"Bajo cada nuevo paso somos menos los mismos. El hombre, lejos de iluminarse bajo la égida de la luz, busca su salvación en un mundo de sombras que lo marca, no hay otra salida, como una bestia ciega camino al Apocalipsis."[1]
Leída así, a vuela vista, esta frase parece haber sido escrita hace poco, cuando una familia argentina decidió suicidarse frente a la ventana desde la cual Fernando de la Rúa pretendía hacer creer al mundo y a los argentinos que trabajaba por superar la crisis más terrible en toda la historia de ese tan rico y mencionado país. Parece una frase creada bajo el influjo de esa nueva era que anunció el atentado a las torres gemelas en Nueva York, bajo el funesto vaticinio de Kofi Annan sobre la muerte en el 2002 de siete millones de africanos por el flagelo del SIDA, o bajo el sello siniestro de las últimas acciones fascistas de un mundo regido por un pensamiento fascistoide cada vez más poderoso.
Sin embargo, hemos de aclarar algo: la frase fue escrita en el año 858 de nuestra era por el filósofo Al Kindi, considerado el primer pensador islámico y uno de los primeros traductores al árabe de las obras de Aristóteles. Aunque afirmaba que las conclusiones esenciales de la filosofía y la religión son armónicas, situó, sin embargo, la revelación por encima de la filosofía y las intuiciones proféticas sobre la razón. Más adelante, en el propio trabajo titulado: "De la existencia y las razones del existir", nos dice:
"El hombre es su propia historia. Nada existe fuera de su vivencia, puesto que todo: universo, luz, tinieblas, aire, existe sólo bajo su mirada. A su muerte, muere la historia."[2]
Martí, Bolívar, Ghandi, por sólo citar algunos, sirven hoy de referentes al hombre moderno cuando se habla de eso que llaman "vigencia del pensamiento". ¿Qué decir entonces de las profecías de este hombre que en los mismos inicios de la nueva era, la era de Cristo, anunciaba que el mundo avanzaba irremediablemente hacia el Apocalipsis, mediante la propia eliminación de la humanidad que, para su concepto (y nótese los puntos de contacto con los conceptos modernos), significaba la eliminación de la historia?
La literatura escrita (y su posibilidad de continuidad en formatos que superan la mortalidad de la especie humana: tablillas de barro, papiros, libros) vino a convertirse, durante largos años, en un antídoto contra esa propia mortalidad que acababa con la historia llegado el momento de la muerte física. Conocidas son ya las frases de los pensadores modernos que afirmaban que leyendo las obras de Balzac, Tolstoi, Whitman, o más recientemente Gao Xinjian, por seguir citando ejemplos, podía conocerse la historia de esos respectivos países: Francia, Rusia, Estados Unidos y China.
No obstante, los nuevos lenguajes de la contemporaneidad imponen nuevos retos a esa conservación de la memoria del hombre, es decir, de su historia. Un estudio realizado por la IBM y propagandizado en la ya indispensable Internet por uno de sus estrategas, Bill Gates, ofrece el siguiente resultado:
1990: De un 46% comprobado (del total de la población mundial) de posibles lectores de todo tipo de literatura: el 39% adquiría libros y el resto: sólo un 7% tenía acceso al mundo de la información por la tecnología computarizada.
2000: De un 58% comprobado (del total de la población mundial) de posibles lectores de todo tipo de literatura: el 35% tenía acceso al mundo de la información por la tecnología computarizada (básicamente Internet) y sólo el 23% mantenía su acceso a la información a través del formato tradicional libro. De ese 23%, más de la mitad corresponde a población de países donde las tecnologías de la informática no han podido expandirse por diversas razones.
Conclusión esencial: no parece tan alocado, como se hizo ver a principios de los 90, el vaticinio de ciertos pensadores que preconizaron el fin del formato libro y la "masificación", para usar un término de moda, de la información computarizada.
De modo que, mirándolo desde ese punto de vista, volvemos a los inicios: la fugacidad evidente de las nuevas tecnologías (en el sentido de que cada día cambia y se moderniza dejando obsoleto lo anterior) propone un reto para la conservación de la memoria. El propio Umberto Eco, en uno de sus ensayos sobre la modernidad, asegura que "es un ciclo en el cual las etapas se incineran sin conservar sus raíces. Lo que importa es qué tecnología nueva propondrá nuevas facilidades al trabajo de conservación del espíritu humano, sin que importen las muertes sucesivas que va sufriendo ese espíritu durante el tiempo que duran esos cambios técnicos, como si la propia humanidad no se percatara de que estas nuevas tecnologías lanzan la inmensa y mayor parte de esa información, supuestamente rescatada, al espacio siempre perdido e inatrapable del éter."[3]
Y más adelante, hace una especie de chiste cruel: "los cambios hacia los nuevos lenguajes de procesamiento de la información son tan acelerados que ni siquiera los más poderosos museos del mundo han podido ponerse al día con sus colecciones. Al paso que va esa modernización, tal parece que hará falta ampliar, digamos, el Museo del Prado, ocupando con edificios de almacenes todas las avenidas aledañas para Almacenes donde se lea: Conservación de disquettes, Conservación de Zips, Conservación de CDs, Conservación de DVDs, etc."[4]
Y que conste, que este escrito de Eco data de 1999. De entonces acá, como él mismo lo hace saber en esa etcétera que coloca al final de la enumeración de almacenes, la tecnología ha avanzado tanto que poseer una computadora Pentium 200 con 10 Gb de disco duro lo hace a uno sentirse en la prehistoria.
La conclusión es simple y alarmista: si ha disminuido la cantidad de lectores en el mundo, si, por esta razón, por la crisis económica y por la competencia de las nuevas tecnologías, las editoriales han disminuido sus producciones en más de un 40% a nivel mundial, según datos de la UNESCO, y si cada día crece más la necesidad del hombre de adaptarse a las leyes de un universo computarizado signado por ese suicidio en el éter de la mayor parte de la información recogida y procesada, entonces el vaticinio de Al Kindi adquiere rasgo de profecía.
La muerte de la historia y el post-testimonio
Definir el post-testimonio, bajo el influjo de esta modernidad y de los lenguajes que han llegado al terreno del testimonio, es casi imposible y nos haría entrar en un campo en el cual aún el debate es amplio y bien matizado de incongruencias. Por esa razón prefiero ir a la simpleza de los términos:
Testimonio: la voz de los sin voz
Post-testimonio: la voz del hombre contemporáneo.
Entiéndase por hombre contemporáneo ese que ya no puede delimitar hasta dónde llegan y dónde acaban los lenguajes del periodismo, la investigación histórica, el cine, la televisión, la radio, las artes plásticas, y, claro, las ciencias de la información computarizada en sus diversas variantes, ya se ha dicho, cada vez más complejas y modernas.
Y caminemos también hacia una definición interesante, también aún en debate: "testimonio y post-testimonio parten de un presupuesto común: la presencia de seres no protagonistas, especie de testigos o personajes secundarios, que cuentan la historia desde la óptica del vencido, del subyugado; por tanto, es una visión menos manipulada de los hechos en tanto, ya se sabe, la historia es escrita (a su modo y conveniencia) por quienes vencen. El vencido tratará de demostrar/mostrar todas las caras posibles de los hechos, intentando convencer de que es quien tiene la razón."[5]
Bajo estos auspicios, la lista de clásicos del testimonio a nivel mundial ha sufrido una ostensible reducción. Como primera derivación han sido excluidos del campo del testimonio las memorias y libros del género de personalidades que encabezaron o cambiaron la historia. Baste un solo ejemplo: sobre la Segunda Guerra Mundial y el fenómeno del nazifascismo, el canon reconoció en 1987 tres libros básicos: Mi lucha, de Adolfo Hitler, Diario de Anna Franck y Reportaje al pie de la horca, de Julius Fucik. Hoy, al revisar el listado, se nota la ausencia del libro de ese genio maléfico que fue el Führer.
Otro ejemplo: Sobre el testimonio cubano, en la universidades norteamericanas aparecían los siguientes libros en 1987: El presidio político en Cuba, de José Martí, Crónicas de la guerra, de Miró Argenter, los Diarios de Máximo Gómez, José Martí y Antonio Maceo, Presidio Modelo, de Pablo de la Torriente, Mi propia Cuba, memorias de Fulgencio Batista, el alegato de autodefensa La historia me absolverá, de Fidel Castro, y Pasajes de la guerra revolucionaria, del Ché. Hoy la lista está recortada sólo a tres libros: El presidio político en Cuba, de Martí (porque era un adolescente y una víctima), Presidio Modelo, de Pablo de la Torriente, y Reinaldo Arenas con su clásico Antes que anochezca.
El post-testimonio
Según los debates sobre el tema, el testimonio (la oralidad transcrita, según una definición bastante exacta) ha perdido su esencia debido a la mixturización de lenguajes en los cuales los signos distintivos del periodismo, la historia, el universo audiovisual y las nuevas tecnologías envenenan esa oralidad con un marcado sentido ideológico. De ahí que, en la mayoría de los países con cierta tradición en el género, se haya debilitado la definición de testimonio como "la voz de los sin voz" para convertirse en la siguiente definición: la voz de la Historia. Aclaro, esta historia está escrita con mayúsculas y es la visión de los vencedores.
El post-testimonio, entonces, quedaría como "la voz del hombre de su época" y estaría caracterizado por tres rasgos:
La narración de un suceso en el cual se puede haber participado como ente individual pero desde la perspectiva grupal, no desde la cabeza protagónica de ese suceso.
El objetivo es contar lo que se vivió, no demostrar ninguna tesis (cosa que sí hace el testimoniante cuando escribe desde la óptica del vencedor).
El entorno histórico adquiere matiz de trasfondo y el protagonista es el desgarramiento humano (la óptica del vencedor escribiría el testimonio haciendo hincapié en los hechos históricos, poniendo al hombre como un ente dependiente de esos hechos o protagonizando esos hechos).
Cerrando el círculo en torno al concepto "la voz del hombre de su época" volvemos a encontrar un detalle básico: la adquisición del lenguaje de la marginalidad, entendida esta, generalmente, como las claves utilizadas por el habla no culta o no aceptada (al menos inicialmente) por la Real Academia de la Lengua.
Una de las limitaciones fundamentales del testimonio escrito por los vencedores es la "purificación del lenguaje popular", para decirlo al modo de nuestro maestro Ricardo Repilado. Tal pareciera que quienes escriben esos testimonios (gente de origen muy humilde: campesinos, obreros, personas sin mucha calificación aunque de mucho valor y mérito político) no quisieran recordar esos orígenes. Ya se conoce la famosa anécdota de un Juan Almeida gritando, en el fragor del combate, "aquí no se rinde nadie, carajo", cuando la palabra realmente pronunciada fue nuestra querida, y tan bien traída y llevada, cojones. O aquella otra en que el Che manda a Camilo a una misión y, al regreso, el Héroe de Yaguajay dice al Che: "casi me fastidian el trasero", cuando, según un protagonista de los testigos, lo que dijo Camilo fue: "por poco me rompen el culo".
Una lección vital
"Se impone hablarle al hombre desde el hombre, desde la sangre de la especie",[6] dice el escritor norteamericano Norman Mailer, fiel defensor del testimonio.
En un mundo donde imperan los lenguajes fríos de la contemporaneidad, donde las tecnologías, aunque facilitando, alejan a los hombres de sus sentidos más biológicos y universales (conozco amigos de otros países que ya sólo se hablan por email o por chat), se impone escribir desde el ser humano que uno es, con todos sus valores y miserias, para que, quizás, ese pedazo de ser humano que aún nos queda, sienta el llamado de la sangre y lea nuestras historias, comprenda nuestras historias y aprenda nuestras historias.
Coda computarizada con viaje al pasado
Después de haber respondido con toda una imaginación que deja pequeños los escenarios de las distintas partes de La Matriz sobre su proyecto de una modernidad hipercomputarizada hasta para las más simples necesidades biológicas, Bill Gates queda en silencio. El periodista le ha hecho una última pregunta: ¿qué desea él, en ese futuro, para sus hijos? Y la respuesta es bien simple:
"Que puedan leer un buen libro."
El genio renovador del mundo moderno apuesta por un futuro donde sus hijos tengan un buen libro. Y ya se ha dicho: un buen libro es aquel que nos conmueva hablándonos desde nosotros mismos, desde el hombre que habla al hombre que somos. Por esa respuesta conservo una lejana esperanza: Mientras existan escritores que dejen obras cargadas de historia y modernidad, "escritas desde la sangre de la especie", salvando la memoria (para lo cual el género testimonio ha sido y será utilísimo), el Apocalipsis anunciado por el filósofo islámico Al Kindi no llegará a cumplirse, y quizás, por esa misma razón, el hombre pueda salvar su memoria y su historia, sirviéndose, una vez más con su inteligencia, de esa escindida, desigual y pésimamente globalizada modernidad tecnológica.
Notas:
[1] Al Kindi: "De la existencia y las razones del existir" en Obras Escogidas, t. ii: Filosofía, Editora Selectos, Madrid, 1985, p. 49.
[2] Ídem, p. 63.
[3] Eco, Umberto: "Modernidad, tecnología y lengua" en University Land, no. 2, 1999, Universidad de Arizona, Estados Unidos, p. 14.
[4] Ídem.
[5] Philip, Leonard: "Nuevo Periodismo, Testimonio, Post Testimonio y Post Historia" en Lups Scientiae, primavera 2000, Toronto, Canadá, p. 25.
[6] "No escribo Historias, escribo historias". Entrevista a Norman Mailer por Rudolph Lancaster, The New Words. 15 de noviembre de 1995, Nueva York. EE.UU, p. 16.