El Gran Hermano te vigila. Las predicciones de Orwell
Rolando Pérez Betancourt, 11 de junio de 2003
Sin bombos ni platillos por parte de aquellos que durante la Guerra Fría lo exaltaron como si fuera un dios de las letras, se están cumpliendo cien años del nacimiento del inglés George Orwell, el ingente crítico del Estado soviético y también del fascismo, cuya sublime obsesión fue transformar en arte la literatura política. Múltiple y contradictorio, en ocasiones profundo, en otras ingenuamente cismático a partir de un utópico concepto de independencia, Orwell se ganó la desconfianza de conservadores y anarquistas, de estalinistas y socialdemócratas. Sus dos últimas novelas, sin embargo, lo convertirían en oriflama del anticomunismo internacional: Rebelión en la granja (1945) y 1984, que vio la luz en 1949, un año antes de su muerte por tuberculosis. Como dejó esclarecido en su obra The Lion and the Unicorn (1941), Orwell quería para su país el triunfo de un socialismo inglés, libre de las influencias soviéticas. Para rivalizar contra ese “modelo foráneo”, al que no le faltaban numerosos simpatizantes en Europa, escribió Rebelión en la granja, una sátira de animales que apuntaba directamente a quien él consideraba responsable de desviaciones en la Revolución rusa: Stalin. Pero el punto final de su novela coincide con la paliza que dan los soviéticos a los alemanes y ninguna editorial inglesa quiere arriesgarse a publicar algo que va contra los aplausos y agradecimientos de medio mundo. Finalmente hay una edición de 25 mil ejemplares en Inglaterra y la novela cruza el Atlántico para llegar a Estados Unidos. ¡Gran sorpresa! La edición norteamericana de 1946 vende cerca de 600 mil ejemplares. El New Yorker, siempre parco en elogios, asegura que el libro es “absolutamente magistral”, trae a colación comparaciones relacionadas con Voltaire y Swift y recomienda comenzar a pensar en Orwell como un autor de primera línea. Como asegura el escritor norteamericano Michael Shelden en su biografía sobre George Orwell: “Rebelión en la granja hizo impacto en la imaginación popular en un momento en que la Guerra Fría empezaba a hacerse sentir. Durante muchos años el ‘anticomunismo’ utilizó el libro como arma de propaganda, tergiversando de este modo el espíritu con que Orwell lo había concebido”. En plena guerra, Orwell había escrito: “Pienso que si la URSS fuera conquistada por algún país extranjero, la clase obrera de todo el mundo se descorazonaría, al menos por el momento, y los cretinos capitalistas que nunca han dejado de sospechar de Rusia se sentirían estimulados... Yo no querría ver a la URSS destruida y pienso que habría que defenderla si es necesario”. Ese “anticomunismo” sonoramente difundido en tiempos de la Guerra Fría y del que hablara el biógrafo Shelden, también impulsa como buque insignia la novela 1984, una obra que sin haberla leído –pero lastrados por la propaganda– muchos la toman como supuesta referencia contra las ideas socialistas de Marx y hablan de “universo orweliano” y otros conceptos desacreditadores prefigurados por el constante batallar de las derechas globales. Pero lo cierto es que 1984 no es una novela anticomunista, sino contra los totalitarismos de cualquier tendencia. En ella se describe un futuro tétrico y opresivo dominado por una policía del pensamiento. Se desarrolla en Londres, donde Winston Smith es un funcionario del Ministerio de la Verdad responsabilizado con “corregir” datos históricos, de manera que estos coincidan siempre “con lo que se quiere” por parte de los dominadores. Unos dueños de medio mundo con ansias de sojuzgar al Universo y cuyas consignas principales son: “La Guerra es la Paz”, “La Libertad es la Esclavitud” y “La Ignorancia es la Fuerza”. Todo ello dominado por unas telepantallas, ojos y oídos del gobierno, de ese Gran Hermano empeñado en saberlo todo y de eliminar la más mínima intimidad. Más de cincuenta años han transcurrido desde que Orwell escribiera este libro premonitorio del cual, luego de su febril exaltación anticomunista, en los últimos tiempos apenas se habla por parte de aquellos que lo glorificaron. Habría que sospechar. Hoy un totalitarismo neoliberal con cabeza norteña pretende dominar el mundo y en éas a Tim Robins y Susan Sarandon les oscurecieron la pantalla mientras hablaban en directo en Today Show acerca de la libertad de expresión), les cortan los contratos a los contestatarios (el caso del actor Sean Penn y otros más), compra (como informó la AP) “el acceso a bancos de datos sobre cientos de millones de habitantes de países latinoamericanos”, llama a filas a los fantasmas del macarthismo y crea una consigna máxima, sin espacio para ningún matiz: Los que no están con ellos, están en contra de ellos. 1984 llamó Orwell a su novela y sobran indicios para pensar que le faltaron veinte años para no quedarse corto.