Lente para una lectura de Días invisibles
Cuando Alberto Garrandés me obsequiara el ejemplar de su novela Días invisibles, no esperaba encontrar en ella un texto que, amén de sus aciertos literarios, fuera capaz de romper con cierta tendencia conservadora presente en casi toda la producción novelística cubana a lo largo de dos siglos.
Y para tal afirmación me baso en obras como Cecilia Valdés, que inaugura la senda costumbrista, y cuyos continuadores nunca pudieron superar, debido quizás al exceso de respeto y a una buena dosis de mimetismo. Lo mismo sucedió con Las honradas y Las impuras, de Miguel de Carrión, y con Generales y Doctores, de Carlos Lobeira. Por otra parte, los casos de Alejo Carpentier y Lezama Lima pueden ser considerados como universales y aislados. El primero, por sus proyecciones cosmovisivas y la sustancia literaria; el segundo, por sus profundizaciones en el enigma ―dentro y fuera de lo literario― y por haber antecedido a una generación de ruptura en la que brillaron Severo Sarduy y Reinaldo Arenas. Casi todas estas figuras desobedientes han logrado la inserción de mitos en el imaginario insular.
Los escritores han sido grandes conquistadores de espacios. Algunos lo han logrado; otros simplemente se aferran al territorio ajeno. Las nuevas promociones se desarrollan mediante no pocas luchas conceptuales (y sociales) con sus predecesoras. En este proceso hay una doble tendencia de negación y pleitesía hacia lo establecido. Conservación o trasgresión: actitudes que condicionan los ciclos.
Sería inútil entonces valorar una obra basándonos solo en la efectividad del diálogo teórico sostenido con la literatura escrita anteriormente, así como lo sería estimarla según su funcionalidad en tanto reflejo del mundo sensorialmente percibido. Además, es necesario agregar, quitar o cambiar ingredientes de esa sustancia (o fórmula) que constituye el acto literario.
No obstante, cuando el pez se separa del cardumen y logra brillar a la luz del sol, ya en la superficie, no podemos menos que admirar tamaña consecuencia de lo que, en un primer instante, puede haber sido una irreverencia.
En cuanto a Días invisibles ―y a pesar de tanto escepticismo―, me sentí tentado a publicar algún comentario utilizando probablemente algunas de las fórmulas más socorridas en la reseña de hoy:
…con un lenguaje eficaz y diáfano…
…admiremos al maestro una vez más…
…está considerado uno de los mejores…
Pasividades que no puede permitirse un texto sin caer en posiciones contemplativas o en el discurso panegírico. (He llegado a pensar en un poema, traedor de quién sabe cuántas mortandades).
Al avanzar en la lectura, acudieron a mí, cada vez más, prolíferas y violentas ideas de lo que sería una suerte de ensayo, conservador de la armonía con el objeto tratado, con cierta dosis de respeto, pero cuidadoso de los límites de la adulación. Fue así que decidí comenzar de la siguiente manera:
La creación de un espacio, cualquiera que sea su naturaleza, trae siempre complicaciones tanto formales como conceptuales. En el caso de esta novela, el nuevo territorio posee una deliciosa carga de erotismo, integrado a la red global de información, que expone un mundo armado como rompecabezas ―en el que la historia es una y múltiple― y los elementos dispersos en la conciencia son atraídos por un imán, antes de ser colocados como partes de otra realidad, aún mayor. Se plantea así un proyecto mucho más ambicioso e intimidante (y al decir esto no puedo evitar sentirme algo adulón).
Esta aparente complejidad cobra vida a través de la disposición estructural del libro, cuyos capítulos no lo son exactamente, aunque tampoco pueda llamárseles pasajes o fragmentos heterogéneos, por la ambigüedad semántica de dichos términos. Sus títulos nos remiten a la Historia, nos retan a develar el enigma oculto en la referencia, como domadores de nuestra apatía intelectual.
¿Podría entonces la estructura convertirse en nuestro primer obstáculo?
No, si sabemos lo siguiente:
1. Dios nos hizo a su imagen y semejanza: y ahora servimos para explicarle. Luego fuimos los creadores de muchas cosas, como las computadoras, cuyas estructuras y funciones son semejantes a las nuestras: y ello nos sirve para nuestra propia exégesis.
La sociedad nos instala programas para asimilar los diferentes aspectos de lo real, entre ellos el que nos permite consumir la literatura.
A veces un producto nuevo sale al mercado y nos obliga a actualizarnos para acceder a él. Aunque siempre queda alguien cuyos programas son permanentemente obsoletos.2. Sin embargo, para ser positiva, la novedad debe ser necesaria y empíricamente efectiva. El caso de la literatura no es la excepción. La necesidad a la que hago referencia está en el cambio de ritmo, de tecnología, de pensamiento y percepción que reclaman -como lo han hecho desde hace muchísimo tiempo- la ruptura de las nociones establecidas, de un orden que invade nuestra(s) mente(s) sin que hayamos hecho lo más mínimo al respecto.
Aunque cansado de que la reseña sea siempre reducida a sus funciones informativa, didáctica e, incluso, fabulante, terminaré complaciendo al paciente lector, resumiendo esta historia que tiene como protagonistas a un pintor y a un mulato chino vendedor de maní, quienes prácticamente sin conocerse se ven involucrados en una madeja de intrigas y chantajes alrededor de una valiosa, pero cuestionable, pieza de arte.
En este mundo subterráneo o “quimérico”, los valores que circulan van ganando cada vez más espacio en el alma de los protagonistas, y actúan como moneda reguladora del orden: la cuasi adoración a la pieza de alabastro que representa el falo del soberano azteca Motecuhzoma Xocoyotzin (Moctezuma II) funciona a manera de juego simbólico, en alusión a las relaciones de poder entre los personajes.
“Inverosímil”, dijo Garrandés con una media sonrisa al entregarme su novela. Pero ¿por qué una novela “inverosímil” justamente ahora? Metabolizar, abandonar discursos y posturas ajenas, adulteraciones, de los hijos de los hijos ―ya mezclados― que un día lo consiguieron. Para esto se requiere de una absoluta sinceridad con el lenguaje. (Recuerdo la máxima del poeta japonés Bashó: “No sigo el camino de los antiguos, busco lo que ellos buscaron”).
La escritura, en su calidad de reflejo del mundo, responde incluso a la complejidad con la que se nos presentan los fenómenos reales; por lo que un auténtico realismo no intentaría organizar los sucesos de forma coherente y artificiosa, sino que los dejaría correr en la medida en que aparecen, provocando así en el lector una fascinación equivalente a la que provoca el misterio de descubrir los secretos de la vida.
Por eso no es raro que Garrandés escriba una obra en la que abundan todo tipo de referencias e intertextualidades, aunque el autor no deja descansar el valor de su narración en ello, sino que nos ubica ante los fragmentos de sueños, películas, pasajes de la literatura, fantasías y recuerdos, como soportes integradores de su historia.
En una novela de tales pretensiones no podían faltar, y de hecho son frecuentes, las proposiciones filosóficas. El hombre, en sus efímeras ansias de descifrarse y definirse, se expresa en pasajes como: “…nadie podría decir que no fuéramos también nosotros mismos una inmensa confusión. Pistas sinuosas que te llevaban a ninguna parte, sombras que no alcanzaban a configurarse aún, actos sin sentido aparente en el esquema difuso de un cambio de vida”.
Y así les sucede a los protagonistas. De principio a fin se deslizan por lo que probablemente sea una trampa para ratones, sin que el límite se encuentre bien definido.
¿No me creen?