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Bocarriba ¿la estrella o el hombre?
Amir Valle , 28 de marzo de 2003
Es injusto. Hace un año ya asistimos a la presentación oficial de un libro que se anunciaba como un escándalo, que se esperaba luego de casi una década de que su autor fuera desgranando capítulo a capítulo en lecturas de cuanto evento de narrativa se hiciera en el país, provocando elogios y reflexiones sobre el mundo que se movía en sus páginas.

Se presentó la novela La estrella bocarriba, de Raúl Aguiar, publicada en el 2001 por la editorial Letras Cubanas, y nada ha pasado.

Es injusto, repito, puesto que es el único libro de todos los publicados por la llamada promoción de los 90 o Novísimos que logra ofrecer la cosmovisión del mismo sector poblacional que los hizo "lo distinto", al decir de críticos como Sacha y Padura, cuando se refieren a las primeras tendencias temáticas y estilísticas de esta promoción. No por gusto hoy los escasos ejemplares de La estrella bocarriba que sobreviven, se muestran arrugados, manchados, deshojados, convertidos en la Biblia de muchos rockeros de hoy que nada tuvieron que ver, y seguro ni siquiera recuerdan, la fenoménica que conmocionó el panorama cultural de la nación a fines de la década del 80 y principios del 90, donde se gestó el fuego que alimenta cada una de las escenas de esta obra.

Se impone hacer algo de historia. Una historia que vincula a Raúl Aguiar con uno de los tres grupos literarios que conformaron los autores de la promoción mencionada: El Establo, Seis del Ochenta, y Diáspora. Nuestra historia se refiere a Raúl Aguiar formándose en esa escuela de jóvenes escritores que fue El Establo, un verdadero grupo multitudinario, por cuyas filas pasaron más de una docena de noveles escritores, aspirantes a serlo o simples amantes de las letras, en su corto período de vida (1987-1988).

Francisco López Sacha, uno de los primeros en llevar a sus trabajos críticos la fenoménica de los cambios en la narrativa cubana del 90, se refiere a este grupo del modo siguiente:

"Los rockeros, encabezado por José Miguel Sánchez, Ricardo Arrieta, Ronaldo Menéndez, Raúl Aguiar y Verónica Pérez Kónina. Este grupo comparte algunos rasgos de estilo con Los iconoclastas, y a veces, hasta las mismas preocupaciones temáticas, pero su sentido del cuento está más orientado a la acción, al argumento, a la lógica de la continuidad. Su estilo de narrar tiene puntos de contacto con la generación anterior -conflicto polar en muchos casos, violencia física, ruptura de la sintaxis, interpolaciones musicales-, pero en ellos estos rasgos no están modulados, sino exagerados, en algunos momentos hasta el paroxismo. Las divagaciones de los personajes o del narrador ocupan mucho espacio en la anécdota, y ésta se reduce en ocasiones a un acto sin sorpresa, a un rotundo estallido."(1)

Presente en La estrella bocarriba está la tipicidad más visible en la obra de los narradores de El Establo (a la cual ya Sacha hace referencia en el párrafo anterior): la mistificación creada en torno a una "poética del escándalo", basada en una especie de fiebre del performance más que en la propia obra literaria. El Establo, ciertamente, resulta indispensable para cualquier análisis crítico-histórico sobre el surgimiento y desarrollo de las nuevas tendencias artísticas en las jóvenes promociones, en especial aquéllas relacionadas con el campo de la plástica, el cine y la música, y más esencial lo es aún si se analiza la actual influencia de los "gritos epocales" de esos géneros dentro del amplio espectro narrativo que hoy caracteriza a escritores fundadores o participantes de aquel Concilio Establiano.

El éxito de Raúl, en esta obra de madurez que surge después de haber publicado La hora fantasma de cada cual, donde sienta las bases de lo que luego se convertiría en expansión filosófica y estilística en La estrella..., consiste en que toda su novela es un performance preparado para que el lector participe, rechace o comparta el juego propuesto en una estructura laberíntica de acertijos (cada nueva respuesta lograda por el lector le da paso a la comprensión de una etapa más compleja de la historia narrada en la cual se sumerge) que lo llevará a entender la necesidad de las leyes internas del nuevo mundo que nos muestra, y lo indispensable, incluso, de la existencia de un lenguaje propio, distinto al de esos escenarios marginales en los cuales se mueven sus vidas.

Es justamente en 1988 cuando varios de estos creadores pertenecientes a El Establo obtienen premios nacionales de importancia, trasladando de ese modo el protagonismo de la más joven narrativa cubana hacia el occidente y contribuyendo a una fiebre temática en torno al universo de la marginalidad a partir de un submundo de ese gran mundo marginal: los frikis o rockeros.

La crítica comenzó a fijarse en ellos, en sus propuestas renovadoras, en su afán de escándalo y ruptura, en su espíritu irreverente y rebelde, y destacaron, en lo esencial, piezas que hoy siguen considerándose puntales para el estudio de la narrativa cubana de los años 90: Adolesciendo, de Verónica Pérez Kónina; La hora fantasma de cada cual, de Raúl Aguiar, y Alguien se va lamiendo todo, de Ricardo Arrieta y Ronaldo Menéndez, además de "La Costa" o "Rapsodia Bohemia", de Sergio Cevedo; obras todas de iniciación, en el sentido de que no alcanzan los niveles de calidad que lograrían algunos de los autores, pocos años después, en obras como El derecho al pataleo de los ahorcados, de Ronaldo, que se alzara con el Premio Casa de las Américas en 1997, y La estrella bocarriba, de Aguiar, que es, repito, la única que mantiene un hilo temático y una línea de ascenso en la transmisión y conformación de una "poética de la marginalidad", puesto que el otro autor que se ha mantenido por esta ruta (Arrieta) no ha publicado nada desde entonces.

Más allá de lo que anuncia la nota de contraportada (en la pasada Feria del Libro de La Habana, varios editores cubanos se plantearon la necesidad de mejorar este aspecto tan primordial de la edición: un verdadero caos, según dijeron) es imperdonable que la crítica no haya prestado atención a esta novela, pues en sus páginas se encuentran cuestionamientos que el debate sociológico vendría a asumir hoy (es decir, casi una década después de que la novela se escribiera), rebasando la dependencia testimonial de nuestra realidad que han sufrido la mayoría de las obras de los narradores del 90. Y la rebasa en tanto propone reflexiones: no es un simple calco, un mero reflejo: dolencia que frustró las propuestas de cientos de cuentos bien escritos pero fugaces en su introspección dentro de la realidad cubana que retrataban sin provocar ni una reflexión que no fuera "ah, sí, eso lo vi en la esquina, está sucediendo". Coloca a los personajes: jóvenes inmaduros, soñadores, imperfectos, en la colosal tarea de construir el mundo que creen perfecto, lo cual los obliga a darnos señales de su inconformidad con su propio papel dentro de una sociedad moderna que se mueve con los mismos hilos con los que toda la humanidad es manipulada. Construyendo esa cosmogonía particular, asumen la tarea histórica del ser humano: mejorarse a sí mismos mejorando el universo que habitan. Es un grito que rebasa las fronteras de lo insular, de lo continental, para convertirse en un reclamo universal, tarea que Raúl conoce (y asume, y propone como tesis de fondo) pues él mismo ha confesado haber descubierto esa similitud de preocupaciones en escritores extranjeros de primera línea dentro de la promoción como el dominicano Junot Díaz y el español Ray Loriga, entre muchos otros.

En una promoción donde ya se cuenta con muy interesantes novelas, a través de las cuales puede comprenderse el aporte de esta hornada de escritores a la actual narrativa cubana, tales como Cañón de retrocarga, de Alejandro Álvarez Bernal, El caballero Ilustrado, de Raúl Antonio Capote, El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela, Silencios, de Karla Suárez, La leve gracia de los desnudos, de Alberto Garrido, y El paseante Cándido, de Jorge Ángel Pérez, por sólo citar las más recientes (todas, una clara prueba para los estudiosos de los amplios registros de estos autores), La estrella bocarriba se inserta como una pequeña y rara joya, que titila con una luz diferente, cuando se la coloca junto a las demás: una luz que no se parece a ninguna.

Notas:

1 Francisco López Sacha: "Tendencias actuales del cuento en Cuba", en La nueva cuentística cubana, p. 74.