Durante casi treinta años, la obra poética de Waldo Leyva (Santiago de Cuba, 1943) se ha venido enriqueciendo con numerosos títulos: De la ciudad y los héroes (1974), Desde el este de Angola (1976), Con mucha piel de gente (1983), El polvo de los caminos (1984), Diálogo de uno (1990), El rasguño en la piedra (1995). Ahora nos entrega una antología de esos poemarios, a los que se añade Memoria del porvenir, con textos de 1996-1997, y un grupo de páginas inéditas, un libro al que tituló La distancia y el tiempo (La Habana, Ediciones UNIÓN, 2002, Colección Contemporáneos) y que ordenó en orden inverso al de aparición de cada agrupamiento. Con el nombre El dardo y la manzana fue dada a conocer otra "versión de esta antología" en Ediciones Sin Nombre y Ediciones Casa Juan Pablos, S.A., México, D.F., 2000. Acaso la más significativa virtud de la poesía de Leyva sea la sostenida búsqueda de lo que podríamos llamar la limpieza verbal, esa incesante necesidad de una escritura depurada, sin accesorios de falsas confusiones y excesos sintácticos o léxicos. Los lectores se desplazan con extraordinaria fluidez por estos poemas, elaborados con una meticulosidad que deja ver el trabajo de acendramiento del poeta, una labor que forma parte indisoluble de la avidez de perfección que nutre estas espléndidas páginas. Es revelador en ese sentido el sostenido tono de esta poesía desde el primer cuaderno recogido en la antología hasta los inéditos que aparecen al final, algunos del año 2000. Siempre nos gratifica esa manera de construir el cuerpo textual, ese afán de encontrar los nombres, los verbos, los adjetivos, las frases en toda la exactitud y precisión de sentido, como si estuviésemos ante las palabras como ante un recuerdo dichoso, ante una plenitud perdida que el poeta quiere también rescatar del olvido y de los ultrajes del tiempo. Ciertamente, la antología de Waldo Leyva que ahora comentamos está signada por una angustiosa mirada del poeta a su propia vida y a los sitios y experiencias, anhelos y memorias, todo ello devorado por los años y en vías de disolverse en una impenetrable noche de la que sólo puede ser rescatada por la poesía. Su infancia vuelve una y otra vez como un dolor antiguo porque el implacable transcurrir del tiempo la ha sumido en el pasado sin retorno. Sentimos en La distancia y el tiempo la nostalgia de la fugacidad, pero también la alegría del amor; la tristeza de la muerte, pero además la plenitud de la vida; el ayer que se deshace, y asimismo el futuro donde el poeta espera encontrar la plenitud de la justicia. Leyva se busca a sí mismo en su propia existencia, en su diario ir y venir, en el misterio de las noches, en su condición de hombre que busca su paisaje y que construye la vida para sí y para los otros; se busca en su memoria y en los sitios de paisajes distantes y ajenos, y se busca para perpetuar las imágenes que fueron edificando el mundo que él vivió. Puede afirmarse que la poesía de Leyva es el testimonio fiel de un drama que el poeta ha vivido sin descanso, un drama que los años hacen más hondo porque la conciencia se hace más nítida y se percibe entonces mejor la condición perecedera de la realidad. Veamos el texto inicial, titulado "El sonido sin fondo de la puerta", perteneciente al poemario Memoria del porvenir. Allí nos dice Leyva:
Vuelve a llamar, Toca de nuevo la madera remota de esa puerta. Nadie está en casa. Los últimos habitantes partieron al amanecer de un día, al que tú no has llegado. Vuelve a tocar. Tú no buscas a nadie, sólo necesitas el sonido sin fondo de la puerta, la esperanza de una voz que responda, que justifique el origen de la memoria para poder partir. Hay otra puerta abierta. Los muertos dejan allí vasos de agua, flores que no han nacido todavía. Pero tú evitas el umbral sospechoso. Sabes que si lo cruzas volverás a ser niño, y ya no te alcanzarán las fuerzas para llegar hasta donde estás ahora, tocando a la puerta de una casa que ni siquiera desconoces, con la esperanza de una voz que te deje partir a ningún sitio.
Es la casa de la memoria, la casa familiar, el sitio desolado por la muerte, lleno de intemperie y de ausencia, visitado ahora en el recuerdo, consciente el poeta de que ya todos se han ido, pero él los mira y los percibe porque el pasado y el futuro se integran, se fusionan en un punto cualquiera del tiempo. En esta antología hay páginas de amor, de batallas, de recuerdos, de angustias, páginas de muerte y de desolación, como en la poesía de todo poeta que de veras lo sea. Son textos intensos de un hombre que no cesa de preguntarse por la totalidad y lo cotidiano, por sí mismo y por los otros, por las dudas y las certidumbres. Léanse estos tercetos del soneto "Asonancia del tiempo", del libro El rasguño en la piedra, donde vemos al hombre que agoniza en su diario vivir, el hombre que escribe para darnos testimonio de su existencia, que es también la nuestra, la de todos:
La impronta quevediana reaparece en varios poemas de la antología, esa conciencia atormentada por la transitoriedad de todo, y en no menor medida percibimos cierto sabor César Vallejo en la tristeza de algunos momentos del libro, en especial aquellos en que el poeta evoca la vida familiar y se duele de las imágenes perdidas para siempre. La nostalgia posee una extraordinaria fuerza dinamizante en la poética de Leyva, una fuerza nutricia de primer orden, con la que ha edificado su mundo, del que a su vez forma parte consustancial la palabra, la poesía, a la que se ha dedicado a lo largo de tres décadas. Y junto a la nostalgia, el sueño de la utopía es también el centro de esta obra, escrita con una significativa sed de belleza, anhelante de una perfección imposible, pero no por ello menos buscada. La memoria de la Isla es asimismo otro de los centros creadores de La distancia y el tiempo, una presencia velada o evidente, siempre actuante en el modo de mirar, de decir, de sentir el pasado, en la manera de recordar otros paisajes y de mirarse a sí mismo. Aquí tienen los lectores de poesía de cualquier latitud una obra trabajada con la más limpia pasión, con tristeza y con regocijo, con luces y sombras, de factura gustosamente cuidada y que nos entrega otra luz, otro aire, otras vivencias. Leer estas páginas es un ejercicio vital, una cálida lección que de muchas maneras nos edifica y enriquece.Cuando todo resulte, sólo quiero
que alguien recuerde que al fuego puse
mi corazón, el único que tuve, que yo también fui "hombre de mi tiempo",
que dudé, que confié, que tuve miedo
y defendí mi sueño cuanto pude.