El lenguaje que estamos
empleando, ¿es el "correcto"?», «¿Se adecua a su función de medio de expresión o
de representación?», o «¿Es nuestro lenguaje un medio opaco o un medio
transparente?», son preguntas con sentido. Tales preguntas suponen que existen
relaciones tales como «adecuarse al mundo», o «ser fiel a la verdadera
naturaleza del yo», que pueden enlazar el lenguaje con lo que no es lenguaje.
Ese supuesto se une al supuesto de que «nuestro lenguaje» --el lenguaje que
ahora hablamos, el léxico de que disponen los hombres cultos del siglo XX-- es
en cierto modo una unidad, un tercer elemento que mantiene determinada relación
con las otras dos unidades: el yo y la realidad. Los dos supuestos resultan
bastante naturales cuando se ha aceptado la idea de que hay cosas no
lingüísticas llamadas «significados» que es tarea del lenguaje expresar, y,
asimismo, la idea de que hay cosas no lingüísticas llamadas «hechos» que es
tarea del lenguaje representar. Las dos ideas sustentan la noción del lenguaje
como medio. Las polémicas de Davidson contra los usos filosóficos tradicionales
de los términos «hecho» y «significado» y contra lo que él llama «el modelo de
esquema y contenido» de pensamiento y de investigación, son aspectos de una
polémica más amplia contra la idea de que el lenguaje tiene una tarea fija que
cumplir y de que existe una entidad llamada «lenguaje» o «el lenguaje» o
«nuestro lenguaje», que puede cumplir o no esa tarea adecuadamente. La duda de
Davidson acerca de la existencia de tal entidad es paralela a la de Gilbert Ryle
y Daniel Dennett acerca de si existe algo llamado «la mente» o «la
consciencia».(4) Las dos series de dudas son dudas acerca de la utilidad de la
noción de un medio entre el yo y la realidad: ese medio que los realistas ven
tan transparente cuanto opaco lo ven los escépticos. En un trabajo reciente,
sutilmente titulado «A Nice Derangement of Epitaphs»,(5) Davidson intenta
socavar el fundamento de la idea del lenguaje como entidad, desarrollando el
concepto de lo que él llama «una teoría momentánea» acerca de los sonidos y las
inscripciones producidos por un miembro del género humano. Debe considerarse esa
teoría como parte de una «teoría momentánea» más amplia acerca de la totalidad
de la conducta de esa persona: una serie de conjeturas acerca de lo que ella
hará en cada circunstancia. Una teoría así es «momentánea» porque deberá
corregírsela constantemente para dar cabida a murmullos, desatinos,
impropiedades, metáforas, tics, accesos, síntomas psicóticos, notoria estupidez,
golpes de genio y cosas semejantes. Para hacer las cosas más sencillas,
imagínese que estoy elaborando una teoría así acerca de la conducta habitual del
nativo de una cultura exótica a la que inesperadamente he llegado en un
paracaídas. Esa extraña persona, la cual presumiblemente me halla a mí tan
extraño como yo a él, estará al mismo tiempo ocupado en la elaboración de una
teoría acerca de mi conducta. Si logramos comunicarnos fácil y exitosamente,
ello se deberá a que sus conjeturas acerca de lo que me dispongo a hacer a
continuación, incluyendo en ello los sonidos que voy a producir a continuación,
y mis propias expectativas acerca de lo que haré o diré en determinadas
circunstancias, llegan más o menos a coincidir, y porque lo contrario también es
verdad. Nos enfrentamos el uno al otro tal como nos enfrentaríamos a mangos o a
boas constrictoras, procurando que no nos cojan por sorpresa. Decir que llegamos
a hablar el mismo lenguaje equivale a decir que, como señala Davidson, «tendemos
a coincidir en teorías momentáneas». La cuestión más importante es,para Davidson
que todo lo que «dos personas necesitan para entenderse recíprocamente por medio
del habla, es la aptitud de coincidir en teorias momentáneas de una expresión a
otra». La explicación que Davidson da de la comunicación lingüística prescinde
de la imagen del lenguaje como una tercera cosa que se sitúa entre el yo y la
realidad, y de los diversos lenguajes como barreras interpuestas entre las
personas o las culturas. Decir que el lenguaje del que uno antes disponía para
tratar de algún segmento del mundo (por ejemplo: el cielo estrellado, en lo
alto, o las ardientes pasiones, en el interior) no es sino decir que ahora, tras
haber aprendido un nuevo lenguaje, uno es capaz de manejar ese segmento con
mayor facilidad. Decir que dos comunidades tienen dificultades para relacionarse
debido a que las palabras que cada una de ellas emplea son difíciles de traducir
a palabras de la otra, no es sino decir que para los miembros de una comunidad
la conducta língüística de los miembros de la otra, lo mismo que el resto de su
conducta, puede ser difícil de predecir. Como lo expresa Davidson: Debemos
advertir que hemos abandonado no sólo la noción corriente de lenguaje, sino que
hemos borrado el límite entre el conocimiento de un lenguaje y el conocimiento
de nuestra marcha por el mundo en general. Porque no hay reglas para llegar a
teorías momentáneas que funcionen. [...] Las posibilidades de reglamentar o de
enseñar ese proceso no son mayores que las posibilidades de reglamentar o de
enseñar el proceso de crear nuevas teorías para hacer frente a nuevos datos;
porque eso es lo que supone ese proceso [...] No existe cosa semejante a un
lenguaje, al menos en el sentido en que lo han concebido los filósofos. No hay,
por tanto, una cosa semejante que pueda ser enseñada o dominada. Debemos
renunciar a la idea de que existe una estructura definida poseída en común que
los usuarios de un lenguaje dominan y después aplican a situaciones [...]
Debemos renunciar al intento de aclarar el modo en que nos comunicamos
recurriendo a convenciones.(6) Esta línea de pensamiento acerca del lenguaje es
análoga a la concepción de Ryle y de Dennett según la cual cuando empleamos una
terminología mentalista sencillamente estamos empleando un léxico eficaz
--característica léxica de lo que Dennett llama la «actitud intencional»-- para
predecir lo que un organismo verosímilmente hará o dirá al concurrir diversas
circunstancias. Davidson es, con respecto al lenguaje, un conductista no
reduccionista, en la misma forma que Ryle era un conductista no reduccionista
con respecto a la mente. Ninguno de los dos tiene tendencia a proporcionar
equivalentes conductuales para hablar de creencias o de referencia. Pero los dos
están diciendo: concíbase el término «mente» o el término «lenguaje», no como la
denominación de un medio entre el yo y la realidad, sino simplemente como una
señal que indica que es deseable emplear cierto léxico cuando se intenta hacer
frente a ciertas especies de organismos. Decir que un organismo determinado --o,
en su caso, una máquina determinada-- tiene una mente, no es sino decir que,
para algunos propósitos, convendrá concebirlo como algo que tiene creencias y
deseos. Decir que es el usuario de un lenguaje, no es sino decir que, el
emparejar las marcas y los sonidos que produce con los que nosotros producimos,
resultará ser una táctica útil para predecir y controlar su conducta futura.
Esta actitud wittgensteiniana, desarrollada por Ryle y Dennett a propósito de
las mentes, y por Davidson a propósito de los lenguajes, hace de la mente y del
lenguaje cosas naturales al convertir todas las cuestiones acerca de la relación
de una y otro con el resto del universo en cuestiones causales, en tanto
opuestas a las cuestiones acerca de la adecuación de la representación o de la
expresión. Tiene pleno sentido preguntarse cómo hemos pasado de la relativa
falta de una mente en el mono a la posesión de una mentalidad madura en el
humano, o de hablar como en Neanderthal a hablar posmodemo, si se interpreta
tales cuestiones como cuestiones sin más ni más causales. En el primer caso la
respuesta nos conduce a la neurología y, de allí, a la biología evolutiva. Pero
en el segundo caso nos conduce a la historia intelectual concebida como historia
de la metáfora. Para los propósitos que me he fijado en este libro, lo segundo
es lo más importante. De manera que dedicaré el resto de este capítulo a dar
cuenta del progreso intelectual y moral de acuerdo con la concepción
davidsoniana del lenguaje. Concebir la historia del lenguaje y, por tanto, la de
las artes, las ciencias y el sentido moral, como la historia de la metáfora, es
excluir la imagen de la mente humana, o de los lenguajes humanos, como cosas que
se tornan cada vez más aptas para los propósitos a los que Dios o la Naturaleza
los ha destinado; por ejemplo, los de expresar cada vez más significados o
representar cada vez más hechos. La idea de que el lenguaje tiene un propósito
vale en la misma medida que la idea del lenguaje como medio. La cultura que
renuncie a esas dos ideas representará el triunfo de las tendencias del
pensamiento moderno que se iniciaron hace dos siglos: las tendencias comunes al
idealismo alemán, a la poesía romántica y a los políticos utopistas. Una
concepción no teleológica de la historia intelectual, que incluya a la historia
de la ciencia, sirve a la teoría de la cultura del mismo modo que la concepción
mendeliana, mecanicista, de la selección natural sirvió a la teoría
evolucionista. Mendel nos hizo concebir la mente como algo que sencillamente ha
acontecido, y no como algo que constituyese el elemento central de todo el
proceso. Davidson nos permite concebir la historia del lenguaje, y por tanto la
historia de un arrecife de coral. Las viejas metáforas están desvaneciéndose
constantemente en la literalidad para pasar a servir entonces de base y
contraste de metáforas nuevas. Esta analogía nos permite concebir a «nuestro
lenguaje» --esto es, el de la ciencia y la cultura de la Europa del siglo XX--
como algo que cobró forma a raíz de un gran número de meras contingencias.
Nuestro lenguaje y nuestra cultura no son sino una contingencia, resultado de
miles de pequeñas mutaciones que hallaron un casillero (mientras que muchísimas
otras no hallaron ninguno), tal como lo son las orquídeas y los antropoides.
Para aceptar esta analogía debemos seguir a Mary Hesse en su idea de que las
revoluciones científicas son «redescripciones metafóricas» de la naturaleza
antes que intelecciones de la naturaleza intrínseca de la naturaleza.(7) Además,
debemos resistir a la tentación de pensar que las redescripciones de la realidad
que ofrecen la ciencia física o la ciencia biológica contemporáneas se aproximan
de algún modo a «las cosas mismas», y son menos «dependientes de la mente» que
las redescripciones de la historia que nos ofrece la crítica contemporánea de la
cultura. Tenemos que concebir la constelación de fuerzas causales que llevaron a
hablar del ADN o del Big Bang como las mismas fuerzas causales que llevaron a
hablar de «secularización» o de «capitalismo tardío».(8) Esas diversas
constelaciones son los factores fortuitos que han hecho que algunas cosas sean
para nosotros tema de conversación y otras no, que han hecho que algunos
proyectos fuesen posibles e importantes y otros no. Puedo desarrollar el
contraste entre la idea de que la historia de la cultura tiene un télos --tal
como el descubrimiento de la verdad o la emancipación de la humanidad-- y la
imagen nietzscheana y davidsoniana que estoy esbozando, al señalar que esta
última imagen es compatible con una descripción fríamente mecánica de la
relación existente entre los seres humanos y el resto del universo. Porque,
después de todo, la genuina novedad puede producirse en un mundo de fuerzas
ciegas, contingentes, mecánicas. Considérese la novedad como aquello que
acontece cuando, por ejemplo, un rayo cósmico desordena los átomos de una
molécula de ADN y orienta así las cosas en la dirección de las orquídeas o de
los antropoides. Las orquídeas, cuando llegó su momento, no fueron menos nuevas
o maravillosas por la mera contingencia de esa condición necesaria de su
existencia. De forma análoga, quizás, el uso metafórico que Aristóteles hace de
ousía, el uso metafórico que San Pablo hace de agape, y el uso metafórico que
Newton hace de gravitas, fueron resultado de rayos cósmicos que incidieron en la
fina estructura de algunas neuronas fundamentales de sus respectivos cerebros.
O, más plausiblemente, fueron resultado de algún episodio singular de su
infancia: ciertos retorcimientos obsesivos que dejaron en esos cerebros traumas
idiosincrásicos. Poco importa el modo en que se resolvió el problema. Los
resultados fueron maravillosos. Nunca habían existido cosas así con
anterioridad. Esta explicación de la historia intelectual sintoniza con la
definición nietzscheana de «verdad» como «un móvil ejército de metáforas».
Sintoniza también con la versión que antes he presentado de personas como
Galileo, Hegel o Yeats, personas en cuyas mentes se desarrollaron nuevos
léxicos, o dotándose así de herramientas para hacer cosas que no había sido
posible proponerse antes de que se dispusiese de esas herramientas. Pero para
aceptar esa imagen hace falta que concibamos la distinción entre lo literal y lo
metafórico como hace Davidson: no como una distinción entre dos especies de
significados, sino como una distinción entre un uso habitual y un uso inhabitual
de sonidos y de marcas. Los usos literales de sonidos y de marcas son los usos
que podemos manejar por medio de las viejas teorías acerca de lo que las
personas dirán en determinadas condiciones. Su uso metafórico es el que hace que
nos dediquemos a desarrollar una nueva teoría. Davidson expresa esto diciendo
que no debemos pensar que las expresiones metafóricas tengan significados
distintos de sus significados literales. Tener un significado es tener un lugar
en un juego del lenguaje. Davidson niega, según dice, «la tesis de que la
metáfora se asocia a un contenido cognitivo que su autor desea comunicar y que
el intérprete debe captar para llegar al mensaje».(9) En su opinión, lanzar una
metáfora en una conversación es como interrumpir súbitamente ésta, lo necesario
para hacer una mueca, o extraer una fotografía del bolsillo y exhibirla, o
señalar algún aspecto del entorno o abofetear al interlocutor, o besarlo.
Introducir una metáfora en un texto es como utilizar bastardillas, o
ilustraciones, puntuación o diagramación inusuales. Todos ésos son modos de
producir efectos en el interlocutor o en el lector, pero no modos de transmitir
un mensaje. A ninguno de ellos es apropiado responder diciendo: «¿Qué es
exactamente lo que usted está intentando decir?» Si se hubiese querido decir
algo --si se hubiese querido formular un enunciado provisto de significado--,
presumiblemente se hubiese hecho. Pero, en lugar de ello, se ha creído que la
finalidad que se seguía podía alcanzarse mejor por otros medios. El hecho de que
se empleen palabras habituales de manera inhabitual --en lugar de bofetadas,
besos, imágenes, gestos o muecas-- no pone de manifiesto que lo que se dice deba
tener un significado. El intento de aclarar ese significado sería el intento de
hallar un uso habitual (esto es, literal) de palabras --un enunciado que haya
tenido ya lugar en el juego del lenguaje-- y afirmar que igualmente podría
haberse dado ése. Pero la imposibilidad de parafrasear la metáfora no representa
sino la inadecuación de todo enunciado habitual semejante para el propósito de
uno. Expresar un enunciado que no tiene un lugar establecido en un juego del
lenguaje es, tal como los positivistas acertadamente han señalado, expresar algo
que no es ni verdadero ni falso, algo que, en términos de Ian Hacking, no es
«candidato al valor de la verdad». Ello se debe a que no es un enunciado que se
pueda confirmar o invalidar, o en favor o en contra del cual pueda argumentarse.
Sólo es posible saborearlo o escupirlo. Pero ello no quiere decir que, con el
tiempo, no pueda convertirse en candidato al valor de verdad. Si efectivamente
se saborea y no se escupe, el enunciado puede ser repetido, acogido con
entusiasmo, asociado con otros. Entonces requerirá un uso habitual, un lugar
conocido en el juego del lenguaje. Con ello habrá dejado de ser una metáfora, o,
si se quiere, se habrá convertido en lo que la mayoría de los enunciados de
nuestro lenguaje son: una metáfora muerta. Será, precisamente, un enunciado más
--literalmente verdadero o literalmente falso-- del lenguaje. Ello quiere decir:
nuestras teonas acerca de la conducta lingüística de nuestros semejantes
bastarán para permitirnos afrontar su expresión de la misma irreflexiva manera
con que nos enfrentamos a la mayoría de las demás expresiones. La afirmación
davidsoniana de que las metáforas no tienen significado puede parecer una típica
sofistería de filósofo, pero no lo es.(10) Forma parte del intento de hacer que
dejemos de concebir el lenguaje como un medio. Esto es, a su vez, parte de un
intento más amplio de deshacerse de la imagen filosófica tradicional del ser
humano. La importancia de la idea de Davidson acaso pueda entenderse mejor si se
contrasta con su tratamiento de la metáfora con el de los platónicos y los
positivistas, por un lado, y con el de los románticos por otro. Los platónicos y
los positivistas comparten una concepción reduccionista de la metáfora: piensan
que la metáfora o es parafraseable o es inservible para el único propósito serio
que el lenguaje posee, a saber, el de representar la realidad. En cambio, el
romántico tiene una concepción expansionista: piensa que la metáfora es extraña,
mística, maravillosa. Los románticos atribuyen la metáfora a una facultad
misteriosa llamada «imaginación», facultad que ellos suponen se encuentra en el
centro del mismo yo, en su núcleo más profundo. Mientras que a platónicos y a
positivistas lo metafórico les parece irrelevante, a los románticos les parece
irrelevante lo literal. Porque los primeros piensan que lo fundamental en el
lenguaje es representar una realidad oculta que se halla fuera de nosotros, y
los segundos piensan que su proposito es expresar una realidad oculta que se
encuentra dentro de nosotros. La historia positivista de la cultura concibe,
pues, el lenguaje como algo que gradualmente se configura según los contornos
del mundo físico. La historia romántica de la cultura ve el lenguaje como algo
que gradualmente lleva el Espíritu a la autoconsciencia. La historia
nietzscheana de la cultura, y la filosofía davidsoniana del lenguaje, conciben
el lenguaje tal como nosotros vemos ahora la evolución: como algo compuesto por
nuevas formas de vida que constantemente eliminan a las formas antiguas, y no
para cumplir un propósito más elevado, sino ciegamente. Mientras el positivista
concibe a Galileo como alguien que realizó un descubrimiento --como alguien que
finalmente llegó a obtener las palabras que se necesitaban para explicar
adecuadamente el mundo, palabras de las que Aristóteles había carecido--, el
davidsoniano lo concibe como alguien que ha encontrado una herramienta que para
ciertos propósitos resulta funcionar mejor que cualquier otra herramienta
precedente. Una vez que se hubo descubierto lo que se puede hacer con un léxico
galileano, nadie sintió mucho interés por hacer las cosas que solían hacerse (y
que los tomistas piensan que deben seguir haciéndose) con un léxico
aristotélico. De forma similar, mientras que el romántico ve a Yeats como quien
ha llegado a algo a lo que nadie había llegado, y ha expresado algo que durante
largo tiempo se había anhelado expresar, el davidsoniano lo ve como quien halló
ciertas herramientas que le ponían en condiciones de escribir poemas que no eran
simples variaciones de los poemas de sus precursores. Cuando se tuvo acceso a
los últimos poemas de Yeats, se tuvo menos interés por leer los de Rossetti. Lo
que puede decirse de los científicos y los poetas vigorosos y revolucionarios,
puede decirse también de los filósofos vigorosos: hombres como Hegel y Davidson,
filósofos que están más interesados en disolver los problemas heredados que en
resolverlos. En esta perspectiva, reemplazar la demostración por la dialéctica
como método de la filosofía o desembarazarse de la teoría de la verdad como
correspondencia, no constituye un descubrimiento acerca de la naturaleza de una
entidad preexistente llamada «filosofía» o «verdad». Es un cambio de la forma de
hablar y, con ello, un cambio de lo que queremos hacer y de lo que pensamos que
somos. Pero en una perspectiva nietzscheana, que excluye la distinción entre
realidad y apariencia, modificar la forma de hablar es modificar lo que, para
nuestros propios propósitos, somos. Decir, con Nietzsche, que Dios ha muerto, es
decir que no servimos a propósitos más elevados. La sustitución nietzscheana del
descubrimiento por la creación de sí equivale al reemplazo de la imagen de
generaciones hambrientas que se pisotean las unas a las otras por la imagen de
una humanidad que se aproxima cada vez más a la luz. Una cultura en la que las
metáforas nietzscheanas fuesen expresiones literales sería una cultura en la que
se daría por sentado que los problemas filosóficos son tan transitorios como los
problemas poéticos, que no hay problemas que vinculen a las generaciones
reuniéndolas en una única especie natural llamada «humanidad». Una percepción de
la historia humana como la historia de metáforas sucesivas nos permitiría
concebir al poeta, en el sentido genérico de hacedor de nuevas palabras, como el
formador de nuevos lenguajes, como la vanguardia de la especie. En los capítulos
segundo y tercero intentaré desarrollar este último punto en términos de la idea
de «poeta vigoroso» desarrollada por Harold Bloom. Pero terminaré este primer
capítulo abordando nuevamente la afirmación, central en lo que he estado
diciendo, de que el mundo no nos proporciona un criterio para elegir entre
metáforas alternativas, que lo único que podemos hacer es comparar lenguajes o
metáforas entre sí, y no con algo situado más allá del lenguaje y llamado
«hecho». La única forma de argumentar en favor de esa afirmación es hacer lo que
han hecho filósofos como Goodman, Putnam y Davidson: mostrar la esterilidad de
los intentos de dar un sentido a expresiones como «adecuado a los hechos» o «el
modo como es el mundo». Es posible complementar tales esfuerzos con la obra de
filósofos de la ciencia como Kuhn y Hesse. Estos filósofos explican por qué no
es posible explicar mediante la tesis de que el libro de la naturaleza está
escrito en caracteres matemáticos el hecho de que el léxico galileano nos
permita hacer mejores predicciones que el aristotélico. Tales argumentos,
formulados por filósofos del lenguaje y por filósofos de la ciencia han de
considerarse teniendo por trasfondo la obra de los estudiosos de la historia
intelectual; historiadores que, como Hans Blumenberg, han intentado rastrear las
similitudes y las diferencias existentes entre la Edad de la Fe y la Edad de la
Razón.(11) Estos historiadores han presentado la idea que mencioné
anteriormente: la idea misma de que el mundo o el yo tienen una naturaleza
intrínseca --una naturaleza que el físico o el poeta pueden haber vislumbrado--
es un remanente de la idea de que el mundo es creación divina, la obra de
alguien que ha tenido algo en su mente, que hablaba un lenguaje propio en el que
describió su propio proyecto. Sólo si tenemos presente una imagen semejante, una
imagen del universo como persona o como algo creado por una persona, podemos
encontrar sentido en la idea de que el mundo tiene una «naturaleza intrínseca».
Porque el valor de esa expresión es, precisamente, que ciertos léxicos
constituyen representaciones del mundo más adecuadas que otras, frente a su
carácter de herramientas más aptas para relacionarse con el mundo con vistas a
uno u otro propósito. Excluir la idea del lenguaje como representación y ser
enteramente wittgensteiniano en el enfoque del lenguaje, equivaldría a
desdivinizar el mundo. Sólo si lo hacemos podemos aceptar plenamente el
argumento que he presentado anteriormente: el argumento de que hay verdades
porque la verdad es una propiedad de los enunciados, porque la existencia de los
enunciados depende de los léxicos, y porque los léxicos son hechos por los seres
humanos. Pues en la medida en que pensemos que «el mundo» designa algo que
debemos respetar y con lo que nos hemos de enfrentar, algo semejante a una
persona, en tanto tiene de sí mismo una descripción preferida, insistiremos en
que toda explicación filosófica de la verdad retiene la «intuición» de que el
mundo está «ahí afuera». Esta intuición equivale a la vaga sensación de que
incurriríamos en hybris [orgullo] al abandonar el lenguaje tradicional del
«respeto por el hecho» y la «objetividad»: que sería peligroso, y blasfemo, no
ver en el científico (o en el filósofo, o en el poeta, o en alguien) a quien
cumple una función sacerdotal, a quien nos pone en contacto con un dominio que
trasciende a lo humano. De acuerdo con la concepción que estoy proponiendo, la
afirmación de que una doctrina filosófica «adecuada» debe contemplar también
nuestras intuiciones, es una consigna reaccionaria, una consigna que supone una
petición de principio.(12) Porque para mi concepción es esencial que no tenemos
una consciencia prelingüística a la que el lenguaje deba adecuarse, que no hay
una percepción profunda de cómo son las cosas, percepción que sea tarea de los
filósofos llevar al lenguaje. Lo que se describe como una consciencia así es
simplemente una disposición a emplear el lenguaje de nuestros ancestros, a
venerar los cadáveres de sus metáforas. A no ser que padezcamos de lo que
Derrida llama «nostalgia heideggeriana», no creeremos que nuestras intuiciones
son más que trivialidades, más que el uso habitual de cierto repertorio de
términos, más que viejas herramientas que aún no tienen sustituto. Puedo resumir
crudamente la historia que nos cuentan historiadores como Blumenberg diciendo
que hace mucho tiempo sentimos la necesidad de venerar algo que se hallaba más
allá del mundo visible. A comienzos del siglo XVIII intentamos reemplazar el
amor a Dios por el amor a la verdad tratando al mundo que la ciencia describía
como una cuasidivinidad. Hacia el final del siglo XVIII intentamos sustituir el
amor a la verdad científica por el amor a nosotros mismos, veneración de nuestra
propia profundidad espiritual o nuestra naturaleza poética, considerada como una
cuasidivinidad más. La línea de pensamiento común a Blumenberg, Nietzsche, Freud
y Davidson sugiere que intentamos llegar al punto en el que ya no veneramos
nada, en el que a nada tratamos como a una cuasidivinidad, en el que tratamos a
todo --nuestro lenguaje, nuestra consciencia, nuestra comunidad-- como producto
del tiempo y del azar. Alcanzar ese punto sería, en palabras de Freud, « tratar
al azar como digno de determinar nuestro destino». En el capítulo siguiente
sostendré que Freud, Nietzsche y Bloom hacen con nuestra consciencia lo que
Wittgenstein y Davidson hacen con nuestro lenguaje, esto es, mostrar su pura
contingencia. CAPÍTULO 2 LA CONTINGENCIA DEL YO Cuando empezaba a escribir
acerca del tema de este capítulo, tropecé con un poema de Philip Larkin que me
ayudó a delimitar lo que me proponía decir. En su última parte el poema dice: Y
una vez que has recorrido la extensión de tu mente, lo que gobiernas es tan
claro como un registro de cargas; no debes pensar que alguna otra cosa existe.
¿Y cuál es el beneficio? Sólo que, con el tiempo, identificamos a medias las
ciegas marcas que todas nuestras acciones llevan, podemos hacerlas remontar a su
origen. Pero confesar, en aquel descolorido atardecer en que nuestra muerte
empieza, lo que era, difícilmente satisfaga, porque se aplicó sólo a un hombre
una vez, y, a ese hombre, agonizante. Este poema discute el temor a la muerte, a
la extinción, cosa que Larkin ha reconocido en entrevistas. Pero «temor a la
extinción» es una expresión que de nada sirve. No hay nada semejante al temor a
la inexistencia como tal; hay sólo el temor a alguna pérdida concreta. «Muerte»
y «nada» son términos igualmente vacíos. Decir que uno teme a una u otra de esas
dos cosas es tan inadecuado como el intento de Epicuro de decir que uno no debe
temerlas. Epicuro decía: «Cuando yo estoy, la muerte no está, y cuando está la
muerte, yo no estoy», trocando así una vacuidad por otra. Porque la palabra «yo»
es tan hueca como la palabra «muerte». Para extraer el contenido de esas
palabras uno tiene que precisar los detalles del yo en cuestión, especificar
exactamente qué es eso que no será, concretar los temores de uno. El poema de
Larkin sugiere una forma de desvelar el contenido de lo que Larkin temía. Lo que
él teme que ha de extinguirse es su registro personal de cargas, su percepción
individual de lo que era posible e importante. Eso es lo que hacía que su yo
fuese diferente de todos los otros yos. Perder esa diferencia es, supongo, lo
que todo poeta --todo hacedor, cualquiera que se propone crear algo nuevo--
teme. Cualquiera que pasa su vida intentando formular una respuesta a la
pregunta acerca de lo que es posible e importante, teme la extinción de esa
respuesta. Pero eso no quiere decir meramente que uno tema que sus obras se
pierdan o sean ignoradas. Porque ese temor se combina con el temor de que, aun
cuando se conserven y se les preste atención, nadie encuentre allí nada
distintivo. Las palabras (o las formas, los teoremas, los modelos de la
naturaleza física) sometidas al gobierno de uno pueden parecer meramente
artículos en stock, ordenados del modo acostumbrado. Uno no habrá dejado impresa
su huella en el lenguaje sino que, en lugar de ello, habrá pasado la vida
arrojando monedas ya acuñadas. De ese modo, uno no habrá tenido en absoluto un
yo. Las creaciones y el yo de uno no serán sino ejemplos, mejores o peores, de
tipos ya conocidos. Eso es lo que Harold Bloom llama «la angustia de influencia
del poeta vigoroso», su «horror a descubrir que es solamente una copia o una
réplica».(13) Según esta lectura del poema de Larkin, ¿qué sería haber tenido
éxito en hacer remontar a su origen las «ciegas marcas» que todas nuestras
«acciones llevan»? Es de presumir que consistiría en haber imaginado lo
distintivo de uno: la diferencia entre el registro de cargas propio y el de
otros. Si uno pudiera plasmar ese reconocimiento en el papel (o en un lienzo o
una película) --si uno pudiera hallar palabras o formas distintivas de la propia
distintividad--, entonces uno demostraría que uno no era una copia o una
réplica. En ese caso, uno sería tan vigoroso como ningún poeta lo ha sido jamás,
lo cual quiere decir: tan vigoroso como ningún ser humano podía haber sido.
Porque uno sabría así exactamente qué es lo que morirá, y sabría con ello qué es
lo que uno ha logrado llegar a ser. Pero el final del poema de Larkin parece
rechazar esta lectura bloomiana. Se nos dice allí que «difícilmente satisfaga»
hacer remontar a su origen lo que es distintivo de uno. Ello parece significar
que difícilmente satisfaga el haberse convertido en individuo, y ello en el
sentido fuerte del término, según el cual el genio es el paradigma de la
individualidad. Larkin afecta menospreciar su propia vocación debido a que el
haber tenido éxito en eso equivaldría meramente a haber consignado en el papel
algo que «valió sólo para un hombre una vez, y en estado agonizante». Digo
«afecta» porque dudo que un poeta pueda pensar seriamente que es trivial su
acierto en hacer remontar a su origen las ciegas marcas que llevaron sus
acciones, esto es, todos su poemas anteriores. Desde el ejemplo dado por los
románticos, desde la época en que, con Hegel, empezamos a concebir la
consciencia de sí como una creación de sí, ningún poeta ha creído seriamente que
el carácter idiosincrásico fuese una objeción a su obra. Pero en este poema de
Larkin simula que esas marcas ciegas, aquellas contingencias particulares que
hacen de cada uno de nosotros un «yo», antes que una copia o una réplica de otra
persona, en realidad no importan. Sugiere que, a menos que hallemos algo común a
todos los hombres de todos los tiempos, y no sólo propio de un hombre en una
ocasión, no podemos morir satisfechos. Está pretendiendo que ser un poeta
vigoroso no es bastante --que sólo habría alcanzado la satisfacción de haber
sido un filósofo, de haber hallado continuidades en lugar de exhibir una
discontinuidad.(14) Pienso que el poema de Larkin debe su interés y su fuerza a
esa evocación de la disputa entre la poesía y la filosofía, de esa tensión entre
un esfuerzo por alcanzar la creación de sí por medio del reconocimiento de la
contingencia, y un esfuerzo por alcanzar la universalidad yendo más allá de la
contingencia. La misma tensión ha invadido a la filosofía desde la época de
Hegel,(15) y especialmente desde Nietzsche. Los filósofos relevantes de nuestro
siglo son los que han intentado marchar en la dirección de los poetas románticos
mediante una ruptura con Platón, concibiendo la libertad como el reconocimiento
de la contingencia. Son ésos los filósofos que han procurado desligar la
insistencia de Hegel en la historicidad de su idealismo panteísta. Aceptan la
caracterización que Nietzsche hace del poeta vigoroso, del hacedor, como el
héroe de la humanidad, en lugar de caracterizar de ese modo al científico, el
cual tradicionalmente es presentado como un inventor. De forma más general, han
intentado eludir todo lo que sonase a filosofía como contemplación, como el
deseo de ver la vida como algo firme y en su conjunto, a fin de insistir en la
pura contingencia de la existencia individual.