Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 7:40 PM | Actualizado: 09 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 241 | ver otros artículos en esta sección »
Página
Narrativa cubana de los 90: Los vaivenes del péndulo
Amir Valle , 28 de febrero de 2003
"La sociedad moderna es un caos, vive del caos, se magnifica y materializa en el caos, y por ende, todas las estructuras sociales y sus derivaciones, entre ellas, la de la creación humana en cualquiera de los campos conocidos, se hunde en el caos y se proyecta desde el caos".

A esa conclusión llegaron los asistentes al Primer Congreso de Nuevos Narradores Hispánicos, celebrado en Madrid, España, en mayo del 2000. Una conclusión que, aunque apocalíptica, reflejaba el estado actual de la narrativa contemporánea latinoamericana, escrita por cualquiera de las promociones en activo en los momentos en que se cerraba un milenio y se inauguraba otro.

Más recientemente, en julio del año en curso, en una de las mesas redondas de la Semana Negra de Gijón, España, en su decimoquinta edición, el escritor colombiano Jorge Franco Ramos, ganador del premio Internacional Dashiell Hammett 2001 por su novela Rosario Tijeras, aseguraba que "se ha perdido la utopía: nos hemos quedado huérfanos de pensamiento. Lo que nos ha obligado a volver a lo básico de la literatura: contar historias. Además, políticamente hay una gran degradación y todavía ni vemos la luz al final del túnel. Nuestra aportación a la sociedad debe surgir de nuestro compromiso con la literatura, haciendo obras a través de un trabajo serio, concienzudo y bien logrado".(1)

Mario Mendoza, escritor colombiano ganador del legendario Premio Internacional Biblioteca Breve 2001, añadía que "en una sociedad en crisis, donde la pérdida de valores era algo cotidiano, donde los grandes grupos de poder establecían las leyes del mundo moderno y donde la violencia se reproducía en el seno de las propias sociedades, como un germen natural, los escritores tendremos mucho material para seguir escribiendo".(2)

Y es cierto. Podríamos arrimarnos al gastado criterio de que "a grandes traumas sociales, grandes cambios en el interior de la sociedad" y, claro está, estos cambios también producen esa necesidad de gritar, de expresarse, de criticar, de cronicar la situación que da un vuelco más creador a la creación artística y literaria en la inmensa mayoría de los países del planeta, materializándose en la eclosión creativa de los últimos 20 años del siglo XX y los escasos dos años de lo que va del XXI: una eclosión que ofrece un tercer aire a la literatura latinoamericana frente a las tradicionales potencias literarias del viejo continente.

El caso de Cuba no es distinto.

Eso que diversos críticos han llamado "explosión temática", puede considerarse una especificidad de la narrativa de los 80 y los 90, en sus dos promociones cabeceras. No ha de olvidarse que, aunque también convulsos socialmente, los años 60 y 70 (estos últimos, como se ha dicho en muchos trabajos críticos, caldo de cultivo de formación de la promoción del 80), no sufrieron los intensos y continuados cambios bruscos de la conciencia social universal que sí se manifestaron en las décadas del 80 y 90 debido a esas vueltas de rueca, también intensas, continuadas y bruscas (siempre en forma de rupturas traumáticas) del contexto político y social internacional.

En aquellas primeras etapas todos los análisis en el plano sociológico de nuestro desarrollo cultural pasaron inevitablemente por dos filtros básicos: el primero, la euforia revolucionaria y la lucha por la consolidación del triunfo, y el segundo, el debate ideológico revolucionario en contra de los ataques constantes del imperialismo norteamericano.

Precisamente a partir de 1980, con el gran éxodo inicial masivo de cubanos hacia Estados Unidos vía Mariel, el comienzo de las primeras divergencias en el seno del CAME y en el núcleo dirigente de algunos países socialistas de Europa, así como con las manifestaciones de resquebrajamiento ideológico y político en la URSS, se producen ciertas rupturas en el seno de nuestra sociedad, que estallarían a finales de esa década y principios de los 90 con todos esos sucesos internacionales que dieron al traste con el campo socialista y erigieron aún con más poder y omnipotencia a las clases políticas de la nación que aún hoy define los destinos del mundo. Eso, como es obvio -en total confluencia e interdependencia con los sucesos internos de nuestro proceso social-, influyó también en los cambios de la perspectiva de la cultura y literatura nacionales, y específicamente la narrativa de estas dos últimas décadas fue la más beneficiada.

La narrativa cubana

Una de las características que diferencian el fenómeno "Narrativa Cubana de la Revolución" de la escrita por otras promociones anteriores al 1959 es la existencia de núcleos fuertes de narradores en distintas provincias del país.

Otra característica es el predominio del cultivo del género cuento, como escalón primario y sostén de la obra de los autores de estos últimos cuarenta años, que sólo después de haber sido reconocidos como cuentistas incursionaron en el género novela, salvo algunas ilustres excepciones.

Si en el florecimiento de la cuentística cubana de principios de siglo y en la llamada narrativa de los 50, por ejemplo, podía definirse claramente un agrupamiento de autores en la capital y figuras aisladas en el resto del país, en los cuentistas del período revolucionario junto al gran número de escritores residentes en Ciudad de La Habana (por excelencia, el centro literario de la isla) se desarrollan otros narradores que hacen menos monolítica y metropolitana la incursión en el género.

Los núcleos de mayor desarrollo en el cultivo del cuento se encuentran, además del grupo capitalino, y con ciertos ascensos y descensos en su carácter fenoménico, en el oriente (Santiago de Cuba y Holguín, esencialmente), el centro (Sancti Spíritus, Santa Clara y Cienfuegos) y Pinar del Río, aunque existen también escritores con una obra destacada en otros territorios.

Ese fenómeno es aún más marcado en la cuentística cubana escrita en las dos últimas décadas del siglo XX, caracterizada por una confluencia generacional (coexisten narradores del 40, del 50, del 60, del 70, del 80 y del 90) en un momento en que la creación alcanza niveles de calidad muy considerables en todas las promociones existentes, hecho que ha sido señalado por el crítico y narrador Francisco López Sacha como "la vuelta del péndulo", ahora en un punto bien alto de su camino.

El período de oro de la narrativa cubana

Denominado así por el crítico cubano Ambrosio Fornet, el período iniciado con el triunfo de la Revolución y terminado en 1972 (según la mayoría de los críticos, aunque algunos lo cierran dos años antes) abrió las primeras vías para el reconocimiento internacional de las letras cubanas. En esos años se dieron la mano en los escenarios literarios cubanos autores como José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Onelio Jorge Cardoso y Lino Novás Calvo (que venían ya con una obra sólida desde la época prerrevolucionaria) con jóvenes narradores que vieron la solidez de su obra en esos primeros años como Guillermo Cabrera Infante, Antonio Benítez Rojo, Eduardo Heras León, Jesús Díaz, Norberto Fuentes, Reinaldo Arenas, Manuel Cofiño y José Soler Puig, entre otros destacados nombres. Libros como Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, El escudo de hojas secas, de Benítez Rojo, Los pasos en la hierba, de Heras León, Los años duros, de Jesús Díaz, Condenados de Condado, de Norberto Fuentes, Paradiso, de Lezama Lima, El pan dormido, de José Soler Puig y El siglo de las luces, de Carpentier, por sólo citar algunas, hoy constituyen clásicos de la Literatura Cubana de todos los tiempos y demuestran la madurez literaria y proyección universal alcanzada por nuestras letras en un momento similar de auge para la literatura latinoamericana.

El período gris

Las influencias literarias mal adquiridas de lo peor del realismo socialista, la politización de la cultura cubana hasta niveles que propiciaron el esquematismo y la creación de "modelos literarios permitidos" por la lucha ideológica del momento (fenómenos hoy reconocido por las autoridades culturales y políticas cubanas), entre otras muchas causas generalmente de origen no cultural, convirtieron a los años que transcurren entre 1972 y 1980, aproximadamente, en una tierra estéril donde sólo siguieron destacándose algunos nombres surgidos antes de la Revolución y en la época dorada ya mencionada, destacándose la obra de Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso, Reynaldo González, José Soler Puig, y surgiendo algunos nuevos nombres entre los cuales la crítica destaca la escasa creación (interrumpida por la muerte a los 30 años) de Rafael Soler (hijo de Soler Puig), con dos colecciones de cuentos imprescindibles para la historia de la narrativa de la Revolución: Noche de fósforos y Campamento de artillería.

El despegue del péndulo

El narrador y crítico cubano Francisco López Sacha denomina así al período que se inicia con la década del 80 y que aún no termina. El desarrollo acelerado de dos movimientos narrativos diferenciados y sólidos y su confluencia generacional con las otras promociones ya mencionadas han propiciado muchos resultados internacionales importantes (la mayoría de los narradores cubanos residentes en el exterior de la isla con premios internacionales -Zoé Valdés, Lichy Diego, Daína Chaviano, etc- ya tenían una obra sólida en el momento de su salida del país) que han colocado a la Literatura Cubana de fin de siglo entre las primeras de habla hispana en todo el mundo.

Esas dos promociones: la del ochenta (que se inicia a fines del 70 y consolida en la década siguiente) y la del noventa (que arranca a mediados del 80 y madura en la década del 90), junto a una nueva hornada de muy jóvenes narradores (entre 18 y 21 años) caracterizan y enriquecen el panorama de la narrativa cubana actual. De ahí que el despegue del péndulo sea una realidad y que, una vez llegado a la cima, no haya querido descender.

No es justo olvidar que en estas dos décadas, escritos por autores de promociones anteriores, se publicaron libros de valía, tales como Un mundo de cosas, de José Soler Puig, Aquiles Serdán 18, de Félix Pita Rodríguez, Rajando la leña está, de Cintio Vitier, La noche del aguafiestas, de Antón Arrufat, El polvo y el oro, de Julio Travieso, Cuestión de principios, de Eduardo Heras León, Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz, A Tarzán, con seducción y engaño, de Humberto Arenal, Colombo de Terrarrubra, de Mary Cruz, El rojo en la pluma del loro, de Daniel Chavarría y Al cielo sometidos, de Reynaldo González.

Si se quiere tener un real acercamiento a lo que sucede hoy en este campo en la isla (en ambos géneros: cuento y novela), debe buscarse de la promoción del 80 (y ojalá disculpen los posibles olvidos) Rumba Palace de Miguel Mejides, Un tema para el griego de Jorge Luis Hernández, El cumpleaños del fuego de Francisco López Sacha, Donjuanes de Reinaldo Montero, Habanecer de Luis Manuel García Méndez, El año 200 y El publicano de Agustín de Rojas, La Habana elegante de Arturo Arango, Casas del Vedado de María Elena Llana, Las llamas en el cielo de Félix Luis Viera, Un rey en el jardín de Senel Paz, Todos los negros tomamos café de Mirta Yáñez, El rey de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez y Tuyo es el reino de Abilio Estévez; o la tetralogía de tema socio-policial de Leonardo Padura que incluye los títulos Paisaje de Otoño, Vientos de cuaresma, Pasado perfecto y Máscaras, y más recientemente su exquisita obra La novela de mi vida.

De los narradores del 90 (una lista bien amplia) son importantes, entre otros, Las manzanas del paraíso, de Guillermo Vidal, El muro de las lamentaciones, de Alberto Garrido, María Virginia está de vacaciones, de Gumersindo Pacheco, Escrituras, de Rolando Sánchez Mejías, Prisionero en el círculo del horizonte, de Jorge Luis Arzola, Cuentos para adúlteros, de Jesús David Curbelo, Sueño de un día de verano, de Ángel Santiesteban, El derecho al pataleo de los ahorcados, de Ronaldo Menéndez, La estrella bocarriba, de Raúl Aguiar, El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela (autora galardonada con el Premio de cuento Juan Rulfo en 2000), La noche del siguiente día, de Sergio Cevedo, Fake, de Alberto Garrandés, Blasfemia del escriba, de Alberto Guerra, Mínimal son, de Ana Luz García, Nunca antes habías visto el rojo, de José Manuel Prieto, Obstáculo, de Eduardo del Llano, El caballero ilustrado, de Raúl Antonio Capote, Las comidas profundas, de Antonio José Ponte, El paseante Cándido, de Jorge Ángel Pérez, Cuentos frígidos, de Pedro de Jesús López, y Cañón de retrocarga, de Alejandro Álvarez, por citar sólo los más mencionados por la crítica nacional.

También de los más jóvenes narradores, nacidos esencialmente a partir de 1974, o que entran en pleno reconocimiento de su obra después de 1994, hay que destacar ya los libros Bad painting y Noche de ronda, de Ana Lidia Vega Serova, Paisaje de arcilla, de Alejandro Aguilar, Ultimo viaje con Adriana, de Rafael de Águila, Anhedonia, de Mylene Fernández, Oh, vida, de Adelaida Fernández de Juan, El perdón o la agonía de la vida, de Vladimir Bermúdez, La demora, de Waldo Pérez Cino, Apuntes de Josué: 1994, de Nelton Pérez, Adiós a las almas, de Jorge Alberto Aguiar o Cuentos sin pies ni cabeza, de Susana Haug Morales.

Coda

Es necesario aclarar que estas reflexiones asumen la posición de insertar a estas obras y a estos escritores como un todo único dentro de lo que ocurre en la narrativa cubana escrita en otros lugares del mundo, con un núcleo esencialmente fuerte en los Estados Unidos. La cultura cubana, vista como un fenómeno único, presenta matices que la hacen una de las culturas más interesantes, ricas y sólidas del continente, junto a las de países que hoy encabezan el universo cultural latinoamericano, como México, Argentina, Colombia y Brasil, sitios de nuestro hemisferio hacia los cuales están dirigidos la mayoría de los ojos de editores, estudiosos y comerciantes del libro en el viejo continente.


Notas:
1 A quemarropa, Diario de la Semana Negra de Gijón, 11 de julio del 2002. Página 3.

2 Palabras en la mesa redonda "Segunda Generación: la novela negra en Colombia". 10 de Julio del 2002. Semana Negra Gijón. Grabación en Archivos del Autor.