Con su poemario inédito Del animal desconocido obtuvo Jorge Luis Arcos (La Habana, 1956) el Premio Internacional Casa de Teatro, de República Dominicana, en su edición de 2002. Como los anteriores (De los ínferos [1999], Premio de la Crítica, y La avidez del halcón, inédito, premio compartido en el Concurso Centenario de Rafael Alberti), este nuevo título nos entrega una insaciable avidez de conocimiento, acaso la más intensa de la poesía cubana de hoy. Son páginas que irrumpen vigorosamente en sus cuestionamientos, en sus preguntas incesantes, como de quien vive asombrado por la realidad. Sentimos, al leer Del animal desconocido, una mirada angustiosa que busca el sentido último de las cosas, la posibilidad del desciframiento, unas veces expresada en preguntas y otras en el decursar de un discurso lírico que comporta incertidumbres, conciencia de la nada, afirmaciones cuestionadoras. En todo el cuaderno percibimos una aridez desoladora, pero no su previsible consecuencia, el irredimible escepticismo. Por el contrario, estos poemas poseen una significativa vitalidad, una fuerza redentora que nos colma de una extraña suficiencia. Así, en "Epístola a José Kozer" leemos:
Qué materia
tan huraña, qué playa tan desolada, tan pobre
tan delicada, rodeada de bosques ávidos
y una tiniebla tan mala... No puedo seguirla viendo
como una turbia elegía. Aparto el rostro
No existe. Ni yo tampoco. Es la nada
Inmediatamente, en la siguiente estrofa, nos dice, en un giro característico del estilo de Arcos, como quien sabe dónde encontrarse a sí mismo para esperar lo inevitable en medio del horror:
Amigo, por qué no nos encontramos
en una clara mañana, allá lejos, en un golfo
de piedad, en una España soñada
como páginas de un libro, todos juntos
con Mari Carmen y Guada, para envejecer
tranquilos hasta cruzar temblorosos
ese umbral de resplandor permanente
y hundirnos en esa parte donde el sol se calla
y convivir con las cosas en el légamo
en la fuente de una isla imaginaria
sin caducidad, inocentes criaturas
comiendo de un mismo pan
Se alternan en todo el libro, como en este ejemplo, la percepción de una intemperie metafísica, que sumerge al poeta en reflexiones inquietantes, y la vislumbre de otros espacios y de otras experiencias soñadas y anheladas, en ocasiones un regreso a la infancia, en ocasiones una convivencia amorosa, entrañable, con los amigos, en otros momentos una entrega a la plenitud de los sentidos, buscando una memoria perdida, una alegría que el poeta sabe imposible, pero no por ello menos real. La amistad, el amor y el viaje, en similar medida que la desolación y la percepción del no-ser, están en el centro de Del animal desconocido y sustancian su escritura, imprimen a los poemas su excepcional vigor. El poeta dialoga constantemente con los amigos que se han ido, que están ausentes, en una dispersión que forma parte del caos y de la nada y de la que es necesario redimirse con los sueños y las imágenes espléndidas de lo desconocido. El amor integra la mirada y le da una plenitud sin la cual el poeta no puede edificar su vida. El viaje es imprescindible si queremos llegar a la tierra que nos aguarda y en la que habremos de hallar la dicha definitiva, a pesar de la devastación y del vacío que ha invadido la existencia, esa Isla que espera por nosotros, la Isla mítica de un tiempo sin Historia. Así nos dice en "Una absorta eternidad":
Una isla te aguarda entre la niebla
isla de sueño y de agua. Mira hacia dentro
como un réprobo. Allá en la linde última
del bosque alucinante hay un pasaje oscuro
con olor a hojas secas y maderas
podridas. Como un sexo abierto
y húmedo
Ah, Elpénor, dadme ese conocimiento
ese alfabeto de ruinas, esas sílabas
de sombra, ese magma, esa
leche seminal, ese alimento sagrado.
[...]
Allá. En la más indecible lejanía
una isla te aguarda, una absorta eternidad
El poeta evoca continuamente los sitios perdidos en la memoria, en un pasado real pero al mismo tiempo inaccesible, y hacia allá quiere encaminar su viaje, peregrino sin tierra que desea volver, reintegrarse a unas "islas salvajes" en las que está la totalidad. Leamos estos versos: [...] Son las islas salvajes / Elpénor, los placeres baldíos de la esperanza / las volutas del ocio, las turbias iniciaciones / los lujuriosos planetas, el sexo abierto / y húmedo, las galaxias profanadas / y los fulgores que chisporroteaban / en la noche inacabable [...] Sentimos en todo el cuaderno una tensión que en ocasiones llega a estremecernos; las enumeraciones preguntan o recuerdan espacios iluminados por una luz y una belleza olvidadas, objetos y animales fabulosos y reales que hablan de un paraíso al que quisiéramos volver en nuestro viaje a la eternidad anterior al nacimiento. Este libro es único en la poesía cubana de los últimos decenios precisamente por esa avidez, esa alternancia de la dicha sensorial y los signos tanáticos, de intemperie, por los que el poeta transita día a día en busca de su destino. Hay melancolía y extrañeza, conciencia de un desamparo del que no es posible escapar más que por el retorno, por el regreso a una pureza que está en la lejanía, como los sitios en los que fuimos inocentes. Por momentos sentimos la impronta de Rimbaud y cierta semejanza con las imágenes de los grandes poemas de Saint-John Perse, como un aire de familia, perceptible asimismo entre los textos de ambos poetas franceses. La pérdida parece irremediable; Arcos la siente como un arrasamiento. Veamos qué dice en "Del legendario anhelo", un magnífico poema, paradigma de todo el libro. Allí leemos:
Tus senos son dos imposibles plenitudes
Y los sentidos no son una natural posesión
sino un legendario anhelo. Atrás
quedó todo, atrás, la historia primordial
el nacimiento y la despedida, aun la muerte
y el sueño incesante y la remota isla
y el fondo del mar como un espejo claro
[...]
Sacro adiós. En todo sientes lo fugitivo
y lo errante. En todo la menesterosa
profecía de lo real. Un fulgor imposible
una casa amenazada, una pobre ilusión
¿Y el legendario anhelo, y la esperanza
de volver a nacer?
Ah, Elpénor, polvo
y sombra, arena y viento ¿Nada más?