La lectura de No buscan reflejarse (Prólogo de Jorge Luis Arcos. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001), antología de José Kozer (1940), poeta cubano nacido en La Habana y emigrado, con su familia, en 1960, me trajo dos experiencias inolvidables: una deliciosa impresión de caos irrefrenable y la extraordinaria riqueza de un mundo inagotable de recuerdos y asociaciones que tenían la capacidad de iluminarme mis propios diálogos de niño y adolescente con la realidad. Por momentos me parece que estoy leyendo textos fragmentarios, pero en el caso de Kozer esa fragmentación posee una fuerza creadora descomunal en tanto se nos entrega, en esas imágenes dispersas, la totalidad de una vida y de una historia íntima que se integraban a la convivencia con un hedonismo esencial, hondo. Al leer tengo la sensación ?esa es al menos mi experiencia con estos poemas? de que cualquier impresión que recibe Kozer en su vida diaria (de la índole que sea la actividad que esté realizando en cualquier momento), mueve en él oscuras fuerzas en las que se entremezclan memorias de sitios o personas, vivencias de paisajes, comidas o estados corporales, acontecimientos esperados o indeseables, diálogos y temores de la vida familiar, enseñanzas que fue recibiendo de sus padres y éstos a su vez de generación en generación, según las tradiciones hebreas que una y otra vez aparecen en este libro, todo ello con una fruición inocultable y que subyace como una felicidad última de la que se nutre su existencia toda, hecha al mismo tiempo de sombrías posibilidades, como nos sucede a todos en una u otra medida. Esplendor mayor de No buscan reflejarse es esa alegría ante la realidad interior del hogar o ante el afuera, vuelto íntimo también por la calidez con que el poeta lo percibe y da testimonio de su presencia. La palabra irrumpe en esta poesía con una fuerza avasalladora que la transforma en cántico, como en los más jubilosos salmos bíblicos, fuente nutricia de primer orden en la cosmovisión y en la manera kozeriana de aprehender el suceder hecho recuerdo o factualidad presente. El texto se va integrando como un indetenible fluir en el que se da testimonio, sin cuidados formales, a la manera de un torrente natural que rompe todos los límites de estructuras pensadas, regulares, preconcebidas. Estamos ante relatos que no cesan, sólo se detienen por un tiempo para continuar en otro poema, aunque en apariencia el poeta esté hablando de otra cosa. Dentro de un mismo poema encontramos esa multiplicidad de referencias, desplazamientos hacia sentidos más abarcadores que surgen y se suman en el texto a las alusiones que las van generando, como si el poeta quisiese revelarnos las secretas asociaciones de cada elemento presente en cada momento de la elaboración de su discurso. Tenemos la sensación de una vastedad ilimitada que el poeta se ve compulsado poderosamente a entregarnos de un modo minucioso, como si quisiese que nada escapase a su testimonio. Necesita escribir todas sus vivencias, no puede silenciar nada de lo que ve, recuerda, siente y desea. En ocasiones el poema tiene una brevedad que podría hacernos pensar que el poeta ha realizado un trabajo de síntesis extrema, a la manera del haikú japonés ?grande ha sido la importancia que ha tenido para Kozer la poesía oriental, de la que ha hecho traducciones desde el inglés?, pero creo que en esos casos se trata más bien de otra experiencia de la totalidad, ahora caracterizada por una brevedad que en sí misma posee la suficiencia plena, satisface la necesidad comunicativa del creador como si se tratase de un texto de mayor extensión. Ahí, en esa página menos dilatada, están las vivencias que en esos momentos se le entregaron al poeta, le fueron dichas desde afuera, como dice en la entrevista mencionada. En los primeros poemas nos adentramos en ámbitos y memorias de la vida familiar, pero recordadas de modos más convencionales, con un estilo en el que son más visibles y conocidos los discursos de la tradición, asimilados muy temprano y expuestos con una nitidez mayor. En poemas como "Te acuerdas, Silvia", "Mi padre, que está vivo todavía", "Éste es el libro de los salmos que hizo danzar a mi madre", "Shul", no se nos entregan las memorias y las imágenes con sus infinitas derivaciones y entrelazamientos múltiples, como sucederá poco después, a medida que avance en el tiempo la selección. Diríase que los textos se adensan en lo que podríamos llamar la expansión de la memoria afectiva, mediante la cual el poeta va recreando su mundo desde un núcleo inicial, del que emergen poco a poco los diferentes elementos asociados a la experiencia nutricia que vino al creador de pronto ante un estímulo cualquiera: de una lectura, de la mirada a un paisaje, de un diálogo familiar, de una reflexión íntima, de la observación de un objeto cotidiano. Es ésta una escritura libre, en la que se van incorporando los recuerdos y las imágenes inconscientes que entonces aparecen en toda su precisión como partes de una vivencia que había quedado oculta por el paso de los años. Pero No buscan reflejarse no se explica o, para ser más exactos, no se aprecia en toda su vigorosa creatividad por esta explicación sobre la génesis de los poemas. Estas páginas conmueven por la extraordinaria fuerza con que nos comunican esas vivencias y por lo que son capaces de despertar en nosotros. En muchos momentos de la lectura he sentido que mi pasado renacía de una manera que no experimentaba hacía muchos años. La palabra alcanza aquí una alta significación lúdica y al mismo tiempo dramática, sentimos el peso de los años ?viejo saber acumulado en los grandes libros? y el gozo ingenuo de lo cotidiano y fugaz, como un divertimento que se integra y a la vez contrasta con la gravedad trágica de ese conocimiento de la sabiduría. Leer estos poemas de Kozer, de enorme riqueza, nos permite ahondar en nosotros mismos y percibir las posibilidades de intelección de la realidad que nos entrega un poeta de su calidad.