En estos días se estrena en París la versión original del filme Las noches de Cabiria de Federico Fellini en su integridad, sin los cortes a que fue sometido por la censura en 1957. En aquél tiempo la legislación vigente otorgaba a los inquisidores del Vaticano la posibilidad de prohibir películas y de ordenar la quema de negativos, lo cual fue hecho en este caso. Fellini recurrió a su amigo, el liberal Arzobispo de Génova, quien intercedió ante la Santa Sede para que se suavizara el anatema y así se hizo: el filme pudo pasar a las pantallas pero con fuertes cortes. Las escenas suprimidas han sido restauradas ahora. En aquél momento Cabiria tuvo un éxito sensacional. Billy Wilder la ensalzó como la mejor película de todos los tiempos. El genial Bob Fosse creó una comedia musical, Sweet Charity, con Shirley McLaine, basándose en el filme. En gran medida esta obra influyó en la decisión tomada en 1992 por la crítica mundial, en una reunión convocada por la revista Sight & Sound, de proclamar a Fellini como el más influyente de los directores cinematográficos situándolo, incluso, por encima de Eisenstein y Orson Welles. Fellini creo una obra desigual y abigarrada. Comenzó como caricaturista y después pasó a ser guionista de cine. Fue el autor del libreto de Roma, ciudad abierta, la extraordinaria película de Roberto Rosellini que quedó para la posteridad como el basamento de la escuela neorrealista italiana. Trabajó con otros directores como Fermi, Lattuada y Comencini hasta que se lanzó como conductor con su propia obra: Luces de variedad, en 1951. En 1954 creó la que quizás es su obra maestra La Strada, la calle, un filme en el que una pobre saltimbanqui, se enamora de un actor circense, itinerante y miserable. Ahí mostró la cuerda humanista y tierna que caracterizó toda su obra. Ahí ya surgieron en plenitud los temas que siempre le preocuparon: el amor, la muerte, el sexo, la ingenuidad, la melancolía, la maldad. Un vasto repertorio de percepciones delicadas sobre la condición humana suscitó la atención mundial hacia su peculiar manera de representar la sociedad. En filmes ulteriores Fellini comenzó una barroca indagación sobre el grotesco, lo deforme, lo esperpéntico como el otro polo de la nobleza, como el contrapeso a la dignidad que le sirve de relieve. Sus gordas, enanos y payasos, sus provincianos cursis, sus prostitutas ramplonas, sus funcionarios mediocres constituyeron un orbe que adquirió carta de legalidad y formó una categoría que en lo adelante se denominó: lo fellinesco. El gran salto que impulsó fue la ruptura con el neorrealismo. Tras la guerra surgió una sensibilidad por la presentación de los hechos, por las vibraciones del pueblo, por los ambientes reales, sin falsos atavíos ni máscaras de prosperidad. La clase obrera estaba sometida a los rigores de la posguerra con penurias y limitaciones al consumo, la pequeña burguesía anhelaba un bienestar que se le escapaba, el clima político sufría los embates de la Guerra Fría. Fellini comenzó presentando este agobiador lapso histórico en sus guiones y filmes neorrealistas pero pronto se lanzó a introducir su fantasía y liberó el subconsciente. La dulce vida, en 1959, fue un filme que marcó un hito en una etapa de recuperación y el inicio de una desigual prosperidad, con los paparazzi lanzados sobre las celebridades en los cafés al aire libre de Vía Veneto. Il bidone recibió un Oscar en 1955. Ocho y media, en 1963, fue un tributo a la imaginación. Amarcord, en 1973 dejó una estampa humorística de la vida bajo el fascismo. Al morir, en 1993, Fellini había recibido ocho premios Oscar y 23 nominaciones, además del León de Venecia y el Palmarés de Cannes. Esta restitución de Cabiria a la atención pública es un homenaje a uno de los más prolíficos, penetrantes y quiméricos directores de cine del siglo veinte.