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Los niños feos de la industria editorial cubana: bueno, no tan feos
Amir Valle , 09 de mayo de 2003
El concepto cultural que ha permitido llevar la posibilidad de publicación a todos los rincones de la isla es simplemente hermoso. Para hacer honor a una verdad absoluta, tengo testimonios de varios escritores (el argentino Abelardo Castillo, el venezolano Luis Britto García, el mexicano Paco Ignacio Taibo, la española Almudena Grandes, por sólo poner algunos ilustres ejemplos) de que esa idea es una quimera imposible en cualquier otro sitio del mundo.

Pero siempre algo me preocupa: el valor de uso del libro, el concepto de que lo estético es también la adecuación de forma y contenido. Y me preocupa que muchos libros importantes, que realmente están proponiendo aportaciones en el campo de las letras, se pierdan por el sello de niños feos que generalmente pocos compran y unos pocos leen.

De esta responsabilidad nadie se salva, incluso aquellas editoriales (Capiro, Holguín, Loynaz) que dieron importantes pasos de avance en la edición del libro cubano en momentos de total crisis. Si a esto se suma que muchas de esas ediciones se consumen solamente en el marco provinciano de los territorios donde se produce el libro, el problema es peor: esas obras, sólo por azar, llegarán a manos de la crítica que, por desgracia, sigue teniendo su fuerza gestora y rectora en la capital del país.

Por ello quisiera comentar algunos títulos que espero no caigan en saco roto, no se pierdan en la cara de niño feo que presentan, pues su alma es hermosa, innovadora, irreverente y desenfadada, como el alma de cualquier niño.

En la noche, breves historias contadas por el narrador tunero Nelton Pérez (1970), actualmente radicado en la Isla de la Juventud, forman parte de un proyecto mayor, ya publicado en España en el 2000: Apuntes de Josué: 1994. Son típicas historias que recogen el mundo marginal, marginado, olvidado y de olvido de los balseros cubanos. Luego de obtener el Premio de la Ciudad y el Waldo Medina del 2000, En la noche reúne 24 de las cien historias publicadas en el libro de España, aparecidas en Cuba, en este caso, bajo el sello editorial El Abra en una impresión corrida y con una portada tan mal impresa que resta valor al hecho de que haya sido ilustrada por un cuadro del reconocido pintor Alexis Leyva (Kcho).

Historias para un diario mágico, del narrador Carlos Santos (1966), también residente en la Isla de la Juventud y publicado por Ediciones El Abra, es uno de esos libros escritos para niños que puede ser leído por los adultos y que deja el regusto de haber asistido a la lectura de una obra que remueve fibras quizás escondidas en el regio traje de la adultez. La ingenuidad, el amor, la violencia en el seno familiar, el inocente humor infantil, el juego con situaciones reales donde confluyen la cotidianidad, la naturaleza y las situaciones extremas a las cuales se ven abocados los niños en cualquier latitud, son virtudes que saltan desde las páginas mal ensambladas y peor impresas de esta edición, por suerte con bellas ilustraciones, de la colección "Mi solecito".

Mal destino también, aunque con una elaboración más cuidada, puede sufrir Oscar, el personaje protagónico del libro de cuentos Uno para nadie, del pinareño Luis Hugo Valín (1962), aparecido en la colección "El Rizo", de Ediciones Loynaz. Ganador del Premio Hermanos Loynaz de narrativa en el año 1999, este volumen propone una búsqueda de la individualidad, del valor de los sueños en el destino del ser humano, desde una perspectiva intimista e ingenua que permite afinar el ojo crítico hacia absurdos del amor filial, del amor de la pareja, de la amistad, del enfrentamiento a la muerte, de la relación humana con un entorno agresivo.

Con un concepto bien interesante y diferente del relato corto, Fragmentos del diablo, del espirituano Osvaldo Antonio Ramírez (1956), es otro de esos libros que pueden considerarse "raros" en tanto es singular su acercamiento a la actualidad inmediata, filosofía mediante, parodia mediante, humor mediante, ironía mediante, introduciéndose en el mundo vivencial de los personajes a través de una técnica antiquísima: el fluir constante del pensamiento. La interrelación entre verosimilitud y veracidad, entre lo fantástico y lo real, entre el pensamiento intelectual y la acción ordinaria, entre la pasividad social y la violencia social, es una condicionante más, un aporte más de esta obra a la narrativa cubana actual. Lástima que impresión, diseño y edición no estén a la altura del contenido.

A solas con Casandra es una de las novelas escritas por una mujer que ingresan con todo mérito al listado de las novelas imprescindibles escritas en la última década del siglo XX. Es un hermoso canto de amor y de liberación de la mujer, nada feminista, a partir de la recreación de un mito clásico. Con esta novela su autora, la espirituana Marlene García (1965), se ha convertido en una referencia obligada para la crítica literaria y, sin embargo, sobre esta novela no ha aparecido un solo comentario. Sólida, madura, bien estructurada, bien escrita, con garra que nos lleva hasta el final, de esta obra debemos lamentar solamente la mala calidad de impresión de su portada y el montaje del libro, en tanto el diseño interior y la impresión de la tripa posee una dignidad destacable en la colección "Arcada", de Ediciones Luminaria.

Lo mismo sucede con El jardín de las mujeres muertas, de la poetisa y narradora tunera María Liliana Celorrio (1958), que obtuviera el Premio Nacional de Cuento Manuel Cofiño convocado por el Centro Provincial del Libro de Las Tunas, publicado por la editorial Sanlope en su colección "Caballo Blanco". Cuentos como "Cuatro tenedores y una mujer", "La mesa maldita", "Mujer cómica mirando fotos de hombre", "Sueño con serpientes", "La mujer y el diablo" y "Los hombres de pálido", son pequeñas joyas de la cuentística escrita por mujeres en la isla, sin temor a exagerar. El surrealismo, lo onírico, lo erótico, lo fantasmal y lo marginal son amalgama y escenario, al mismo tiempo, donde transcurren estas historias desgarradoras, impactantes, nada complacientes con el papel de ser "la mujer" en el mundo moderno.

El desenfado de Los demonios que me rondan, de Gelasio Barrero (1957), residente en Granma y perteneciente al grupo Espiral, de Bayamo, puede ser desconocido si muchos pasan ante su libro, como yo mismo lo hice, sin comprarlo a pesar del precio ridículo. Tuve la suerte de haber sido uno de sus profesores en el Taller de Creación Literaria "Onelio Jorge Cardoso" y de que él mismo me enviara por correo un ejemplar. Impreso por Ediciones Bayamo en una letrica ilegible y borrosa en grandes partes de los cuentos, a un espacio, en una caja inmensa que casi cubre la hoja y con una portada nada llamativa, la propuesta de los ocho cuentos es, sin dudas, interesante y representativa de los intereses de la promoción en la cual se inserta la obra de este autor, joven en el género pese a su edad.

Y Ángeles desamparados, novela del ya respetado narrador Rafael Vilches (1965), publicada en la colección "Guardaraya" de Ediciones Bayamo, es otra de las obras que debiera ser más conocida, más divulgada, en tanto propone una variante de un tema socorrido en nuestras letras pero rico en posibilidades: la pérdida de la inocencia en un escenario también socorrido pero maltratado en la mayoría de las narraciones: el del mundo estudiantil. En esta obra, el toque diferenciador está en la conformación de un personaje atípico a ese mundo, quizás irreal; en la inclusión de un amplio abanico de escenarios que multiplican la voz del narrador y lanzan una lectura otra, distinta, casi corrosiva, inconforme, del tema ya dicho. Otra vez la tipografía diminuta, la impresión borrosa de la tripa, el mal ensamblado del libro y una portada mal impresa que opaca el impacto de la ilustración de Zayda del Río, atentan contra la comunicabilidad de esta novela.

El asunto es simple: cuando hay pocos recursos se debe recurrir al talento. Bien recuerdo aquellos hermosos plegables, aquellas hojas sueltas, aquellas revistas hechas en papel cartucho, en hojas desechables, que hicieron época en los duros tiempos del período especial y que hoy se consideran joyas de la edición cubana, dándose el caso de que por uno de aquellos plegables, el poema "El amolador de tijeras busca su casa", del poeta pinareño Nelson Simón, un turista haya ofrecido recientemente la escandalosa suma de 300 dólares, o de que las revistas Vigía sean cotizadas a muy alto precio en el exterior.

No se trata de cumplir un plan editorial simplemente. Se trata de aunar paciencia en la edición, talento en el diseño, profesionalidad en la impresión y el ensamblado, para hacer que uno no pase por delante de esas obras haciendo una mueca de menosprecio, desconociendo que, posiblemente, hayamos dejado en un estante un buen libro.