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Pinar del Río: ¿la cenicienta de Cuba? Bueno, al menos en buenos escritores
Amir Valle, 30 de julio de 2004

Eso decían hace unos años de Pinar del Río. Incluso con menosprecio. Llamarla "la cenicienta de Cuba" era algo así como un desprecio por un subdesarrollo del que los pinareños no tenían ninguna culpa. Los dichos, además, siempre con esa jocosidad del cubano, engordada por la dudosa verdad de ciertas anécdotas sobre el ridículo de los naturales de esa parte de nuestra isla, hacían que uno siempre se sonriera cuando alguien dijera, con un orgullo que por esas mismas razones nos parecía raro: "yo soy pinareño", pues de golpe, recordábamos que, según esas leyendas, esos cuentos, esas historias, ese credo idiosincrásico, los pinareños debían ser "bobos, subnormales, fronterizos", hasta llegar, incluso, al extremo de la máxima que aseguraba: "el vivo vive del bobo y el bobo del pinareño". Cosas de nuestra cubanidad.

Eso conversábamos hace unos días con unos "pinareños de pura cepa", especialmente con un pintor y una escritora. También se sentían orgullosos de haber nacido en aquella tierra y entramos en el terreno de un fenómeno que ya ha sucedido dos veces ¿casualmente? en dos décadas alejadas ya por veinte años: el repunte de un importante grupo de narradores con una calidad que se impone a nivel nacional.

A principios de los años 80, en medio del despegue que nacionalmente empezó a producirse en la narrativa cubana gracias a las creaciones de los narradores de la promoción del 80 primero (Sacha, Reinaldo Montero, Arturo Arango, Miguel Mejides, Marilyn Bobes, entre otros) y del 90 después ( Alberto Garrido, Ronaldo Menéndez, Ena Lucía Portela, Ángel Santiesteban, y muchos otros), resultó muy interesante para los críticos la existencia en Pinar del Río de narradores con una obra ya destacada, entre los cuales se hacía notar la cuentística de Alfredo Galiano, Andrés Jorge, Armando Abreu Arcia, Juan Ramón de la Portilla, Yoshvani Medina y Jorge Félix Rodríguez, para mencionar solamente a los que más presencia hicieron en las antologías de las décadas del ochenta y el noventa.

Compartían con los colegas de su promoción la misma mirada todavía testimoniante y crítica de la realidad más actual, aunque en ellos se matizaba esa preferencia con un marcado aire provinciano (y no se entienda como provincianismo, sino como "de provincia", como autoctonía territorial) que daba a sus cuentos una diferenciación notable, al tiempo que dotaba a sus historias de una testimonialidad menos rotunda. En breves años, aquellos escritores en ciernes fueron obteniendo importantes premios nacionales y colocando sus libros en las "grandes editoriales nacionales", gracias a ello dejando de ser considerados "escritores provinciales", problema que aún igualmente se presenta con aquellos nuevos valores que publican sus obras, de indudable calidad algunos, bajo el conocido sistema de "La Rizo".

De todos ellos, hoy, la narrativa cubana puede mostrar excelentes obras, aunque (y es mi opinión personal) los que más destaque han obtenido en el terreno de la escritura, con novelas de indudables aportes a la actual novelística cubana, son Andrés Jorge (residente en México y quien publica por los sellos de Planeta y Alfaguara) y Juan Ramón de la Portilla, que roba tiempo a sus funciones como Director del Centro de Promoción de la Literatura Dulce María Loynaz para escribir novelas como "El mundo libre", con la que obtuvo el más reciente Premio de Novela José Soler Puig, convocado por la editorial Oriente.

Me atrevo a asegurar, incluso, que en estos autores se han materializado las dos ramas estilísticas que hace unos años mencionara el crítico Salvador Redonet cuando apuntara que existían ciertos estilos de abordaje de nuestra realidad y que esa diferencia de estilos se marcaba mejor en las provincias, señalando para Pinar del Río "la preeminencia de dos caminos de estilo: un sendero lúdrico que busca dar el salto hacia una visión más cosmopolita de la realidad cubana, y otra senda que recoge de la tradición cubana y pretende modernizar la cotidianidad rural de esa región hasta proyectarla en el gran escenario nacional de cotidianidades". Su tesis era que, leyéndolos, se podía obtener un abanico bien amplio de nuestra realidad social: "se puede saber más de nuestro entorno, se puede completar una mirada social más amplia, más diversa, si se leen los cuentos de estos narradores".

Sin ampliar en esa tesis, que compartí con euforia y aún comparto, debemos precisar que a la senda lúdrica pertenecerían novelas de Andrés Jorge como "Pan de mi cuerpo", "Te devolverán las mareas" o la más reciente "Voyeurs", todas publicadas en el exterior. A la otra senda pertenecen las obras de Juan Ramón de la Portilla, básicamente sus relatos y sus dos novelas: "La mujer de Maupassant" y "El mundo libre".

Claro, dije que el fenómeno se repetía. Siendo profesor del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, compartimos muchas veces con Eduardo Heras León y Sacha la alegría de descubrir nuevos nombres de cuentistas en la provincia de Pinar del Río, y nos dolía, por la necesaria selección por provincias, que tuviéramos que dejar fuera a algunos muy jóvenes escritores con un talento evidente. Sé que Heras León sigue asombrándose cada año de la cantidad de escritores que envían sus primeras obras con la esperanza de ser seleccionados para el Taller.

De esa ultima hornada surgieron narradores tan importantes como Agnieska Hernández, Gleyvis Coro, Héctor García, Yomar González, Ernesto Ortiz, Julio del Llano, quienes entraron al ruedo del protagonismo de las letras escritas desde Pinar del Río junto a la narrativa también interesante de Luis Hugo Valín, Ramón Cala (quien acaba de ganar la edición 2002 del premio Cirilo Villaverde de Novela de la UNEAC), René Valdés, Alberto Peraza y Nelson Simón (reconocido como narrador luego de serlo como poeta).

La diferencia de este estallido con aquel de los ochenta que se extendió hasta los noventa está precisamente en una característica que apuntara la crítica cuando surgieron los primeros nombres de esa nueva promoción: "la realidad para ellos no constituye ni siquiera un tema determinante. Lo esencial es el conflicto humano que generan las acciones individuales de sus protagonistas que pueden estar insertados lo mismo en La Habana de principios del milenio, en la ruralidad de Buey Arriba en medio de la Sierra, o en la Palestina de la época de Jesucristo." Así dijo ese oráculo vivo que fue Salvador Redonet. Y lo hizo un año antes de morir, en un evento que tuvimos en Santa Clara. Recuerdo que fue casi devorado por las críticas de otros investigadores cuando dijo que andaba buscando un nombre para esa nueva promoción. Pero no se equivocaba. Este fenómeno que sucede en Pinar del Río, felizmente también sucede en Granma, en Santiago, en Holguín. Que suceda en La Habana no es noticia. Porque no perdemos la costumbre de resistirnos a pensar que en aquellos lejanos "montes verdes" también se escribe. Y bien. Pinar del Río es un simple ejemplo.

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