Introducción:
Donde se hace una anécdota nada personal, aunque también.
Confieso que en 1984, en Jibacoa, en el Encuentro Nacional de Talleres Literarios, perdí soberanamente cuando competía en cuento contra un texto de esos que permanecen en la memoria una vez leídos: "El pico del flamenco", del artemiseño Roberto Rodríguez Lastre. Hube de conformarme con la Primera Mención. Asumí la posibilidad del desquite, con todo el provincianismo con que lo podía hacer entonces el santiaguero que siempre he llevado dentro, y en la próxima edición de ese (por esos años muy importante y legitimador) evento literario, volví a obtener Primera Mención, llevándose el premio otro de esos cuentos memorables, me atrevería a decir hoy que iniciático de lo que vendría después en la narrativa cubana más joven: "Alacranidad", de Alberto Rodríguez Tosca, por casualidad primo de mi anterior contrincante y, también por casualidad, de Artemisa.
Valga esta anécdota, que puede parecer muy personal, para empezar a refutar algunos criterios de la larga muerte de la narrativa habanera (la de la provincia La Habana, quiero decir): ya en esos años ―y voy a referirme exclusivamente a eso que se nombra, conoce, denomina hoy como Narradores de los 90― el cuento en este territorio alcanzaba niveles de real competencia (y calidad) con textos y autores que hoy han quedado para suerte de nuestra cuentística. Baste recordar que fueron ganadores frente a escritores, por entonces también iniciados, de la talla de Guillermo Vidal, Gumersindo Pacheco, Ana Luz García Calzada y Alberto Guerra Naranjo, por sólo citar algunos de los participantes en esos encuentros.
Nudo
Donde se mencionan algunos nombres, varios autores y todo, claro, detalles geógraficos incluso, según el criterio del crítico.
Claro está, La Habana no es Ciudad de La Habana, aunque vista desde algunos sitios de la isla parezca la misma cosa (cuestión de cercanías, ya se sabe). De ahí que en un encuentro celebrado hace ya un par de años en la Quinta de los Molinos, con la participación de instituciones culturales y escritores habaneros, se hablara mucho más de cierta necesidad de definiciones territoriales administrativas que de Literatura: en La Habana no había modo humano de centralizar una proyección social específica basada en lo habanero, decían, por ser (sobre todo, entre otras causas) la única provincia del país con una capital no definida, con las direcciones administrativas (en todos los campos) radicadas en territorio capitalino o distribuidas en los distintos municipios. Eso, obviamente, también ha de aplicarse a la esfera del trabajo cultural, donde la dispersión parece ser la única diferencia habanera.
Lo cierto, aunque parezca duro para algunos, es que no hay (o no se ven los resultados de) un trabajo coordinado entre las distintas organizaciones culturales del territorio, y específicamente en lo referido al desarrollo de la Literatura se padece de un aislamiento promocional que da lugar a esos criterios de que en La Habana la literatura es floja o a esos otros de que entre los habaneros no hay gente con pegada en la narrativa, para dirigirnos al asunto que nos ocupa.
¿Y a qué puede deberse ese aislamiento promocional (entendido el concepto promoción en su sentido más amplio aplicado a lo literario)? En varios eventos de asociaciones e instituciones relacionadas con el fomento y desarrollo del libro y la literatura cubana, han salido a relucir, entre otros: una real falta de mecanismos promocionales que lancen a los escritores hacia el ruedo de competencia en los medios de prensa nacional, la inestabilidad de un sistema editorial que permita promocionar al movimiento autoral a partir de sus creaciones, y la no existencia de un sistema de eventos y concursos de carácter provincial que generen la competividad en el seno de ese movimiento autoral (amplio, por suerte) y que los impulsen en la elevación de la calidad estética y creativa de modo que sus obras salten más allá de los límites territoriales impuestos por el aislamiento geográfico y, en ocasiones, mental de muchos escritores.
En el mencionado evento los escritores se hicieron preguntas que iban desde: ¿Puede considerarse un escritor habanero aquel nacido en La Habana y que ha desarrollado toda su obra en la capital? Si en las provincias se escribe para alcanzar el nivel de lo que se crea en la capital, ¿por qué los escritores habaneros no hacen lo mismo y se conforman mayormente con ser conocidos en sus predios? ¿Es que el concepto de pertenencia a la capital aún no ha sido eliminado con la división en dos provincias? ¿Es eso realmente parte del freno que en el aspecto promocional encuentran los escritores habaneros?, hasta una pregunta polémica: ¿es cierto que sólo han alcanzado el rango de escritores re-conocidos nacionalmente aquellos habaneros que han saltado los marcos provincianos (y de provincia) con gestiones personales hacia diversos modos de promoción nacional, incluido el acto de presencia permanente en eventos literarios nacionales, instituciones y asociaciones literarias en Ciudad de La Habana?
A todo lo anterior podría sumarse, además, un criterio relacionado con el papel de la crítica literaria en le legitimación de una literatura que existe, respira, se transforma casi parejamente con las transformaciones sociales (en La Habana igual que en el resto del país). Roberto Zurbano, joven crítico, por demás habanero, es quien mejor define ese fenómeno cuando dice:
"El discurso crítico que debía operar la más inmediata creación literaria no logró entonces aprehender ni siquiera los síntomas o elementos primarios de los cambios que vendrían a producirse, por lo cual ―con las excepciones de rigor― aquello que denominamos crítica literaria ―ese compendio de reseñas, artículos críticos, ensayos e investigaciones literarias que recogen intermitentemente algunos periódicos, revistas y libros― se ubicó muy lejos de las renovaciones que en el campo literario de entonces tenían lugar; sin la posibilidad de dar razón o respuestas ante las peculiaridades de una pujante literatura, así como de su inserción en un proceso histórico social también efervescente.
El tradicional (esclerótico) nivel de impresionismo, la imprecisa hermenéutica y la falta de un cuerpo teórico con que fundamentar y sistematizar el endeble discurso crítico-literario del país, negaron a este toda posibilidad de participación, evaluación y(o) legitimización entre aquellas aperturas y ganancias de la más reciente literatura cubana."[1]
El grado de apego a la realidad de estas afirmaciones puede dar lugar a una polémica exquisita, a trabajos más detallados y detenidos sobre este tópico, pero preferiría ir a una cuestión que, en mi concepto, está más que clara hace muchos años: la narrativa habanera, escrita en la provincia La Habana, ha alcanzado y alcanza (y me referiré, ya dije, a los 90) nombres y obras a considerar por cualquier crítico.
¿Puede alguien negar la exquisitez formal, la distinción y la fuerza narrativa presente en aquel hermoso libro de Ricardo Ortega, Como brujas de mayo? Libro que ya a fines del 80 proponía piezas de una madurez rotunda sobre temas que venían siendo pasto de experimentaciones, aciertos y desaciertos en la obra de autores de esos que el bueno del negro Redonet llamaría Novísimos. Un cuento como "Solo de violín y viejo", con sus logros en los planos lingüísticos y dramáticos, con su toque de romántica crueldad, con esa sensibilidad inquisitiva (e inquisitoria) que Ricardo imprimía a sus textos, se ha convertido en una de esas piezas infaltables en cualquier antología del cuento cubano de fin de siglo.
Y en ese orden, ¿cuántos cuentos ―publicados en Obligados a Carabina (1986), Los muchachos se divierten (1989), Los últimos serán los primeros (1993), Cuentos desde La Habana (1996), por sólo mencionar las más conocidas― pueden ser seleccionados nacidos del talento de Alberto Rodríguez Tosca? Mi reino por una pregunta o Miguel son dos cuentos que muchos críticos prefirieron (y prefieren).
En el universo infantil, larga ya es la lista de aportes (en obras y vi(ver)siones de temas para niños y jóvenes) de los habaneros Omar Felipe Mauri y Enrique Pérez Díaz, dos creadores que han ocupado un lugar respetado dentro de ese gran concierto de autores cubanos que publican hoy para este difícil público en Cuba y en muchas otras partes del mundo. En el caso de Mauri, aún cuando no haya sido tan publicado como en su género predilecto (más de 8 títulos para la grey infantil), también nos encontramos con un cultivador de la narrativa para adultos, aunque en el orden personal prefiera esas fabulosas, cómicas y enrevesadas historias donde, por ejemplo, alguien vende un carné que te convierte en lo que siempre has soñado ser.
Quisiera detenerme en un autor que ya ha dado muestras, pese a su corto tiempo de incursión en el género, de poseer las verdaderas cualidades de un cuentista, para decirlo en buen cubano, con todas las de la ley: José Antonio Martínez Coronel. Este güinero empedernido, a su larga lista de premios, une ya dos libros de cuentos: Los hijos del silencio, muy comentado por la "crítica hablada" y aparecido en la colección Pinos Nuevos, y Edipo y la esfinge (Editora Abril, 1998). Seguiré los pasos de la crítica y asumiré sólo un breve comentario de su primer volumen de narraciones. Aquí el balance es muy sencillo: siete cuentos, tres de ellos geniales ("Letanía del aire", "Los coturnos del tiempo" y "Naturaleza muerta en Re menor"), ponen ante cualquier lector ese ingrediente que mucho le falta a mucha literatura que hoy se escribe: alma. Los hijos del silencio aprovecha pretextos como el drama del exilio, la marginalidad, el jineterismo, la doble moral y otros, para mirar a la cotidianidad cubana desde la perspectiva de que el presente es sólo el resultado de siglos de historia, siempre contemplada desde (y a través) del ojo humano. Es este un libro que muestra (demuestra) lo lacerante, lo frustrante de la monotonía de lo cotidiano y su incidencia en la irrealización como ser social y en la pérdida de los valores humanos de la gente común que hoy se mueve bajo el influjo de las condiciones sociales adversas de la realidad cubana actual. Los hijos del silencio se arriesga a enfrentar nuestra memoria histórica y cultural, a resumir en siete piezas una mirada particular de esos estratos que todo ser humano lleva consigo y que los filósofos llaman individualismo y existencialismo, que existen también, aunque otros filósofos traten de negarlo, en esa sociedad que todos nombran más justa y más humana; a darnos, con un tremendo poder de lenguaje y dominio de las técnicas del cuento y con el necesario (y repito, hoy tan escaso) toque de campanillas en nuestra sensibilidad, una lección de humanismo.
Algo similar, básicamente en los aciertos en el plano del lenguaje, la conformación de personajes sólidos psicológicamente hablando y la estructuración e hilación de la trama conductora de la historia, puede hallarse en los cuentos de Francisco García González, que publicó el cuaderno Juegos permitidos (Letras Cubanas, 1994), donde asume temáticas ya comunes para la promoción de narradores del 90, pero con una óptica distinta en lo que se refiere a la incisión del accionar de los personajes en la realidad creada donde se desenvuelven. Francisco mezcla elementos propios de la parodia, inventa situaciones límites, mueve sus personajes como marionetas que van cuestionándose el conflicto en el que viven, pero haciéndolo mediante una deconstrucción/re-construcción de ese conflicto a partir de códigos muy cubanizados: un humor campechano, brotado de cada actante como de un manantial, naturalmente, sin las conocidas imbricaciones político-sociales-testimonales directas que marcaron gran parte del abordaje cuentístico de esta ¿promoción? El empleo del humor, del doble sentido a veces, de la ironía paródica en ocasiones (sobre todo en sus últimos cuentos presentados ―y premiados― en concursos nacionales) se convierten en un bisturí esterilizado que hurga en la más inmediata realidad proponiendo mensajes, lecturas, derivaciones conceptuales de lo real narrado que van más allá de la simple recreación de algo real, cotidiano, intrascendente. De este autor también conocemos el libro Color local, publicado por la editorial Extramuros de Ciudad de La Habana.
Reinaldo Medina Hernández en su Bar de ida es mucho más cáustico. Me explico: la realidad es tomada por este autor como un pretexto para construir historias donde lo real, lo absurdo, lo imaginario, lo irrelevante, lo trascendental, la cotidianidad, se amalgaman en piezas narrativas que resaltan por su aliento raro, como viciado, pútrido, a veces momificado, detenido. Desde la aparente ligereza de un tratado sobre la esencia de lo triste en "Baltasar, el triste", hasta el propio cuento que da título al libro, Reinaldo va mostrando un embudo que parte de una anécdota esencialmente real (por asimilación natural de lo fantástico en la realidad o a partir de la aceptación de lo fantástico como otra realidad: léase otredad) y termina allí, en el lado estrecho y descendente del cono en una decantación de lo absurdo al estilo de aquel personaje de Cortázar que comenzó a vomitar conejitos y sólo se asombró cuando vomitó uno de un color distinto. El absurdo es visto como un detalle más de esa vida "real" que transcurre dentro de la obra; no aparece como un dato de asombro o estupefacción o miedo (característica bastante común en otros cultivadores de esta modalidad en su promoción) sino como parte de ese todo que se narra en igualdad de condiciones y de "visión escrutinadora" con las otras partes. Podría resumirse que el desplazamiento de este autor entre lo absurdo de la realidad y la realidad de lo absurdo es, sin dudas, uno de sus más singulares aportes.
Cuando una parte de este trabajo se publicó en la revista Habáname cometí un error: obvié, por desconocerlo, a un narrador que luego se convertiría en otra de esas voces destacadas: el poeta y cuentista Carlos Jesús Cabrera, quien apenas con un libro de cuentos que le valiera el Premio Pinos Nuevos, Con zarpas de terciopelo, mostró sus dotes dentro del género. Poseedor de un exquisito manejo de la dialogación para la configuración de los personajes y para el estallido de los conflictos, sus historias se mueven en una trama donde las existencias de sus protagonistas se debaten buscando su verdad existencial y poniendo ante nuestros ojos, en unos casos de forma velada y en otros directa, situaciones que nos son muy comunes y que no por ello dejan de golpear esa parte que nos hace seres humanos. Carlos Jesús Cabrera es un narrador que ha demostrado su potencial como poeta (con el premio internacional Nicolás Guillén, de México, y el Premio de Poesía de la Editorial Oriente), y todavía de él pueden esperarse obras de una madurez superior, si tenemos en cuenta esas señales que nos lanza desde ese libro de cuentos.
Aún bajo ese sello de ser considerado "un escritor de provincias", precisamente (y lo digo una vez más) porque sus obras narrativas han aparecido en el sello de una provincia tan distante y tan distinta para todos como La Habana, la obra de Miguel Ferry Valdespino es una de las más importantes contribuciones que en los últimos años se ha dado al nuevo concierto de nuestra novelística. No hablamos de un desconocido, aunque tácitamente parezca serlo. Estoy mencionando a un narrador que ha obtenido en dos ocasiones menciones en el Premio Cuentos de Amor de Las Tunas, que ganó en el 2000 el premio Razón de Ser para su novela Caballo de Batalla, y que acaba de obtener en República Dominicana un importante premio en Teatro, el género con el cual se dio a conocer cuando en 1994 ganara el Premio Pinos Nuevos con su obra Laberinto de lobos. Su fabulación, con un fuerte aliento teatral, género en el que, repito, ya acumula varios premios en el país, se centra en un análisis a manera de juego intelectual del mundo irreal o ficticio o fantasmal que camina siempre junto al hombre en la búsqueda de "su verdad". Las mayores experimentaciones en la obra de este autor se hallan en el plano lingüístico en su función de comunicador sensorial, apareciendo la anécdota rodeada de un atmósfera etérea, seductora, sensual y casi siempre paradisíaca (aunque a veces ronda en lo fantástico). Una historia como "Un sólo de saxo para la mundana", como bien dijo un joven crítico y narrador en el más reciente evento nacional de narrativa (Las Tunas, 1998), puede ser leído, disfrutado, asimilado por todo tipo de lector en cualquier lugar del universo hoy conocido: su universalidad traspasa las páginas y queda en el éter donde se hayan los fantasmas de la memoria humana.
Lo mismo sucede con su novela Ajuar de guerra, publicada por la editorial Unicornio, de provincia La Habana en el año 2001, y con la cual obtuvo el Premio de Narrativa Félix Pita Rodríguez del 2000. Mario Morales, travesti bien conocido en La Habana, ha decidido cambiar de sexo y esa decisión lo lleva a replantearse su vida mediante el enfrentamiento a una realidad intolerante que pretende aplastarlo, a un entorno familiar que intenta salvarlo y a un mar de contradicciones personales bajo los cuales su indefinición es absolutamente aún más marcada. Al final ocurre la liberación. Es una de las novelas esenciales para el actual discurso de la narrativa cubana. No asume un tema tan mal manejado con la misma ligereza que ya lo han hecho otros autores y se hunde de tal modo en una perspectiva del individualismo en el mundo moderno que su novela alcanza objetivos impensables. Por demás, es de esas novelas que te dejan el gusto de haber leído una obra inolvidable.
Desenlace
He decidido replantear este trabajo y volver a publicarlo gracias a este espacio, que llega a mucha más gente que la revista Habáname, donde apareciera originalmente sin las actualizaciones y muchos de los comentarios que aquí esgrimo, precisamente porque uno de esos escritores se ha quejado de otro asunto que alguna vez puede ser tema de mis comentarios: las revistas culturales cubanas publicadas en provincia se pierden en el camino hacia la capital y son apenas unos pocos favorecidos los que logran capturar y disfrutar un ejemplar de esas excelencias.
Pero esos autores, esas revistas, esos libros, siguen ahí, más cerca de lo que a veces se les supone, unos tal vez esperando porque Mahoma (la promoción nacional) vaya a la montaña, por suerte con resultados alentadores; otros, entonando cánticos de sirena para que algún barco los escuche, allá, en cualquier sitio del mar y después del mar; los menos, caminando lentamente hacia Mahoma y, a un tiempo, rememorando a Jasón. Pero aquí están, de todos los modos posibles (o imposibles) re-construyendo sus mundos (nuestros Mundos) posibles o imposibles. No hay peor ciego que aquel que cierra los ojos.
Notas
[1] Rolando Zurbano. Poética de los noventa. ¿Ganancias de la expresión? pp. 7-8 Editorial Abril, 1996.