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Sobre escritores, generaciones y olvidos
Amir Valle , 06 de junio de 2003
Durante los últimos años, la crítica (que como dijera una vez Víctor Fowler, siempre se hace desde el poder en sus múltiples inserciones y posiciones en la Cultura) ha venido imponiendo una lectura sobre el asunto Narrativa Cubana Actual que en los meses más recientes ha tomado matices escandalosamente exclusivos.

En muchos de mis escritos he intentado defender una tesis: no importa el protagonismo numérico de una u otra promoción en la narrativa cubana actual; importa la confluencia generacional, las relaciones de interdependencia y retroalimentación que puede verse, con una simple ojeada, en el panorama actual de nuestras letras en cualquiera de sus géneros.

Espero que mis colegas sepan leer esta crítica como la preocupación sana de que un fenómeno de tal envergadura no puede mirarse, estudiarse, y mucho menos, promocionarse en el exterior, desde una única perspectiva.

Asistimos en la propia Feria Internacional del Libro de Guadalajara a una mesa redonda donde se hablaría de la narrativa cubana actual. Y ya desde la conformación de los integrantes de esa mesa comenzaba el error: Eduardo Heras León (de la generación del 60), Miguel Mejides, Francisco López Sacha, Arturo Arango y Guillermo Vidal (de la promoción del 80) y Rogelio Riverón (de los llamados Novísimos o narradores del 90).Comienzan aquí las preguntas: si en la delegación cubana había narradores de todas las promociones, ¿por qué no estaban en la mesa Antón Arrufat o Reynaldo González (ambos con novelas muy recientes)?; ¿por qué cuatro narradores del 80 y no uno, para permitir el paso a las dos promociones que siguen a los novísimos, que pudieron estar representadas allí por Orlando Luis Pardo (Premio Pinos Nuevos de ese año) y Abel González Melo o Susana Haug (estos dos, los más jóvenes de la delegación y al frente en la isla de una nueva promoción que ya va diciendo bastante en cuanto a la calidad de muchas de sus obras)? Aunque no nos gustó a muchos, tuvimos que compartir y aprobar el exabrupto de Arrufat desde el público cuando al término de la mesa, señaló que era inconcebible que se hubieran referido sólo a una de las tendencias de la narrativa cubana y que se hubiera olvidado mencionar a Virgilio Piñera en el exhaustivo panorama generacional que fuera haciendo Sacha entre intervención e intervención. Arrufat acusó a los de la mesa de historicistas y tendenciosos, términos realmente ofensivos pero justos si se tiene en cuenta lo allí sucedido. No sólo faltaron Virgilio Piñera. Tampoco se mencionó a la narradora excepcional que fue Dulce María Loynaz y, ciertamente, en todas las exposiciones, excepto la de Guillermo Vidal, muy personal y sincera desde la voz del creador, se priorizó la tendencia realista en la literatura.

Para colmo de males, el único material consultable sobre el tema que presentó la delegación cubana en la Feria fue la Edición Especial, Número 6, de noviembre-diciembre del 2002, de La Gaceta de Cuba, con su dossier "Cuba novelada". Es cierto que recoger el tema en tan poco espacio es un reto difícil de vencer, pero puede hacerse. Como cómputo general, quien lee ese número se llevará la idea de que la narrativa cubana está siendo escrita y protagonizada por los narradores del 80, cosa que sólo en parte es cierta. Esa parcialidad al presentar un fenómeno donde, repito, todas las generaciones tienen un mérito considerable, puede encontrarse desde la página introductoria al dossier donde se excluyen los logros internacionales últimos de escritores de otras promociones como Benítez Rojo y Reynaldo González, o Alexis Díaz Pimienta, Ena Lucía Portela y Karla Suárez, por sólo citar algunos. La frase "El extenso dossier que presentamos en estas páginas pretende dar cuenta, obviamente de manera parcial" no puede entenderse como que la parcialidad priorice una promoción sobre las otras.

Ejemplar en el sentido del tratamiento de la pluralidad necesaria en el acercamiento a las obras de las promociones actuantes en nuestra narrativa, es el ensayo de Waldo Pérez Cino donde analiza, desde una perspectiva muy interesante, los aportes de autores de distintas promociones y lugares de residencia (en Cuba y el exterior); y al breve acercamiento de Pedro Pérez Rivero a "La hipérbole en el cuento cubano de los 90", donde, por suerte, analiza cuentos de autores de la promoción que sigue a los novísimos, autores que están considerados "fuera de promoción y autores de la promoción del 80". Esto no sucede, sin embargo, en el trabajo de Odette Casamayor donde solamente se menciona al final, en breve espacio, la novela El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela, luego de haber dedicado gran espacio a la obra de Senel Paz, Abel Prieto, Abilio Estévez y Pedro Juan Gutiérrez (todos de la promoción del 80), o en el otro, donde Margarita Mateo habla de la novela escrita por narradores del 90 o novísimos. Vuelven las preguntas: ¿dónde están, al menos citados como en estos casos, los aportes que a la narrativa cubana han hecho (desde su novelística y su cuentística, indistintamente, y en las décadas del 80 y el 90) autores como Cintio Vitier y Ezequiel Vieta; Antón Arrufat y Reynaldo González (que acababa de recibir el Premio de la Crítica por su última novela, publicada por Alianza Editorial), José Soler Puig, Julio Travieso y Humberto Arenal?; ¿por qué no se incluyó, al menos, un trabajo general donde se abordaran los aportes y cambios que a la narrativa cubana actual están proponiendo los muy jóvenes escritores nacidos después de 1980 y que ya tienen una amplia lista de premios y libros publicados?

Profundicemos en la tipicidad promocional del asunto: Los trabajos críticos y ensayísticos, para el público lector y estudioso siempre serán solo eso: una mención, una referencia, la posibilidad distante de que alguna vez pueda buscar o encontrarse con las obras de los autores mencionados o citados.

Pero en publicidad y promoción hay una máxima muy vieja: vista hace fe. En simples palabras, y es algo muy utilizado por las grandes editoriales, hacer visible al escritor, ponerlo a hablar en entrevistas y "mover sus textos" en distintos escenarios, es lo que coloca al escritor como una mercancía comprable, con valores destacables para ser conocido, leído, adquirido (pues no debemos olvidar que es esa la finalidad de toda promoción en arte). Si bajo ese concepto analizamos que en este número de "Cuba novelada" hay tres entrevistas (Abilio, Reinaldo Montero (de los 80) y Ernesto Santana, a quien la crítica considera un puente entre los 80 y los novísimos) y que los textos de ficción seleccionados corresponden a Eliseo Alberto, Achy Obejas y Pedro Juan Gutiérrez (los tres de los 80), con la sola inclusión de un fragmento de novela de Ena Lucía (de los 90), es obvio que la balanza se inclinará a una conclusión: hay una promoción encabezando, protagonizando, sentando las pautas de la narrativa cubana actual. Y todos sabemos que no es cierto, ya lo he dicho.

No sería justo con ninguna de las generaciones actuantes en el escenario de la narrativa cubana actual en la isla (pues el fenómeno ha de ser visto también en todas las ramificaciones creativas de cubanos escribiendo en otros países) si se presenta un panorama tan parcial y con tantos olvidos.

No es posible ser justos si este número olvida los aportes de Miguel Barnet al testimonio y al nuevo género novela testimonio; si faltan los aportes a nuestra novelística actual de Lisandro Otero o Guillermo Vidal, por sólo mencionar dos autores representativos de dos tendencias distintas y con obras importantes publicadas en los últimos años, en Cuba y fuera de la isla; si no dedica al menos un espacio teórico a otras tendencias menos cultivadas pero existentes y con obras de consideración, o si se olvida, como se hace, la escritura de zonas temáticas (casi genéricas) tan complejas como la Ciencia Ficción, la novela policial (sólo se menciona a Leonardo Padura y, de soslayo, a Daniel Chavarría), o la narrativa infantil. ¿Por qué no se preparó el número con entrevistas, por ejemplo, a Reynaldo González, Abilio (esa misma que está publicada), Karla Suárez (o Alexis Díaz Pimienta y Alberto Guerra, protagonistas activos de la promoción del 90), y Mariela Varona (o cualquiera de los otros autores de la última promoción)? ¿Por qué si se iban a incluir cuatro textos no se seleccionaron de autores representativos y con obras recientes de distintas promociones (que los hay, y son varios), entre las cuales no podía faltar, por ejemplo, Alberto Garrido (último premio Casa de la promoción del 90)?

Pero las incongruencias no acaban con este número, al que dedico más tiempo porque, ya lo dije, fue el único material que sobre el tema se distribuyó en la Feria de Guadalajara. Está sucediendo cuando aparecen antologías realizadas por críticos e investigadores que ni siquiera conocen a fondo el asunto que pretenden antologar, cometiendo olvidos, errores de selección y proyectando criterios indefendibles desde muchos puntos de vista; o cuando, con el supuesto objetivo de unir todas las orillas diáspóricas, migratorias o geográficas donde se escribe literatura cubana, se selecciona a los autores atendiendo a su acercamiento a la isla y no a la real contribución de su obra a nuestra Cultura; o cuando (como bien diría Alberto Guerra en uno de sus escritos en otro espacio de CubaLiteraria) se sigue encasillando a ciertas generaciones en términos y valoraciones que ofrecen la imagen al exterior de que son promesas, posibles buenos escritores; o cuando se menosprecia el pasado, la raíz, y se olvidan los nombres que hicieron posible que hoy estemos aquí, todos, escribiendo, defendiendo ese lugar, ese espacio que tenemos en las letras, más allá de promociones, tendencias y clasificaciones.

Esto es sólo un llamado. La narrativa cubana, proyectándola como se la está proyectando bajo estos ejemplos que doy, lejos de mostrar su real riqueza, se empobrece.