Después del largo pasaje de La Florida en que Escobedo habla de Cuba y de las octavas de Espejo de paciencia, de Balboa, la poesía escrita en la Isla deja ver algunos nombres cuyas creaciones no poseen genuina carga de futuridad. En la década final del siglo XVIII surge un poeta singularísimo, prosista igualmente recordable, nacido en 1764 y enteramente formado como ciudadano y como escritor dentro de los cánones ideoestéticos de la España ilustrada. Ciertamente, Manuel de Zequeira y Arango es, entre nosotros, el poeta neoclásico por excelencia, con su rancia españolidad y las rigurosas normas de la Poética de Luzán, pero es al mismo tiempo una extraordinaria figura en la que ya observamos rasgos significativos de una cubanía trascendente. Este es el mayor poeta de los que preceden a José María Heredia en el tiempo y en la visión de lo cubano.
Absolutamente enloquecido hacia 1820, e incapaz ya de escribir una obra atendible después de esa fecha, cierra una etapa en el proceso evolutivo de la lírica cubana cuando comienza a dar sus primeros frutos el gran poeta romántico que nos dejó, entre otros textos memorables, su célebre oda "El Niágara", y que había nacido en Santiago de Cuba en 1803. Desde niño comenzó Heredia sus estudios literarios bajo la orientación de su padre, en especial un diálogo creador con la lengua latina, la que llegó a dominar muy temprano, antes de salir de la infancia. Su vida de adulto estuvo marcada por desgarradoras pasiones amorosas, políticas, literarias, y por un incuestionable amor a la libertad y a Cuba, por la que sufrió como el más hondo y auténtico de nuestros románticos. En el vigoroso discurso de Martí en su honor, hallamos en todo su esplendor el carácter de este hombre fundamental de la historia de la cultura cubana, poeta de obra monumental por sus calidades formales, por el ímpetu de su canto -de una reciedumbre que le venía del amor a la libertad, a la belleza y a la justicia- y por la manera en que se vuelve hacia el paisaje, a la que Cintio Vitier califica, en Lo cubano en la poesía, de "interiorización de la naturaleza". Ya en sus mejores momentos observamos una mirada al entorno natural -entorno convertido en paisaje después de la percepción, más ingenua, que lo considera pura naturaleza- que reviste un alto grado de espiritualización al asumirlo como una presencia que nos dice, que es capaz de dialogar con nosotros y de insuflarnos un entusiasmo vital. Veamos en ese sentido estos versos de un poema de Heredia de 1821, titulado "Misantropía", donde el poeta ve y siente en la naturaleza contemplada su propio conflicto espiritual, el drama de su alma llena de pasión. Leamos este fragmento:
¡Qué triste noche!... Las lejanas cumbres
acumulan mil nubes pavorosas,
y el lívido relámpago ilumina
su densa confusión. Calma de fuego
me abruma en derredor, y un eco sordo,
siniestro, vaga en el opaco bosque.
Oigo el trueno distante... En un momento
la horrenda tempestad va a despeñarse.
La presagia la tierra en su tristeza. Tan fiera confusión en armonía
siento con mi alma desolada... ¿El mundo
padece como yo?...
Si bien en ese poema tenemos un Heredia que canta a la tormenta, no se trata en modo alguno de un canto que podríamos llamar entusiasta o regocijado, sino de un canto melancólico, canto de sufrimiento, como leemos en el último verso citado, manera muy típica suya como el mayor ejemplo de poeta romántico entre nosotros. Y como tal, Heredia encarna también el poderoso arrebato creador ante las fuerzas naturales en toda la inmensidad de su grandeza y de su torrencialidad, como sucede al contemplar las extraordinarias cataratas del Niágara, frente a las cuales se estremece conmovido e inspirado a decirnos qué ve, qué siente, qué le dicen esas aguas que caen incesantes en magnitudes descomunales. Ahí volvemos a encontrar esa resonancia íntima del suceder natural, ese diálogo del poeta con el paisaje en una dimensión altamente espiritualizada. En la escritura herediana se fusionan el amor, la naturaleza, la patria, la pasión por la libertad, el anhelo de justicia, la nostalgia por su tierra lejana, de la que está exiliado y a la que no puede regresar si no es a riesgo de sufrir la muerte. A lo largo de su breve existencia, de algo menos de treinta y seis años, sufrió nuestro gran romántico, el primero de América en el tiempo y en la calidad de su palabra, el destierro, la frustración amorosa, la decepción de la amistad, la lejanía de su tierra y de sus seres queridos, el imposible de ver libre a Cuba y la amargura de vivir en el caos de la República mexicana y en el frío estadounidense, experiencias ambas que le trajeron hondos sufrimientos de los que no se repondría nunca.
Vitier anota algunos elementos en la poesía de Heredia que aparecerán más tarde en la de Casal, rasgos que en el autor de "En el teocalli de Cholula" ponen de manifiesto la profundidad de sus sufrimientos y de las innumerables frustraciones que colmaron su vida desde muy temprano. Pero acaso el mayor dolor de cuantos sufriera este inmenso poeta es el dolor de la lejanía de la patria inaccesible, pena que no puede sufrir en calma y sin sentir el enorme peso de su desdicha irredenta. Y junto a ese dolor, el de la frustración de sus ideales independentistas y el de ver a su país oprimido por España. Esa pena le llega por la distancia misma de la Isla durante sus años de desterrado, la distancia de su amado paisaje, y por la ausencia de sus seres queridos: amigos, familiares, amores de mujer. Veamos estos momentos de "Placeres de la melancolía" como ejemplos del sufrimiento que le causa la distancia insalvable entre él y la patria. Nos dice así el poeta, con el típico fervor de su elocuente palabra:
¡Oh! no me condenéis a que aquí gima,
como en huerta de escarchas abrasada
se marchita entre vidrios encerrada
la planta estéril de distinto clima
¿Do están las brisas de la fresca noche,
de la mágica luna inspiradora
el tibio resplandor, y del naranjo
y del mango suavísimo el aroma?
¿Dónde las nubecillas, que flotando
en el azul sereno de la esfera,
islas de paz y gloria semejaban?
Tiende la noche aquí su oscuro velo:
el mundo se adormece inmóvil, mudo,
y el aire punza, y bajo el filo agudo
del hielo afinador centella el cielo.
Brillante está a los ojos, pero frío,
frío como la muerte.
Vemos la nostalgia por los sabores y olores de la patria, por el clima -en el que están implícitos los colores destellantes y agudos del trópico-, por eso que podríamos llamar el paisaje interior, el paisaje propio, presencia que alcanza enorme fuerza en estos versos de "En mi cumpleaños", de 1822: El sol terrible de mi ardiente patria / ha derramado en mi alma borrascosa / su fuego abrasador: así me agito / en inquietud amarga y dolorosa. / En vano ardiendo, con aguda espuela / el generoso volador caballo / por llanuras anchísimas lanzaba, / y su extensión inmensa devoraba, / por librarme de mí... Ahí está el gozo del espacio como signo de libertad, el espacio abierto para correr a caballo, símbolo de plenitud que sólo es alcanzable en la patria que nos vio nacer, por la que Heredia clama en el destierro como parte consustancial de su vida.
Él siente la llanura cubana, con sus deliciosos frutos y la amada palma, evocada varias veces en su poesía (las palmas ¡ay! las palmas deliciosas / que en las llanuras de mi ardiente patria / nacen del sol a la sonrisa, y crecen, / y al soplo de las brisas del Océano bajo un cielo purísimo se mecen?, leemos en la oda "El Niágara", de nuevo asociada la imagen simbólica con la luz del sol; Bajo la copa de la palma amiga / trémula, bella en su temor, velada / con el mágico manto del misterio, / de mi alma la señora me aguardaba, nos dice en "A la estrella de Venus", de 1826; El alma mía / se abrasó a tu mirar: entre la pompa / te contemplé del estruendoso baile, / altiva y majestuosa descollando / entre tanta hermosura, / cual palma gallardísima y erguida / de la enlazada selva en la espesura, hallamos en "A... En el baile", de 1821). Siente la llanura, hemos dicho, y la siente por sí misma, pero además el paisaje le llega como rememoración entrañable de los suyos en instantes de evocación triste durante un viaje por mar, ya ausente por los imperativos de su vida política, en lucha por lograr los ideales independentistas que desde siempre animaron su accionar en la sociedad de su época. El "Himno del desterrado" resuena de este modo en nosotros, sus lectores, dos siglos después del nacimiento del poeta:
¡Tierra! Claman: ansiosos miramos
al confín del sereno horizonte,
y a lo lejos descúbrese un monte...
Lo conozco... ¡Ojos tristes, llorad! Es el Pan... En su falda respiran
el amigo más fino y constante,
mis amigas preciosas, mi amante...
¡Qué tesoros de amor tengo allí!
En la poesía de nuestro primer romántico tenemos la obra de un clásico de la cultura nacional. En su obra se fusionan los más altos ideales patrióticos, herederos inmediatos de la Revolución Francesa, la gran tradición greco-latina y del romanticismo europeo, la apasionada percepción del paisaje en su dimensión espiritual, en particular el paisaje de la patria, una raigal cubana, una lúcida conciencia artística y una singularísima capacidad creadora, rasgos todos que nos entregan, en su poesía, uno de los monumentos de la cultura del idioma. Pasados doscientos años de su nacimiento, Heredia es hoy uno de los grandes hombres esenciales que siempre nos acompañan.