La poesía de Alex Pausides (Manzanillo, 1950) nos lleva a la intemperie, al viaje sin destino pensado, a una ilusoria búsqueda imprecisa. Ciertamente, su cuaderno Habitante del viento (México, Universidad Autónoma del Estado de México UAEM. Editorial La Tinta del Alcatraz, 2001), de incuestionable calidad por su escritura cuidada y el sobrio sentido de la forma, es un canto luminoso que nos revela los íntimos espacios y las dilatadas experiencias posibles, las experiencias de la vida, la muerte y la desolación, y las preguntas que no tienen respuesta o que no estamos en condiciones de responder porque forman parte de lo desconocido. Estos poemas de Pausides nos llevan en un viaje interminable, perenne ausencia hacia tierras y límites que están más allá, anhelados o no, siempre asombrosos porque con ellos bordeamos las costas ilimitadas, en las que no sabemos dónde estamos realmente. El hombre en un viaje incesante, un viaje que lo define y al mismo tiempo le va sustrayendo la vida. La existencia como un peregrinaje durante el cual se busca a sí mismo y sabe que habrá de perecer. Entonces el poeta rememora su pasado, la familia, el tiempo dichoso en el que estaba en su sitio, antes de la partida en busca de la nada esencial. Veamos "La balada del triste", poema de la búsqueda, de ese anhelo de sobrevida que nutre esta poesía:
Huérfano de mí
en qué tierras iré a echar mis raíces.
A qué vientos opondré el pecho
para acribillarme a músicas.
A qué senos iré a darle mi sed
Mi hambre a qué abierto pan
A qué balas blandir mis dianas
A qué puertas tocar ¿existe, existe aquí lo que amo
___existe, existe acaso?
Dónde el polvo será mi único amigo, tierno, inacabable
Dónde lavar mis heridas
Qué huellas me acosarán al pasar asesinado por las
___hojas de otoño
Dónde la luz rala ya para mí
Cuándo acabará la espera y desembocar en la mañana
___con un derroche de pájaros en el hombro
Hay un soplo terrible en mi boca
A ese árbol de timbre claro amarro mis caminos
Alguna bruma aún me atristará
Pero adónde adónde irás a parar con todas tus baladas.
El hombre frente a la incertidumbre de su destino, siempre haciéndose preguntas de respuestas inciertas, muy adentro en la desperanza. Las tres secciones del cuaderno ("Elogio de la utopía", "La casa del hombre", "Limited") nos testimonian la profunda desolación de su experiencia creadora, la experiencia del poeta que contempla las imágenes míticas y espera su propia realización como un imposible. Los textos reiteran, de diversas maneras, la perplejidad, el desconcierto, pero también nos hablan de alegrías y de ciertas formas de la plenitud, como sucede en "Manifiesto", donde percibimos el secreto júbilo del canto a las pequeñas grandezas de la realidad, aquellas en las que podemos hallar otra forma de la dicha, acaso más perdurable y total. Nos dice Pausides:
Convencido estoy de que no seré el profeta
Hablo de los ojos de la novia y de la luz como único trofeo
Se vuelve hacia los dones cotidianos y se desentiende, porque no es realmente su destino, de los dones divinos, de las visiones del porvenir. Hay una sabiduría sustancial, un conocimiento de sí mismo que lo define y le da su verdadero ser, su sentido en tanto poeta. Más adelante en este poema leemos:
No cantaré lo que no tengo
pero rico seré de pequeñeces
Y me alegra vivir ralo y bullicioso
No seré el profeta de mañana
Ya vendrán otros a hilvanar el canto de sus horas en la tierra
Yo sólo dispongo de mi breve pestañear bajo los astros
mudos
Pero esa realidad cotidiana es también incierta, como el viaje interminable en la intemperie y en la ensoñación mítica. Ella es también, en sus múltiples signos, reveladora de la muerte. En el poema "Contraluz", de la siguiente sección, "La casa del hombre", encontramos este momento:
Cosas tan simples.
Llegar al fin y no encontrar
abierta la ventana.
Túnel final la noche.
¿No desembocará nunca el día? Tornar ¿Y tú? ¿No estás? No ¿Estás?
Finalmente sobreviene el instante de lucidez suprema tras la experiencia de la llegada, después de haber estado ausente en distancias y sitios indefinidos y sin tiempo preciso. El poeta cobra conciencia de la muerte que lo ilumina todo hasta dejarlo ciego y entra entonces en la nada devorado precisamente por esa intensidad deslumbrante de la luz. Nos dice así, con una pregunta que se responde a sí misma:
¿Es que mis ojos de tanta luz en torno
no ven nada
sino la propia luz
salvaje, dura, fatal
irremediable.
Luz implacable que no deja
un polvo, un rumbo, una flor
sin que lo consuma todo,
sin que todo lo acabe en su voracidad?