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De nuevo El mar y la montaña, de Regino Boti
Enrique Saínz , 19 de septiembre de 2003

La reedición de El mar y la montaña, de Regino Boti, su más importante y perdurable poemario, publicado por primera vez en 1921, me ha traído la grata experiencia de volver sobre sus páginas. Confieso que cuando lo leí allá por los primeros años de la década de 1980, cuando estaba realizando las investigaciones que culminarían en mi libro Trayectoria poética y crítica de Regino Boti (1987), no pude percatarme, inmerso como me encontraba en la lectura de toda su obra y en tantos textos de reflexión y crítica sobre el propio poeta y en torno al modernismo hispanoamericano, de toda la significación que poseía este poemario dentro de la historia de la poesía cubana. Ahora, atento sólo a las excelencias de esta segunda entrega del poeta de Guantánamo, puedo admirar a plenitud, con la sorpresa de quien realiza un hallazgo, las calidades de este conjunto. Y se trata de un hallazgo aunque yo mismo haya visto en aquellos años sus valores y aunque sendos ensayos de Roberto Fernández Retamar y de Eduardo López Morales nos mostraran, en 1958 y 1967 respectivamente, por qué era este su mejor y más perdurable aporte a la poesía cubana. Ello sucede, antes que por el acercamiento exclusivo a El mar y la montaña -acercamiento despojado de toda pretensión abarcadora de la valoración de toda la obra del poeta-, porque estamos en presencia de un clásico vivo, un libro que sin duda ha rebasado los límites de su época y de su filiación ideoestética y llega hasta nosotros como un contemporáneo. El más fuerte rasgo de este poemario, el que se nos impone en la primera lectura, es la sobriedad, ese despojamiento de todo verbalismo superfluo que recarga tantas estrofas del propio Boti en Arabescos mentales (1913) -libro, por otra parte, clave en la historia de la lírica cubana del siglo XX- y de otros creadores, en cualquier momento de la historia de la poesía de Cuba y de cualquier latitud. El mar y la montaña está trabajado con ejemplar mesura, con todo el cuidado del que su autor era capaz: precisa y delicada adjetivación, selección atildada del léxico, sintaxis rigurosa y escueta, minuciosa labor realizada por un verdadero maestro, acaso el más conspicuo estudioso de las formas métricas que ha tenido nuestra literatura, el más importante conocedor de las lecciones que en ese sentido dejaron los clásicos cubanos y universales. Este libro se caracteriza porque una gran parte de sus poemas son verdaderas instantáneas de la realidad, breves momentos que el poeta capta con las líneas y colores imprescindibles y sin otros rasgos que puedan considerarse innecesarios. Veamos como ejemplo de ello el titulado "Perla", paradigmático de ese rasgo que señalamos. Dice así:

Aspersión argéntea en la bahía y en el espacio.
Bruma en las montañas, y en la falsa montaña
que son las nubes hacia el naciente.
Está la Natura mate y sombría. Y el sol -para alegrarla y verla-
sobre la montaña y la falsa montaña
de nubes, asoma como enorme perla
diamantina. Amanece. Se irisa la mañana.

Ahí está el pintor que fue Boti, la mirada detenida en un paisaje y a una hora del día para aprehender sus colores y formas en trazos rápidos. Pero El mar y la montaña se caracteriza además por las asociaciones que hace el poeta homologando elementos de la realidad y de sus propios estados de ánimo, comparaciones realizadas asimismo con la sobriedad a la que nos referimos anteriormente. Es este un libro de matices, de detalles, que quiere detenerse ante la totalidad -lo inmediato, lo lejano y lo inconmensurable- para decirnos toda la belleza de ese instante. El poeta intenta captarla, pero sabe que la realidad siempre rebasa cualquier asedio desde la palabra, a la que considera "incapaz por su estrechez y su rudeza de contener el matiz y la emoción", como nos dice en un pequeño prefacio al poemario, que tituló "Antes", donde también apunta lo siguiente: "No debe ni puede leer este libro quien, aun siendo artista y filósofo, carezca de la virtud de asociar las ideas vinculando los antípodas aparentes del entendimiento para descubrir imprevistas canteras de luz en el subsuelo de la escritura", toda una poética que en cierta medida es precursora de la vanguardia y de los cuadernos finales del propio Boti, Kodak-Ensueño (1929) y Kindergarten (1930). Leamos ahora el texto "Ficción de la madrugada" para que se vea lo que venimos apuntando:

El cosmos íntegro está en mí.
En la madrugada, mientras leo,
me acompañan la luna y el jardín.
Un ruido lejano que recuerdo, un ruido
audaz y propulsor. Inquiero
también con la mirada. En el bruñido
manojo de cuartillas una mariposa
que aletea, con el mismo ruido
lejano, lejanísimo, de un aeroplano
en su marcha caudalosa.

Ese tránsito del poeta hacia otra expresión no significa necesariamente una ruptura, sino el replanteo de sus principales postulados ideoestéticos desde otra perspectiva, como un adentramiento en otras zonas de su cosmovisión desde las lecciones de los clásicos y de sus contemporáneos, lecciones que halló en Darío y en Martí, poeta este último con quien El mar la montaña guarda afinidades incuestionables. No es este un libro regionalista. La sed de universalidad que hay en la poética de Boti -presente desde Arabescos mentales- le permite rebasar en estas páginas cualquier ingenuo propósito de cantar a su tierra y a su paisaje, conducta provinciana que nuestro poeta siempre estuvo en condiciones de superar para entregarnos una poesía sin fechas ni exaltaciones de contextos específicos que el creador quisiera engrandecer para situar a la misma altura de otros sitios, célebres por razones diversas. Estos poemas son de una gratificante modernidad en su momento y lograron, mejor que Arabescos mentales, sacar a la poesía cubana de aquellos años del estado de letargo en que había caído con su languideciente romanticismo epigonal y su sentimentalismo decadente y ya incapaz de expresar la época, en tránsito hacia las vanguardias, como se verá poco después en las obras de Tallet, Martínez Villena, Pedroso, Navarro Luna, Guillén. Aunque para nuestra historia literaria el primer libro de Boti es más importante, El mar y la montaña es de superior calidad y de una permanencia que no alcanzó ninguno de los restantes. Esta edición viene a poner en manos de los lectores un grupo de textos memorables, incluso más allá de escuelas y tendencias, de circunstancias personales y sociales, páginas que trascienden y han contribuido a dar a la poesía cubana el vigor que hoy posee. La edición que ahora nos entrega la UNEAC viene acompañada de reproducciones de acuarelas del poeta, complemento pictórico de los poemas, la imagen visual que la poesía quiere comunicarnos por sus medios. Además cuenta esta edición de 2002 con un atendible prólogo, "En siena y negro se estremece", de Jorge Núñez Motes, fechado en Guantánamo, mayo-junio de 2001. En esas palabras de presentación leemos lo siguiente, para cerrar nuestras consideraciones a propósito de este conjunto del primer renovador de la lírica cubana del siglo XX: "El lector avisado que tiene en sus manos esta reedición puede encontrar en El mar y la montaña no solo los derroteros ideoestéticos del poeta guantanamero, cómo se adelantó a su época o cómo se "apropió" allí donde lo necesitó. Creo que este libro es una lección de raigal cubanía, un "apropiarse" del entorno para entendernos mejor, para querernos más."